El Cuarto Mono

El Cuarto Mono


85. Clair. Día 2 – 17:31

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Clair

Día 2 – 17:31

—Miranda, ¿sigue ese hombre en la casa? —le volvió a preguntar Nash, con más firmeza.

La criada tenía costras de lágrimas secas en los ojos. Gimoteó ligeramente, negó con la cabeza, se encogió de hombros y enseguida asintió.

—No lo sé —respondió la mujer—. No le he visto marcharse.

—¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que lo ha visto?

Parecía confundida con aquella pregunta. Se le abrieron un poco más los ojos.

—No… no lo sé.

—¿La ha drogado?

La mujer se quedó mirándolo fijamente, como si lo estuviera considerando.

—No sé, creo que sí. No recuerdo que me atase. Tengo todo un poco borroso.

—¿Hay alguien más en la casa? —le preguntó Nash.

La criada respiró hondo y miró hacia la escalera.

—La señora Patricia y el señor Talbot están en su dormitorio. —Los ojos se le abrieron más aún—. El hombre ha subido. Recuerdo que ha ido hacia las escaleras.

Nash siguió la mirada de la mujer hacia las escaleras, apenas visibles en aquella luz menguante.

—¿Y Carnegie?

—No estoy segura de si está en casa. No la he visto desde esta mañana. Podría estar en su cuarto.

Clair se arrodilló junto a la mujer, con los ojos y el arma apuntando aún hacia el pasillo.

—Miranda, ¿verdad?

La mujer asintió.

—Voy a desatarla. Cuando lo haga, quiero que salga fuera. Verá mi coche, un Honda verde. Está abierto. Súbase y espere a que llegue la policía. Quédese agachada y manténgase escondida hasta que lleguen —dijo Clair—. ¿Cree que podrá hacerlo?

Miranda asintió.

Clair se encargó con rapidez del cable que le sujetaba las piernas a la mujer mientras Nash le desataba las manos. Cuando la criada trató de ponerse en pie, se tambaleó y casi se cayó. Nash la sujetó y la ayudó a mantener el equilibrio.

—Es posible que su cuerpo tarde un rato en expulsar completamente lo que sea que ese hombre le haya dado, así que intente moverse despacio.

—Creo que voy a vomitar —dijo Miranda con un tono ceniciento en el rostro. Se agarró a la mesa y se sujetó.

—Tómeselo con calma —le dijo Clair—. La ayuda estará aquí enseguida.

Se quedaron mirando cómo la mujer seguía la pared hasta que llegó a la puerta principal y salió a la noche, cada vez más oscura. Una vez que hubo desaparecido de su vista, los dos se dieron la vuelta hacia la escalera con las armas preparadas.

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