El Consejo de Hierro
Novena Parte: Sonido y luz » 31
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Un dirigible volaba a gran velocidad. El viento y su motor lo impulsaban sobre fragmentos de roca. Los pueblos fantasma que sobrevolaba, los recuerdos del florecimiento del ferrocarril, eran como las manchas descoloridas de los heliotipos. Cutter miraba desde la pequeña cabina.
El Colectivo había conseguido sacarlo de la ciudad. Primero habían soltado dos globos señuelo, y mientras la milicia los atacaba, el dirigible había emprendido el vuelo. El piloto volaba tan bajo que tuvieron que sortear las torres-bloque. La nave había atajado entre las chimeneas de las fábricas de los barrios bajos y había despistado a las flotas de cazadores.
Viajaban con miedo a los aeropiratas, pero aparte de las estúpidas agresiones de los alagith y de algunos dracos forasteros, nadie los atacó en las tierras salvajes. Cutter pasaba todo el tiempo pensando en Judah. En su interior se movía un rompecabezas de cólera, y una necesidad de un tipo que era incapaz de exorcizar.
—Ten cuidado, Cutter —le había dicho Judah antes de separarse, y lo había abrazado. No le dijo lo que iba a hacer ni por qué se quedaba—. Tienes que darte prisa. Lo han atravesado. La milicia, ha atravesado el cacotopos, y está persiguiendo al Consejo. Vuelve —le dijo—. Cuando hayan dado la vuelta o se hayan dispersado, vuelve, yo te estaré esperando. Y si se niegan a dar media vuelta, adelántate, vuelve a la ciudad y yo estaré aquí. Te esperaré.
No es verdad, pensó Cutter. No como sabes que yo querría.
El piloto, un rehecho, tenía en lugar de brazo una pitón que se enroscaba a su cuerpo. Casi nunca hablaba. En tres días, lo único que Cutter había averiguado era que antes trabajaba para un señor del crimen y que se había pasado al Colectivo.
—Tenemos que darnos prisa —dijo Cutter—. Algo está saliendo de la zona cacotópica. —Se dio cuenta de que parecía que estaba hablando de alguna bestia de la Torsión, y no trató de corregir la impresión—. Tenemos que encontrar al Consejo.
Revisó los espejos que llevaba. Los vidrieros habían hecho un magnífico trabajo. Se los había mostrado a Madeleina di Farja, y le había enseñado para qué servían.
—¿Cuántas veces los has usado? —le dijo ella, y Cutter se echó a reír.
—Ninguna. Pero Judah me ha enseñado a hacerlo.
Cutter contemplaba los acres de aire salpicado de aves y materia arrastrada por el viento. Volaban sobre unos nubarrones que parecían un suelo de humo. En el límite de su campo de visión, varios kilómetros al sur, vio gente. Una columna larga y extendida sobre el paisaje, la vanguardia del tren renegado, que marchaba por delante incluso de los niveladores y pontoneros.
—Pasa por un lado, no te acerques demasiado —dijo Cutter—. Que sepan que no pretendemos hacerles ningún daño. —Su corazón latía apresuradamente.
Tardaron una hora más en seguir el reguero de consejeros hasta los niveladores que apartaban los escollos del camino del tren, alisaban y compactaban la tierra, los peones que se movían con una precisión de autómatas, y al fin, el tren perpetuo.
—Ahí.
Cutter lo miró fijamente. Sus furgones abiertos, los vagones y la aglomeración de torres, los puentes colgando, los colores moteados de sus numerosos aditamentos, los adornos de cráneos y cabezas, el humo de las chimeneas, el de los motores y el de las fogatas encendidas que lo cubrían de un extremo a otro. Y a su alrededor, cientos de consejeros moviéndose a su lado o sobre él, en el trecho en el que viajaban. Un proyectil de pólvora embrujada estalló debajo de ellos.
—Maldición, creen que vamos a atacarlos. Gira, dales un margen, vamos a sacar algunas banderas.
El tren avanzaba sobre el lento despliegue de los raíles, seguido por el desmantelamiento de la vía. Tras de sí dejaba un rastro de restos, una franja de tierra alterada.
—Dioses, están avanzando deprisa. Estarán en la ciudad dentro de pocas semanas —dijo Cutter. Semanas. Demasiado lento. Demasiado tarde. Además, pensó, ¿qué pueden hacer? ¿Qué pueden hacer?
Cutter pensó en el tren perpetuo abandonado, envejeciendo, hecho al fin de tiempo y clima, a medida que la lluvia y el viento iban convirtiendo su hierro en polvo rojo y las tejas y ramas de sus tejados iban cayéndose y enmoheciendo, y se convertían en mantillo. A la sombra de los vagones abiertos, las raíces perforarían el duro suelo del tren, y los radios y ejes de sus ruedas quedarían sepultados por enredaderas y madreselvas, por un imperio de budleias. Las arañas y los animales salvajes colonizarían sus rincones y la caldera se enfriaría. Las últimas reservas de carbón se aposentarían como las vetas minerales que antaño habían sido. El polvo sedimentario arrastrado por el viento ocluiría las chimeneas. El tren se incorporaría al paisaje. La roca en la que descansaba estaría manchada de tren.
El rastro que el Consejo de Hierro había dejado se convertiría en un extraño pliegue de la geografía. Y finalmente, los descendientes de los consejeros, que habrían huido siguiendo sus consejos, de la milicia que los perseguía y la venganza de Nueva Crobuzon, los hijos de los hijos de sus hijos, encontrarían los restos. Hablarían de ello y excavarían el extraño túmulo, buscando su historia.
