El Cuarto Mono

El Cuarto Mono


56. Diario

Página 58 de 98

56

Diario

La mañana siguiente hizo un maravilloso día de verano, así que decidí darme un paseo en lugar de quedarme encerrado entre las cuatro paredes de casa. No estuve mucho tiempo fuera, una hora a lo sumo, lo justo para echarle un vistazo a mi gato, tirar al lago unas cuantas piedras, confirmar que el entierro acuático del señor Carter era de naturaleza permanente y regresar.

El Plymouth verde había vuelto.

Se hallaba aparcado en la calle delante de la casa de los Carter, vacío. Me acerqué. El motor seguía caliente como para crujir, y el humo del tubo de escape aún se olía en el aire. No había ni rastro del hombre de la víspera.

Con cuidado de mantenerme oculto tras la espesura de los arbustos y árboles del bosque, me aproximé más. Las llaves, colgando del contacto, lanzaban destellos a la luz del sol.

Era un hombre confiado.

Si las llaves estaban en el contacto, era lógico pensar que el coche estaba abierto.

Asomé la cabeza por encima un instante y miré hacia la casa de los Carter.

La puerta principal estaba cerrada, pero había algo que no encajaba. La casa no parecía vacía.

El hombre tenía que estar allí dentro; ¿dónde si no?

La puerta del lado del conductor daba a la casa de los Carter, y la del acompañante a la calzada.

Con una respiración profunda y osadía, salí disparado de mi escondite y me detuve con un derrape ante la puerta del acompañante. Veía claramente la casa de los Carter: eso significaba que quien saliera de ella también me podría ver a mí. Pero no tenía mucho donde elegir; tendría que moverme con rapidez.

Agarré la manilla y tiré de la puerta hacia mí con mucho cuidado. Protestó con un chillido estridente. Al principio pensé que con aquel jaleo el hombre ya me habría oído, así que dejé la puerta abierta y me volví a agazapar sin perder de vista la casa por debajo del automóvil. Al ver que había pasado un minuto y el hombre no salía, me puse de nuevo en pie y me asomé al interior del coche.

El Duster tenía un asiento corrido de cuero negro con una larga palanca de cambios que salía del suelo, coronada con una bola negra de billar con el número ocho, tal vez el pomo más chulo que había visto en toda mi vida, y fue allí, en aquel instante, cuando juré que ese sería el primer vehículo que me comprase. Esa transacción estaba lejos aún, pero es necesaria una planificación adecuada para todo, desde la compra de un coche hasta la ejecución de un allanamiento.

No tenía tiempo para planificar como es debido aquel allanamiento en particular, y al alargar la mano hacia la guantera, recé en silencio a todos los dioses del cielo para que no estuviese cerrada con llave. Si lo estaba, no conseguiría abrirla sin mis ganzúas: las tenía en el primer cajón de la mesilla de noche, debajo del último número de Spider-Man.

La guantera se abrió con un sonido seco.

Tenía la esperanza de encontrar algún documento de registro del coche u otro papel que me ayudase a identificar a aquel hombre tan extraño, pero un simple vistazo dejó claro que no iba a tener tanta suerte. En la guantera no había ningún papel. Lo que sí había era una pistola bastante grande. Yo no sé de pistolas, y mentiría si dijera que era capaz de identificar cualquier pistola a primera vista en circunstancias normales. Ahora bien, esta sí la reconocí, porque unos meses antes me vi un maratón de Harry el Sucio, y aquella era claramente la misma pistola del personaje de Clint Eastwood en dicha saga de películas.

Un Magnum 44, el mejor revólver del mundo, capaz de volarte los sesos de un tiro, en especial si eras un vago sin demasiada fortuna.

Yo no era un vago desafortunado. Era un vago muy listo. Cogí el revólver, saqué el tambor y lo incliné hacia atrás para que me cayesen las balas en la mano. Me las guardé en el bolsillo, volví a meter el tambor y devolví el Magnum a la guantera tal y como me lo había encontrado.

Cuando el señor Desconocido quisiera sacar su revólver (algo que sabía que sucedería en un futuro no muy lejano), me deleitaría sabiendo que aquella arma sería tan efectiva como una pistola de agua. De haber tenido mis herramientas, le habría quitado el percutor y dejado las balas, pero para hacerlo habría tenido que ir hasta mi casa y volver a plena vista desde la casa de los Carter. Tal riesgo ni siquiera me lo había planteado. Si se presentaba la oportunidad, ya lo reconsideraría.

Con el revólver descargado y guardado de nuevo donde lo encontré, cerré la guantera y miré debajo del asiento. No encontré nada salvo un envoltorio viejo de sándwich que aún apestaba a mostaza. El asiento de atrás también estaba vacío.

El hombre que podría ser un policía pero probablemente no lo era seguía siendo un misterio, un misterio que estaba decidido a resolver.

