El Consejo de Hierro

El Consejo de Hierro


Primera Parte: Adornos » 3

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Al segundo día de viaje, sobre las olas grisáceas del mar Escaso, el grupo de Cutter se apoderó del Arif. Pomeroy apuntó a la cabeza del capitán con una pistola. La tripulación se quedó mirándolo con incredulidad. Elsie e Ihona levantaron las armas. Cutter vio que la mano de Elsie temblaba. Fejh asomó de su barril de agua con un arco. El capitán empezó a chillar.

—Vamos a desviarnos —dijo Cutter—. Tardarán unos pocos días más en llegar a Shankell. Primero iremos al sudoeste. Por la costa. Remontando el río Escamado. Llegarán a Shankell con unos días de retraso. Eso es todo. Y un poco más ligeros de carga.

Los seis tripulantes, aunque de mala gana, depusieron las armas. Eran temporeros a jornal: no sentían solidaridad, ni entre si ni con su capitán. Miraban a Fejhechrillen con odio por una mera cuestión de prejuicios.

Cutter ató al capitán al timón, junto a los antílopes de cuernos limados que transportaba el Arif, y los viajeros hicieron turnos para amenazarlo mientras las monturas observaban. Sus gimoteos resultaban embarazosos. El sol era implacable. La estela de su barco se ensanchó, como si hubiesen deshebillado la mar. Cutter vio que Fejh pasaba una agonía en el aire caluroso y salino.

Avistaron la costa norte del Cymek al tercer día. Implacables colinas de arcilla blanqueada, tierra y arenales. Había jirones de vida vegetal: marraeos de color tierra, árboles de naturaleza dura y extraña, una maleza espinosa. El Arif pasó lentamente por delante de unas marismas de sal.

—Siempre decía que éste era el único camino para llegar al Consejo de Hierro —dijo Cutter.

Los minerales del estuario del Escamado cubrían el agua con una película de lustre. Las turbias aguas estaban llenas de maleza y Cutter puso cara de genuino asombro ciudadano al ver que un clan de manatíes asomaba la cabeza y empezaba a pastar.

—No es seguro —dijo el piloto—. Está lleno de… —profirió una obscenidad o un ruido que expresaba repugnancia y señaló a Fejh—. Más arriba. Está lleno de cerdos de río.

Cutter se envaró al escuchar aquella denominación.

—Vamos —dijo, y apuntó con el arma. El piloto retrocedió.

—No —dijo. Sin previo aviso, se inclinó sobre la baranda y se arrojó al agua. Todo el mundo se movió y gritó.

—Allí. —Pomeroy señaló con su revolver. El piloto había emergido y nadaba hacia una de las islas. Pomeroy lo siguió con el cañón pero no llegó a disparar.

—Maldición —dijo Cutter cuando el hombre ganó la pequeña costa—. La única razón por la que los demás no lo han seguido es que no saben nadar. —Señaló con un gesto de la cabeza a la tripulación, que estaba jaleando a su compañero.

—Lucharán con las putas manos si los presionamos demasiado —dijo Ihona—. Míralos. Y tú sabes que no vamos a disparar. Sabes lo que tenemos que hacer.

Así que, en una ridícula inversión de papeles, los secuestradores llevaron a la tripulación a la isla. Pomeroy sacudió su arma, como si estuviera decidido a infligirles un merecido castigo. Pero dejaron marchar a los marineros e incluso les dieron provisiones. El capitán los miró con aire lastimero. A él no iban a soltarlo.

Cutter estaba asqueado.

—Sois demasiado blandos, joder —gritó a sus amigos, encolerizado—. No deberíais haber venido. Sois demasiado blandos.

—¿Y qué sugieres tú, Cutter? —gritó Ihona—. Oblígalos a quedarse si puedes. No vas a matarlos. No, quizá no deberíamos haber venido. Ya nos ha costado mucho.

Pomeroy lo fulminó con la mirada. Elsie y Fejh apartaron los ojos. De repente le entró miedo.

—Vamos —dijo. Trató de no parecer solícito ni despectivo—. Vamos. Llegaremos. Lo encontraremos. Este maldito viaje acabará algún día.