Kilómetros por detrás del último de los rezagados del Consejo, al borde de una zona más salvaje y arbolada, había una línea de fuego, un avance lento que, vio Cutter con su catalejo, estaba formado por figuras oscuras. Unos hombres se acercaban. A dos días de distancia, más o menos.
—Oh, por Jabber, ya están aquí —dijo Cutter—. Son ellos. Los milicianos.
Cuando descendieron, los líderes estaban esperándolos. Ann-Hari y Cañas Gruesas abrazaron a Cutter. Se volvieron hacia el piloto y Cutter vio que el colectivista tenía lágrimas en los ojos.
La urgencia de su misión embargaba a Cutter. Los consejeros lo rodearon, y exigieron saber lo que estaba ocurriendo en Nueva Crobuzon. Ann-Hari trataba de controlar la situación, de traer a Cutter a su lado, pero éste no quería bajo ningún concepto quedarse a solas con ella, no quería que controlase el menaje que traía. Era demasiado poderosa para él, y tenía planes demasiado importantes.
—Escuchadme —gritó hasta conseguir que lo oyeran—. Viene la milicia. Han atravesado la mancha cacotópica. Están a uno o dos días de aquí. Y no podéis ir a la ciudad. Tenéis que huir.
Cuando finalmente lo entendieron, se elevó un furioso rugido de negación colectiva, y Cutter trepó sobre sus brazos y empezó a dar pisotones en el techo del tren, lleno de frustración. Sentía la misma mezcla de amargura, tristeza y desdén que las maniobras políticas de Judah y del Caucus le habían inspirado siempre. Quería salvar a aquella gente de su propio y desesperado empeño.
—¡Idiotas! —gritó. Sabía que debía contenerse pero no era capaz de hacerlo—. Maldita sea, escuchadme. Hay un regimiento de la milicia detrás de vosotros, y ha atravesado la puta mancha cacotópica, ¿entendéis? Ha cruzado el mundo de un lado a otro sólo para mataros. Y hay miles más en Nueva Crobuzon. Tenéis que volver —gritó, enfurecido—. Soy vuestro amigo, no vuestro enemigo. ¿Acaso no crucé el puto desierto? Estoy tratando de salvaros. No podéis vencerlos y, desde luego, no podéis vencer a quienes los han enviado.
Un puñado de dracos alzó el vuelo en misión de exploración. Los consejeros debatieron. Pero, para consternación de Cutter, fue un debate con un solo argumento.
—Ya vencimos a la milicia, hace años.
—No, nada de eso —dijo él—. Conozco la historia. Los detuvisteis el tiempo suficiente para poder escapar, que no es lo mismo. Aquí estamos a campo abierto. No hay ningún sitio adonde ir. Si les hacéis frente aquí, moriréis.
—Ahora somos más fuertes. Tenemos nuestros propios embrujos.
—No sé lo que lleva esa unidad, pero maldición, ¿creéis que vuestra puñetera magia va a detener a un escuadrón de la muerte de Nueva Crobuzon? Marchaos. Huid. Reagrupaos. Escondeos. No podéis hacerles frente.
—¿Y los espejos de Judah?
—No lo sé —dijo Cutter—. Ni siquiera sé si puedo hacer que funcionen.
—Pues será mejor que lo intentes —dijo Ann-Hari—. Será mejor que nos preparemos. No hemos venido hasta aquí para huir ahora. Si no podemos dejarlos atrás, los destruiremos.
Cutter había perdido.
—El Colectivo os envía su solidaridad, su amor —gritó el piloto. Le temblaba la voz—. Os necesitamos. Necesitamos que os unáis a nosotros, lo antes posible. Vuestra lucha es la nuestra. Venid a formar parte —dijo, y aunque Cutter empezó a gritar «la lucha ha terminado», nadie lo escuchó.
Ann-Hari se le acercó. Cutter sentía tanta frustración que estaba a punto de llorar.
—Es nuestro destino —le dijo.
—La historia no tiene ningún plan —le gritó—. Vais a morir.
—No. Algunos de nosotros moriremos, pero ahora no podemos dar la vuelta. Ya sabías lo que iba a pasar. —Era cierto. Siempre lo había sabido. Los dracos regresaron cuando empezaba a anochecer.
—Los suficientes para llenar un vagón —gritó uno de ellos. Según parecía, sólo había algunas docenas de milicianos, y al oírlo los consejeros empezaron a dar gritos. Les superaban varias veces en número.
—Sí, pero, por los dioses, no es sólo eso —gritó Cutter—. No pensaréis que han venido solos.
—Entonces será mejor que te prepares —dijo Ann-Hari—. Será mejor que practiques con los espejos de Judah.
Los consejeros de hierro reunieron a todos los que eran capaces de luchar. Los rezagados, que marchaban dispersos por detrás del tren, fueron llamados para mayor seguridad. Las cuadrillas aceleraron el tendido de las vías para alcanzar un punto en el que unos pilares ígneos brotaban de la tierra y había algunas lomas resecas que les ofrecerían alguna cobertura. Con la experiencia acumulada a lo largo de los años, se prepararon para combatir.
—Se fue ido —dijo uno de los dracos. Hablaba de otro de los exploradores—. Se fue ido del aire. Algo vino y lo sacó del aire.
