El Cuarto Mono

El Cuarto Mono


52. Clair. Día 2 – 9:23

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Clair

Día 2 – 9:23

Desde detrás del espejo unidireccional, Clair observaba cómo Talbot se movía nervioso en una de las sillas de aluminio de la sala de interrogatorios. Intentó acercarla a la mesa, pero la silla estaba atornillada al suelo. Clair se había preguntado muchas veces si el diseñador lo habría hecho aposta, lo de colocar las sillas un poco más apartadas de lo que resultaría cómodo, para aumentar la inquietud de estar encerrado en aquella sala tan pequeña. Louis Fischman, el abogado al que Porter y Nash habían conocido el día antes en Wheaton, estaba sentado junto a él. La ropa de golf había desaparecido y había sido sustituida por un traje de color gris oscuro impoluto y probablemente más caro que su Honda Civic en su mejor época. Talbot lucía una camisa blanca de vestir y unos chinos de color caqui además del Rolex más reluciente que ella había visto jamás.

—Porter debería estar aquí —dijo Nash a su lado y sin quitarle los ojos de encima a Talbot.

—Ya te digo.

Fischman se inclinó, le susurró algo a su cliente y dirigió una mirada vigilante al espejo.

—¿Crees que sabe por qué está aquí? —preguntó Nash.

Clair se encogió de hombros.

—¿Por toda la mierda de la que debe de ser culpable un hombre como ese? Me la juego a que ahora mismo está repasando la lista mentalmente. Su abogado está salivando con las futuras facturas legales. Es probable que ya haya elegido una nueva casa de verano en el lago Ginebra.

Ante una mesa apretujada en aquella salita de observación, un técnico les hizo a los dos un gesto afirmativo con la cabeza.

—Estamos grabando. Listos, cuando queráis.

Nash asintió y se volvió hacia Clair.

—¿Cómo quieres que hagamos esto?

—Igual que siempre: poli buena y poli penoso —le respondió señalándose ella en primera instancia con el pulgar y después a él.

Antes de que Nash pudiese responder, Clair cogió una caja archivadora grande y se la llevó al salir por la puerta que daba a la sala de interrogatorios.

Talbot y su abogado alzaron la mirada hacia ella.

—Caballeros, les agradezco que hayan venido habiéndoles avisado con tan poco tiempo. —Clair dejó la caja sobre la mesa antes de sentarse frente a ellos. Nash se sentó a su lado.

—¿Han encontrado a Emory? —soltó Talbot de sopetón.

—Todavía no, pero tenemos a mucha gente buscándola.

Fischman se fijó en la caja grande.

—Entonces, ¿qué hace aquí el señor Talbot?

—¿Cuándo fue la última vez que vio a Gunther Herbert?

Talbot ladeó la cabeza.

—¿A mi director financiero? No sé, hace unos días. No he pasado por la oficina. ¿Por qué?

Nash dejó caer un sobre de color sepia sobre la mesa y lo abrió. Unas fotos satinadas los miraban fijamente.

—Nosotros sí lo hemos visto hace poco, y no tiene buen aspecto.

—Dios mío. —Talbot apartó la cara hacia un lado para evitar mirarlas.

Fischman fulminó a Nash con la mirada.

—Pero ¿qué demonios les pasa a ustedes? ¿Es ese Gunther realmente, o se trata de alguna broma macabra?

—Ah, sí que es Gunther.

—¿Qué le ha pasado? —Talbot se volvió de nuevo hacia ellos, con la vista al frente, sin querer mirar hacia las imágenes.

Clair se encogió de hombros.

—Aún estamos esperando a que el forense precise la causa de la muerte, pero tengo bastante claro que no se suicidó. ¿Conoce usted el edificio de Mulifax, a orillas del lago, señor Talbot?

Fischman levantó la mano y silenció a su cliente.

—¿Por qué?

Nash se inclinó hacia él.

—Porque su director financiero estaba dando de comer a las ratas en el sótano.

Talbot parecía pálido.

—¿Eso es lo que… lo que le ha hecho eso?

Fischman le lanzó una mirada y se volvió hacia Nash.

—La empresa del señor Talbot compró ese edificio al Ayuntamiento. Si lo visitó, y no estoy diciendo que lo hiciese, fue simplemente para calcular su valor.

—¿Es eso cierto, señor Talbot? —preguntó Clair.

—Ya le he dicho yo que sí —le ladró Fischman.

