El Consejo de Hierro

El Consejo de Hierro


Novena Parte: Sonido y luz » 33

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El tren avanzaba lentamente sobre los viejos raíles, precedido constantemente por las cuadrillas que acudían a reparar los desperfectos del firme y a limpiar los obstáculos para que nada interrumpiera la marcha. Soldaban el metal roto y volvían a clavar los remaches viejos levantando nubecillas de herrumbre. Pero no era tanto el estado ruinoso de las vías lo que frenaba su avance como la incredulidad, la constatación del lugar en el que se encontraban, lo que estaban haciendo. A quince, veinte kilómetros por hora, el tren perpetuo, el Consejo de Hierro, avanzaba hacia el norte, rodeado de barrancas, protuberancias de roca y diabasas, en busca de Nueva Crobuzon.

Las ventanillas estaban erizadas de armas: los furgones abiertos, el pequeño cementerio, las torres, las tiendas de los tejados, todos estaban llenos de consejeros armados. Agazapados, entonaban canciones de guerra.

—Háblanos de Nueva Crobuzon —decían los jóvenes, los que habían nacido de las putas cuando el Consejo era todavía un tren privado, o de las mujeres libres en el interior de Bas-Lag, o de las consejeras de hierro.

Tras el tren venían los consejeros que no podían luchar. Los niños, las embarazadas, aquellos rehechos cuyas peculiaridades les impedían hacerlo. Los viejos. Formaban una larga línea extendida detrás de las vías, y cantaban sus propias canciones.

Los dracos sobrevolaban el tren, iban y volvían graznando lo que habían visto. Con el paso de las horas el firme de la vía fue ascendiendo, hasta que el tren estuvo sobre un risco, jalonado por sendas laderas cubiertas de granito pedregoso. Los árboles se alzaban cuando entraban en algún bosquecillo, y las criaturas que vivían en ellos chillaban en las copas. Mucos kilómetros al oeste, esta miasma de árboles se transformó en el bosque Turbio.

Las horas pasaban veloces con el hipnótico ritmo de las ruedas, que Cutter ya había olvidado, que se habían llevado de su mente los meses que el Consejo de Hierro había pasado reptando con demasiada lentitud como para alcanzar ritmo alguno. El tren se movía a la velocidad justa para crear el ruido. La percusión de las ruedas, el ritmo de los pistones. El uh uh, uh uh, como si te dieran unos golpecitos en el hombro, una vez tras otra, recordaban a algo, a un ruido nervioso. Cutter marchaba sobre la ansiedad del tren.

Lo sabré, dentro un momento lo sabré, se decía en su fuero interno. Dentro de un momento lo decidiré. Y el tren perpetuo no se detenía y seguía acercándolo kilómetro a kilómetro a Nueva Crobuzon, antes de que hubiese tenido, se diría, tiempo para pensar.

¿Qué va a ocurrir?

Tenía un arma preparada. Iba en el furgón de cola, con los forasteros y los refugiados, quienes estaban excitados y terriblemente asustados por lo que se avecinaba. La vía se curvaba y se curvaba, como si tratase de ocultar su terminal. Aún faltan varios kilómetros, pensó Cutter, pero el final de la línea parecía estar allí, brillando siniestramente un poco más allá de donde alcanzaba la vista.

—Tengo que irme a casa. Me están esperando —dijo alguien. , pensó Cutter. Alguien te espera.

No voy a quedarme. Fue una certeza, repentina. No voy a entregarme a ese perro, Drogon, pero tampoco le entregaré mi muerte. ¿Qué vas a hacer? Le dio una voz a la pregunta. Huiré. ¿Adónde irás? Adonde deba. ¿Y Judah Low? Si puedo. Si puedo encontrarlo. Judah Low.

Oh, Judah oh Judah. Judah, Judah.

Llegó la noche como si la oscuridad espesara el aire, y no se detuvieron. La luz que salía de sus ventanas se proyectaba sobre la grisácea llanura y convertía el tren en un ciempiés con patas de luz.

Debían de encontrarse ya a pocas decenas de kilómetros. Súbitamente, las vías estaban limpias y despejadas. Puede que algún tren hubiera circulado por allí, pensó Cutter; puede que la ciudad tuviera trenes que recorrían aquel absurdo ramal de un lado a otro, llevando pasajeros fantasma a estaciones fantasma. Entonces, a la luz amarillenta del alba vio figuras en la oscuridad, a ambos lados de la vía, agitando azuelas y gruesas escobas de ramas, gritándole al tren «¡adelante, adelante!» y «¡bienvenidos a casa!».