No se presentó ninguna de las oportunidades que Cutter había esperado, de contar historias del Colectivo, de pedir que le contaran las del Consejo. Fue algo apresurado y sucio. Cutter sentía un hambre desesperada mientras los consejeros se preparaban para morir. Experimentaba también un sentimiento de fracaso personal, como si estuviera fallándole a Judah. Sabías que no podría conseguirlo, bastardo. Por eso sigues allí. Preparando algún plan para cuando yo fracase. Sin embargo, a pesar de saber que Judah lo esperaba, Cutter detestaba no haber tenido éxito en su misión.
Nadie durmió aquella noche. Los consejeros siguieron llegando al tren en las horas de oscuridad.
Con las primeras luces, Cutter y Cañas Gruesas tomaron posiciones, cada uno sobre un pilar de roca de siete metros de altura, separadas varios metros entre sí, ambos mirando al sol, y con uno de los espejos de Judah. Antes de irse, Cutter buscó a Ann-Hari para decirle que estaba haciendo que sus hermanas, los consejeros, se suicidaran. Ella no dejó de sonreír hasta que hubo terminado.
—Nuestros embrujadores tienen lo que Judah les dio —le dijo—. Tenemos nuestra propia taumaturgia. Y tenemos lo que Judah nos enseñó. Tenemos gente que utilizará las trampas que nos dio para despertar gólems.
—Cada vez que despertéis a uno, él lo sentirá, ya lo sabes. Por muy lejos que esté.
—Sí. Y los despertaremos a todos. Uno a uno. A medida que se vaya acercando la milicia. Si es necesario.
—Lo será.
Cutter y Cañas Gruesas se afianzaron sobre su pilar de roca. Había amanecido hacía poco. La luna todavía era visible, pálida y alta. Al elevarse el sol, sus rayos incidieron sobre los espejos, y Cutter orientó el suyo hacia el suelo, para dirigir el rayo hacia la marca que había hecho en el suelo. Cañas Gruesas hizo lo mismo, tal como Cutter le había enseñado, y los puntos de luz concentrada recorrieron la maleza y la tierra como animales nerviosos hasta fundirse formando una «X».
Cientos de consejeros preparados para luchar se esparcieron por toda la zona, ocultos en trincheras y agujeros de la tierra con los rifles preparados. Cutter dirigió la mirada hacia el oeste, por donde llegaría la milicia.
No tardó mucho. Al principio sólo vio polvo. Cutter miró por su catalejo. Seguían siendo figuras diminutas, y parecían muy pocas.
Una bandada de dracos, armados con cargas de ácido y cuchillos arrojadizos, fue enviada a hostigarlos. Tras ellos fue el dirigible, con el piloto del brazo de serpiente y dos tiradores voluntarios. La milicia fue acercándose con el paso primero de los minutos y luego de las horas, y los dracos cruzaron la tierra de nadie, seguidos por el dirigible a baja altura. Los motores de las trampas-gólem de Judah estaban preparados; los embrujadores entonaron sus encantamientos.
Un consejero frenético salió de la zona rocosa. Cuando llegó hasta ellos, fue incapaz de hablar durante varios segundos, acallado por el agotamiento y el miedo.
—Nos han atrapado —dijo al fin—. Se han llevado a mi mujer. Eramos ocho. Han hecho que algo saliera de la tierra y que nos atacara —gritó. Los consejeros se miraron unos a otros. Ya os lo dije, joder, pensó Cutter. Estaba desesperado. Bastardos, os dije que no iba a ser tan sencillo como parecía.
A tres kilómetros de allí, los dracos se aproximaron a la milicia montada. Los jinetes no llevaban equipo alguno que pudiera verse. Se movían en formación. Hubo un instante extraño y, uno a uno, los dracos cayeron del cielo.
Durante largos segundos nadie hizo el menor ruido. Entonces:
—¿Qué…?
—¿Cómo…?
—Creo que… ¿No te ha parecido…?
Aún no era miedo. Sólo incomprensión. Cutter no sabía lo que había pasado, pero sabía que el miedo no tardaría en llegar.
Un último draco daba bandazos en el aire, forcejeando, atrapado en un mesenterio de sucia nada. Cutter vio las manchas de las partículas que lo rodeaban, un trombo de aire salvaje. Entonces comprendió lo que estaba pasando.
Los dracos estaban luchando contra el aire, y el aire estaba derrotándolos, dispersándolos con corrientes brutales.
El dirigible estaba cerca de la columna de la milicia, y una línea de polvo levantada por sus disparos empezó a cruzar la tierra hacia ella. Entonces cesó el fuego, y con una sacudida brusca y violenta, la nave se inclinó acusadamente, columpiándose en el aire como un navío en un mar encrespado. Durante unos segundos estuvo inmóvil y luego empezó a caer, no como si la impulsara la gravedad, sino como si estuviera luchando, como si los motores y los propulsores de aire trataran de resistirse a su avance. La aeronave fue arrojada del cielo por una mano brutal, y se estrelló contra el suelo.
Al aproximarse la milicia, empezaron a aparecer formas a su alrededor, en el aire o en la tierra o en el fuego de las antorchas que llevaban. Ya se encontraban lo bastante cerca como para verse. Todos los oficiales estaban realizando invocaciones con las manos. Cutter vio los andrajos de sus uniformes, los cascos agrietados y rotos, los arañazos y las manchas dejadas por la Torsión allí donde el cuero se había convertido en otra cosa. Los caballos estaban manchados de sangre y saliva. El paso por la zona cacotópica los había marcado.
