El Cuarto Mono

El Cuarto Mono


57. Emory. Día 2 – 11:57

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Emory

Día 2 – 11:57

Emory había encogido las rodillas contra el pecho y se había rodeado el cuerpo con el brazo libre para intentar entrar en calor. Tiritaba descontrolada, sentía en el cráneo el castañeteo de los dientes. Un momento antes se había palpado la muñeca rota con la mano buena, y tuvo que apartarla. Se le había hinchado tanto que era como si la piel envolviese los bordes de las esposas, y el metal se le clavaba. Notaba el pulso contra el metal afilado, tibio y húmedo. Temía perder la mano si no encontraba pronto una salida, pero no sabía qué hacer.

No había ninguna salida.

Ni puerta.

Ni techo.

Nada a su alrededor salvo hormigón.

La música atronaba, una canción que no conocía.

Además, juntar dos pensamientos coherentes se le hacía difícil. Sabía que eso era consecuencia de la falta de comida y agua, pero de poco le servía decirse aquello. La cabeza le palpitaba con sus propias punzadas de dolor, y era como si tuviese el cerebro entumecido, perdido tras una cortina de niebla.

Una vez se emborrachó.

Con Colleen McDoogle.

Encontraron una botella de bourbon Wild Turkey en el armario de debajo de la cocina en casa de Colleen y decidieron probarlo. Al fin y al cabo, si no practicaban, ¿cómo sabrían cuánto podían beber en una fiesta con la seguridad de no ir a emborracharse? Al final fue muy poco, y a la madre de Colleen no le hizo feliz precisamente encontrárselas al llegar a casa una hora antes de lo esperado. Emory no conseguía recordar cuánto habían bebido, pero al día siguiente tenía un tipo especial de dolor de cabeza que parecía partir de detrás de los ojos e intensificarse conforme avanzaba hacia atrás.

Ese era el dolor de cabeza que tenía ahora.

Me acuerdo de cuando pasó. Eras incapaz de caminar en línea recta, aunque tu vida dependiera de ello. Pero lo intentasteis las dos, Colleen y tú, con la esperanza de que su madre no lo notara.

—Eso fue el año pasado, mamá. Tú estabas muerta.

Eso no significa que no lo estuviera viendo, cielo. ¡Menudo castigo te habría caído conmigo! Te habría quitado el ordenador, el móvil y la televisión. Habría hecho lo mismo que hizo mi madre cuando me pilló a mí bebiendo por primera vez con mi hermano. Te acuerdas de tu tío Roger, ¿verdad? Nos cazó a Roger y a mí con una botella de vodka de tres cuartos y nos obligó a terminárnosla entera entre los dos. Estuve malísima durante días, pero no volví a tocar el alcohol durante cerca de tres años. ¿Cómo le va a Roger?

—¿Quién es Roger? No recuerdo a ningún tío Roger.

Pero ¿cómo te has podido olvidar del tío Roger? Vivió con nosotras durante casi un año después de que tú nacieses.

Entonces se acordó de Roger. Con un leve sobrepeso, cabello oscuro alborotado en un vano intento de ocultar la calva que poco a poco iba ganando terreno en la coronilla. Arregló el fregadero una vez que la señora Burrow atascó el triturador con restos de pasta. También la ayudó a conseguir una tarjeta de acceso nueva para el ascensor cuando la suya murió por dejársela debajo del móvil dentro del bolso. Espera…

—Yo no tengo ningún tío Roger. Ese es el encargado de mantenimiento del edificio.

¿He dicho Roger? Ay, querida, me refería a tu tío Robert.

—Que yo no tengo ningún tío. Si alguna vez he conocido a alguien de tu familia, no me acuerdo de ellos —dijo Emory en voz baja. Lo podría haber gritado si hubiera querido, y nadie la habría oído con el estruendo de Cream cantando Born Under a Bad Sign.

