El Cuarto Mono

El Cuarto Mono


84. Porter. Día 2 – 17:31

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Porter

Día 2 – 17:31

El 314 de Belmont Oeste tenía la fachada de cristal y la mayoría de las ventanas estaban selladas con tableros de contrachapado, pero la puerta grande de torniquete de cristal no. Porter le dio un empujón a modo de prueba, esperando encontrársela cerrada, pero la puerta giratoria se movió y giró sobre su eje. Tras dirigir una última mirada atrás, hacia Marcus, puso el pie dentro y siguió el giro. Los sonidos y los olores de la ciudad se evaporaron rápidamente, reemplazados por el silencio más absoluto y el pulverulento olor del serrín del pladur. Salió de la puerta giratoria y se encontró en el vestíbulo del edificio.

Lo primero que pensó Porter fue que aquel sitio no estaría terminado en primavera ni de coña. Los muros eran de hormigón visto con marcos de aluminio de sesenta por uno veinte, desperdigados al azar. Se imaginó que todo aquello sería recubierto y formaría paredes y estancias, pero en ese momento lo único que había en aquel espacio era un caos intencionado. El suelo estaba plagado de decenas de huellas que iban en todas direcciones. La luz de las farolas de la calle entraba por los grandes ventanales a su espalda e iluminaba la sala, pero la visibilidad menguaba rápidamente a medida que sol se apagaba.

Porter se arrodilló y estudió las huellas. Encendió la linterna e hizo que el haz de luz barriera el suelo con la lenta constancia de un faro que recorriese una bahía. Todas las huellas parecían de botas de trabajo, todas menos un par. Se puso en pie, se acercó y se inclinó para verlas mejor. Zapatos de vestir de caballero. A su lado se dibujaba un sendero en el polvo, como si hubieran arrastrado algo.

Siguió el rastro hasta la esquina occidental, al fondo de la estancia que se convertiría en el vestíbulo, y se encontró de pie ante una batería de ascensores, seis en total, que ocupaban la pared del final. Pulsó el botón para llamar un ascensor, pero no sucedió nada. No esperaba que funcionaran. La electricidad tenía pinta de estar cortada. Las puertas de acero estaban cerradas y selladas con un precinto de seguridad alrededor de una nota que decía «Peligro – sin cabinas».

El rastro en el polvo continuaba más allá de los ascensores y seguía por un pasillo a la izquierda. Al doblar la esquina, se encontró con una puerta: las escaleras de emergencia, se imaginó. En rojo vivo, garabateado sobre la pintura verde descolorida, ponía: NO VEAS EL MAL. En el suelo, a sus pies, había dos globos oculares humanos. Le miraban con una inquietante calma.

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