Todavía eran varias docenas, a pesar de los ataques que debían de haber sufrido. Enloquecidos por las penurias, ávidos de venganza contra aquellos renegados cuya huida los había arrastrado hasta el cacotopos. No era de extrañar que sólo llevaran armamento ligero, no era de extrañar que fueran tan pocos. No necesitaban equipo ni artillería, porque ellos extraían sus armas de los alrededores y de la materia del mundo.
Cutter vio sus arcanos látigos. Los vio moldeando el aire. Sabía que quienes habían derribado a los dracos y al dirigible eran luftgeists, elementales de aire de tremendo poder. Aquél era un cuerpo de invocadores, cuyas armas eran las presencias que convocaban. Domadores de lo sobrenatural. Un destacamento de elementarii.
Cutter empezó a gritar a sus chaverim. Vio que algunos de ellos entendían. Otros, sobresaltados, sintieron pánico.
No había elementalistas en el Consejo de Hierro. Había un hombre que tenía un minúsculo yag cautivo que vivía en un tarro, un espíritu de fuego más pequeño que la llama de una cerilla. Los pocos vodyanoi que tenían ondinas estaban unidos a ellas por acuerdos mutuos; no podían controlarlas. Pero algunos comprendían a qué estaban enfrentándose.
Los elementarii se dividieron por grupos para preparar sus invocaciones. No podía ser otra cosa, pensó Cutter. Gente que pudiera luchar sin llevar armas. Tenían que ser elementalistas o kartistas, y los daemonios son demasiado difíciles de controlar. Por los dioses, un destacamento de elementalistas. El hecho de que Nueva Crobuzon estuviera dispuesta a arriesgarse a perderlos demostraba lo profundo que era el deseo del gobierno por acabar con el Consejo.
—Vamos, manos a la obra —le gritó a Cañas Gruesas, y giró el mecanismo de metarrelojería lo mejor que pudo. Mientras enfocaba la luz reflejada y enderezaba el haz, no pudo contenerse y volvió la mirada para ver cómo progresaba el ataque.
¿Qué va a ser?, pensó. ¿Fulmen? ¿Shudners? ¿Ondinas? Elementales de luz, de roca o de agua dulce, aunque, como es lógico, podía haber otros: de metal, de sol, de madera o de fuego o uno cuyo estatus elemental fuera incierto o estuviera en disputa: elementos creados por la historia, nacidos de la nada y convertidos en reales. ¿Sería un elemental de hormigón, un elemental de vidrio? ¿Qué sería?
Ya podía ver las volutas de polvo moviéndose contra el viento, estirando sus miembros de aire. Los luftgeists. Los milicianos empezaron a convocar otras criaturas.
¿Sol? ¿Oscuridad?
Arrojaron todas sus antorchas al suelo y cada llama individual creció hasta alcanzar unas dimensiones mucho mayores de lo que hubiese debido, hasta que el suelo quedó imposiblemente iluminado, y de aquel prodigioso incendio, con un tremendo grito de placer, brotaron formas parecidas a perros o a grandes simios, sólo que hechas de llamas. Una manada de yags, elementales de fuego, que se desplazaban con un movimiento que estaban a medio camino entre un salto animal y la propagación de un incendio. Cutter vio que había un corral con los caballos que los milicianos no utilizaban como monturas. Algunos elementalistas empezaron a cantar a su alrededor y los animales pifiaron. Uno a uno, los caballos se estremecieron y, tras lanzar una húmeda exhalación de muerte, se abrieron desde dentro: de sus temblorosos cadáveres salieron criaturas saltarinas formadas por sus tendones y sus músculos y sus órganos, reconfigurados como sanguinolentos y desollados depredadores: proasmae, elementales de carne.
El aire, el fuego y la carne corrieron y giraron, presas de una excitación animal. Una línea de milicianos sacó unos látigos empapados de embrujos y los blandió en el aire, haciendo que los elementales se encabritasen de miedo, placer y desafío. Su chasquido era como el del cuero pesado y la elictricidad, como una sombra. Al restallar, el chasquido creaba luz oscura.
Los elementarii ordenaron a sus fuerzas que avanzasen. Aire, fuego y carne se aproximaron. Los consejeros gritaron. Abrieron fuego, y sus salvas cayeron entre las filas de sus enemigos. Sin seguir ninguna estrategia, empujados por el pánico, activaron las trampas-gólem de Judah.
Moviéndose como autómatas, los gólems salieron de la tierra y de los restos de metal y madera del ferrocarril. No había tantos como elementales y todos ellos extraían la fuerza del poder de Judah. Estuviera donde estuviese, debió de sentir una brusca e intensa succión de sus fuerzas. Y pronto sentirá más, pensó Cutter, mientras trataba de enfocar el espejo.
Una bomba explotó en la trayectoria de los yags, que desaparecieron entre las llamaradas, pero con gritos que eran increíbles alaridos de placer. Cuando se extinguió la detonación, los elementales de fuego seguían corriendo, más grandes aún, entre el humo. Una línea de gólems de tierra los esperaba.
Cutter sintió el murmullo de los mecanismos del espejo, los engranajes que giraban en dimensiones alternativas. Sintió que el espejo se movía como un bebé.
—Desbloquea el motor —gritó, y en cuanto Cañas Gruesas lo hizo, sintió otro movimiento. Sujetó el espejo con fuerza y vio que Cañas Gruesas hacía lo mismo. Las luces recombinantes que proyectaban sus reflejos empezaron a fundirse.