Quería mirar en el maletero, pero mi buen juicio me decía que ya estaba tentando a la suerte, así que me bajé con cuidado del coche, cerré la puerta del acompañante con delicadeza y me dirigí a la seguridad del bosque.

Me acerqué a la casa de los Carter con cuidado de permanecer entre los robles de mayor tamaño. Cuando me vi en paralelo con el porche delantero de la casa, crucé corriendo la hierba y me arrodillé bajo la ventana del salón.

Cerré los ojos y escuché.

Padre me contó una vez que nuestros sentidos trabajan de manera conjunta en el transcurso normal del día, y que si anulabas uno o varios de los sentidos y te concentrabas en los restantes, estos se afinaban mucho. Había podido comprobar que era cierto, que solo con cerrar los ojos era como si los oídos recibiesen un pequeño impulso que de otro modo quedaba sin explotar.

Oí al señor Desconocido revolver cosas en el interior. Estaba bastante seguro de que se hallaba en el salón, justo encima de mí.

Sonó un fuerte golpe.

Pareció que procedía del salón, pero no recordaba nada en esa habitación que pudiese hacer semejante ruido, y yo tenía una excelente memoria. Con frecuencia, padre me hacía entrar en una estancia desconocida y, de inmediato, cerrar los ojos y recitar todo cuanto era capaz de recordar y dónde se encontraba exactamente. Para practicar, íbamos de visita a las casas que estaban en venta, en las jornadas de puertas abiertas, e íbamos de habitación en habitación. Cuando terminábamos con una casa, pasábamos a la siguiente, y si nos daba tiempo, buscábamos otra después de esa. Una vez entramos en seis casas en un solo día. Mi capacidad para recordar el contenido de una habitación era prácticamente fotográfica, me dijo padre lleno de orgullo. La suya, sin embargo, era mejor aún: durante la cena, después del maratón de las seis casas, me pidió que recordase lo que había en algunas habitaciones concretas de la segunda casa. No estaba preparado para aquel segundo examen, y, aun cuando me vinieron a la memoria algunas cosas, no pude recordarlas todas. Pero padre sí. Parecía…

—Qué, ¿has venido a regar las plantas?

La voz me sorprendió, y casi se me sale el corazón por la boca al darme la vuelta y toparme con su dueño. El señor Desconocido estaba de pie justo detrás de mí, con los ojos entrecerrados y la expresión tan fruncida que cualquiera diría que le había dado un buen tute a aquellas arrugas a lo largo de su vida. Le daba vueltas a un martillo entre los dedos regordetes.

—Los Carter están de vacaciones, y he creído ver a alguien dentro de la casa —solté enseguida.

Aquello parecía una buena razón para encontrarme allí. A veces las respuestas más simples son las mejores, porque si mientes y la conversación se alarga, esas mentiras se te pueden acabar enrollando en la garganta hasta asfixiarte.

—Sería mi socio, el señor Smith —respondió el señor Desconocido—. Igual que a mi patrón y a mí, al señor Smith le preocupa que tu vecino no se haya presentado a trabajar hace días. Creo haber mencionado que el señor Carter no solicitó los días libres antes de marcharse de vacaciones. Es muy preocupante.

No era capaz de recordar si había dicho aquello cuando hablamos el otro día, pero asentí de todas formas.

—No deberían entrar en su casa. Quizá tendría que llamar a la policía.

—Me parece una excelente idea —dijo el señor Desconocido—. ¿Prefieres llamar desde aquí dentro o desde tu casa?

Ratas.

La mano que tenía libre el señor Desconocido me rozó el hombro. Me agaché, me volví y aparecí a su lado.

Soltó una carcajada y dio unos toquecitos en la ventana; después encogió el dedo en un gesto que decía «ven aquí».

—Tranquilo, chaval. Solo le estoy pidiendo al señor Smith que salga.

Un rumor procedente de mi casa invadió el aire, y vi cómo el Porsche de padre se detenía en nuestra entrada. Él bajó del asiento del conductor, y madre del lado del acompañante. Hablaban entre sí en susurros, mirándonos fijamente al señor Desconocido y a mí. Se acercaron, padre con una sonrisa deslumbrante, y madre cogida de su brazo. Lucía un vestido verde de flores que le envolvía las piernas a cada paso, juguetón. Parecían sacados de una revista.

Padre ofreció la mano y lo que sin duda fue un saludo firme.

—¿Cómo está, señor? ¿Amigo de los Carter?

El señor Desconocido le devolvió la sonrisa.

—En realidad trabajo para su patrón. No ha ido por la oficina desde el martes, y ya se empieza a notar la preocupación en las charlas de los pasillos. Así que he pensado en coger el coche y venir a ver qué ocurría.

