El Consejo de Hierro
Primera Parte: Adornos » 5
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Recogieron el cuerpo de Fejh para enterrarlo. Los extraños perros rodeaban los cuerpos de los milicianos y aullaban de pena por sus amos.
Los dos tardíos supervivientes seguían allí, con las piernas cruzadas, dormitando. No todos los milicianos habían muerto. Se oían los débiles gritos y la respiración agitada de aquéllos que estaban demasiado malheridos para huir. No eran más de cuatro o cinco, y agonizaban lentamente pero con todas sus fuerzas.
Mientras Cutter cavaba, llegó el jinete entre los frenéticos sabuesos. Los compañeros le dieron la espalda a su amigo muerto para mirarlo.
Los saludó con un gesto de la cabeza, y se tocó el ala de su sombrero. Era del color del polvo. Su chaleco blanqueado por el sol, los pantalones de piel de ciervo y su zahón estaban cubiertos de polvo. Llevaba un rifle bajo la mantilla que cubría la silla. En las caderas, sendos revólveres de cazoleta.
El hombre los miró. Miró fijamente a Cutter, ahuecó la mano derecha sobre los labios y murmuró algo. Cutter lo oyó, como si estuviera muy cerca, como si la boca estuviera junto a su oreja.
Será mejor apresurarse. Y tenemos que llevarnos uno de los perros.
—¿Quién eres? —dijo Cutter. El hombre miró a Pomeroy, a Elsie, de nuevo a Cutter, moviendo los labios. Cuando le tocó el turno a Cutter, oyó: Drogon.
—Un susurrero —dijo Pomeroy con recelos, y Drogon se volvió hacia él y le susurró algo al aire—. Oh, sí —respondió Pomeroy—. Puedes estar seguro.
—¿Qué haces aquí? —dijo Cutter—. ¿Vienes a ayudarnos a enterrar…? —tuvo que detenerse y sólo pudo señalar—. ¿Por qué nos sigues?
Como ya te dije —susurró Drogon—, queremos lo mismo. Ahora sois exiliados, igual que yo. Ambos buscamos lo mismo. Llevo incontables años buscando al Consejo de Hierro. No confiaba en vosotros, ¿sabes? Y es posible que siga sin hacerlo. No somos los únicos que buscamos al Consejo, ya lo sabes. Sabes para qué están aquí esos cabrones. —Señaló el cuerpo ensangrentado de uno de los milicianos—. ¿Por qué crees que os seguía? Tenía que saber a quién estabais buscando.
—¿Qué dice? —preguntó Elsie, pero Cutter le pidió silencio con un gesto.
Aún no sé si confío en vosotros, pero he estado observándoos y sé que sois mi única oportunidad. Y lo mismo puede decirse a la inversa. Habría ido con vuestro hombre de haber podido, cuando me enteré de que se había marchado.
—¿Cómo supiste…? —dijo Cutter.
No eres el único que escucha, que sabe quién es. Pero mira, no tenemos mucho tiempo: él no es el único al que siguen. Este grupo perseguía a vuestro hombre —no saben más que nosotros—, pero hay otros que os siguen a vosotros. Lo han estado haciendo desde el bosque Turbio. Están cada vez más cerca. Y no son sólo milicianos.
—¿Cómo? ¿Quién nos sigue? —Y lo que Cutter oyó lo repitió con terror—. Manecros —dijo.
Más asustados ante la idea de una muerte solitaria que por la cólera de sus enemigos, los milicianos que seguían con vida empezaron a hablar en voz alta. No tenían ningún plan, no buscaban nada. Sólo querían que alguien les hablara mientras permanecían allí, tirados bajo el sol.
—Eh, eh, eh colega, eh colega.
—Vamos. Vamos, va, vamos.
—Jabber, he perdido el brazo, Jabber, Jabber lo he perdido.