Fugitivos del Colectivo de Nueva Crobuzon. Cada vez eran más numerosos en la negrura por la que avanzaba el tren, parpadeantes y paralizados bajo sus luces, agitando las manos. El día empezó a asomar. Desertores de la guerra del Colectivo que habían atravesado el bosque Turbio o las callejuelas del oeste de la Perrera, donde la milicia les daba caza y se cobraba venganza. Habían venido como una cuadrilla de peones para limpiar las vías.

Los crobuzonianos agitaban sus sombreros y sus bufandas. «¡Corred a casa!», gritó uno. Algunos estaban llorando. Arrojaban pétalos sobre las vías. Pero había otros que se levantaban y gesticulaban. «No» gritaban, «No, van a mataros», y otros que ostentaban una especie de orgullo pesaroso.

Echaron a correr y saltaron al Consejo. Arrojaron flores invernales y comida a los consejeros y a sus hijos, intercambiaron algunos mensajes a gritos, volvieron a bajar. La historia y la misión habían vuelto taciturnos a los pasajeros del tren, y fueron los que los seguían a pie quienes dieron la bienvenida a los refugiados, los abrazaron, se fundieron con ellos.

La gente corría junto al tren, siguiendo su marcha, gritando nombres. Familias separadas.

—¡Nathaniel! ¿Está ahí? Nathaniel Beshol, un rehecho, con brazos de madera. Se marchó con el tren perdido.

—¡Nariz Rota! Mi padre. Nunca volvió. ¿Dónde está?

Nombres y fragmentos de historia exhalados por aquéllos para los que el regreso del Consejo de Hierro no era sólo un mito convertido en realidad, sino una esperanza familiar dotada de nuevo de vida. Cartas arrojadas por las ventanillas, dirigidas a gente desaparecida durante mucho tiempo y que ahora, inesperadamente, tal vez hubiese vuelto. La mayoría eran para gente que había muerto o que simplemente había desertado: se leyeron y se convirtieron en mensajes para todos.

Ya era de día: el día en que el Consejo de Hierro llegaría al final de la línea. Estaba frenando, pues los conductores querían hasta el último momento del viaje.

—¡Low, el hombre-gólem! —gritó la voz cascada de una anciana mientras pasaban junto a ella—. ¡Ha estado por aquí, preparándolo todo! ¡Apresuraos!

¿Qué? Cutter volvió la mirada. En su interior se alzó una sospecha. ¿Qué?

—No temáis —gritó alguien—. Escuchad, sólo estamos ocultándonos, los colectivistas, estamos esperando, estamos tras las líneas de la milicia, esperándoos. —Pero Cutter estaba buscando a la anciana que había hablado de Judah.

Ya no queda mucho. Estarían allí alrededor del mediodía, al final de la línea, entre milicianos posicionados en los apeaderos. sólo quedan unos kilómetros. «Tengo un plan», dijo Judah. Dioses. Dioses. Está aquí.

En las alturas, los dracos del Consejo de Hierro volaban en ambas direcciones. Los primeros estarían pronto en la ciudad.

Cutter marchaba a caballo, con el desenvuelto y largo galope que había aprendido durante los meses en que se había convertido en un hombre de las tierras salvajes. Cabalgaba casi tan deprisa como Ann-Hari, que montaba en Rahul, el rehecho.

Las zancadas de Rahul caían pesadamente sobre el suelo, y corría sobre la grava y los guijarros, con el firme elevado de la vía a un lado y una extensión de maleza y dientes de león al otro. Cutter cabalgaba por donde el viento era más furibundo y arrojaba polvo a los ojos. Lo ignoró. Apretó el paso bajo unas nubes que se movían con repentina urgencia y descargaban su lluvia cerca de allí. Miró un momento hacia los rieles, luego hacia delante. Se encontraba junto a la vía.

—Ven conmigo entonces si quieres —le había dicho a Ann-Hari—. Demuéstrame que me equivoco. Siempre puedes volver. Pero si estoy en lo cierto, lo que te digo… Lo que te digo es que Judah tiene algo planeado.