Algo empezó a arrollarse, creciendo alrededor de sí mismo. Era una cosa con entidad propia, algo real, con dimensiones, algo que se movía. Cutter atisbó una presencia natatoria, algo parecido a un pez, una criatura hecha de luz dura que brotaba de la nada, radiante como un sol. Sintió que empezaba a succionarle las fuerzas.
—Ya la tenemos —gritó—. Hay que llevarla hasta ellos.
Cañas Gruesas y él mantuvieron la orientación respectiva de los espejos y empezaron a moverlos simultáneamente. La presencia de glutinosa luz los siguió, arrastrada sobre el suelo y aproximándose a los elementarii. Algo terrible estaba ocurriendo. Los milicianos de los látigos habían avanzado, empujando frente a si a los elementales, y aunque las primeras líneas de los consejeros estaban respondiendo con toda su potencia de fuego, los proasmae seguían aproximándose.
Los proyectiles se hundían en las criaturas de abigarrado músculo, que reformaban su carne y escupían las pepitas de plomo y los fragmentos de pedernal afilado o las hojas de hierro. Los proasmae, elementales de carne convocados con los cadáveres de los caballos, llegaron a la barrera de tierra.
Treparon rodando por ella, como criaturas ameboideas, como erizos de mar, cubiertas de huesos que usaban como miembros, tan pronto humanoides como criaturas aullantes parecidas a ñus desollados, y coronaron la barricada y se detuvieron un segundo en la cima, antes de arrojarse sobre los aterrados defensores. Cutter vio lo que ocurría.
Se zambulleron en la carne de los hombres. Se hundieron y emergieron de la piel de los consejeros, vaciándose en la materia orgánica, nadando en sus entrañas mientras sus víctimas, sus nuevas moradas, parecían aturdidas un momento y empezaban a hincharse espantosamente y durante unos instantes se arañaban el pecho o el cuello o el lugar por el que hubiese entrado el proasma antes de explotar o implotar en un húmedo eructo de sangre y piel, del que emergía el proasma, acrecentado, reconstruido con carne ajena, antes de proseguir su ataque. Atravesaron la línea de los consejeros arrancando las entrañas a los hombres y dejándolos reducidos a sanguinolentos jirones, más grandes y más erizados de huesos cada vez que lo hacían.
—Que Jabber nos ayude —dijo Cutter.
Movió el espéculo y notó resistencia. Cañas Gruesas y él estaban tirando del espejo a velocidad diferente y la criatura que había entre ellos empezó a dividirse, a deshacerse a regañadientes, dejando hebras de materia lumínica entre sus pedazos como regueros de mucosa. Cutter gritó:
—¡Atrás, vuelve atrás, hay que rehacerlo! —Trataron de reagregar el gólem de luz.
Los latigazos de los gnosazotes de la milicia llegaban mucho más lejos de lo que parecía. A varios metros de distancia, los luftgeists chillaron y reanudaron su ataque siguiendo las órdenes de los elementarii. Descendieron, invisibles, y atacaron a los consejeros, que respondieron a tiros y tratando inútilmente de golpearlos. Ellos se introdujeron en sus pulmones y los hicieron reventar desde dentro.
Una salva de ataques, más bombas, una descarga de débil taumaturgia y la milicia se reagrupó. Uno de los elementalistas fue alcanzado. Fue el único muerto. Los yags llegaron junto al primero de los gólems, una figura enorme hecha de piedra y de trozos de riel. Los yags lo atenazaron, estiraron los brazos y sus núcleos de fuego se reformaron, lo envolvieron y empezaron a fundir el negro y duro metal que lo formaba con la intensidad de su calor. El gólem fue transformándose en un charco de materia deshecha, aunque no dejó de luchar un solo momento. Se deshizo en una llovizna, en regueros de gólem fundido.
Los consejeros seguían luchando, pero los elementales pasaban entre ellos y los masacraban sin ningún esfuerzo, correteando como perros, como niños. Era terriblemente peligroso convocar elementales, aquellos animales, materia convertida en carne predatoria y juguetona: domesticarlos era imposible. Pero los elementarii sólo tenían que controlarlos para aquel rápido ataque. Los yags y los luftgeists seguían adelante, dejando huellas de fuego y rastros de aire destrozado, en dirección al tren perpetuo. Los gólems trataban de hacerles frente: intervenciones, la manifestación de un control consciente contra la animalización de las fuerzas de la naturaleza. Los elementales estaban ganando.
Pero aunque los elementales de aire pudieran destruir la sustancia de los gólems de tierra esparciendo sus partículas, tenían más dificultades contra los gólems de aire. Era una lucha extraña, casi invisible. Prácticamente la última de las líneas de defensa de Judah. Súbitamente se levantaron unas bocanadas de aire antinatural, que salieron al encuentro de los luftgeists, y se produjo una vaga tormenta en el escenario de su batalla. Lo creado y lo salvaje, la intervención y lo apenas controlado forcejearon y se hicieron pedazos.
Fragmentos de materia cayeron del cielo e hicieron temblar la tierra. Eran invisibles, coágulos de aire, comprendió Cutter, despojos de la batalla de los cielos, la carne de un elemental de aire arrancada por un implacable gólem de aire o las manos de un gólem separadas de los brazos por una dentellada de un frenético luftgeist. La carne-aire muerta permanecía un instante en el suelo y luego se desvanecía.
Los yags estaban escupiendo llamas. Los proasmae merodeaban entre los cadáveres, sorbiendo su última carne, pastando en los cuerpos de los muertos. Cutter tenía mucho miedo.