Eran hombres de unos treinta años, con expresiones de orgullo y resignación que parecían erosionadas en sus rostros. No esperaban cuartel ni lo hubiesen aceptado. Lo único que deseaban era que alguien reparara en ellos antes de su muerte.
Los perros seguían aullando a su alrededor. Drogon reunió a tres de las criaturas de insólito cráneo, sirviéndose de su caballo como si fuera un pastor. Calmó a los frenéticos animales con órdenes inaudibles.
—¿Por qué nos ayuda? —preguntó Elsie—. ¿Qué quiere?
Pomeroy era partidario de matarlo, o al menos de maniatarlo y dejarlo atrás.
—No lo sé, maldita sea —dijo Cutter—. Dice que se enteró de lo que estaba pasando. Que también él busca al Consejo. No sé. Pero mirad lo que ha hecho. Podría habernos matado. Me ha salvado la vida. Se cargó al tío que me estaba apuntando. Ya habéis visto cómo dispara. Y tú mismo lo dijiste, Pom, es un taumaturgo.
—Es un susurrero —dijo Pomeroy con desprecio—. No es más que un artesano de susurros.
—Yo he escuchado sus susurros, hermano, ¿recuerdas? No estamos hablando de pequeños susurros para hacer que un perro se tumbe en el suelo. Nos habló desde varios kilómetros de distancia y nos sumió a ese jefe librehecho y a mí en trance.
Era una disciplina menor, conocida como subvocalurgia: la ciencia de las sugerencias furtivas, una técnica tosca, propia de bandoleros. Pero aquel hombre la había convertido en otra cosa.
Los perros eran rehechos. Los centros olfativos de su cerebro habían experimentado una considerable hipertrofia. Tenían el cráneo achatado y distendido, como si su cerebro deforme fuera a reventar. Sus ojos eran minúsculos y, al final de las mandíbulas, las fosas nasales estaban dilatadas y enclavadas en un músculo móvil y acampanado, como las de los cerdos. Los arrugados hocicos estaban cubiertos de cables conectados con baterías. Eran circuitos taumatúrgicos. Cada uno de ellos llevaba un andrajo en el collar.
—Por Jabber, es su ropa, joder —dijo Cutter.
Podrían encontrarlo a un continente de distancia, susurró Drogon. Así es como lo estaban siguiendo.
No mataron a los milicianos supervivientes, no les escupieron en la cara ni tampoco les dieron agua. Se limitaron a dejarlos allí, totalmente abandonados. Drogon se concentró en los perros. Susurró algo y los animales se calmaron. Estaban ansiosos por confiar en él.
—Sus perros son nuestros —dijo Pomeroy. Drogon se encogió de hombros y le ofreció la cadena. El deformado animal miró a Pomeroy y le enseñó los dientes—. ¿Cuál es tu historia? —preguntó.
Drogon señaló a Elsie y ella se le acercó. Le cogió una mano a la chica, se la llevó a la frente, y ella entró en su estado de concentración taumatúrgica. Él siguió susurrando, enunciando algo que sólo ella pudo oír.
Cuando acabó, Elsie abrió los ojos.
—Me ha pedido que lo leyera. Que hiciera una medición de veracidad. Y me ha dicho: «quiero lo mismo que vosotros, encontrar al Consejo». Dice que es de la ciudad, pero seguro que no trabaja para el puto Parlamento, ni pertenece a la milicia. Dice que es un vaquero, un jinete. Ha vivido como un nómada durante veinte años.
»Dice que hay demasiadas historias para que el Consejo sea un cuento. Y es una leyenda para los hombres de las tierras salvajes. El Consejo de Hierro. Es como la tierra prometida. Así que cuando se enteró de lo que estaba ocurriendo, cuando supo quién había partido para protegerlo, no le quedó más remedio que ir tras sus pasos para intentar ayudarlo. A encontrarlo. Nos ha seguido. Hasta estar seguro de que podía confiar en nosotros.