Y aunque sus palabras habían exasperado a Ann-Hari, había en su urgencia y en la incierta valentía de su preocupación —¿estaba excitado, ansioso, hambriento?— algo que la había conmovido, y había accedido a cabalgar con él. Le había fallado a Judah, y tenía que verlo, aunque no sabía lo que iba a hacer: si pedir a Judah que intentara disuadir al Consejo, si explicarse, si obligarlo a aceptar sus remordimientos por haber fracasado. Cuando lo detuvieron los centinelas montados, exigió que llamaran a Ann-Hari.

—Tenéis que dejarme ir —dijo—. Dadme un caballo, joder. ¡Judah está ahí delante! ¡Tengo que verlo!

Ella fingió impaciencia, pero Cutter vio que se sorprendía. Dijo que lo acompañaría.

—Como quieras. Escóltame si no confías en mí, me da igual. Pero sólo quedan unas pocas horas y tengo que verlo, joder.

¿Qué está haciendo?

Entonces. En los aledaños de Nueva Crobuzon. Donde los ríos se cruzaban sobre la vía elevada y las piedras exhibían las cicatrices de la lluvia ácida. Bajo sus pies se extendían unas lomas con el suelo cubierto de hierba sucia, una tupidez alquitranada del bosque Turbio que, como un sarpullido negro y verdoso, reptaba hasta el camino del tren, secundada aquí y allá por algunos árboles. Cutter, Ann-Hari y Rahul pasaron entre árboles y sombras de árboles.

El tren perpetuo desapareció rápidamente tras ello, al final de la vía limpia y renovada, serpenteante. Cutter cabalgaba como si estuviera solo, junto al metal erguido como carne orgullosa, como un botón en el tejido de la tierra. Todavía quedaban algunos refugiados junto a la vía que los saludaron al pasar, pero la mayoría había huido al propio tren. Ignoró sus gritos —«¿Dónde está el Consejo?», «¿habéis venido a salvarnos?», «están ahí delante, muchacho, tened cuidado»—. Llevaba la mirada clavada en las vías, a su lado. El tren no marchaba más de una hora por detrás.

Sentía como si Nueva Crobuzon estuviera absorbiéndolo, como si su gravedad, —la densidad de ladrillos, cemento, madera, hierro, la vista de los tejados, moteada por el humo y las luces químicas— tirara de él. La tierra rocosa se alzó como un maremoto hacia la vía y el caballo de Cutter descendió más allá de un lugar en el que el firme y el suelo estaban a la misma altura. Rahul lo seguía. Junto a un prado lleno de pedruscos, Cutter vio pasar una barcaza. Estaban cerca de las granjas. Seguía mirando las vías. De vez en cuando veía algún mecanismo donde antes habría una señal, algún aparato para medir la velocidad o el paso de los trenes. Allí, un puñado de escombros de piedra y metal en la vía del tren o a su lado.

Nueva Crobuzon escupió una bandada de dracos que se dispersaron bajo las rápidas nubes y les chillaron:

—¡Os esperan! ¡Miles y miles y miles! ¡Montones! ¡No!

Cutter y Rahul cabalgaban por el lado oriental de la vía, devorando las distancias a tal velocidad que Cutter quedó hipnotizado por ella, hasta que, después de un último viraje entre varias rocas, las vías convergieron en un extremo de una tierra lisa, rocosa y repentinamente desapacible, un estanque cubierto de piedras y una ciénaga donde nadaban aves zancudas tan grises como el resto del paisaje. Al final de una perspectiva perfecta había una ciudad entera de apeaderos, donde los raíles se abrían en abanico. El humo de los talleres, el hierro acanalado y decolorado por el invierno de los garajes donde descansaban los trenes, la extensa terminal del extremo de Nueva Crobuzon. A Cutter se le escapó un gemido, y oyó otro procedente de Rahul, porque allí, convertida en una única masa en la distancia, un organismo de picas y cañones, reflejando la luz del cielo nublado a través de miles de máscaras, se encontraba la milicia.

—Oh, dioses. —Judah, ¿dónde estás?

Las tropas esperaron.

—¿Dónde está Judah? —dijo Ann-Hari. Estaba mirando fijamente a los soldados, a kilómetros de allí, y Cutter vio, buenos dioses, vio en ella un desafío, un hambre de lucha en sus ojos. Una sonrisa.

