El Consejo de Hierro

El Consejo de Hierro


Novena Parte: Sonido y luz » 32

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—Os destruirán —dijo—. ¿Es que queréis morir? —dijo—. Os debéis al mundo, os necesitamos.

Por supuesto, no se dejaron convencer. Siguieron adelante, avanzando por la tierra ondulada, dejando tras de si la costra de su batalla. Cutter reaccionó con horror al ver que no harían lo que les decía, pero no esperaba otra cosa. Presentó su caso y los consejeros de hierro le respondieron de diferentes formas.

Algunos con una especie de estúpido triunfalismo que hizo enfurecer.

—¡Ya hemos vencido a Nueva Crobuzon una vez, volveremos a hacerlo! —por ejemplo. Cutter los miró sin comprender, porque se daba cuenta de que sabían que lo que estaban diciendo no era verdad, que las cosas no serían así. Lo sabían.

Otros con más reflexión. Éstos le hicieron pensar.

—¿Qué seríamos? —dijo Cañas Gruesas. El cacto se hizo un corte sobre la piel de la parte interior del brazo, dibujando una forma de serpiente con un colmillo de animal—. ¿Qué seríamos entonces, bandidos? Somos hombres libres de la república que hemos creado nosotros mismos. ¿Quieres que renuncie a eso, que me convierta en un sanguinario vagabundo de las tierras salvajes? Prefiero morir luchando, Cutter.

—Tenemos una responsabilidad —dijo Ann-Hari. Cutter siempre se sentía intranquilo en su presencia. Su fervor lo enervaba: le hacía sentirse cansado e inseguro, como si temiera que ella pudiera ganarlo para su causa en contra de su propia voluntad. Sabía que estaba celoso: nadie había tenido tanta influencia sobre Judah Low como Ann-Hari.

»Eramos un sueño —dijo—. El sueño del pueblo. Todo ha conducido a esto, todo ha conducido hasta aquí, tenemos que estar aquí. Esto es lo que somos. La historia nos empuja.

¿Qué significa eso?, pensó él. ¿Qué estás diciendo?

—Es hora de seguir adelante. Pase lo que pase. Tenemos que regresar, ¿no te das cuenta? —Esto fue todo lo que dijo.

Los amigos del susurrero, sus camaradas jinetes, desaparecieron en sus caballos rehechos y enteros, convertidos en nubes de polvo que se alejaban hacia el este y el sur. Drogon se quedó. Cutter no sabía muy bien por qué.

—¿Qué quieres que hagan? Tú has estado en la ciudad… Sabes que si vamos allí nos matarán.

Puede que los maten. Drogon se encogió de hombros. Ya saben lo que está pasando. ¿Quién soy yo para detenerlos? Ahora ya no pueden detenerse. Te subes a una vía y eso acaba siendo lo que haces. Tienen que seguir.

Esto no tiene nada que ver con la lógica de los argumentos, pensó Cutter. Estaba horrorizado por lo que se le antojaba un delirio colectivo. Si lo discutiéramos, perderían… Pero a pesar de que lo saben, siguen adelante… Porque al ir contra los hechos, los cambian. Era una metodología de decisión totalmente diferente a la suya, y que nunca sería capaz de adoptar. ¿Era racional? No lo sabía.

El Consejo de Hierro avanzaba por un paisaje hecho de niebla. Los escarpes y lomas, las arboledas, parecían aglomeraciones momentáneas de agua y aire, parecían emanar del vapor al acercarse el tren perpetuo y disiparse de nuevo tras su marcha.

Se movían por un escenario que bruscamente les resultaba familiar, que despertaba viejos recuerdos. Aquélla era tierra de Nueva Crobuzon. Los lúganos volaban entre húmedos matorrales de acerola. Aquél era un invierno de Nueva Crobuzon. Estaban a pocas semanas de allí.

—Una vez tuvimos un hombre, hace años y años —le contó Ann-Hari a Cutter—. Cuando nos visitó la Tejedora, antes del consejo, y nos contaba secretos. Se volvió loco para poder hablar sólo de la araña. Era como un profeta. Pero luego se volvió aburrido, y luego ni siquiera eso, nada. Ya ni siquiera lo oíamos, ¿sabes? Cuando hablaba, no oímos nada.

»Tú eres igual. “Volved, volved”. —Sonrió—. Ya no te oímos, hombre.

Tengo una misión, pensó Cutter. He fracasado. Saber que su amante se lo esperaba no contribuyó a aliviar su tristeza.

Se convirtió en un fantasma. Lo respetaban: era uno de los que había cruzado el mundo para salvar al Consejo de Hierro. Pero ahora su disidencia, su insistencia en que el Consejo iba a morir, se trataba con educado desinterés. Soy un fantasma.