—Para ser alguien tan acostumbrado a demostrar indiferencia —dijo Ihona—, estás arriesgando un montón con esto. Ten cuidado. La gente podría pensar que no eres quien tú mismo quieres creer.

El Escamado era muy ancho. Canales y afluentes cargados de agua sucia lo alimentaban. Se extendía en línea recta durante muchos kilómetros.

En la orilla oriental, tras los manglares, se alzaban unas colinas secas, regiones áridas y cinceladas por los vientos. Era un desierto de tierra inhóspita, detrás del cual se alzaba Shankell, la ciudad de los cactos. Al oeste, la tierra era aún más dura. Tras el margen de vegetación marina, se alzaba una cresta de dientes rocosos. Una región de cruel karst, una increíble espesura de piedra afilada. Según los imprecisos documentos de Cutter, se extendía durante más de ciento cincuenta kilómetros. Su mapa estaba repleto de exhortaciones manuscritas por otros exploradores. «Uñas de diablo», decía una, y otra, «tres muertos. Aquí dimos la vuelta».

Había pájaros, cigüeñas de hombros elevados que caminaban como villanos. Volaban con lánguidas batidas de las alas, como si estuvieran permanentemente exhaustas. Cutter nunca había soportado un sol tan brutal cono aquél. La mirada se le perdía bajo su luz. Todos ellos la sufrían pero Fejh, por supuesto, más que ninguno, y estaba constantemente sumergido en su apestoso barril. Cuando, finalmente, el agua por la que navegaban perdió toda la sal, se zambulló con alivio y rellenó su recipiente. No pasó mucho tiempo nadando: no conocía aquel río.

El hombre al que seguían debía de haber sido un vector de cambio. Cutter escudriñaba las riberas buscando señales de su paso.

El vapor avanzó toda la noche, anunciándose con hollín y trepidaciones. A la dura y rojiza luz del amanecer, las hojas y lianas que flotaban en las corrientes parecieron licuarse, como ribetes de tinte desechado, materia flotante a la deriva en las aguas del deshielo.

Mientras el sol seguía bajo, el Escamado se ensanchó hasta formar un estuario. El lago-marisma se extendía hasta topar con el linde del karst, falanges de roca de aspecto insólito. El Arif aminoró. Durante varios minutos, el de su motor fue el único ruido audible.

—¿Y ahora dónde, Cutter? —dijo alguien al fin.

Algo se movía bajo las aguas. Fejh asomó la mitad del cuerpo sobre el borde del barril.

—Maldición, es… —dijo, pero fue interrumpido.

Unas criaturas de grandes bocas estaban emergiendo por delante del Arif. Asesinos vodyanoi armados con lanzas.

El capitán se puso derecho y gritó. Empujó hasta el fondo la válvula de aceleración, y los bandidos del río se dispersaron y sumergieron. Fejh derribó el barril, derramando el agua sucia. Se inclinó y empezó a gritar en lubbock a los vodyanoi, pero éstos no le respondieron.

Volvieron a aparecer, emergieron súbitamente del agua y, por un instante, permanecieron inmóviles sobre ella, como si pudiera sustentarlos. Antes de volver a caer, arrojaron sus lanzas. Sus brazos extendidos dibujaron arcos de espuma debajo de sí, y los proyectiles se transformaron en arpones propulsados por éstos. Cutter nunca había visto acuartefactos semejantes. Disparó al agua.

El capitán seguía acelerando. Iba a embarrancar el Arif contra la orilla, comprendió Cutter. No había tiempo de atracar.

—¡Agarraos! —gritó. Con un enorme crujido, la embarcación se encabalgó sobre los bajíos de la ribera. Cutter salió despedido sobre la proa y cayó violentamente.

—¡Vamos! —gritó mientras se ponía en pie.

El Arif quedó inclinado sobre la playa, como una rampa. La jaula de los antílopes se había roto y los animales, atados unos a otros, resbalaban formando una peligrosa masa de cascos y cuernos limados. Fejh saltó la barandilla. Elsie se había golpeado la cabeza y Pomeroy estaba ayudándola a tumbarse.

Ihona estaba cortando las ataduras del capitán. Cutter disparó dos veces contra las olas que se aproximaban.

—¡Vamos! —volvió a gritar.

