El Consejo de Hierro

El Consejo de Hierro


Primera Parte: Adornos » 4

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Abandonaron los límites del mapa en dirección al tercer grupo de luces. Más allá había un farallón de roca parecido a una espina dorsal escamosa, en el que esperaban encontrar un paso.

Cutter llevaba la placa manchada de sangre seca. Saber que la milicia marchaba por delante de ellos lo ponía enfermo. Es posible que lleguemos tarde.

Había sumideros llenos de agua, pero estaba sucia. Fejh rellenó el barril, pero su piel estaba en un estado lamentable. Cazaban conejos y pajarillos. Se cruzaron con antílopes y pasaron cautelosamente frente a manadas de verracos cornudos grandes como caballos.

Cutter tenía la impresión de que el camino que seguían era como una infección en la tierra. Al alba del tercer día desde que encontraran al miliciano crucificado, llegaron a la última de las aldeas. Y cuando estaban aproximándose, salió el sol y los bañó con una luz rosada al mismo tiempo que se movía algo que hasta entonces habían tomado por un peñasco afilado o un árbol raquítico.

Gritaron. Los caballos se encabritaron.

Un gigante se aproximó a ellos, el cacto más grande que hubiesen visto nunca. Los cactos solían alcanzar los dos metros y medio de altura y en ocasiones llegaban a rozar los tres, pero aquel medía más del doble. Era como una elemental, como una criatura primordial hecha de tierra, la pradera en movimiento.

Se desplazaba convulsamente sobre unas caderas retorcidas y unas piernas vastas y enfermizamente dobladas. Se balanceaba como si fuera a desplomarse en cualquier momento. Su verdosa piel estaba cubierta de cortes curados muchas veces. Sus espinas eran tan largas como dedos humanos.

El colosal cacto avanzaba tambaleándose, veloz a pesar de su torpeza. Llevaba un garrote, un tocón de árbol. Lo levantó mientras se acercaba y, con aquel rostro que apenas podía moverse, empezó a gritar. Profirió palabras que no entendieron, algún dialecto del sunglari, mientras corría bamboleándose como una bestia hacia ellos.

—¡Espera, espera! —gritaban todos. Elsie estaba señalando, con los ojos inyectados en sangre, y Cutter supo que estaba tratando de alcanzar su mente con sus débiles poderes.

El cacto llegó hasta ellos en varias zancadas inestables. Fejh disparó una flecha que se clavó en su cuerpo con un sonido húmedo y resonante y permaneció allí, goteando y sin causar daño.

—¡Matar! —gimió el cacto con voz débil en un tosco ragamol—. ¡Asesinos!

Levantó su enorme arma.

—¡No fuimos nosotros! —exclamó Cutter. Arrojó la insignia de la milicia a los pies del cacto gigante y empezó a disparar con su repetidora contra ella, haciéndola bailar y tintinear hasta que los seis cañones estuvieron vacíos. El cacto se había detenido, con la porra en la mano. Cutter escupió a la insignia hasta que se le quedó la boca seca—. No fuimos nosotros.

Era algo que nunca habían visto. Cutter pensaba que era un torqueado, mutado por las energías cancerígenas de alguna zona cacotópica, pero se equivocaba. En la última de las aldeas vacías, el hombre-cacto les contó su historia. Era un ge’ain. Entre todos, tradujeron la palabra como «tardío».

Mediante un arcano proceso de cría, los cactos de la sabana mantenían algunos de sus bulbos en un estado de letargo meses después de que hubiesen debido eclosionar. Mientras sus hermanos emergían berreando de la tierra, los ge’ain, los tardíos, seguían durmiendo en el corion, creciendo. Sus cuerpos seguían expandiéndose mientras, por medio de técnicas ocultistas, su nacimiento era impedido. Cuando finalmente despertaban y salían a la superficie, eran retrasados. Crecían pródigamente.

Su aberración era causa de gran aflicción para ellos. Tenían los huesos doblados y la piel cubierta por una capa superficial de excrecencias. Sus sentidos acrecentados les provocaban un sufrimiento constante. Eran los guardianes, los guerreros y protectores de sus hogares. Eran tabú. Rehuidos y reverenciados. No tenían nombre.

Los dedos de la mano izquierda del tardío estaban fundidos. La movía lentamente, con dolor artrítico.

—Nosotros no Tesh —dijo—. No guerra nuestra, no asunto nuestro. Pero ellos vienen igual. La milicia.

Habían llegado desde el río, un pelotón de caballería, con arcos huecos y moto-cañones. Los cactos venían oyendo desde hacía mucho tiempo las historias del norte, donde se sucedían las escaramuzas entre la milicia y las legiones de Tesh. Los exiliados les habían relatado los monstruosos actos cometidos por la milicia, así que los habitantes de la aldea huyeron al ver el pelotón.