Podría haberse marchado. Podría haber cogido un caballo de los establos y haberse alejado. Habría encontrado las colinas, las vías desiertas, el bosque Turbio, habría llegado a Nueva Crobuzon. No pudo. Ahora estoy aquí, era lo único que podía pensar. Se marcharía cuando tuviera que hacerlo.

Había visto los mapas. El Consejo marcharía hacia el este dejando un rastro formado por los agujeros de los remaches y los restos de la grava apelmazada, reciclando el camino de hierro, hasta alcanzar los restos de la vieja vía, decenas de kilómetros al sur de Nueva Crobuzon. Allí se acoplaría a lo que quedara de ellas, seguiría adelante, y en cuestión de poco tiempo se aproximaría a la ciudad.

Cutter se marcharía cuando tuviera que hacerlo. Pero aún no.

—Somos una esperanza —dijo Ann-Hari.

Puede que tenga razón. El tren llegará, lo que quede del Colectivo se levantará y el gobierno caerá.

En aquellos páramos húmedos no eran los únicos habitantes. Había casitas, pequeñas edificaciones de madera construidas en las colinas, una cada pocos días, unos pocos acres de tierra inclinada y rocosa, rastrillada a la sombra de las colinas. Frutales, tubérculos, rebaños de ovejas de color tierra. Los granjeros de las colinas y las familias de misántropos acudían a verlos pues el Consejo tardaba horas en pasar. Lo miraban, pálidos como la leche por culpa de su endogamia, sumidos en la más profunda incomprensión por aquella enorme presencia. Algunas veces traían mercancías para intercambiar.

Debía de haber algunas aldeas donde comerciaran normalmente, pero el Consejo no pasó cerca de ninguna de ellas. La noticia de su presencia —del tren renegado que llegaba desde el oeste, escoltado por un ejército de rehechos y sus hijos, todos ellos orgullosos— cruzó el húmedo país por las veredas de los rumores.

La noticia llegará a Nueva Crobuzon. Puede que vengan a buscarnos.

—¿Os habéis enterado? —les preguntó una granjera sin dientes. Le compraron jamón curado con manzanas con el dinero que tenían (arcanos doblones del oeste) y un recuerdo del tren (le dieron un engranaje grasiento, que ella recibió con la misma reverencia que si fuese un libro sagrado)—. Había oído hablar de vosotros. ¿Os habéis enterado? —Les ofreció pasó por su miserable propiedad, insistiendo en que tendieran la vía por el centro de su campo—. Será como si lo araseis para mí —dijo—. ¿Os habéis enterado? Dicen que hay problemas en Nueva Crobuzon.

Eso podría significar que el Colectivo ha caído. Podría significar que está ganando. Podría significar cualquier cosa.

Las noticias sobre los problemas se multiplicaban a medida que avanzaban hacia el este.

—La guerra ha terminado —les dijo un hombre.

Su chamizo se había convertido en estación, su porche en el andén. Sus vecinos más próximos habían recorrido kilómetros desde las granjas de las tierras bajas para estar con él cuando pasara el Consejo de Hierro. Sus campos eran un apartadero lleno de hombres y mujeres. Los granjeros y la gente de los páramos lo contemplaban con torvo placer.

—La guerra ha terminado. Me lo han dicho. Estaban en guerra con Tesh, ¿no? Bueno, pues ha terminado y hemos ganado. —¿Hemos? Tú nunca has puesto un pie en Nueva Crobuzon, hombre. Nunca has estado a menos de ciento cincuenta kilómetros de allí—. Han hecho algo, no sé el qué, y han ganado, y ahora Tesh quiere la paz. ¿Que si sé qué? ¿El qué? ¿Qué es un colectivo?

Nueva Crobuzon había hecho algo. La historia se repetía una y otra vez. Una misión secreta, decían algunos, un asesinato. Algo había sido detenido y la vida había cambiado, los teshi habían sido contenidos, obligados a entablar negociaciones o a rendirse. ¿Algo ha frustrado los planes de Tesh?, pensó Cutter con amargura. Tonterías. Y ese triunfo, al parecer, había reforzado al Parlamento y al Alcalde, y había minado los apoyos del Colectivo. No podía sentir amargura por esto. No podía ni pensarlo.

—¿Los huelguistas? Han acabado con ellos. El gobierno los ha aplastado.

Por las tierras bajas, embarradas por las lluvias, llegó una diáspora de refugiados de la ciudad. Vinieron y se instalaron en las pequeñas aldeas por las que pasaba el Consejo de Hierro. Repoblaron los pueblos desiertos que encontraron, los residuos del antiguo viaje del tren. A veces, al salir de unas colinas, el Consejo se encontraba con una laboriosa multitud, y seguía tendiendo sus vías por los viejos caminos ya allanados, siguiendo las carreteras principales. Los nuevos habitantes salían de lo que había sido la cantina, una iglesia, un burdel, y se quedaban mirando al Consejo mientras, con el paso de las horas (un poco más rápido cada día), las cuadrillas iban colocando las traviesas y los rieles sobre las viejas sendas de caballos y se alejaban por los caminos que antaño siguieran las diligencias y traineras.

