El Cuarto Mono

El Cuarto Mono


51. Diario

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Diario

Un fuerte golpe me despertó.

El cuello y la espalda me dolían de dormir sentado en el suelo frío de madera. Me obligué a ponerme de pie y traté de sacudirme el dolor de las extremidades a base de estirarme. Aún tenía los dedos aferrados al cuchillo de carnicero. Los tenía tan agarrotados en torno al mango que prácticamente tuve que tirar de ellos con la otra mano.

Dejé el cuchillo en la mesilla de noche. Aún llevaba la ropa que me había puesto el día antes. El sol había salido, y no tenía ni idea de la hora que era.

Otro golpe, más fuerte que el anterior.

Venía de la puerta principal.

Saqué la silla de debajo del picaporte y la quité de en medio; abrí la puerta una rendija.

Padre, y la botella vacía de bourbon, habían desaparecido. En el otro extremo del pasillo, la puerta del dormitorio de mis padres estaba abierta, la cama hecha. Si alguien había dormido allí, ya se había marchado. La casa parecía extrañamente silenciosa.

—¿Madre? ¿Padre?

Mi voz sonó más fuerte de lo que pretendía en contraste con el absoluto silencio.

¿Padre estaba trabajando? Había perdido el hilo de los días. Tenía la sensación de que era lunes, pero no estaba seguro.

Llamaron de nuevo.

Fui hasta la puerta y retiré la cortinilla de la ventana lateral. En el porche había un hombre corpulento de unos setenta años que lucía un impermeable beige y un traje arrugado. Me miró y levantó una placa en la mano izquierda para que pudiese distinguir con claridad el metal deslumbrante.

Solté la cortina, respiré hondo y abrí la puerta.

—Buenos días, hijo. ¿Están tus padres en casa?

Le dije que no con la cabeza.

—Padre está trabajando, y madre se ha marchado a la tienda a comprar cosas para la cena.

—¿Te importa si espero a que vuelva tu madre?

Teniendo en cuenta que no sabía adónde había ido ninguno de los dos, no parecía muy inteligente decirle que sí. Madre podría estar en el sótano haciendo quién sabe qué a (¿o con?) la señora Carter. ¿Cómo iba a reaccionar si subía y se encontraba a un desconocido en la casa? ¿Un desconocido con una placa?

—No sé cuánto va a tardar —le dije.

Suspiró y se secó la frente con la manga del abrigo. Me pareció extraño que además del traje llevase un abrigo, cuando resultaba obvio que estaba pasando calor. ¿Sería quizá para ocultar el arma? Me imaginé un Magnum 44 metido debajo de aquel brazo carnoso, en una funda sobaquera, listo para sacarlo y disparar al menor suspiro, como el que llevaba Harry el Sucio en las películas antiguas. ¿No tenían todos los polis el anhelo secreto de ser Harry el Sucio?

Ese poli en particular no se parecía lo más mínimo a Harry el Sucio. Tenía un severo sobrepeso, y el pelo le había abandonado hacía tiempo sin dejar más que una cabeza grande cubierta de arrugas y manchas de la edad. Es probable que tuviera los ojos azules cuando era más joven, pero ahora parecían del color del Cristasol diluido. Tenía unas cuantas barbillas: la piel se le arrugaba como a un shar pei, o como a una manzana que se te olvida al sol.

—A lo mejor yo puedo ayudarlo en algo —me ofrecí sabiendo a la perfección que me iba a rechazar.

Los adultos rara vez aceptaban la ayuda de los niños. Muchos adultos ni siquiera reparaban en ellos. Nos perdíamos en el telón de fondo de la vida diaria, muy al estilo de las mascotas y las personas mayores. Padre me contó una vez que hay en la vida un momento dulce, que va desde los quince hasta los sesenta y cinco años, en el que eres plenamente visible para el resto del mundo: en cuanto te hacías un poco más mayor te desvanecías del panorama, perdías intensidad hasta pasar desapercibido. ¿Y los pequeños? Pues empezaban siendo invisibles e iban tomando forma de manera paulatina, solidificándose hasta la adolescencia, hacia los quince años, cuando nos incorporábamos al resto del mundo en el espectro visible. ¡Plas! Ahí estabas un día, y se te imputaba una responsabilidad, la gente ya te veía. Yo sabía que ese día se aproximaba para mí, pero aún no lo había alcanzado, ni mucho menos.

—Pues a lo mejor sí puedes —dijo el hombre, para mi gran desilusión. Se llevó la manga a una sien y se restregó un hilillo de sudor que le descendía lentamente por la oreja. Señaló la casa de los Carter con un gesto del mentón—. ¿Cuándo fue la última vez que viste a tus vecinos?

Me volví hacia la casa con el mayor desinterés que fui capaz de reunir.

—Hace un par de días. Me dijeron que se iban de viaje, y le prometí a la señora Carter que le regaría las plantas.