—Preferiría oírselo decir a su cliente.

Talbot se volvió hacia Fischman. El abogado lo valoró y asintió.

—Estuve allí con Gunther hace unos meses. Como ha dicho Louis, estábamos pensando en comprarlo con otros edificios de esa misma manzana. El Ayuntamiento había decidido demolerlo. Teníamos que determinar si se podía salvar la estructura y convertirlo en apartamentos tipo loft, o si era mejor dejar que el Ayuntamiento lo tirase abajo y comprar el terreno —explicó.

—¿Se le ocurre algún motivo por el que pudiera volver allí solo?

—¿Esto lo ha hecho el Cuarto Mono?

—No ha respondido a mi pregunta, señor Talbot.

—Si lo hizo, yo no se lo pedí —dijo Talbot—. Si volvió fue por su propia cuenta.

—¿Ha sido el Cuarto Mono? —Fischman repitió la pregunta de su cliente.

Clair se encogió de hombros.

—Tal vez sí, tal vez no.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Significa que su cliente puede tener sus propios motivos para querer quitar de en medio a su director financiero. Y a su hija también, ya que estamos —dijo Nash.

Talbot se quedó boquiabierto.

—¡Eso es absurdo! ¿Por qué iba yo a…?

Clair le interrumpió.

—¿Por qué ha tenido a Emory oculta todo este tiempo, señor Talbot?

Fischman levantó la mano.

—No respondas a eso, Arthur.

Clair reparó en que había abandonado aquel «Arty» más informal del día anterior que Porter les había mencionado.

—Yo no la he «tenido» oculta —respondió Talbot mirando furioso a su abogado—. A Emory le costó mucho seguir adelante cuando murió su madre. Me imaginé que sería mejor que no estuviera vinculada a mí. Yo estoy constantemente en los medios. Los periodistas sacarían su foto en la primera plana de todas las publicaciones sensacionalistas: «Hija de multimillonario nacida fuera del matrimonio» y todo eso. La perseguirían por toda la ciudad, la acosarían a la primera de cambio. ¿Por qué someterla a semejante circo? Ya es bastante malo que Carnegie tenga que soportarlo. Quería darle a Emory la oportunidad de llevar una vida normal. Recibir una buena educación, formar una familia, hacer algo por sí misma sin la presión de mi sombra. —Miró a Clair directamente a los ojos—. Sin embargo, si ella quisiera hacerlo público, yo la apoyaría sin dudarlo. A tomar viento las consecuencias para mí. ¿Tiene usted hijos, detective?

—No, no tengo.

—Entonces no puedo esperar que lo comprenda. Cuando tienes hijos, la vida deja de consistir en ti para consistir por completo en ellos. Haces cualquier cosa por ellos. Hablé una vez sobre esto con la señora Burrow, y ella me hizo una simple pregunta: «Si Emory estuviera en medio de la calle y un coche estuviese a punto de atropellarla, ¿sacrificaría usted su vida por salvarla a ella?». Sin dudar, supe que la respuesta era un «sí». Cuando me hizo la misma pregunta sobre mi mujer, me vi vacilando. Aquello fue muy elocuente para mí. Nunca podrás querer a nadie tanto como a tus propios hijos, incluido tú mismo. Y harás cualquier cosa, lo que sea, con tal de protegerlos.

—En su opinión, ¿por qué iba a querer llevársela alguien? —preguntó Clair.

Fischman entornó los ojos.

—¿No querrá decir usted que por qué iba a querer llevársela el Cuarto Mono?

—Claro, digámoslo así. —Clair se encogió de hombros—. ¿Por qué se llevaría a su hija ilegítima el Cuarto Mono?

Talbot se puso rojo, pero contestó sin alterarse.

—Usted es la detective. Dígamelo usted.

Clair apoyó la mano en la caja blanca.

—Si algo hemos aprendido del Cuarto Mono con el paso de los años es que no hace nada sin un propósito o con un claro final en mente. Lo eligió a usted porque considera que ha hecho algo malo, algo merecedor de un castigo. En lugar de hacerle daño a usted directamente, va y secuestra a su hija. Lo que encuentro extraño es que fuera a por una hija de la que nadie ha oído hablar nunca, una persona al margen del imperio Talbot, en lugar de ir a por la heredera de la familia. A su otra hija, Carnegie, digamos que le va la vida social; es una niñata rica y malcriada que…

—Cuidado con lo que dice, detective —dijo Fischman.