—¿Os habéis enterado? —Oyeron las mismas historias docenas de veces. Seguro que también había refugiados de los barrios del Parlamento, pero nadie lo reconocía: todo el mundo era un colectivista y estaba huyendo de la milicia. ¿Seguro que no eres un sucio chaquetero?, pensaba Cutter con cinismo. ¿Seguro que eres un disidente como aseguras?

—¿Os habéis enterado? ¿De que la guerra ha terminado, de que hemos machacado a Tesh, y de que fue cuando machacamos a Tesh cuando el Alcalde recuperó el control y todo se calmó y el Colectivo se vino abajo?

Sí, nos hemos enterado. Aunque las versiones diferían.

Al pasar por aquellas aldeas fantasma los entretenían con sexo y cocina de Nueva Crobuzon.

—¿Para qué habéis venido? ¿No os habéis enterado? ¿Os habéis enterado? Ya no existe el Colectivo. Sólo sus restos, algunos terroristas en la Perrera, unas pocas calles aquí y allá.

—Eso no es lo que yo he oído, yo he oído que todavía está allí y sigue luchando.

—¿Venís para ayudar, para luchar por el Colectivo? Yo no volvería. Eso es una puta guerra.

—Yo volvería. ¿Puedo ir? ¿Puedo ir con vosotros?

Algunos de los que habían huido a los páramos para vivir como vagabundos —algunos de los jóvenes— se unieron al tren perpetuo para volver a Nueva Crobuzon, pocas semanas después de su marcha.

—¡Habladnos del Consejo de Hierro! —insistían, y sus nuevos compatriotas les contaban sus historias.

Había rumores sobre nuevos brujos, con poderes únicos.

—¿Habéis oído hablar —oyó Cutter— del hombre-gólem, Low?

—¿Qué? —dijo, acercándose al refugiado.

—El hombre-gólem, Low, ha fabricado un ejército de hombres. Los hace de arcilla en su sótano, y está preparándose para tomar la ciudad. Lo han visto en las afueras de Nueva Crobuzon, en las estaciones del tren, en los apartaderos, junto a las vías. Tiene planes.

Cuanto más se acercaban, más recientes eran los refugiados.

—Todo ha terminado —dijo uno—. Ya no existe el Colectivo. Ojalá no fuera así.

Aquella noche, Cutter buscó a Drogon y descubrió que el susurrero había desaparecido. Recorrió el tren de un lado a otro, envió mensajes y mensajeros, pero no encontró nada.

Era posible que el susurrero hubiera salido a cabalgar, de caza, en una misión propia, pero de repente Cutter tuvo la seguridad de que Drogon había desaparecido. De que ya habían llegado lo bastante cerca de Nueva Crobuzon, de que el nómada había tenido suficiente, de que sus aventuras con el Consejo de Hierro habían terminado.

¿Y ya está? Menuda decepción, menudo final más triste. ¿Era eso lo único que querías, Drogon? ¿Ni siquiera has sentido la tentación de despedirte?

Cutter se preparó para marcharse. Ya no tardaría mucho. Sentía un vacío por dentro, un pesar preventivo. Se preguntó dónde y cómo les haría frente la milicia para destruir al Consejo. Los rehechos, sus familias y sus camaradas, los consejeros, todos sabían lo que iba a ocurrir. Sus canciones de trabajo se volvieron marciales. Engrasaron las armas. Las forjas levantadas junto a las vías y las de los vagones empezaron a escupir armas. Los focos de cristal y bronce del chamanismo militar. Montones de lanzas y otras armas occidentales.

—La gente se unirá a nosotros, seremos un ejército, entraremos. Cambiaremos las cosas —Cutter se encogía al escuchar los sueños—. Traemos la historia con nosotros.

Había un goteo de gente por la tierra, de camino a cualquier parte, sin más planes que alejarse de la carnicería de Nueva Crobuzon.

La tierra seguía vacía. No había más que algunas huertas medio abandonadas, algunos sotos de frutales de climas templados. Hubo un momento de transición. Estaban en los páramos, en tierras peligrosas, y entonces, con brusquedad, en un extraño anticlímax, se encontraron en una tierra domesticada. Sabían que estaban acercándose.

Los niveladores y exploradores regresaron.

—Allí. Justo allí. —Al otro lado de unas ondulaciones salpicadas de rocas—. Las viejas vías. Hasta Empalme, en las ciénagas. Y luego a Nueva Crobuzon.

A dos días. Cada momento que pasaba, Cutter esperaba que un contingente de tropas de Nueva Crobuzon saliera de los túneles y escondrijos de roca de aquella húmeda región, pero nunca ocurrió. ¿Cuánto tiempo iba a quedarse? Había intentado disuadirlos. ¿Utilizaría el espejo una última vez?