Del lecho hundido de un arroyo, en un flanco de la milicia, surgió una columna de jinetes. Con ellos, avanzando con sus poderosas zancadas, venía Rahul el hombre rehecho: y a su espada, con unas boleadoras en las manos y el sombrero calado hasta las cejas, estaba Drogon, el nómada, el susurrero.
Dioses, pensó Cutter. Ahí viene la caballería a salvarnos. Le parecía estar delirando.
Los fusileros en sus caballos, algunos de ellos rehechos, llegados por los barrancos de los arroyos secos, desde Nueva Crobuzon o desde saben los dioses dónde, salieron a campo abierto y empezaron a disparar con gran puntería. Durante varios segundos, los milicianos estuvieron demasiado sorprendidos como para responder a este nuevo enemigo o no fueron capaces de hacerlo.
Aunque no eran muchos, los jinetes tomaron posiciones como cazadores y empezaron a disparar contra los milicianos desde lugares abrigados. Sus armas disparaban balas cargadas de embrujos que rugían como chispazos en el éter, que murmuraban mientras volaban. Abatieron a dos, tres, cuatro, un puñado de elementarii en cuestión de segundos, y los consejeros que pudieron verlo los vitorearon.
Entonces, muy deprisa, algunos de los milicianos se volvieron e hicieron restallar sus gnosazotes, que se expandieron por el aire como presencias serpentinas dotadas momentáneamente de vida y capaces de jugar con el espacio, y mordieron las grupas de los yags, quienes chillaron con voces que sonaban como chisporroteos y regresaron a terrible velocidad en dirección a los recién llegados. Los fusileros y artilleros y taumaturgos del Consejo de Hierro atacaron lo mejor que pudieron, pero los yags siguieron acercándose rápidamente.
—Contrólalo. Ahí, ahí —gritó Cutter, señalando con la cabeza el grupo de los milicianos, mientras Cañas Gruesas y él seguían tirando del tenaz gólem de luz con sus espejos. Vamos, pensó. Vamos, joder.
Volvió a tirar del gólem medio creado, mientras los yags se aproximaban a los recién llegados. ¿Quiénes son?, pensó. ¿Amigos de Drogon? Mientras se acercaban, Drogon se levantó sobre la espalda de Rahul, se llevó la mano a la comisura de los labios y debió de susurrar algo. Uno de los elementarii sacudió repentinamente su látigo, y la punta restalló sobre los yags, quienes gritaron, pero esta vez no con alegría sino con furia.
Drogon volvió a susurrar y otro miliciano hizo lo mismo, azotar a los elementales, quienes se volvieron y, amontonándose unos sobre otros, escupieron chorros de ardiente esputo sobre sus amos. Drogon susurró y susurró, enviando órdenes a los elementarii, obligándolos a provocar, a confundir a los animales. Los milicianos tuvieron que defenderse con los látigos de la furia de los elementales.
El gólem de luz nació. Empezó a existir. De repente. El espejo de Cutter se estremeció cuando, con sus primeros movimientos, la criatura se irguió emergiendo del feto de luz que había sido. Era un hombre, o una mujer, una ancha figura hecha de iluminación a la que era imposible mirar directamente, pero que no emitía luz sino que absorbía la luz que había cerca de ella y que devolvía a cambio un severo fulgor que, aunque pareciera imposible, no se propagaba más allá de sus propios límites. Se irguió y avanzó un paso, arrastrando los espejos consigo. Cañas Gruesas y Cutter estaban ahora siguiendo los dictados de sus movimientos, al menos en parte.
—Ahí —gritó Cutter, y giraron los espejos de modo que el gólem avanzara con movimientos de constructo, entre las últimas filas de los consejeros, quienes gritaron, ¿qué era aquello, un serafín enviado para salvarlos? Se miraron unos a otros con ojos momentáneamente ocluidos por su brillo, miraron sus pisadas, llenas de residuo brillante. El gólem de luz llegó hasta los yags. Se estiró ligeramente, como una criatura hecha de pasta, agarró a los elementales y empezó a brillar.
Cutter estaba exhausto. El gólem atenazó a sus adversarios, cuyo fuego no podía hacer nada contra la luz sólida, y fue volviéndose más y más brillante mientras luchaba, hasta convertirse en una estrella con forma de hombre, una figura que emitía una radiación fría que extinguió el calor de los yags y se volvió demasiado luminosa hasta para verse. Y entonces vieron que los yags con los que habían estado luchando habían desaparecido, engullidos en su luz, y la criatura era más fuerte. Siguió adelante en completo silencio, moviéndose con una especie de quietud.
El pánico se apoderó de los yags. Algunos de ellos escaparon con movimientos animales por la campiña y otros lograron controlarse y se abalanzaron contra el gólem, cuya fosforescencia los borró de la existencia. Los elementarii trataron de controlar a latigazos a los aterrorizados elementales de fuego, pero esto los enfureció, y algunos de ellos, al pasar, lanzaron petulantes y piróticas dentelladas a sus domadores, quienes murieron incinerados.
Los milicianos trataron de responder. Luftgeists menudos como flechas cayeron sobre los fusileros, atravesándolos y bebiéndose su sangre. Drogon susurraba órdenes, y los milicianos, incapaces de desobedecerlas, lanzaban destructivos latigazos a su alrededor. Para entonces ya habían averiguado que era su principal enemigo. Enviaron sus proasmae contra él.
Cutter y Cañas Gruesas dirigieron al gólem contra la milicia, hacia un grupo que se había reunido alrededor de una especie de cañón. Estaban sacrificando animales. ¿Qué hacen?