Esa era una buena historia. Una historia posible. Tenía un fallo, sin embargo. En cuanto salieron aquellas palabras de mis labios, no pude evitar preguntarme: ¿la señora Carter tiene alguna planta? Aunque no lo estuviese viendo, padre me había enseñado a captar una imagen de mi entorno en la imaginación, y no recordaba ninguna planta, ni una sola.

—¿Acaso eres un botánico en ciernes?

—¿Un qué?

—Un botánico. Una persona que estudia las plantas —respondió.

Le goteaba más sudor por la sien, y traté de no quedarme mirándolo fijamente. Intenté no mirar siquiera.

—No, yo no estudio las plantas, solo las riego. No tiene mucha ciencia eso.

—No, supongo que no.

Su mirada revoloteó más allá de mí, hacia la pequeña sala de estar.

¿Estaba madre allí? ¿Acaso estaba en el sótano y había subido?

—¿Serías tan amable de darme un vaso de agua?

El sudor le caía de la mandíbula, le rodaba por todas aquellas barbillas y le aterrizaba en la camisa. Sentí el repentino impulso de alargar la mano y limpiarle aquel hilo de mugre salada en la sien antes de que volviese a gotear, pero no lo hice.

—Vale, pero debe quedarse ahí fuera.

—Muy prudente por tu parte. Tus padres te han enseñado bien.

Dejé al hombre de pie ante la puerta y me dirigí a la cocina a por un vaso de agua. Antes de llegar al fregadero me di cuenta de que había dejado la puerta abierta. Tendría que haberla cerrado y haber echado el pestillo. Aquel hombre podría entrar directamente si quisiera. Después de tal intrusión, sin duda bajaría al sótano, donde la señora Carter esperaba ansiosa para hablarle de todo cuanto había pasado en los últimos días.

¿Y si se ponía a gritar?

Que no grite, por favor, ahora no. El hombre la oiría desde la puerta, seguro.

No quería tener que hacerle daño, pero se lo haría. Y si tuviera que hacérselo, sabía que podía.

Combatí el impulso de darme la vuelta y mirar a mi espalda. Si lo hacía, estaba seguro de que aquel hombre me vería la preocupación en los ojos. Padre me enseñó a ocultar ese tipo de cosas, pero no estaba muy seguro de poder hacerlo, no lo bastante bien para engañar a un agente de policía, ni siquiera a este, con esos ojos redondos y brillantes y la barriga rechoncha.

Agarré un vaso del escurridor, lo llené de agua fría del grifo, volví hacia la puerta principal e hice cuanto pude por ocultar el alivio que sentí al encontrármelo aún de pie en el porche, escribiendo en una libretita.

—Aquí tiene, señor —le dije al ofrecerle el vaso.

—Qué educado —respondió al cogerlo. Se lo llevó a la frente y presionó, lo hizo rodar sobre la piel arrugada. Después lo bajó a los labios, dio el más leve de los sorbos y chasqueó los labios—. Ah, justo lo que necesitaba —dijo, y me devolvió el vaso.

¿De verdad necesitaba beber agua, o es que había aprovechado la oportunidad para mirar mejor dentro de nuestra casa?

—¿Te dijeron adónde iban?

Fruncí el ceño.

—Ya se lo he dicho, padre está en el trabajo, y madre se fue a la tienda.

—No, tus vecinos. Has dicho que se han ido de vacaciones. ¿Te dijeron adónde?

—He dicho que se han ido de viaje. No sé si se fueron de vacaciones. Supongo que estarán de vacaciones.

Asintió ligeramente.

—Tienes razón. Supongo que no debería sacar conclusiones precipitadas de esa manera.

Eso es. Yo leía un montón de cómics de Dick Tracy, y sabía que un buen investigador nunca saca conclusiones precipitadas. Sigue las pruebas. Las pruebas le conducen a los hechos, y los hechos le conducen a la verdad.

—¿Sabes? Hemos recibido una llamada del trabajo del señor Carter. No ha ido a trabajar ni ha llamado, y tampoco coge el teléfono… Están preocupados por él, así que les he dicho que pasaría por aquí a echar un vistazo, a asegurarme de que todo el mundo estaba bien. Pero no parece que haya nadie en casa. Me he asomado por alguna de las ventanas y no he visto nada digno de hacer que salten las alarmas, nada fuera de lo corriente, la verdad.

—Se han ido de viaje.

Asintió.

—Sí, se fueron de viaje, ya me lo has dicho. —Se quitó el abrigo y se lo puso en el brazo. Tenía unas grandes manchas de sudor en las axilas, pero ningún arma—. Verás, lo que me extraña es que te pidieran que les regaras las plantas, pero no que les recogieses el correo ni el periódico. No he podido evitar fijarme en que tienen el buzón a reventar, y hay dos periódicos en el suelo. Cuando la gente se marcha, eso suele ser lo primero que hacen: buscar a alguien que les recoja el correo y el periódico. Para un ladrón, no hay mejor indicador de una casa vacía que la correspondencia acumulada.