—Han visto a Low el golemista. Está en las colinas, está protegiéndonos. Está junto a las viejas vías.

¿Ah, sí? ¿De veras? Cutter estaba amargado. Se sentía muy solo. ¿Dónde estás, Judah? No sabía qué hacer.

En pequeños números, algunos consejeros —los más viejos, sobre todo, la primera generación, los que recordaban las factorías de castigo— se marcharon. No muchos, pero sí los suficientes como para hacerse sentir. Se iban a las colinas a buscar madera o comida y nunca regresaban. Sus camaradas, sus hermanas, sacudían la cabeza con desprecio y preocupación. No todos eran inmunes al miedo, algunos eran incapaces de ignorarlo o no querían hacerlo.

Decidiré cuando vea las antiguas vías, se dijo Cutter, pero entonces empezó a trabajar con los peones tendiendo las vías entre sedimentos y pilares de basalto, y por las «V» que los niveladores habían abierto en la tierra blanda y removida, y allí, allí, mojados, brillantes, negros pero relucientes, aparecieron los rieles. Tenían más de veinte años. Una curva que se alejaba, cerrada por la perspectiva, serpenteando por la geografía. El camino de metal. Las traviesas estaban combadas por el abandono pero todavía mantenían los rieles en su sitio.

Los consejeros prorrumpieron en aclamaciones que sonaron agudas en el aire húmedo y frío, pero que se prolongaron durante largo rato. Los peones agitaron sus herramientas. Los rehechos gesticularon con sus incompletos miembros. El camino a Nueva Crobuzon. El viejo camino. Abandonado cuando el colapso financiero y la acumulación de las mercancías en los almacenes había puesto fin al periodo de prosperidad de la FT. Los habían dejado sobre la tierra cambiante: en algunos puntos se veían interrupciones en el firme, y los raíles estaban combados o enterrados. Era el hogar de una fauna salvaje.

Los carroñeros se habían llevado parte del metal. El Consejo tendría que usar parte de sus reservas. El Consejo de Hierro había recorrido antes aquel camino, antes de nacer, cuando no era más que un tren. La humedad de las rocas, el oscuro y reluciente camino. Cutter se lo quedó mirando. ¿Y qué? ¿Qué estaba ocurriendo en la ciudad? ¿Estaba luchando todavía el Colectivo? ¿Cómo iba a escapar?

Judah, bastardo, ¿dónde estás?

Los remachadores clavaron los raíles y, con golpes cuidados y medidos de los mazos, fueron haciendo curvas, dibujaron delicadamente un giro, para que las vías que llegaban desde el oeste fueran virando gradualmente por la grieta abierta para el tren hasta llegar a acoplarse con el firme de la antigua.

Esto es todo una coda, pensó Cutter. Todo esto está ocurriendo después de la historia.

El Colectivo estaba cayendo o había caído ya, y lo único que quedaba era aquella floración de violencia. Lo evitaremos, lo cambiaremos, pensó Cutter con triste desdén, adoptando la voz de un consejero.

El momento más grande de la historia de Nueva Crobuzon. Abortado por la guerra y por el fin de la guerra, que, los dioses me ayuden, ha sido obra mía, obra nuestra. ¿Pero qué podíamos hacer? ¿Dejar que cayera la ciudad? El Colectivo hubiese caído de todos modos, se decía, pero no estaba seguro. Dibujaba figuras en la tierra, trenes de perfil, hombres y mujeres corriendo, alejándose o acercándose de algo o acercándose a algo. Puede que el Colectivo esté simplemente escondiéndose. Puede que toda la ciudad esté esperando. Quizá debería quedarme. Sabía que era mentira.

Ahora había guardias en la extensa ciudad ferroviaria, por miedo a la milicia y a los bandidos. La mayoría de los criminales que llegaban, librehechos y enteros, venían a unirse al Consejo. Llegaban todos los días, preguntando si tenían que hacer alguna demostración, dar alguna prueba de su valor. Los consejeros les daban la bienvenida, aunque algunos rezongaban hablando de espías. En aquellos últimos días había demasiado caos como para preocuparse. Cutter veía gente nueva por todas partes, adornada con su tentativo entusiasmo. Una vez, con un sobresalto, vio a un hombre de espaldas, adherido al cuello de un caballo.

Al regresar aquella noche, mientras una bandada de pichones de las rocas, sobresaltada, levantaba el vuelo, Cutter escuchó una voz. Junto a su oído.

Sube aquí. Tengo que decirte algo. En silencio. Por favor. En silencio.

—¿Drogon? —Nada salvo el estúpido cloqueo de los pájaros—. ¿Drogon? —Sólo el crujido de las piedrecillas.

No era una orden sino una petición. El susurrero podría haberle obligado, pero sólo se lo había pedido.

Drogon estaba esperándolo en las oscuras colinas junto a las que pasaba la vía.