—No lo habremos visto. Vamos, juro que está aquí…

—No sabes nada, ¿verdad? No sabes nada…

—Maldita sea, Ann-Hari, podemos encontrarlo. —¿Por qué lo estamos buscando? ¿Qué puede hacer él?

El tren llegaría a aquella llanura en la que esperaba la milicia de Nueva Crobuzon desde la resguardada hondonada de piedra. Cutter lo vio. Llegando, saliendo, vio los rostros de todos los consejeros, pálidos al ver lo que estaba esperándolos allí, pero firmes en la certeza de que no podía haberse hecho otra cosa. Antes de que hubiesen apagado el motor, la milicia caería sobre ellos. Nada era posible ya, salvo una última demostración de valentía, una muerte dura y guerrera. La verdad se extendería sobre ellos, los rostros sudorosos y aterrorizados de los cientos de consejeros que llevaba el tren volverían a endurecerse, y el tren empezaría a avanzar. Aceleraría hacia el enemigo.

«Vamos, vamos, ya hemos vencido dos veces a la milicia, podemos volver a hacerlo», dirían los gritos. Mentiras que todos ellos fingirían creer de buen grado. Algunos susurrarían a sus dioses o a sus antepasados muertos o a sus amantes, besarían amuletos que no los protegerían. Gritarían, «¡Consejo de Hierro!» y «¡por el Colectivo!» y «¡rehechos!».

El Consejo de Hierro, el tren perpetuo, aullaría, el humo al viento, el silbato de la locomotora, el sonido de sus armas una tempestad de balas. El tren se pondría al alcance de las armas de Nueva Crobuzon, y entre el fuego abrasador y el metal destrozado y los gritos de agonía de los disidentes y librehechos incinerados, proferidos al hacer presa de ellos la muerte ardiente, el Consejo de Hierro dejaría de existir.

Dioses, dioses.

Los consejeros regresaron galopando unos cientos de metros. Cutter los obligó a aminorar un poco. Su mirada no se apartaba del metal. Última oportunidad. Dos kilómetros, nada más, hasta el abrigo de la hondonada de roca. Los dracos volvieron a aparecer en el cielo, pero éstos hablaban con acento diferente, eran dracos de la ciudad, que acudían a dar la bienvenida a los recién llegados.

—Vamos, vamos —gritaron—. Estamos esperando. Detrás de la milicia. A vosotros. —Viraron y volaron de regreso a una maquinaria que había junto a las vías. Cutter siguió cabalgando.

—¡Ann-Hari! —Un grito desde lo alto del barranco, unos siete metros más arriba. Cutter levantó la mirada y allí estaba a Judah.

Se le escapó un ruido. Detuvo a su caballo mientras Rahul frenaba y Ann-Hari y él levantaban la miraba. Judah Low estaba de pie. Se movía como agitado, tratando por todos los medios de llamar su atención.

—¡Ann-Hari! —gritó—. ¡Cutter! —Los llamó con enormes ademanes.

—¡Judah! —dijo Cutter.

—Subid, subid. ¿Qué estáis haciendo aquí? ¿Qué estáis haciendo? Dioses, subid aquí.

El gran peso de su cuerpo de reptil impidió subir a Rahul. Se quedó esperando junto a las vías mientras Cutter y Ann-Hari, utilizando las raíces sobresalientes como asideros, ascendían y se erguían al llegar a su lado. Cutter mantuvo la cabeza gacha todo el tiempo posible, y sólo en el último momento levantó el rostro, gris como el esquisto, y miró a Judah Low.

Judah estaba mirando a Ann-Hari con expresión opaca. La abrazó largo rato, bajo la mirada de Cutter. Cutter se pasó la lengua por los labios. Cutter esperó. Judah se volvió hacia él y con algo que era en parte una sonrisa lo abrazó también, y Cutter dejó que su peso, por un momento fugaz, descansara sobre Judah. Cerró los ojos, apoyó la cabeza y luego volvió a erguirse. Los raíles se veían desde allí.

Miraron, los tres, se miraron los unos a los otros. Allí estaba, el hombre alto flaco y cano, Judah Low. ¿Qué eres?, pensó Cutter. Alrededor de Judah había señales que indicaban que había estado esperando. Una botella de agua. Los arcanos residuos de su arte. Un catalejo.

