El Cuarto Mono
86. Porter. Día 2 – 17:32
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Porter
Día 2 – 17:32
Porter pasó el dedo por la pintura. Todavía estaba húmeda.
Los ojos eran azules.
Quería llamar a Emory a gritos, pero sabía que eso solo serviría para delatar su posición. También sabía que debería meter los ojos en una bolsa, pero no tenía ninguna. Se arrodilló. Bishop los había sacado enteros, con nervio óptico y todo. No era fácil hacerlo. Un ojo sí se sacaba con cierta facilidad, pero hacía falta una mano experta y las herramientas apropiadas para llegar detrás y retirarlos de las cuencas sin dañarlos. Tenían pinta de ser recientes. La sangre apenas había empezado a coagularse y secarse.
Porter se metió la mano en el bolsillo y sacó el móvil.
—¿Kloz? Estoy dentro. He encontrado los ojos de Emory delante de la escalera de emergencia de la planta baja. ¿Has llamado también a una ambulancia?
No oyó nada y miró el teléfono: «Sin servicio».
—Mierda.
Se volvió a guardar el móvil en el bolsillo.
Apretó la mano en el mango del bate al pasar por encima de los ojos, presionó con suavidad el botón de desbloqueo de las puertas, las abrió y accedió a la escalera. La luz de la linterna barrió el polvo y los restos suspendidos en el aire como si de una niebla seca se tratase, y tuvo que contener las ganas de estornudar. Era imposible seguir el rastro por allí. Eran tantas las huellas que convergían en el primer escalón que Porter no podía distinguir cuántas personas lo habían pisado, pero podrían ser decenas.
Alumbró directamente hacia arriba.
¿Cuántos pisos había dicho Kloz que tenía aquel edificio? ¿Había llegado a decirlo? Desde fuera parecía tener por lo menos cincuenta plantas. Porter no tenía claro que fuese capaz de subirlas ni en su mejor día, así que no digamos con una herida reciente de arma blanca en el muslo. Se bajó un poco los pantalones verdes de hospital y se miró la herida. Ya no le sangraba. Sin embargo, aún sentía punzadas de dolor en la pierna. La puñetera casi le dolía más ahora que cuando le habían clavado el cuchillo. Por lo que podía ver, la zona que rodeaba el vendaje y el esparadrapo se le estaba poniendo morada y negra.
Sacó el cúter del bolsillo y lo utilizó para cortar un trozo de tela de la camisa. Con ella recubrió el vendaje para asegurarlo en el sitio. Cortó otro trozo y lo ató con fuerza justo por encima de la herida, no tan eficaz como un torniquete, pero lo suficiente para ralentizar el flujo de la sangre. Con un poco de suerte, aquello bastaría para mantenerlo en pie, al menos durante un rato.
Porter comenzó a subir escalones.