—Creí que te habías ido —dijo Cutter—. ¿Dónde estabas?

Drogon estaba en compañía de un viejo de pelo cano. Llevaba un arma, aunque no apuntaba a ningún sitio.

—¿Éste? —dijo el viejo, y Drogon asintió.

—¿Quién es éste? —dijo Cutter. El viejo tenía las manos a la espalda. Llevaba un chaleco pasado de moda. Debía de superar los ochenta años, era alto y miraba a Cutter con severidad y amabilidad al mismo tiempo.

—¿Quién es éste, Drogon? ¿Quién coño eres tú?

—Escucha, amigo…

Silencio, dijo perentoriamente la voz de Drogon en su oído. El viejo estaba hablando.

—Estoy aquí para decirte lo que está pasando. Esto es obra del cielo, y no me parecía bien que te quedases sin saberlo. Te diré la verdad, hijo: ni sentía ni siento el menor interés en ti. —Hablaba con una cadencia camarina—. He venido a ver el tren. Llevo mucho tiempo esperando para verlo, y he venido en la oscuridad. Pero tu amigo —señaló a Drogon— insistió en que debíamos hablar. Dijo que te gustaría oír esto.

Ladeó la cabeza. Cutter miró el arma que Drogon llevaba en la mano.

—He aquí lo que pasa. Soy Wrightby.

»Sí, ya veo que me conoces, que sabes quién soy. Confieso que resulta gratificante. Sí, así es. —Cutter respiraba entrecortadamente. Jodermalditasea. ¿Era posible? Miró el arma de Drogon.

Las manos quietas. Una orden susurrada. Cutter se enderezó tan deprisa que le crujió la columna. Los miembros se le pusieron rígidos. Quieto, dijo Drogon.

Jabber… Cutter había olvidado cómo era recibir sus órdenes. Se estremeció y trató de doblar los dedos.

—Soy Weather Wrightby y estoy aquí para darte las gracias. Por todo lo que has hecho. ¿Lo sabes? ¿Sabes lo que has hecho? Has cruzado el mundo. Has cruzado el mundo, algo que lleva siendo necesario desde que tengo uso de memoria, y que tú has hecho.

»Yo mismo lo intenté más de una vez, ya lo sabes. Con mis hombres. Hicimos lo que pudimos. Cruzamos las montañas, las colinas onduladas. El humorroca. Todos los terrenos. Ya lo sabes. Lo intentamos, morimos, tuvimos que retroceder. Devorados, asesinados, vencidos por el frío. Una y otra vez, lo intenté. Hasta que fui demasiado viejo como para seguir intentándolo.

»Todo esto —levantó el brazo—, todo este camino de metal desde Nueva Crobuzon a las ciénagas, al cañón, a Mar de Telaraña, a Myrshock, era algo importante. Pero no era mi objetivo. En realidad no. No era mi sueño. Eso ya lo sabes.

»No: esa otra idea, la de un camino de hierro tendido de un mar a otro, ésa era la mía. El continente abierto. De Nueva Crobuzon al oeste. Ésa era mi idea. Eso es historia. Por eso he estado luchando, esperando. Ya lo sabes, ¿no? Todos vosotros lo sabéis. Lo sabéis.

»No voy a fingir que no me hayáis hecho enfadar. Lo hicisteis, por supuesto que sí, me hicisteis enfurecer cuando os llevasteis mi tren. Pero entonces vi lo que estabais haciendo… Una obra sagrada. Mucho más de lo que os correspondía. Y aunque no fue fácil para mí el reconocerlo, nunca me hubiese interpuesto en el camino de algo así. —Weather Wrightby estaba radiante; sus ojos humedecidos brillaban con pasión—. Tenía que venir a verte. Tenía que decírtelo. Por lo que has hecho, por lo que hiciste. Te saludo.

Cutter se estremeció como un animal en una jaula, humillado por las técnicas del susurrero. Hizo acopio de fuerzas, se movió y volvió a escuchar, guarda silencio en el fondo de su oído. Las palabras parecían resonar en sus propios huesos. Dioses, joder, maldición. El aire estaba totalmente en calma. Desde la base de la ladera les llegaba un castañeteo metálico.

—Y entonces desaparecisteis, perdidos en el oeste, ¿y quién sabía dónde? Todo había terminado, pero yo sabía que volvería a saber de vosotros y entonces, sí, ocurrió. —Weather Wrightby sonrió—. Aún caído en desgracia, fracasado, tengo mis propias redes, tengo mis planes. Tengo amigos en el Parlamento que quieren que salga adelante. Oigo cosas. Así que cuando os encontraron, cuando uno de sus exploradores o mercaderes cruzó aquel mar, y se enteró de que existía la ciudad del tren y envió la noticia y ellos mandaron exploradores y os encontraron, cuando todo esto ocurrió, yo me enteré.

Y cuando enviaron a sus hombres a por vuestras cabezas, so pretexto de la guerra, también me enteré.