Mientras ellos seguían extrayendo algo del aire, sus proasmae, al fin alcanzaban a los tiradores y empezaban a nadar entre ellos. El gólem de luz siguió avanzando. ¿Qué estaban invocando los milicianos?
Un reguero de luminiscencia cayó del cielo, muy concentrado, una fina columna apenas visible. Descendió sobre el mecanismo que rodeaban. La luz provenía de la luna. La luna diurna, apenas visible, tenue a la luz del día. El rayo, alimentado por las apagadas emanaciones lumínicas del astro, se introdujo en la máquina, y al otro extremo del cañón, pareció abrirse un agujero.
En sus profundidades, algo hecho de radiación estaba moviéndose. Cutter lo miró fijamente.
Tardó un momento en comprender. Mientras trataba de dirigir el gólem de luz sobre los cráteres de las bombas que seguían cayendo, la devastación causada por los consejeros, que estaban avanzando ahora que los yags se habían ido, ahora que los proasmae estaban distraídos con los recién llegados, ahora que la milicia había perdido el control de sus luftgeists —quienes seguían sembrando el caos y la muerte, pero ya de una forma fortuita, haciendo pasadas sobre el tren y su nutrida guarnición— Cutter vio algo en aquella abertura. Algo que modificaba sus parámetros, que desafiaba toda taxonomía. Trató de encontrarle sentido.
Su forma se alteraba en cuestión de segundos. El esqueleto de un pez, unas costillas que engendraban ondas sobre un cuerpo como una cuerda de vértebras o como un tubo de goma. Y entonces tuvo algo de oso, y algo de rata, y tuvo cuernos, y un gran peso, y tripas y piel que resplandecían, huesos hechos de fósforo. Como si fuera frío y roca brillante todo él. Una libélula, una máscara fúnebre, un cráneo de madera.
Un fegkarion. Un elemental de luna.
Cutter había oído hablar de ellos, por supuesto, pero no podía creer que aquella acelerada esquelética criatura animal insecto que veía sólo medio segundo de cada tres y que era un pliegue de espacio sugerido fuera el ser lunar del que existían tantas historias. Oh, dioses, oh Jabber.
—Cañas… Hay que mandar el gólem hacia esa criatura, deprisa.
Pero el gólem no era tan rápido. Atravesó las filas de la milicia a paso constante, extendiendo las manos mientras avanzaba. Se tomó su tiempo para tocar a cada hombre junto al que pasaba, para envolver su cabeza con la mano y derramar su luz sobre él haciendo que estallara, que sus rayos escaparan por los agujeros de su casco, por sus orejas, su ano, su pene, por los rotos de la ropa, convirtiéndolo en una estrella un segundo antes de dejarlo caer.
El fegkarion salía reptando de la nada.
—Vamos —dijo Cutter.
Los elementalistas estaban retrocediendo hacia los invocadores para protegerlos. Utilizando sus látigos, atacaron al gólem, cuya sustancia empezó a caer a pedazos. Cada latigazo restallaba sobre las cabezas de Cutter y Cañas Gruesas. Empezaron a sangrar. No se detuvieron.
Los proasmae habían sido olvidados. Los últimos cayeron rugiendo sobre dos fusileros más y luego se llevaron sus cuerpos de hueso y entrañas a los páramos, siguiendo a sus hermanos, alejándose de Drogon y Rahul. Drogon seguía susurrando, pero por alguna taumaturgia los milicianos ya no lo obedecían. Los látigos restallaban tratando de alcanzarlo; tratando de alcanzar al gólem.
—Vamos, vamos.
Las piernas de luz del gólem pisoteaban a los hombres que estaban atacándolo, quienes caían con un estallido de luz. El elemental de luna estaba ya cerca. Como un sacacorchos, estaba asomando el cuerpo helado, grisáceo y resplandeciente por el agujero que se había abierto, y era vasto, vio Cutter, era monstruoso, y entonces estiró el brazo y el gólem estiró el suyo para tapar el cañón lunar, se introdujo a presión por el agujero, fundiéndose con la materia del propio elemental y con el motor de la máquina, y gólem y elemental lucharon y una luz abrasadora —fría, caliente, grisácea y blanca como el magnesio— brotó de la nada como una capa de sudor.
Al ver que los proasmae habían desaparecido, los consejeros enviaron a sus pelotones pesados, los cactos y los grandes rehechos.
—¡Capturad a alguno con vida! —gritó alguien, mientras los cactos mataban milicianos conscientes y hombres a los que la luz había dejado en coma, y entonces hubo una detonación, un estallido, y la máquina lunar fue incinerada por arpones de luz de gólem y luz de luna.
La milicia estaba vencida. Derrotada por Drogon y sus hombres y por el gólem de luz. El suelo estaba sembrado de elementarii muertos e innumerables cadáveres del Consejo de Hierro, del ardiente residuo de los elementales de carne y sus víctimas, de goterones de luz que resbalaban luminosamente sobre la tierra. Los pocos milicianos que aún seguían en pie huyeron a los yermos de Rohagi, siguiendo las pegajosas huellas de los proasmae, convertidos en una fauna salvaje: criaturas húmedas rojas bulbosas que merodearían por los páramos.
Los milicianos que no habían huido habían sido inmovilizados por las balas, los chakris o la luz del gólem. Tirados por el suelo, escupían e insultaban a los consejeros que se aproximaban a ellos.