—Una niñata rica y malcriada que deambula por la ciudad en busca de diversión, gastando el dinero de papaíto. Secuéstrala a ella y entonces sí que te garantizas el sensacionalismo de los medios. Atraes tanta atención sobre el caso que no puedes comprar un periódico ni en Filipinas sin encontrarte con un artículo o dos. Eso es lo que suele buscar el asesino, ¿verdad? Si examina usted cualquiera de los demás casos, verá que busca siempre el mayor impacto, cebar con sangre la maquinaria mediática. Aquí, sin embargo, altera su modus operandi y se lleva a la hija desconocida, a la que usted tiene encerrada en una torre de marfil, oculta del mundo. ¿A qué cree usted que se debe?

Talbot miró a su abogado, y después de nuevo a Clair.

—Quizá piense que cuando la prensa se entere de lo de Emory, de quién es, la historia se hará mucho más grande que si se hubiera llevado a Carnegie.

Clair ladeó la cabeza y pensó en aquello.

—Desde luego, eso sería lo primero que se me ocurriría a mí, pero creo que él es más listo que eso. Creo que tiene un motivo muy concreto para haber elegido a Emory en lugar de a Carnegie, un motivo que quizá explique por qué lo eligió a usted, para empezar. —Alzó la mano y dio unos golpecitos sobre la tapa de la caja—. ¿Por qué no me cuenta lo que está pasando en Moorings, señor Talbot?

Talbot se removió incómodo en la silla. Cruzó una mirada con Fischman y clavó los ojos en la caja.

—¿En Moorings? —preguntó con la voz quebrada.

—No digas una palabra, Arthur. Ni una sola palabra —dijo Fischman—. Detective, estamos aquí para ayudarlos a encontrar a Emory. El señor Talbot ha venido de buen grado. Si esto se va a convertir en una especie de caza de brujas, entonces pondré fin ahora mismo a esta entrevista.

Una sonrisa traviesa se asomó a los labios de Clair.

—Ah, yo creo que esto tiene mucho que ver con Emory, mucho más de lo que su cliente le ha contado inicialmente, señor Fischman. Mírelo. ¿Ve cómo le da vueltas a la cabeza? —Se puso de pie, rodeó la mesa, se situó detrás de ellos y miró al espejo. Se inclinó para susurrar al oído de Fischman—. Está intentando averiguar cómo le va a convencer de que aún tiene fondos para pagar a su bufete cuando vea usted sus últimos extractos bancarios.

Nash se acercó a la mesa, y sus ojos se posaron en la caja. Tanto Fischman como Talbot volvieron la cabeza hacia él.

—Su amiguito Arty no se puede pagar ni una chocolatina Snickers. ¿No es cierto, Arty?

—Ha estado moviendo activos como un trilero entre sus diferentes proyectos —dijo Clair—. Tiene las cuentas exprimidas, le vencen los créditos y los inversores empiezan a llamar a su puerta. Es probable que ahora mismo tenga la maleta en el coche, lista para largarse de la ciudad. Y después está el problemita de la segunda fase de Moorings. —Ladeó la cabeza hacia Fischman—. ¿No será usted uno de los inversores en ese proyecto?

Fischman frunció el ceño.

—¿Y qué relevancia tiene eso?

—Como inversor, ¿no le molestaría enterarse de que el señor Talbot no es en realidad el propietario de los terrenos en los que está tratando de edificar? —le preguntó Clair.

—¿Qué?

—Yo solo quiero que encuentren a mi hija —murmuró Talbot.

—Seguro que sí, Arty —dijo Nash.

—¿De qué están hablando, Arthur?

—Carnegie no tiene ninguna propiedad inmobiliaria, ¿verdad, señor Talbot? No como Emory, en cualquier caso —apuntó Clair—. ¿Por qué no le cuenta aquí a su amigo los motivos exactos por los que el Cuarto Mono escogió a Emory en vez de a Carnegie?

Fischman tenía los ojos clavados en él.

—¿Arthur?

Talbot le hizo un gesto con la mano.

—La madre de Emory era la dueña originaria de los terrenos de la urbanización a orillas del lago, desde Belshire hasta Montgomery. Cuando murió, se lo dejó a Emory. —Se volvió hacia Clair—. Pero eso no es más que una formalidad. Emory accedió a vendérmelos. Ella respalda al cien por cien este proyecto.