La puerta mosquitera de la parte de delante de la casa de los Carter dio un portazo, y todos nos dimos la vuelta. Un hombre enjuto con el pelo largo y rubio y unas gafas gruesas bajó los escalones del porche. En lugar de aproximarse, se apoyó contra la barandilla y sacó un paquete de Marlboro. Me quedé mirando cómo prendía una cerilla con un golpe del pulgar de la mano derecha sobre la punta y se encendía un cigarrillo que había aparecido en sus labios sin que le hubiera visto sacarlo del paquete.

—Ese es mi compañero de la oficina, el señor Smith.

El señor Smith saludó con un sombrero imaginario y continuó vigilándonos desde lejos. Sus ojos se detuvieron en madre un poco más de lo debido, y supe que eso pondría furioso a padre, aunque no lo demostró. En cambio, dijo en tono cordial:

—Encantado de conocerle. —Y volvió su atención nuevamente hacia el señor Desconocido—. No me he quedado con su nombre.

El señor Desconocido sonrió.

—No, no creo que lo haya hecho. Soy el señor Jones.

—¿Y es usted policía, señor Jones?

El señor Desconocido ladeó la cabeza.

—¿Por qué dice eso?

La mirada de padre no se apartó de la del señor Desconocido.

—Mi hijo me ha contado que ayer le enseñó usted una placa.

El señor Desconocido apartó los ojos de padre y me miró a mí.

—No sé por qué diría tal cosa. Debe de haberse confundido. —Me hizo un breve guiño y me alborotó el pelo antes de regresar con mi padre—. ¿Le dijeron los Carter adónde iban?

—No tenemos tanta relación.

—¿Le dijeron cuándo volverían?

—Como le he dicho…

—No tienen tanta relación.

—Eso es.

Desde el porche, el señor Smith dejó caer al suelo lo que le quedaba del cigarrillo y aplastó la colilla con una bota negra más propia de los pies de un motero que de los del hombre tan menudo que teníamos delante. No era mucho más alto que yo, pero su voz era mucho más grave de lo que uno se habría esperado, áspera.

—El señor Carter estaba trabajando para nuestro patrón en un asunto bastante delicado, y ya que no pidió las vacaciones en la oficina y que parece estar ilocalizable, tenemos que asumir que ha decidido eludir sus obligaciones. Teniendo esto en cuenta, hemos de recuperar de inmediato todos los papeles relacionados con el trabajo y el material de nuestro patrón. Esperábamos que esos documentos de trabajo estuvieran aquí, en su casa, pero no parece que sea el caso. O si están aquí, no están muy a la vista. ¿Les llegó a hablar alguna vez el señor Carter de su trabajo? ¿No les mencionó, quizá, a qué se dedicaba?

—No tenemos tanta relación —volvió a repetir padre—. Lamento decirles que ni siquiera estoy al tanto de la profesión del señor Carter.

—Es contable —dijo el señor Desconocido.

Vi que sus ojos se desplazaban hacia madre un breve instante, y ella le miró también. Algo se habían comunicado con aquella simple mirada, pero no supe qué.

El señor Smith tenía las manos delante de él. Trazó un cuadrado en el aire.

—Guardaba sus papeles del trabajo en una caja metálica de color beige de unos treinta centímetros de ancho por sesenta de largo, ignífuga, con una cerradura en la tapa. Similar a una caja de seguridad de un banco, de las grandes. La he encontrado debajo de su cama, tan vacía como el vaso de un borracho. Me gustaría saber qué hizo con el contenido.

Madre, que hasta el momento había permanecido en silencio, habló con tono firme.

—No creo que a los Carter les haga muy felices enterarse de que se han dedicado a revolver sus cosas sin su consentimiento en busca de esa caja, contuviera lo que contuviese. Creo que lo mejor será que se marchen, caballeros. Cuando vuelvan los Carter, yo personalmente me encargaré de que el señor Carter se ponga en contacto con su oficina. Me imagino que si no solicitó los días libres de la debida forma fue por despiste, y que todo esto se podrá solucionar con una explicación bien aburrida.

El señor Desconocido sonrió, pero fue una sonrisa forzada, de esas que luces por cortesía cuando te dan un postre amargo.

—Estoy seguro de que tiene usted razón y de que todos estamos exagerando. —Bajó la cabeza en una reverencia burlona—. Ha sido un placer conocerlos a los dos. —Me volvió a alborotar el pelo—. Tienen aquí a un buen chaval. Por favor, dígale al señor Carter que llame por teléfono a la oficina en cuanto regrese.

—Desde luego —respondió padre.

Dicho aquello, ambos hombres se dirigieron al Plymouth paseando tranquilamente, sin mirar atrás ninguno de los dos. Padre, madre y yo no nos movimos de allí hasta que desapareció el coche de nuestra vista y no dejó más que una nube de polvo con forma de cola de gallo.

Ir a la siguiente página

Report Page