»¿Qué podía hacer? ¿Qué podía hacer salvo venir a vuestro encuentro? Conocéis la ruta. Conocéis el camino para cruzar el continente. ¿Lo sabías? ¿Sabías lo que es eso? Un conocimiento sagrado. No iba a permitir que lo enterraran. Fuisteis lo más deprisa posible, por lugares que yo hubiese evitado, os adentrasteis en las afueras de la Torsión, pero sea como sea, es vuestro camino. Tenía que saberlo.

»Así que hice que la noticia le llegara a vuestro mayor paladín en la ciudad, uno que estaba allí cuando nació vuestro Consejo. ¿Pensabas que no se sabía? —Sacudió la cabeza con elegante deleite—. ¿Que no sabíamos quién podía tener una idea del destino del Consejo? Por supuesto que lo sabíamos. Hace mucho tiempo que sabemos quién era su hombre en la ciudad. Soborné a un amigo suyo, hace mucho tiempo, para mantener un vínculo con él. Hice que le llegara la noticia para que viniera a buscaros. Sabíamos que podría hacerlo. Y nosotros podríamos venir y ayudarlo. A encontrar al Consejo, a ayudarlo a regresar. Mi susurrero.

Drogon era un empleado. Un agente de seguridad de la FT. Cutter sintió un nudo en el estómago.

—Está cerca de aquí, ¿sabes? Eso dicen. Vuestro paladín, Low. Lo han visto. Está como perdido ahora que el Colectivo casi ha desaparecido. Lo han visto merodeando entre las vías. Esperando el fin. Ya tenemos lo que necesitábamos.

»Vinimos a ayudar y a descubrir el camino. Lo hemos descubierto entero. Drogon, mi hombre. Un buen hombre. No podíamos permitir que os interrumpieran. Teníamos que detenerlos. Tan cerca, tan cerca de casa… No podía dejar que os detuvieran tan cerca de la ciudad. Queríamos que volvierais.

Por eso regresó Drogon. En misión para Wrightby, el loco cabrón. ¿Y los demás jinetes, todos hombres de la FT? Buenos dioses. Necesitaba que llegásemos. Tenía que saber que habíamos hecho el camino entero. Tenía que ver nuestra ruta. Se ha enfrentado a la ciudad. Ha matado a los putos milicianos para que pudiéramos regresar.

—Y ahora estáis aquí. Shhh, quieto.

Quieto, dijo Drogon, y la lenta resistencia de Cutter cesó.

—Ahora estáis aquí. Mañana estaréis otra vez en las vías. Y volveréis a la ciudad. Habéis hecho lo que debíais. Ya tengo la ruta para atravesar el continente. Por la mancha cacotópica. El camino que habéis creado con vuestros cuerpos y vuestra necesidad. Os damos las gracias.

Drogon, sin burla ni demostración alguna, inclinó la cabeza.

—Ten por seguro que la utilizaremos. Construiré el camino de hierro. Este continente volverá a ser creado, rehecho, más hermoso. —Cutter miró fijamente a aquel visionario del dinero y el hierro. Lo miró fijamente y fue incapaz de hablar, de moverse, de decirle a Weather Wrightby que estaba loco. Wrightby ya podía cruzar el continente, después de tantas intentonas y fracasos. Tendería una hebra fina como un tren y la usaría para bombear dinero al oeste y extraerlo de nuevo desde allí. Cambiaría el mundo y cambiaría a Nueva Crobuzon.

¿Es posible? Es un camino muy largo. Larguísimo, joder.

Pero ahora lo conoce.

—Esto es lo que va a pasar. Os están esperando. El Colectivo ha caído. Ya lo sabes, ¿verdad? Y la milicia sabe que venís. Os están esperando. Saben por dónde llegaréis. Por los apeaderos, la terminal que construimos en su día. Habrá muchos esperándoos.

Habría batallones. Habría brigadas enteras. Alineadas, con sus armas, con una paciencia de genocidas. Estarían esperando a que su presa llegase, entrase en el fuego y el hierro, el infierno de taumatúrgica carnicería, a su propio ritmo. Ni el gólem de luz, ni la moho-magia, ni el valor de los librehechos y sus parientes, ni el salvajismo de los cactos, ni el poder de los chamanes podría derrotar a aquella masa.

—Vais a morir. Estoy aquí para decírtelo. —No lo dijo como una advertencia, sino simplemente como parte de una conversación.

No volverá a interceder. Este cabrón nos ha ayudado por algún disparate religioso, una demencia mercantil. Contra su propio gobierno. Pero ahora que hemos vuelto, ha terminado. Estamos en casa, hemos hecho lo que hacía falta, ya tiene el camino. Puede hacer lo que siempre ha querido. Está todo en la cabeza de Drogon, el muy cabrón, en las vías que hemos dejado.