Una columna de agua se alzó junto a la embarcación varada. Por un instante, Cutter pensó que se trataba de una ola extraña, o de un acuartefacto asombroso, pero tenía más de siete metros de altura, y era como un pilar de agua totalmente transparente, coronado por un vodyanoi. Un chamán montado en su ondina.

Cutter veía el barco distorsionado a través del cuerpo del elemental de agua. Los miles de galones que lo formaban se precipitaron sobre la embarcación con extraños movimientos, la escoraron, y el capitán e Ihona resbalaron sobre la cubierta en dirección a ella. Trataron de ponerse en pie, pero el agua de la ondina ascendió flotando, les lamió los pies y entonces rompió como una ola y los engulló. Cutter lanzó un grito al ver que su compañera y su prisionero eran absorbidos hacia el vientre de la ondina. Trataron de salir agitando brazos y piernas, pero, ¿dónde estaba allí la salida? La ondina creaba corrientes en sus entrañas que les impedían escapar.

Pomeroy gritó. Disparó, y Cutter disparó también, y Fejh usó su arco. Y los tres proyectiles, con un chapoteo, como piedras arrojadas al agua, hicieron blanco en el elemental y fueron engullidos. Vieron cómo descendía en espiral la flecha por el cuerpo de la líquida criatura, para ser excretada como si fuera mierda. Cutter volvió a disparar, esta vez al chamán que montaba sobre el monstruo de agua, pero falló por mucho. Con estúpida valentía, Pomeroy la había emprendido a golpes con la ondina, tratando de deshacerla para llegar hasta su amiga, pero la criatura lo ignoraba y sus puñetazos sólo obtenían chorros de espuma.

Ihona y el capitán estaban ahogándose. La ondina se derramó sobre el compartimiento de carga y el chamán se zambulló en sus entrañas. Cutter gritó al ver que el cuerpo de Ihona, todavía moviéndose, era arrastrado por la masa de la ondina al interior de la cubierta y se perdía de vista.

Los vodyanoi se encontraban ahora sobre el Arif. Empezaron a arrojar sus lanzas de nuevo.

El barco escupió un chorro de agua, la ondina que emergía en forma de géiser de sus bodegas, llevando consigo piezas de motor, hierro sustentado en sus extrañas corrientes. Y también, girando como motas, los cuerpos de sus víctimas. Ya sólo se movían siguiendo las corrientes del agua que los contenía. Ihona tenía los ojos y la boca abiertos. Cutter sólo pudo verla un instante, antes de que el elemental se zambullera en el lago trazando un gran arco, agua sobre agua, arrastrando consigo botín y muertos.

Lo único que los viajeros pudieron hacer fue maldecir y llorar. Maldijeron muchas veces, aullaron, y finalmente partieron hacia las praderas, lejos de la embarcación, lejos del agua rapaz.

Era de noche y se habían sentado en un soto, exhaustos, junto a sus antílopes, mirando a Elsie. La luna y sus hijas, los satélites que la rodeaban como monedas arrojadas al suelo, estaban muy altas. Elsie, con las piernas cruzadas, los miraba, y Cutter descubrió con sorpresa que estaba muy tranquila. Movía los labios. Llevaba una camiseta anudada alrededor del cuello. Tenía la mirada perdida.

Cutter miró tras ella y tras el cañaveral, a la sabana. A la luz de la noche, los tambotios y los cornospinos parecían verdugos. Los achaparrados baobabs levantaban hacia el cielo sus coronas de espinas.

Cuando Elsie terminó, parecía a la defensiva. Se quitó del cuello la camisa de su presa.

—No sé —dijo—. No está claro. Puede que por ahí, creo. —Señaló una loma distante. Cutter no dijo nada. Apuntaba en dirección norte-noreste, la dirección que, como todos sabían, tenían que seguir. Para él había sido un alivio que Elsie decidiera acompañarlos, pero siempre había sabido que la suya era una brujería de poca monta, no una fuerza milagrosa. No sabía si lo que estaba sintiendo eran emanaciones genuinas, ni ella tampoco.

—Tenemos que ir hacia allí, de todos modos —dijo. Pretendía tranquilizarla, no perdemos nada aunque estés equivocada, pero ella no lo miró.