¿No te acuerdas de tu tío Steve? Cuánto le disgustaría eso. Cuando eras un bebé te mecía con mucho cariño hasta que te quedabas dormida. Solía cantarte esa canción… ¿Cómo era? ¿Te acuerdas? Algo sobre el día en que la música murió

Drove my Chevy to the levee but the levee was dry… —ronqueó Emory con los labios secos y agrietados. Se pasó la lengua por las fisuras—, this’ll be the day that I die…[3]

¡Eso es! Al tío Ryan le encantaba esa canción.

—No tengo ningún tío. Y tampoco tengo madre. No existes. Deja ya de hablar conmigo, por favor.

¿Crees que hoy es el día?

—¿Qué?

Ya sabes, el día en que vas a morir.

Emory se puso las yemas de los dedos de la mano buena en la sien y los hundió en la piel blanda.

Yo creo que lo mejor es que asimiles la brevedad de tu futuro. En serio, querida, suponiendo que el Asesino ese de los Monos no te mate pronto, no has probado sólido ni líquido en semanas. ¿Cuánto tiempo más crees que vas a poder aguantar?

—No han sido semanas. Solo han pasado dos días, tres como mucho.

Mira, cielo, yo creo que ha sido por lo menos una semana.

Emory negó con la cabeza y se encogió al sacudirse el oído dañado con aquel movimiento.

—Creo que la música está puesta con un temporizador. Si lo está, diría que se pone una vez al día. Así que hoy sería el segundo día.

Aunque esa maravillosa teoría tuya resultara ser cierta, y no creo que lo sea, ¿cuánto crees que puedes aguantar sin comida ni agua?

—Gandhi hizo huelga de hambre durante veintiún días —dijo Emory.

Veintiún días sin comida, pero sí bebió agua.

—Ah, ¿sí?

Estoy segura. Y no me sorprendería que alguien le pasara alguna chuchería o dos mientras tanto. Ya sabes cómo son los famosos.

—Gandhi no era uno de esos famosos, era…

¿Por qué estaba hablando con ella? Si no era real, solo su imaginación. Estaba perdiendo la cabeza. Se le iba a ir la pinza antes de que la falta de agua se la llevase por delante. El cerebro se le estaba deshidratando lentamente, como una esponja al sol, y también los órganos. Sentía que tenía ganas de orinar, pero al intentarlo no le salía nada. Casi podía imaginarse sus riñones, y el hígado, consumiéndose en su interior. ¿Cuánto faltaba para que empezasen a fallar? Aunque Emory no se movía, el corazón se le aceleraba, le palpitaba con fuerza en el pecho. Al principio pensó que no era más que su imaginación, pero cuando se tomó el pulso unas horas atrás, contó cerca de noventa pulsaciones por minuto. Muy alto. Cuando iba a correr, rara vez pasaba de ochenta.

Emory se llevó el dedo al cuello y se volvió a tomar el pulso, contó las pulsaciones durante quince segundos: veintiséis. Y veintiséis por cuatro son… Mierda, era incapaz de concentrarse. Veintiséis por…

Eso ronda las doscientas, cielo. Qué rápido.

—Ciento cuatro —dijo Emory haciendo caso omiso de la voz. Sus pulsaciones en reposo por lo general rondaban las cincuenta y cinco. Ahora mismo no estaba haciendo nada, pero el corazón le iba a toda velocidad. Emory no sabía qué significaba eso con exactitud, pero sí que no era bueno.

Cuando vuelva el Cuarto Mono, a lo mejor le puedes pedir que te mate rapidito. Eso sería muchísimo mejor que la historia esa de los ojos y la lengua, ¿no te parece?

Emory se pasó la lengua por el interior de la boca. Había perdido la mayor parte del sentido del gusto, pero notó un sabor que le recordó el serrín. A una cucharada de serrín.

Tenía ganas de llorar, pero no le quedaban lágrimas. Le ardían los ojos secos en contacto con la oscuridad.

En algún lugar por encima de ella, Jimi Hendrix cogió su guitarra y comenzó a gemir.

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