Fischman se puso rojo.

—Es menor, Talbot. No te puede vender nada durante…, no sé, ¿otros tres años? Se supone que la urbanización estará terminada dentro de quince meses.

Talbot estaba haciendo un gesto negativo con la cabeza.

—Eso lo podemos arreglar. He estado trabajando con su fideicomiso. El papeleo está redactado desde hace meses. Como su tutor legal, puedo firmar por ella en cualquier momento.

Nash se sacó del bolsillo el documento legal que le había copiado Hosman, se lo entregó a Talbot y le señaló el párrafo resaltado.

—Su director financiero está muerto. Esta de aquí es su firma como testigo de la transferencia del derecho de retención. El único hombre de su organización que podía dejar al descubierto el problema va y desaparece del escenario. ¿No le parece un tanto oportuno? Como padre de Emory, si ella muriese, usted se haría con el control total de sus activos. El fideicomiso se volvería irrelevante. Usted se haría con los terrenos y seguiría adelante con Moorings sin perder un minuto. Estoy empezando a preguntarme si el Cuarto Mono tiene algo que ver con esto. Para mí, es como si todo lo que ha sucedido le beneficiase a usted.

—Eso es un móvil, señor Talbot —le señaló Clair—. Y usted tiene claramente los medios.

Talbot lo estaba negando con la cabeza.

—No, no, lo han interpretado todo mal. No es así.

—Pues yo creo que es exactamente así.

—No, me refiero a que el fideicomiso no funciona de ese modo. —Talbot respiró hondo y trató de calmarse—. Si Emory muriese, los terrenos volverían a manos del Ayuntamiento.

Clair arrugó el entrecejo.

—¿Qué?

Talbot puso los ojos en blanco.

—Fue cosa de su madre. Cuando redactó el fideicomiso, dejó este punto muy claro. Si le pasaba algo a Emory, si moría antes de cumplir los dieciocho años, todas las fincas volverían a manos del Ayuntamiento, y el resto de los activos se distribuirán entre diversas organizaciones de caridad. La única manera que tengo de conseguir esos terrenos es con el consentimiento de Emory. —Sonrió—. Ya lo ve, detective, si a alguien le interesa que mi hija regrese sana y salva es a mí.

Clair volvió con el abogado.

—¿Es eso cierto, señor Fischman?

El letrado levantó las dos manos y se encogió de hombros.

—Mi despacho no gestiona el fideicomiso. No puedo saberlo.

—Tendremos que ver una copia —le dijo Clair a Talbot, que asintió.

—Le pediré a mi secretaria que se lo remita por email. —Mirando a ambos detectives, añadió—: Y si no hay nada más, tengo que regresar a mi oficina. A menos, claro está, que me vayan a acusar de algo. Entonces, imagino que tendré que pagar la fianza.

—Está sin blanca, Talbot —dijo Nash—. ¿Cómo piensa hacer eso?

Talbot se limitó a fulminarlo con la mirada, sin decir una sola palabra.

Clair gruñó, se dio la vuelta, se metió en la salita contigua y dejó a Nash con Talbot y Fischman. El ingeniero de sonido levantó la mirada hacia ella.

—Ha ido como la seda.

—Vete a la mierda —exclamó ella. Miró por la encimera, cogió una fotografía y regresó con paso airado a la sala de interrogatorios. Dejó caer la foto en la mesa, delante de Talbot—. ¿Los reconoce?

—¿Debería? —Frunció el ceño—. Parecen unos John Lobb de cuero negro.

—¿Le pertenecen?

—No lo sé. Tengo muchos zapatos. Si quieren un par, les puedo recomendar una tienda magnífica en el centro.

—Qué graciosillo —dijo Nash—. El Cuarto Mono llevaba puestos estos zapatos ayer por la mañana, cuando se tiró delante del autobús. Hemos encontrado en ellos sus huellas, señor Talbot. ¿Cómo explica eso?

Fischman volvió a levantar la mano, se inclinó hacia Talbot y le susurró al oído.

—No puedo —dijo Talbot—. Quizá me los robara alguien de alguna de mis residencias. Tengo docenas de pares de John Lobb. Son muy cómodos.

Una sonrisita de condescendencia le iluminó la cara. Clair tenía ganas de pegarle.

—¿Qué número de pie calza?

Talbot miró a su abogado, que asintió, y volvió a mirar a Clair.