Durante días marcharon por una tierra que los castigó con calor y una vegetación que parecía alambre de espino. No estaban familiarizados con aquellas musculosas bestias de monta, pero gracias a ellas pudieron avanzar a un ritmo que habría sido imposible a pie. Estaban tan cansados que llevaban las armas apuntando al suelo. Fejh languidecía en un barril lleno de agua del lago, amarrado entre dos de los antílopes. El agua apestaba; lo ponía enfermo.

El pánico los dominó al escuchar un barbullar incoherente sobre sus cabezas. Una bandada de criaturas se les echaba encima desde el cielo, lanzando dentelladas y risas. Cutter había visto fotografías: glucliches, hienas jorobadas con coriáceas alas de murciélago.

Pomeroy derribó a una de un tiro y sus hermanas empezaron a devorarla antes incluso de que llegara al suelo. La bandada se apiñó sobre el cadáver, voraz y caníbal, y el grupo pudo continuar la marcha.

—¿Dónde están tus malditos susurros, Cutter?

—Joder, Pomeroy. Cuando lo averigüe, prometo que te lo diré.

—Van dos. Dos camaradas muertos, Cutter. ¿Qué estamos haciendo?

Cutter no respondió.

—¿Y cómo sabe él dónde tiene que ir? —dijo Elsie. Hablaba del hombre al que perseguían.

—Siempre supo dónde estaba, más o menos, según me dijo —respondió Cutter—. Daba a entender que recibía mensajes de allí. Me dijo que se enteró por un contacto en la ciudad de que estaban buscando al Consejo. Tenía que ir, llegar allí primero. —Cutter no había traído la nota, cuya seca vaguedad le había hecho mucho daño—. Una vez me enseñó un mapa que mostraba dónde estaba. Ya os lo dije. Es ahí adonde vamos. —Como si fuera tan sencillo.

Llegaron al pie de una empinada ladera al anochecer, encontraron un riachuelo y bebieron de él con inmenso alivio. Fejh se sumergió. Los humanos dejaron que durmiera en el agua y subieron por su cuenta. Al llegar a la dentada cumbre, descubrieron al otro lado kilómetros y kilómetros de tierra llana, y vieron que había luces en la dirección en la que viajaban. Tres grupos. El más lejano, un destello apenas visible y el más cercano, a un par de horas de distancia.

—Elsie, Elsie —dijo Cutter—. Sí que… sí que sentiste algo.

Pomeroy era demasiado pesado para bajar por las empinadas veredas y Elsie no tenía fuerzas. Sólo Cutter podía descender. Los otros le dijeron que esperara, que juntos buscarían un camino al día siguiente, pero aun sabiendo que era una temeridad aventurarse solo por aquellas llanuras hostiles, de noche, no pudo contenerse.

—Vamos —dijo—. Ocupaos de Fejh. Luego nos vemos.

El placer que le procuraba estar solo resultaba sorprendente. El tiempo se detuvo. Cutter caminaba por un mundo espectral, el sueño de la tierra sobre sus propias praderas.

No se oía el canto de los pájaros ni había glucliches, no había nada salvo la siniestra vista, parecida a un telón pintado. Cutter estaba solo sobre un escenario. Pensó en la muerta Ihona. Cuando finalmente las luces estuvieron lo bastante cerca, vio un redil de percherones. Entró en la aldea con tanto descaro como si fuera bienvenido.

Estaba desierta. Las ventanas no eran más que agujeros. Las grandes puertas se abrían a interiores mudos. Saqueados todos ellos.

Las luces se agrupaban en las intersecciones: globos grandes como cabezas, llenos de un magma que ardía con suavidad, fresco y poco más brillante que una lámpara cubierta. Flotaban sin moverse, como muertos. Emitían un murmullo y un crepitar: su superficie despedía arcos de pirosis fría que alcanzaban varios centímetros de longitud. Soles nocturnos domesticados. Nada se movía.

En las calles vacías le habló al hombre al que seguía:

—¿Dónde estás entonces? —Lo dijo con voz muy cautelosa.

Al regresar a la loma, Cutter vio una luz en la cresta, una linterna, que se movía lentamente. Sabía que no eran sus compañeros.