La milicia había llegado a una de las aldeas antes de que terminara de evacuarse. Sus habitantes habían acogido refugiados que llegaban colmados de historias de matanzas, y estaban decididos a ofrecer resistencia. Salieron al encuentro de la milicia llenos de temor, armados con sus garrotes y sus machetes de pedernal. Fue una carnicería. Un miliciano que había quedado rezagado sufrió el castigo de los ge’ain entre los cuerpos destrozados de los cactos.

—Dos semanas ya que vinieron. Desde entonces nos cazan —dijo el tardío—. ¿Traen aquí la guerra de Tesh?

Cutter sacudió la cabeza.

—Menuda historia, joder —dijo—. La milicia seguía… No iba a por esos desgraciados, sino a por uno de los nuestros. A los cactos les entró el pánico por las historias que les habían contado, y provocaron la reacción de la milicia.

»Escúchame —dijo al coloso verde—. Los que le hicieron esto a tu aldea están buscando a alguien. Quieren detenerlo porque lleva un mensaje. —Miró directamente aquella enorme cara—. Van a venir más.

—Tesh también viene. A luchar con ellos. Los dos contra nosotros.

—Sí —dijo Cutter. Su voz carecía de entonación. Esperó un buen rato—. Pero si ese hombre se sale con la suya…, si consigue escapar, la milicia… puede que tenga otras cosas en que pensar, aparte de la guerra. Así que igual quieres ayudarnos. Tenemos que detenerlos antes de que lo detengan a él.

Con las deformadas manos en la boca, el tardío profirió un grito tan elemental como un alarido de dolor animal. Su lamento tronó sobre la hierba. En la noche calurosa, los animales se detuvieron un instante, y en la quietud se levantó la respuesta. Otro grito, desde kilómetros de distancia, que Cutter sintió en las tripas.

Una vez tras otra lanzó el tardío su grito de anuncio, y en el correr de las horas de aquella noche, un pequeño contingente de ge’ain acudió a ellos a grandes y dolorosas zancadas. Eran cinco en total, muy diferentes entre sí: algunos superaban los siete metros de altura, y otros no llegaban ni a la mitad, con los miembros quebrados y deformemente remodelados. Una compañía de tullidos, de poderosos mutilados.

Los viajeros estaban asustados. Los tardíos expresaban su mutuo pesar en su propia lengua.

—Si nos ayudáis —les dijo Cutter humildemente— tal vez podamos detener a la milicia. Y, en cualquier caso, será un ajuste de cuentas, y puede que hasta una venganza.

Los tardíos pasaron horas en círculo, comunicándose con sonidos graves y pesarosos, cavilando. Sus movimientos eran cautelosos bajo el peso de sus miembros. Pobres soldados perdidos, pensó Cutter, todavía sobrecogido.

Finalmente, el portavoz de la asamblea le dijo:

—Se ha ido, un grupo de milicia. Al norte. De cacería. Sabemos adónde.

—Son ellos —dijo Cutter—. Están buscando a nuestro hombre. Tenemos que alcanzarlos.

Los tardíos se arrancaron las espinas de las manos y levantaron a Cutter y a sus camaradas. Se los cargaron encima sin dificultad. Los abandonados antílopes sable los siguieron con la mirada mientras se alejaban. Los cactos caminaban con descomunales zancadas, devorando el terreno, saltando sobre los árboles. Cutter se sentía cerca del sol. Vio pájaros, e incluso algunos garuda.

Los ge’ain les hablaron. Las emplumadas criaturas volaban en círculos cuando ellos pasaban por debajo, con un sonido que recordaba al de un velamen hinchado por el viento. Respondieron con sus severas voces de pájaro. Los ge’ain escucharon y replicaron con graves canturreos.

—Milicia, delante —dijo la montura de Cutter.

Avanzaban bamboleándose y se detenían a descansar en raras ocasiones, con las piernas entrelazadas a la manera de los cactos. Se detuvieron cuando la luna y sus hijas estaban muy bajas en el firmamento. En el límite mismo de la sabana, al oeste, había luz. Una antorcha, una linterna en movimiento.

—¿Quién es? —preguntó el tardío de Cutter—. Hombre a caballo. ¿Os sigue?

—¿Está aquí? Jabber… ¡A por él! ¡Rápido! Hay que averiguar a qué juega.

El ge’ain carenó a velocidad de vértigo y empezó a avanzar devorando la distancia. La luz se apagó.

—Se ha ido —dijo el tardío. Un susurro sonó en el oído de Cutter, sobresaltándolo.