—Quería que supieras que sois magníficos. Lo que habéis hecho es una proeza de valor, de fuerza… Como nada que yo haya visto. Bien hecho, bien hecho. Ya podéis acabar.

»Voy a decirte por qué te cuento todo esto.

»No sería apropiado que no lo supieras. Debes saber en qué os habéis convertido. Cuando dobléis esa última curva y veáis la estación y a la milicia.

Cutter se estremeció. Drogon lo observaba.

—O puedes irte.

El corazón de Cutter empezó a latir más deprisa, como si sólo al decirlo Wrightby se hiciera posible. Como si estuviera dándole permiso para escapar.

—Puedes irte. Drogon quería que tuvieras esa alternativa. Por eso estoy aquí.

¿Drogon? ¿Es cierto? Cutter tuvo la fuerza justa para mover los ojos y mirar a su antiguo compañero. El asesino ranchero no levantó la mirada. Una muestra de camaradería atenuada. ¿Qué era aquello? Una última oportunidad, ofrecida a Cutter. Siempre he tenido esa alternativa, pensó, pero no pudo evitar sentirse como si Drogon le hubiera hecho un regalo.

—Has recorrido las estepas de Rohagi a lomos de la Historia. Has hecho realidad el nombre de la FT, que hasta ahora había sido una mentira. Lo has hecho…, has atravesado un continente. Ahora puedes irte.

»O… o podrías ayudarnos. Podrías ayudarnos a hacerlo de nuevo. Una vez más. Esta vez dejando las vías a nuestro paso. —Wrightby lo miró, pero Drogon no—. Drogon me ha hablado de ti, me ha contado cómo has aprendido a viajar, a nivelar, a explorar. Y siempre has sido tu propio amo. Eso lo sabemos. Podrías ayudarnos.

Dioses, Jabber, Jabber y mierda, esputo divino, mierda divina, no puedes estar diciendo eso. No puedes. La auténtica verdad. Una revelación. Ahí. A pesar del embrujo paralizante de Drogon, Cutter esbozó una sonrisa despectiva.

¿Es eso? Trató de hablar pero fue incapaz. La expresión que se dibujó en su rostro lo decía todo. ¿Qué te has creído, qué te has creído?

¿Qué te crees que soy? ¿Crees que estoy tan apartado de ellos, con los que he luchado y viajado y follado, como para marcharme, como para abandonarlos por ti? ¿Por tu cruzada del dinero? ¿Toda esa mierda religiosa se reduce a esto? ¿Era un discurso de reclutamiento? ¿Me quieres en tu equipo? ¿Porque conozco el camino? ¿Porque lo he hecho? ¿Me quieres en tu equipo? ¿Qué te crees que soy?

Estaba hirviendo de repugnancia, erguido en la parálisis del susurro-embrujo, con las manos a los lados.

—¿Qué me dices? —dijo Wrightby.

En lo más hondo del oído de Cutter habló la voz de Drogon:

Habla.

—Que te follen —dijo Cutter al instante. Wrightby asintió y esperó—. Alejaos de mi tren. Bastardos… Tú, bastardo chaquetero, Drogon, nunca escaparás de nosotros… —cogió aliento para gritar y Drogon volvió a silenciarlo.

—¿Que no escaparemos de vosotros? —dijo Wrightby. Parecía sorprendido—. No estoy tan seguro. En realidad, creo que sí. Ahora nos marchamos. Estaré en la estación. Cuando llegue el tren, estaré allí, esperando. Ven a verme si quieres, si cambias de opinión.

Drogon volvió a susurrar. Un doloroso agarrotamiento atenazó a Cutter. El susurrero señaló una vereda de las colinas y se llevó a Weather Wrightby por allí. Volvió la mirada atrás y le susurró una vez más a Cutter.

Sólo para que lo sepas, dijo. No creo que suponga la menor diferencia. Pero, por si acaso. Porque esto tiene que terminar ya. Tus espejos están rotos. Por si acaso.

Weather Wrightby miró a Cutter a los ojos.

—Ya sabes dónde encontrarme.

Y se marcharon, dejando a Cutter allí, luchando. ¿Por qué no me habéis matado, cabrones?

Levantó el brazo. Lo mismo daba. No era una amenaza. Lo que le habían dicho no importaba. «La milicia os está esperando». Llevaba semanas diciéndoselo. Todo el mundo lo sabía. Aunque ahora lo sabía con total certeza, es lo que siempre les había dicho. ¿Por qué iba a cambiar aquello los mesiánicos planes del Consejo de Hierro?

Había otra razón por la que Drogon y Wrightby lo habían dejado con vida. Todavía creían que podía cambiar de idea. Creían que podía huir, abandonar al Consejo para que se precipitase hacia la masacre y la muerte, mientras él se unía a ellos. Y los detestó por ello, pero también pensó, ¿qué soy? ¿Qué soy yo para que piensen eso de mí?