En aquel lugar no había nadie a su alrededor. El último viraje antes de la ciudad. Los dracos volvieron a pasar sobre ellos, dando vueltas y lanzando avisos histéricos al pasar.

—¿Qué has estado haciendo? —dijo Cutter—. ¿Qué estás haciendo? No van a parar, Judah, no quieren dar la vuelta. Lo he intentado.

—Lo sé. Ya sabía que no lo harían. No importa.

—¿Qué ha pasado en la ciudad?

—Oh, Cutter: ha acabado, todo ha acabado. —Judah hablaba con una placidez acobardada. Su mirada pasó entre Cutter y Ann-Hari y se detuvo en la curva de las vías, en la dirección por la que llegaría el tren perpetuo. Volvió a mirarlos, volvió a mirar las vías. Su atención se desplazaba incesantemente.

—¿Qué vamos a hacer? —dijo Cutter.

—Ya no hay nada que hacer —dijo Judah—. Ya no es lo mismo. La ciudad… ha vuelto a cambiar.

—¿Por qué estás aquí, Judah? —dijo Ann-Hari—. ¿Para qué has venido aquí, Judah Low? —Había una expresión de complicidad en su rostro. Estaban sonriéndose. Con un pequeño jugueteo en la voz. A pesar de la carnicería que se avecinaba, a pesar de que había visto a la milicia, seguía habiendo algo travieso en ella. Alargó los brazos y lo tocó una y otra vez, y él a ella. Lo que estaban transmitiéndose era como un animal salvaje que pasaba del uno al otro. Judah se asomó sobre su hombro y luego volvió a mirarla.

—¡Judah! —gritó Cutter, y Judah se volvió hacia él.

—Sí, sí, Cutter —dijo—. Claro. —Estaba tranquilo—. ¿Por qué has venido?

—¿Qué has hecho, Judah? —dijo Cutter. Pero hubo un ruido y Judah soltó un jadeo de felicidad, igual que un niño pequeño y saltó sobre las puntas de los pies, también igual que un niño. Había lágrimas en sus ojos. Sonreía y lloraba.

Un espectro de humo apareció a un kilómetro de allí. El tren perpetuo. Ascendió reptando, la descarga, como una oruga de hollín saliendo de una tumba, cada vez más rápida, dando un giro brusco entre restos de barricadas y aproximándose. Un viento se levantó delante del tren y les azotó la cara, mientras Cutter y Ann-Hari se volvían para mirar los faros, que brillaban débilmente a la luz del día, desdibujando la piedra y las vías, y entonces el Consejo de Hierro llegó al último recodo.

No. Cutter no sabía sí lo había dicho en voz alta. No creía que hubiese revolucionarios escondidos detrás de la milicia. Miró y gritó, en voz alta o en su cabeza, mientras veía cómo salía el Consejo de Hierro de la grieta y aceleraba en dirección a la muerte. No.

El quitapiedras convertido en dentadura, la locomotora, una cabeza de fetiche, tallado de historias, cubierto de despojos animales, abarrotado por los guerreros más duros, los rehechos más grandes, los cactos con las escramasachas preparadas, gritando, jaleados por los refugiados de Nueva Crobuzon que corrían a su lado, que los aclamaban desesperadamente y arrojaban confeti. La segunda locomotora, y todos los vagones que la seguían, el techo entero del tren convertido en militante, convertido en su arma, el Consejo de Hierro convertido en una ciudad guerrera. Sus ruedas golpeteando el hierro, sus chimeneas eructando humo, todo el mundo preparado para luchar, sin otro plan que la estúpida valentía del «adelante».

Uh uh, uh uh. Cutter lo escuchó, las ruedas, el traqueteo de las vías. Corrió hasta el borde de la hondonada y gritó, aunque era imposible que lo oyeran. Vio que Judah estaba llorando pero todavía sonreía, y que Ann-Hari sólo sonreía. El tren, más rápido que nunca, pasó junto a Rahul, que saludó con sus manos humanas y sus manos de lagarto.

Cutter tropezó, y oyó que, tras él, Judah murmuraba, oyó que repetía aquel doble ritmo, el repetitivo latido del tren. Estaba cantando con el tren, y había en él algo expectante. Cutter se inclinó, dirigió la vista hacia el tren y hacia los consejeros que se preparaban para la guerra, su última guerra, acercándose de nuevo a su ciudad. Vio delante de ellos un extraño patrón de obstrucciones entre los raíles, nada lo bastante pesado como para hacer que descarrilara la locomotora o se detuviera, sino una serie precisa de interrupciones, que vistas desde arriba parecían las puntas de un pictograma, tendidas sobre unos pocos metros de vía.