Elsie quería ver la aldea desierta, pero Cutter insistió en que no tenían tiempo y había que ver las otras luces, descubrir si se trataba de un rastro.

—Antes captaste algo —le recordó—. Tenemos que verlo. Necesitamos un rastro, joder.

Ahora que le habían cambiado el agua, Fejh se encontraba mejor, pero seguía teniendo miedo.

—Éste no es sitio para un vodyanoi —dijo—. Voy a morir aquí, Cutter.

A media mañana, Cutter se volvió y señaló hacia la luz. Había alguien, una figura diminuta montada a caballo, sobre la loma a la que habían llegado la pasada noche. Una mujer o un hombre con sombrero de ala ancha.

—Nos siguen. Tiene que ser el que susurra. —Cutter aguardó para ver si oía algo, pero no hubo nada. Durante todo el día, hasta que se hizo noche cerrada, el jinete los siguió sin aproximarse. Estaban furiosos, pero no pudieron hacer nada.

La segunda aldea era como la primera, pensó Cutter, pero se equivocaba. Resollando, los antílopes pasaron lentamente por plazas desiertas y bajo el chisporroteo de los globos de luz, hasta llegar a un muro alargado cosido a balazos, con la calcina perforada y salpicada de savia. Los viajeros desmontaron y permanecieron un instante entre los fríos restos de violencia. A las afueras de la aldea, Cutter vio un campo trillado. Y entonces sintió que el momento se alargaba y comprendió que no era un campo de cultivo, sino que había algo diferente en la tierra, estaba removida y chamuscada. Era el humus de una fosa. Una fosa común.

Asomando la cabeza, como los primeros brotes de una grotesca cosecha, había huesos. Huesos de una materia fibrosa como madera dura, ennegrecidos y con los bordes cortantes. Huesos de hombres-cacto.

Cutter se detuvo entre los muertos, sobre la carne vegetal en estado de descomposición. El tiempo reanudó su marcha. Sintió su estremecimiento.

En el medio, plantado como un espantapájaros, había un cadáver descompuesto. Un cuerpo humano. Estaba desnudo, vencido, clavado a un árbol. Un alfiletero de jabalinas. La punta de una de ellas asomaba por su esternón. Se la habían metido por el ano y lo habían atravesado con ella de un lado a otro. Le habían arrancado el escroto. Tenía una costra de sangre en la garganta. El sol lo había desecado y los insectos habían empezado a trabajar en él.

Los viajeros lo contemplaron como acólitos frente a su tótem. Cuando, transcurridos unos segundos, Pomeroy se puso en movimiento, siguió mirándolo fijamente, como si apartar la mirada del muerto fuera una falta de respeto.

—Mirad —dijo. Tragó saliva—. Todos cactos. —Metió la mano en la tierra y sacó pedacitos de los muertos—. Y luego está ése. En el nombre de Jabber, ¿qué ha pasado aquí? La guerra no ha podido llegar hasta este lugar…

Cutter miró el cadáver. Apenas le quedaba sangre. Incluso entre sus piernas no había más que algún resto.

—Ya estaba muerto —susurró. La brutal escena lo fascinaba y aterrorizaba a la vez—. Le hicieron esto a un cadáver. Después de enterrar a los demás.

Lo que había bajo la barbilla del cadáver no era una costra sino un trozo de metal ensangrentado. Cutter tuvo que apartar la mirada mientras se lo arrancaba del cuello.

Era un minúsculo escudo de armas. Una placa de la milicia de Nueva Crobuzon.

El hombre flotante cruzó las aguas. Su pelo y su ropa ondeaban con su movimiento. El mar Escaso rompía violentamente bajo sus pies y la espuma le salpicaba los pantalones.

Un cuerpo como un relámpago atravesó de repente la superficie del agua, un pez espada, que describió un arco debajo de él y llegó tan alto que hubiese podido tocar el cenit de su salto con la mano, y luego se retorció para regresar perforando el aire con su cuerpo-lanza. Se quedó con él. Siguiendo el ritmo de su extraño movimiento.

Cuando volvió a salir, cuando hizo una nueva pirueta hacia el sol, su mirada ladeada se clavó en el ojo del hombre flotante. Algo oscuro atenazó su aleta dorsal. Algo que se transformó y se hundió bajo su piel de pez.

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