—Jodeos jodeos —decía uno de ellos entre los restos destrozados de su casco reflexivo. Había miedo en su voz, pero sobre todo, rabia—. Jodeos, nos obligasteis a cruzar la puta mancha, cobardes, ¿creíais que eso nos detendría? Perdimos la mitad de los nuestros, pero somos los mejores, joder, podemos seguiros al último rincón del mundo, y ahora conocemos el camino, lo hemos encontrado, y puede que hayáis tenido suerte con esta mierda, estos putos fuegos artificiales y el cabrón del susurrero. Pero ahora conocemos el camino. —Le pegaron un tiro.
Mataron a todos los milicianos supervivientes. Enterraron a sus propios muertos donde pudieron, excepto a uno, una mujer rehecha que se había hecho famosa por haber mediado durante la Idiocia, mucho tiempo atrás. Se decidió por votación enterrarla en el cementerio rodante del tren, el furgón abierto que albergaba los cuerpos de los consejeros más importantes. Dejaron allí a los milicianos para que se pudrieran, y algunos de ellos profanaron los cuerpos.
Cuando el sol volvió a alzarse sobre el tren, decorado ahora con el rastro carbonizado de los yags, Cutter se reunió con Ann-Hari y los líderes del Consejo. Estaban exhaustos. Drogon, Rahul y Cañas Gruesas estaban con ellos. Cutter entró tambaleándose, luchando con su propio agotamiento. Se agarró a Drogon y al rehecho que lo había ayudado a llegar.
—La última vez escapamos de la milicia —dijo Cañas Gruesas—. Esta vez les hemos vencido. Hemos acabado con ellos. —Parte de su entusiasmo invadió al propio Cutter, a pesar de que era consciente de todas las contingencias que habían hecho posible aquella victoria.
—Sí. Así es.
—Lo hemos hecho. Vosotros… La luz… Todos nosotros.
—Sí, es cierto, sí. Lo hemos hecho.
—Nos quedamos rezagados, eso es todo —dijo Rahul. Drogon lo confirmó con un susurro—. Nos perdimos. Salimos de aquel túnel… bueno, de aquel callejón, lo que fuese, en el centro de la ciudad. Tardamos un buen rato en descubrir dónde estábamos. Pero aquella noche estaban pasando muchas cosas. No supimos nada de vosotros. No sabíamos si habías conseguido detener al hombre de Tesh o no. No teníamos ni idea. Lo conseguisteis, ¿verdad?
»Tardamos algún tiempo en regresar al Colectivo, pero la verdad es que había tantos cráteres y agujeros que se podía entrar andando. Cuando descubrimos que te habías ido… No, no te culpo, nada de eso, hermana, no podías saber que íbamos a volver… Cuando lo descubrimos, decidimos regresar.
»Así que nos sacaron de incógnito, y luego el viejo Drogon, aquí presente, desapareció durante dos días y regresó con sus camaradas.
No somos muchos, dijo Drogon a Cutter, Nos mantenemos en contacto. Sé dónde encontrarlos. Y me deben algunos favores.
—¿Y ahora dónde están?
—La mayoría se ha marchado. Algunos de ellos lo harán mañana. Estos hombres son nómadas, Cutter. Dadles las gracias, y algo de dinero si os sobra. Es todo lo que quieren.
—Sabíamos que la milicia os seguía —dijo Rahul—. Cabalgamos deprisa.
—Salisteis de la nada.
—Salimos de los caminos. Drogon los conoce. Viajamos muy rápido. Nunca he visto caballos como los de estos hombres. ¿Dónde está el monje? Hablando de caminos secretos. Qurabin. Oh, no… Dioses. ¿Y Ori? ¿Él también…? ¿Ori? Dioses, dioses. Y…
—Elsie.
—Oh dioses. No. Oh dioses.
—No creí que pudierais conseguirlo —dijo Cutter a los consejeros—. Lo admito. Me equivoqué. Me alegro. Pero no es suficiente. Os diré por qué no ha venido Judah… Está preparando algo. En el Colectivo. Pero es demasiado tarde, joder. Demasiado tarde. Está tratando de hacer todo lo posible.
»Escuchadme.
»El Colectivo ha caído. Cerrad la boca, no, escuchad… El Colectivo fue… un sueño, pero se ha acabado. Ha fracasado. Si no están muertos, lo estarán dentro de pocos días. ¿Lo entendéis? Días.
»Para cuando el Consejo llegue a las proximidades de la ciudad…, el Colectivo estará muerto. Nueva Crobuzon estará bajo la ley marcial. ¿Y entonces qué? Mataron a Stem-Fulcher y no sirvió de nada: el sistema no se deja vencer. No me miréis como sí a mí me gustara más que a vosotros. Y cuando os presentéis allí, diciendo “hola, somos la inspiración, aquí estamos”, ya sabéis lo que pasará. Ya sabéis lo que os estará esperando.
»Hasta el último miliciano y la última miliciana de Nueva Crobuzon. Todas las putas máquinas de guerra, todos los karcistas, los taumaturgos, los constructos, los espías y los traidores. Os matarán a la vista de la ciudad, y entonces la esperanza que sois…, que aún seguís siendo, morirá con vosotros.
»Escuchadme. Volveré a transmitiros el mensaje de Judah.
»Tenéis que dar la vuelta. El Consejo de Hierro tiene que dar la vuelta. O abandonar el tren. Si vais a Nueva Crobuzon, será un suicidio. Moriréis. Os destruirán. Y será el fin. No es una alternativa aceptable. El Consejo de Hierro tiene que dar la vuelta.