—Uh uh, uh uh —dijo Judah, y debajo de ellos, al mismo tiempo, sonó un «uh», y la cabecera del Consejo de Hierro pasó por encima de un mecanismo que Cutter había visto, aunque lo había tomado por una señal vieja o algo a medio acabar; y mientras las ruedas lo tocaban y le transmitían un traqueteo, empezó a moverse, y Judah gimió y cayó de rodillas. Su piel se estiró; su misma carne pareció absorbida por algo. Cutter percibió la fuerza de su catexis, el brusco tirón de la energía.

Escuchó la síncopa del tren y vio otra cosa, una compleja e interferente percusión en antifase. El Consejo de Hierro pulsó el interruptor que Judah había preparado para él y el circuito que había dejado, absorbiendo la energía de Judah, cobró vida, y sólo Cutter pudo verlo. Judah parpadeó y gimió delante de él.

La pequeña barricada que cruzaba las vías, que el primer grito de Judah había impedido ver a Cutter o a Ann-Hari, encajada en la grava, apoyada en las traviesas —una barricada hecha de clavos, de varillas de metal, de bloques— fue derribada por el Consejo de Hierro: cada una de sus piezas cayó al suelo con fuerza, sobre los contactos que Judah había colocado, y su extraño y preciso orden, sus materiales, hicieron que cada una de ellas emitiera un sonido propio. Se combinaron en una cuidadosa y exacta sinfonía de desplome, una serie de chasquidos y tintineos que se añadieron al ritmo perfecto del tren; y durante varios segundos, durante un fragmento de tiempo, hubo ritmo-magia, un tempo-palimpsesto, y en ese momento de complejidad, en el que cada acentuada unidad de sonido intervino al unísono, moldeando la forma del tiempo a la vez que la enorme cabeza de cazador del Consejo de Hierro salía a campo abierto entre los pliegues y sinclinales de roca, los propios momentos recibieron el asalto de aquel sonido, que los obligó a adoptar forma a hachazos, una intervención accionada por el mecanismo que succionaba la energía a Judah Low, el gran somaturgo autodidacto de Nueva Crobuzon y, tosca, vigorosa, ineluctable, la precisión de este tiempo parcelado moldeó el tiempo, se convirtió en un argumento en el tiempo,

transformó el propio tiempo y lo convirtió en

un gólem

un gólem de tiempo

que se levantó propulsado por su a-vida, un gólem de sonido y tiempo, se levantó e hizo lo que se le había ordenado, sus instrucciones se convirtieron en él, sus instrucciones su existencia, una orden que era sólo «sé», y así, él fue. Una figura animada creada con el propio tiempo, hecha de segundos informes y momentos aplastados en los bordes como virutas, imperfecciones de su creación e instantes perdidos donde los miembros de tiempo se unían al cuerpo de tiempo. Fue. La forma de una figura extendida entre dimensiones inaprensibles hasta para su creador, invisible para todos mientras sus contornos, vistos de otro modo, envolvían al tren.

El gólem de tiempo se levantó y fue, ignorando la linealidad que lo rodeaba, sólo fue. Era un acto de violencia, una terrible intrusión en la sucesión de los momentos, un coágulo en la diacronía, y con la estúpida arrogancia de su existencia, no prestó a la indignación de la ontología la menor atención.

Con el rostro ensangrentado, moviéndose como un pez sacado del agua, mientras se arrastraba y rociaba el suelo con su sangre, tratando de ponerse en pie como un borracho, destrozado por el esfuerzo de la taumaturgia, Judah Low bajó la mirada hacia el recodo y sonrió. Cutter lo observaba.

Hubo un ruido espantoso. El desgarro y el crujido de un poderoso impacto. Ann-Hari estaba chillando. Descendió corriendo por la gravilla, envuelta en una nube de polvo. Tropezó, rodó, y se levantó, con la ropa desgarrada. Los consejeros y los ciudadanos, de pie, estaban esperando, llenos de incertidumbre. Todo el mundo miraba el tren.