Gritó. No sabía si por el esfuerzo de romper el embrujo o por otra causa. Se vio tal como Drogon debía de haberlo visto: convertido en un traidor en potencia por su cinismo y su soledad.

Habían sacado los espejos de los estuches protectores donde se guardaban, en el vagón armería. El cristal estaba cubierto de grietas. Cutter quería contarle a alguien lo que había ocurrido, pero temía la amargura de su interior, la miserable certidumbre de una expectativa confirmada: temía que, a pesar del golpe recibido, pareciera que estaba alardeando de ello. Detestaba eso de sí. Sabía que Drogon lo había percibido. Por eso lo había abordado a él.

Llevó los espejos rotos a Ann-Hari y se lo contó.

Los viejos raíles reflejaban la luz de la luna. Al filo del horizonte, al este, había una mancha más oscura: el bosque Turbio, cada vez más cerca. Las luces del tren y sus fogatas creaban minúsculas auras.

—¿Y bien? —dijo Ann-Hari.

—¿Y bien?

—Sí.

—¿Qué vais a hacer?

—¿Qué harías tú?

—Yo daría media vuelta, por el amor de Jabber. Daría la vuelta y me dirigiría al sur siguiendo las vías, no al norte.

—¿A las ciénagas?

—Para empezar sí. Si es lo que hace falta para escapar. Para vivir, por los dioses, Ann-Hari. Para vivir. Están esperándoos. Mañana, puede que pasado mañana, estarán allí.

—¿Sí? ¿Y?

Cutter gritó. En mitad de la noche.

—«¿Y?» ¿Pero es que estás loca? ¿Es que no me has escuchado? ¿Y qué significa ese «¿Sí?»? —Se detuvo de pronto. Se miraron—. No me crees.

—No lo sé.

—Crees que estoy mintiendo.

—Vamos, vamos —dijo ella—. Vamos. Eres un buen amigo del Consejo, Cutter, todos lo sabemos…

—Oh, buenos dioses, crees que estoy mintiendo. ¿Y eso qué significa? Dioses, piénsalo. ¿Crees que yo he roto los puñeteros espejos?

—Cutter, venga.

—Dime.

—Cutter. No has roto los espejos. Eso ya lo sé.

—Entonces, ¿crees que miento sobre Drogon?

—Nunca has querido que regresáramos, Cutter. Nunca has querido que estuviéramos aquí. Y ahora me dices que la milicia nos está esperando. ¿Cómo sabes que Drogon o ese hombre no te han mentido? Ellos saben cómo piensas. Saben lo que tienen que decirte. Puede que quieran que nos asustemos y huyamos.

Cutter se detuvo. ¿No podía Weather Wrightby estar tratando de asustarlos?

Puede que el Colectivo hubiese ganado. Que los refugiados de las tierras rocosas estuviesen todos equivocados, y el Colectivo estuviese estableciendo una democracia nueva, hubiera acabado con la lotería electoral, hubiese desarmado a la milicia y armado a la población. Y hubiesen levantado estatuas a los caídos. Y el Parlamento estuviera siendo reconstruido. Y ya no hubiese furgones de la milicia, ni dirigibles sin distintivo alguno entre las nubes, sólo dracos, globos y verderones. Puede que Weather Wrightby no quisiera que se unieran a una Nueva Crobuzon así.

No. Cutter lo sabía. Sabía la verdad. No era así. Sacudió la cabeza.

—Tienes que decírselo a los consejeros —dijo.

—¿Qué quieres que les diga? —dijo Ann-Hari—. ¿Quieres que les diga que alguien a quien no conocíamos y en quien nunca hemos confiado ha traído a otro hombre para decirles que lo que siempre hemos creído que podía ser verdad es verdad, pero sin ofrecer ninguna prueba? ¿Quieres eso?

Cutter sintió que algo se alzaba en su interior, una desesperación trémula.

—Oh, dioses —dijo—. Te da igual.

Ella le sostuvo la mirada.

—Aunque —le dijo— aunque estuvieras en lo cierto…, aunque ése fuera Drogon y el otro fuera Weather Wrightby, aunque hubiese diez mil milicianos esperándonos, esto es lo que somos, esto es lo que somos. Aquí es donde tenemos que estar.

¿Era ésta su locura?

—Somos el Consejo de Hierro —dijo—. Nunca volveremos a dar la vuelta.

Cutter pensó en salir corriendo a la noche y gritarles la verdad a aquellos disidentes a los que había terminado por coger cariño —sus camaradas, sus chaverim, sus hermanos— y hacer que dieran la vuelta, suplicarles que dieran la vuelta, contarles lo que les estaba esperando, lo que sabía, lo que Ann-Hari sabía. No dijo nada. No gritó. No sabía si era por culpa suya —estaba seguro de que no era por debilidad— pero no podía anunciar la verdad. Porque sabía que no supondría ninguna diferencia, que ninguno de ellos daría la vuelta.

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