No seas estúpido, dijo la voz. Los cactos no me encontrarán. Estás perdiendo el tiempo. Me reuniré contigo más adelante.

Cuando reemprendieron la marcha, la luz volvió a aparecer, y viajó con ellos hacia el oeste.

Al cabo de dos noches sin detenerse más que para hacer pequeños descansos o lavar a Fejh con la poca agua que encontraban, los ge’ain se detuvieron. Señalaron un rastro de vegetación destrozada y tierra pisoteada.

Sobre una extensión de kilómetros de pasto reseco, frente a unas colinas de verdor más intenso, estaba levantándose una neblina que Cutter tomó por una nube de polvo hasta que vio que estaba mezclada con un gris más oscuro. Como si alguien hubiera pasado un dedo grasiento sobre una ventana.

—Ellos —dijo el ge’ain de Cutter—. Milicia. Es ellos.

Los tardíos no se pararon a trazar planes. Arrancaron los nudosos árboles de las praderas los blandieron a modo de garrotes, y luego dirigieron sus pasos hacia los asesinos de sus hermanos.

—¡Escuchad! —gritaron Cutter, Pomeroy y Elsie, tratando de convencerlos de que convenía adoptar alguna estrategia—. Escuchad, escuchad, escuchad.

—No los matéis a todos —dijo Cutter—. Por el amor de Jabber, dejad a uno para que podamos hablar con él.

Pero los tardíos no parecieron escucharlo, o al menos no reaccionaron en modo alguno a sus palabras.

La sabana se onduló; las ondas de calor reverberaban entre rocas tan grandes como casas. Los animales huían al escuchar a los ge’ain, estrepitosos como una tala de árboles. Los tardíos coronaron un pliegue del paisaje y se detuvieron. Cutter contempló a los milicianos desde lo alto.

Eran más de una docena, figuras diminutas vestidas de gris, y tenían perros, y algo que expulsaba el humo que habían visto: una chimenea de acorazado, tan alta como los tardíos, arrastrada por un tiro de caballos rehechos. Tenía la boca cubierta de modillones, y entre las almenas asomaban dos soldados. Avanzaba arrancando la maleza y dejaba tras de sí un rastro de aceite y tierra arruinada.

Con enorme lentitud, los tardíos dejaron a sus pasajeros en el suelo. Cutter y sus hombres comprobaron el estado de sus armas.

—Esto es una estupidez —dijo Pomeroy. Pasó un ave rapaz, graznando excitadamente—. Mira qué potencia de fuego.

—¿Y a ellos qué les importa? —Cutter señaló a los tardíos con un gesto de la cabeza—. Sólo quieren venganza. Nosotros queremos algo más. No pienso hacer nada para impedir que consigan lo que quieren. Tampoco serviría de mucho. —Los tardíos empezaron a bajar la ladera en dirección a la milicia—. Será mejor que nos movamos.

Los compañeros se dispersaron. No tenían que esconderse. Los milicianos habían visto a los tardíos y no veían nada más. Cutter corrió en la nube de polvo que levantaban los cactos gigantes.

El motocañón disparó. Sus tambores rotatorios escupieron balas. Los milicianos huyeron a caballo, presas del pánico. Habían dejado las regiones de los cactos y se creían a salvo. Sus balas golpetearon a los tardíos como una andanada de gravilla, arrancándoles pequeños escupitajos de savia, sin siquiera frenarlos.

Uno de los ge’ain arrojó su arma como si fuera un trebuquete. En sus manos semejaba un garrote, pero al surcar el aire dando vueltas volvió a parecer lo que era en realidad: un árbol. Golpeó el minarete y abolló su revestimiento metálico. Cutter se tendió sobre la tierra y disparó la repetidora contra la desordenada milicia.

Los milicianos respondieron. En una exhibición de impresionante y estúpida valentía, mantuvieron sus posiciones, y así uno de los tardíos pudo levantar la pierna y aplastar a varios de ellos junto con sus monturas de dos brutales pasos. El hombre-acto balanceó de un lado a otro su inmensa garrota y le partió el cuello a otro con un simple roce de las raíces.

Los fusileros milicianos buscaron refugio tras los que llevaban arcos huecos y tanques de gas pirótico. Los tardíos alzaron los brazos. Los lanzallamas los obligaron a retroceder, con la piel chamuscada y crepitando.

El más pequeño de los ge’ain se tambaleó cuando los chakris de afilado metal de los arcos huecos se clavaron en su musculatura vegetal y le cercenaron el brazo. Se llevó la mano derecha al muñón, lanzó una patada contra los soldados desmontados y mató o dejó con los huesos rotos a dos de ellos. Pero el dolor hizo que se arrodillara y uno de los tiradores lo mató clavándole un chakri en toda la cara.