—Un cuarenta y cinco.

—La misma talla que estos.

Talbot cogió la foto y la tiró a un lado.

—Están perdiendo el tiempo persiguiéndome por esto, detectives. Lo crea o no, quiero a mi hija y jamás haría nada que la pusiese en peligro. Si prefieren pensar en mí como un desalmado y un malnacido, quédense tranquilos con el hecho de que la necesito viva para poder concluir con éxito el proyecto de Moorings. Sea como fuere, mientras estén ustedes aquí conmigo, no están ahí fuera tratando de encontrarla, y eso es inaceptable.

Fischman le puso la mano en el hombro a Talbot.

—Ya es suficiente, Arty.

Otra vez «Arty».

—Creo que ya han perdido bastante tiempo con mi cliente, detective Norstrum —indicó Fischman.

—Es Norton.

—Sí, bueno, disculpe —respondió—. ¿Van a presentar cargos? Si no, nos marchamos ya.

Clair soltó un suspiro de frustración e hizo un gesto a Nash para que la siguiese a la salita contigua. El detective cerró la puerta después de entrar tras ella.

—Ni una puta palabra por tu parte —le espetó al ingeniero, que levantó las manos y contuvo una sonrisa.

—No ha sido una derrota total —dijo Nash—. Al menos nos va a pasar la dirección de una buena zapatería.

Clair le dio un puñetazo en el pecho.

—¡Dios, mamá osa! —se carcajeó—. Que yo soy uno de los buenos, ¿se te ha olvidado?

—Joder, qué pérdida de tiempo —dijo Clair—. El tío está metido…, tiene que estarlo.

Nash lo estaba negando con la cabeza.

—Te estás ofuscando mucho con esto. Tienes que dar un paso atrás. Yo creo que el CM está jugando con nosotros. Talbot es su objetivo, y eso no significa que tenga que ser también el nuestro. Si lo que ha dicho sobre el fideicomiso resulta ser cierto, yo creo que se libra. ¿Crees que ese tío mató a su director financiero? ¿Así como así? Yo no. Las cajitas eran las mismas que el CM ha utilizado desde el principio. ¿Cómo iba a saber alguien como Talbot qué tipo de caja tenía que utilizar? Si hubiera querido matar a su director financiero para tapar algo, habría contratado a alguien para que lo liquidase, que pareciese un accidente, que se ahogara o que se matara con el coche, o un ataque al corazón, incluso. Vamos, que me la juego a que Hosman vincula al director financiero con los delitos económicos, y esa es razón suficiente para que el CM fuera a por él. Lo hemos visto matar por menos que eso.

Clair sabía que Nash estaba en lo cierto, pero desde luego no tenía la menor intención de reconocerlo, ni en coña.

—Aun así, pillaremos a Talbot por los delitos financieros, pero no por esto. Tenemos que estar atentos, centrados en encontrar a Emory.

—No estamos ahora más cerca de lo que estábamos hace doce horas. Esa chica va a morir deshidratada antes de que la encontremos —reflexionó Clair en voz baja—. Se nos está acabando el tiempo.

Nash hizo un gesto con la barbilla hacia la caja blanca de la mesa de la sala de interrogatorios.

—¿Y eso?

Clair se encogió de hombros.

—Está vacía. Me imaginé que le pondría nervioso.

Nash puso los ojos en blanco.

—Que los federales le empapelen por los delitos financieros. Nosotros deberíamos volver abajo y repasar el tablón.

El móvil de Clair zumbó, y la detective miró la pantalla.

—Es Belkin. —Pulsó el botón para responder y puso el altavoz.

—¿Detective? Estoy en el Centro Médico de la Universidad de Chicago. Una enfermera de aquí ha identificado al CM en una de las fotos de la reconstrucción facial.

—¿Y está segura? —preguntó Clair.

—Segurísima. Ha dicho que ese hombre siempre lleva el sombrero, y ha mencionado que no aparta los ojos de un viejo reloj de bolsillo para controlar la duración de su tratamiento. Es nuestro hombre. Se llama Jacob Kittner. Tengo una dirección. Se la estoy enviando ahora mismo en un mensaje de texto.

—Envíasela a Espinosa, del equipo de intervención, y dile que nos vemos allí. Estamos de camino. —Colgó el teléfono y sonrió a Nash—. Te besaría ahora mismo si no fueras tan feo, hijo de puta.

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