—Su coche no está —solté de golpe, sin saber muy bien por qué—. Se marcharon en su coche.

El hombre se volvió para echar un vistazo al camino de entrada de los Carter.

—Así que eso hicieron.

Aquello no iba bien. No iba nada bien. Me metí la mano en el bolsillo de los vaqueros en busca del conocido tacto de la empuñadura de mi navaja, pero no estaba ahí. Si la tuviera, podría rajarle el cuello a aquel hombre. Le cortaría todas aquellas barbillas y lo dejaría perdiendo sangre como si saliera por una espita. Yo era muy rápido. Sabía que lo era. Pero ¿sería lo bastante rápido? Pues claro que podría matar a aquel inútil con sobrepeso antes de que pudiera reaccionar, ¿verdad? Padre querría que lo matase. Madre también. Sí que querrían. Sabía que sí, pero no tenía la navaja.

Se inclinó hacia mí.

—¿Tienes una llave?

—¿De dónde?

—De casa de los Carter. Tendrás que entrar, ¿no? A regar las plantas.

Sentí un vuelco en el estómago.

—Sí, señor.

—¿Y podrías dejarme entrar? Solo un segundo, a echar un vistazo.

Imaginé que sí podría. ¿No era eso lo que padre quería? ¿No era esa la razón de que hubiéramos preparado la casa? Solo había un problema: le había dicho que tenía una llave, y no la tenía. Estaba poniendo el carro delante del burro, como diría padre. Hablar sin pensar es una manera segurísima de cavarte tú solito un hoyo hasta la cintura.

—La gente está preocupada por ellos. ¿Y si ha pasado algo?

—Se fueron de viaje.

Asintió.

—Como ya me has dicho.

—Usted es un poli. ¿Por qué no tira la puerta abajo y entra? —le pregunté.

El hombre ladeó la cabeza.

—¿He dicho yo que fuera un poli?

¿No lo había dicho? Ahora que lo pensaba, me parecía que no.

—Parece un poli.

Alzó la mano y se frotó la barbilla.

—Así que lo parezco.

—Y ha dicho que alguien ha llamado porque el señor Carter no ha ido a trabajar. ¿A quién iban a llamar, sino a la policía?

—Parece que eres un botánico en ciernes y un detective también.

—¿Por qué no tira la puerta abajo, entonces?

Se encogió de hombros.

—Nosotros, los polis, hemos de tener una causa probable. No podemos entrar sin esa causa probable. Es decir, a menos que tú me dejes entrar, por supuesto. Si me dejas entrar por voluntad propia, todos quedamos cubiertos, y nadie se mete en líos. Echo un vistacillo rápido y me largo.

—¿Así, por las buenas?

—Así, por las buenas. —Me guiñó un ojo.

Había dejado de sudar, aunque tenía la cara arrebatada.

Lo pensé un segundo. Era una oferta sensata. Una oferta prudente.

Si era policía, ¿por qué no llevaba un arma?

—¿Puede volver a enseñarme la placa?

Ahora que lo pensaba detenidamente, el objeto que había sacado parecía una placa, con la forma y el color apropiados, pero ¿cómo podía saber yo que era de verdad? Nunca había visto una placa de policía real, tan solo las que usaban en la televisión. Suelen ir dentro de una cartera magnífica, junto con un carné identificativo. La de ese hombre no iba dentro de una cartera. Esa placa podía ser de verdad, o podía ser una de esas placas de juguete que uno puede comprar en el mercadillo.

El hombre ladeó la cabeza, con un gesto torcido en la comisura de los labios. Se llevó la mano al bolsillo de atrás, vaciló y dejó caer la mano en el costado.

—¿Sabes? Creo que voy a volver un poco más tarde, cuando tus padres estén en casa, y voy a tener una pequeña charla con ellos. Vamos a ver si averiguamos adónde se han ido los Carter… de viaje.

Algo cambió en su expresión. Se le endureció el semblante, la mirada se le oscureció un poco. Luché contra el impulso de retroceder.

—Tal vez sea lo mejor.

Me hizo un rápido saludo con la barbilla y se dirigió a su coche. Un viejo Plymouth Duster. Verde esmeralda. «Ese no es el coche de un poli», me dije. Pero sí un clásico, desde luego, de lo mejorcito de Detroit.

Al cruzar el césped de los Carter, se detuvo y me dijo volviendo la cabeza por encima del hombro:

—Será mejor que recojas esos periódicos y mires el buzón. No querrás que algún elemento indeseable se tropiece con esta casa y se dé cuenta de que no hay nadie. Peor aún, podrían darse cuenta de que estás solo en casa, justo en la puerta de al lado. Hay gente muy mala por ahí, amiguito.

Cerré la puerta y la apestillé bien.

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