Las flechas de Fejh y el rugido del trabuco de Pomeroy revelaron su posición. Los cañones de la torre apuntaron al cadáver que ocultaba a Fejh. Cutter gritó al ver que el motocañón, con cadenas y engranajes estruendosos como martillos, rotaba y descargaba una lluvia de balas sobre la vegetación.

Había ahora cuatro tardíos, sumidos en un éxtasis homicida, pisoteando y agarrando todo cuanto se ponía a su alcance. La torre se inclinó y desplazó. El motocañón acabó con otro ge’ain, perforado de la cadera al pecho por una línea de balas, y la enorme criatura vegetal se tambaleó y, con un movimiento extrañamente antinatural, se abrió como una bisagra por la grieta que se acababa de abrir en su cuerpo.

Pomeroy se había puesto en pie. Estaba gritando algo, y Cutter supo que era el nombre de Fejhechrillen. Echó a correr con el arma baja, disparando repetidamente. Los perros estaban furiosos, y lanzaban dentelladas inútiles con sus mandíbulas deformes.

Desde muy lejos, sonó un disparo. Sonó una segunda vez y un hombre cayó desde la cima de la torre de hierro.

La voz habló junto al oído de Cutter. Abajo. Te han visto. Cutter se dejó caer y siguió mirando por los agujeros que se abrían entre los matorrales. Oyó otro de aquellos disparos lejanos. Un miliciano cayó de su caballo.

Cutter vio un a un capitán taumaturgo, con las venas y los tendones marcados sobre la piel, mientras unas chispas oscuras que emanaban de su cuerpo se disipaban. Disparó y falló. Era su última bala.

El taumaturgo gritó y, mientras su ropa empezaba a echar humo, la tierra vomitó una lanza de energía lechosa bajo los pies del más grande de los ge’ain, que lo atravesó de parte a parte, se elevó hacia el firmamento y desapareció. La criatura agitó los brazos mientras su savia brotaba a borbotones. Unas llamas negras la envolvieron. El taumaturgo se irguió, sangrando por los ojos pero triunfante, y fue abatido por un disparo de su desconocido aliado. Los dos últimos ge’ain estaban despachando a pisotones a los últimos milicianos.

Uno de ellos agarró la torre cañonera, la rodeó con los brazos como un luchador y la sacudió violentamente. Mientras su hermano aplastaba a los últimos hombres, caballos y sabuesos mutantes, éste dio un tirón a la columna. Con un chirrido, se inclinó, desequilibrada, aterrorizando a los caballos que la arrastraban. Se ladeó con lentitud y, al estrellarse contra el suelo, se partió en dos, derramando hombres vivos y muertos.

Echaron a correr, los que todavía podían hacerlo, y los dos tardíos corrieron tras ellos, dando pisotones como niños grotescos. Un jinete se apareció entonces más allá del campo de batalla, galopando hacia ellos. Cutter volvió a escuchar el susurro —Que no maten a los perros, no dejes que maten a los perros, por el amor de Jabber— pero no era una orden. Ignoró la voz y echó a correr, como sus amigos estaban haciendo, hacia el lugar en el que estaba Fejh. Lo encontraron tendido sobre la vegetación.

Marchó y marchó, el hombre flotante, voló, con el cuerpo rígido, avanzando velozmente por el aire. Por los caminos secundarios del cenagoso estuario, entre proyectos de isla, dejando atrás manglares y atravesando los arcos formados por sus enredaderas, sobre bancos de mantillo y lodo y luego por el karst, astillas de roca, un paisaje serrado.

Sus compañeros de viaje eran un pájaro, una liebre, una avispa-colmillo del tamaño de una paloma, un roquino, un zorro, un bebé cacto, con el tumor de carne moteada propagándose por su cuerpo mientras se aferraba al hombre flotante o le seguía el paso, avanzando como un desafío a las leyes naturales allá donde estuviera de aguja de roca en aguja de roca. El hombre flotante salió a unas praderas. Por un momento, la bestia que marchaba debajo de él fue un antílope que corrió como ninguno de su raza hubiese corrido nunca.

Marcharon y marcharon, surcando a cámara rápida la tierra consumida. Se dirigieron al norte pasando entre arbolillos y aldeas incendiadas y desde allí siguieron sin detenerse en la misma dirección sin descansar ni aflojar el paso y fuera lo que fuese el animal que seguía al hombre o se aferraba a él o volaba sobre él marcharon cada vez más deprisa cazando, buscando en la tierra y en el aire señales que sólo ellos podían ver, acercándose, buscándolos, persiguiéndolos.

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