El tren perpetuo. El propio Consejo de Hierro. El renegado, regresado, o regresando, y ahora a la espera. Absolutamente quieto. Absolutamente inmóvil dentro del cuerpo del gólem de tiempo. El tren, su momento fosilizado.

No siempre podía verse con claridad. Los toscos desgarros en el tejido de lo temporal de los que estaba hecho el gólem le daban caras como facetas, una opalescencia de tiempo herido. Desde ciertos ángulos costaba verlo, o costaba concebirlo, o era difícil de recordar, instante a instante. Pero estaba inmóvil.

Los primeros metros por encima de sus chimeneas, las columnas de humo de las locomotoras parecían formas de humorroca, totalmente sólidas, hasta que llegaban a los límites de la grieta en el tiempo, el cuerpo del gólem, y por encima de aquella barrera fortuita se alejaban impulsados por las corrientes, los últimos efluvios escapados a la historia. Los consejeros seguían preparados, sus armas seguían prestas, el tren seguía avanzando como un cohete hacia las llanuras que había delante de la ciudad, y ya no se movían.

El último vagón, una de las dos locomotoras que empujaban en lugar de tirar, había quedado fuera de la protección de aquel capullo de no-tiempo, había permanecido dinámico, y había descarrilado al chocar contra la súbita crisis de la materia ajena al tiempo. Había reventado, esparciendo carbón ardiente y restos e ingenieros agonizantes. Delante de él, el final del vagón estaba estrujado y retorcido, y allí donde se encontraba con el interminable gólem de tiempo, la frontera se veía como una línea.

Ann-Hari estaba gritando. Los seguidores del Consejo acudían en gran número desde detrás de la roca, y se contaban unos a otros lo que había pasado, transmitiendo la noticia: «el Consejo de Hierro ha… ¿qué?».

Ningún sonido llegaba desde allí. Era un enorme silencio con forma de hombres y mujeres en un tren. El Consejo de Hierro estaba hecho de silencio. Ann-Hari gritó y trató de agarrarse a él, subirse a él, y el tiempo viscoso resbaló entre sus dedos en los bordes del gólem e impulsó su mano o la desvió o hizo momentáneamente que el Consejo no estuviera allí para que ella no pudiera tocarlo, y no pudo tocarlo. Ella estaba en el tiempo. El Consejo no, y estaba más allá de su alcance. Podía verlo, y podía ver el instante de todos sus camaradas, pero no podía alcanzarlo. Los demás que habían quedado rezagados en el tiempo estaban reuniéndose a su alrededor. Ann-Hari estaba gritando.

A la cabeza del tren, con su poderoso y espinoso brazo estirado, se encontraba Cañas Gruesas. Miraba la milicia congregada en la lejanía. Estaba sonriendo, con la boca abierta. A su lado un hombre lanzaba una risotada acompañada por un reguero de saliva que estaba a punto de desgajarse de su boca. El tren estaba envuelto en polvo suspendido e inmóvil. La luz de los faros era absoluta y constante. Ann-Hari rugió y trató, de nuevo en vano, de reunirse con Cañas Gruesas y el Consejo de Hierro.

Cutter estaba contemplando aquella imposibilidad. Cuando Judah le puso una mano encima, dio un salto.

—Vamos —dijo el somaturgo. Su voz no era la de Judah. Era un sonido desgarrado y ruinoso que brotaba con sangre y esputos, aunque todavía estaba sonriendo—. Vamos. Los he salvado. Vamos.

—¿Cuánto? ¿Cuánto durará? —Cutter percibió el temblor de su propia voz.

—No lo sé. Puede que hasta que las cosas estén preparadas.

—Ellos han muerto. —Cutter señaló la retaguardia del tren. Judah apartó la mirada.

—Es lo que es. He hecho todo lo que he podido. Dioses, los he salvado. Ya lo has visto. —Se levantó. Tenía una mano en el estómago. Soltó un gemido. Se tambaleó y dejó un reguero de salpicaduras a su alrededor. La luz del día pareció estirarlo. Alargó el brazo y Cutter le dio la mano. Judah empezó a descender, bamboleándose como si estuviera hecho de tela vieja, hacia las rocas, invisibles desde las vías. Cutter fue con él. Los sonidos que llegaban desde lejos indicaban que la milicia estaba acercándose. Habían visto que algo no salía como esperaban y acudían a investigarlo.

Cutter y Judah bajaron y se alejaron.

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