—No eres lectora de verdad —dijo Pomeroy—. Todo eso no significa nada.
—No, cierto, pero tengo algo —respondió Elsie, lanzándole una mirada furiosa—. Puedo sentir. Y he hecho una medición de veracidad.
El susurrero volvió a ponerse el sombrero, se dirigió a los perros y volvió a murmurar hasta conseguir que se disputasen su afecto entre los cadáveres de sus antiguos cuidadores.
—No posee el poder necesario, no podemos estar seguros, Cutter —dijo Pomeroy.
¿Y por qué se supone que tengo que decidir yo, joder?, pensó Cutter.
Drogon acercó la ropa a los absurdos hocicos de los perros y los animales, babeando, se volvieron hacia el norte.
Tenemos que irnos, le dijo a Cutter. Todavía nos siguen. Estamos cerca, ya estamos muy cerca.
Elsie trató de dar las gracias a los tardíos, sin obtener ninguna reacción.
—Tenéis que iros —gritó—. Vienen los manecros.
Pero los ge’ain no respondieron. Permanecieron inmóviles en medio de su venganza, sin esperar nada. Los humanos sólo pudieron despedirse con gritos de agradecimiento y dejar a los gigantes vegetales sumidos en aquel estado de estupor. Cutter se cuadró frente a la tumba de Fejh.
Los perros se abrieron en abanico por delante de Drogon, olisqueando con impaciencia. De vez en cuando dejaba que corrieran entre la espinosa vegetación, sacudiendo las cabezas de lado a lado. Mientras Cutter y los demás continuaban caminando pesadamente, él se alejó a galope.
Les habló con sus susurros a los viajeros, uno a uno, desde varios kilómetros de distancia. Dejó que los perros se adelantaran corriendo, seguidos por los humanos, y cuando se alejaron demasiado, les susurró una orden y ellos regresaron.
No paréis, le dijo a Cutter. Os siguen los manecros.
Manecros. Las manos maléficas de la historia. Parásitos de cinco dedos, surgidos de pronto desde las sombras.
Atravesaron las colinas por un paso. Cutter pensó en Fejh, cociéndose lentamente en la tierra. Contempló la señal que habían dejado, los muertos y los moribundos, los dos tardíos inmóviles como árboles, las ruinas de su escaramuza, parecida a una mancha de hollín.
La región que se abría ante ellos era más boscosa, y el suelo más irregular, laderas de grava armada por raíces de olivos. El polvo de Drogon se expandió, formando una nube baja. Los precedía con un rastro visible como una costura. Había saias y escaramujos. Cada paso de Cutter dispersaba una asamblea de cigarras.
No fue el único momento de su viaje en que el tiempo se coaguló y Cutter quedó como paralizado. Un día era sólo un instante prolongado. El propio movimiento —el chirrido de los insectos, la aparición-desaparición de un diminuto roedor— no era más que la incesante repetición de una misma cosa.
No durmieron mucho aquella noche por culpa del ruido de los sabuesos y los susurros que Drogon enviaba desde su campamento, situado más adelante. Marchaban cargados por las armas que le habían arrebatado a la milicia e iban dejando un rastro de cuchillos y pesados fusiles.
Una vez vieron a un garuda sobre sus cabezas, estirado como un reo crucificado. Se escoró en el aire, descendió, viró en dirección a Drogon, y entonces cambió repentinamente de dirección y volvió a ascender.
—Ha tratado de susurrarle —dijo Cutter—. Pero ella no ha querido escucharlo. —Parecía complacido.
No seguían el ritmo de los días. Dormían durante minutos con el sol en alto, y también al llegar el crepúsculo y durante la noche. Si el susurrero dormía, era sobre la silla. En la sierra se cruzaron con gijarobestias, criaturas híbridas de jirafas y gorilas, que caminaban arrastrando los puños por el suelo y se alimentaban de las hojas más bajas de los árboles.
Tenéis que apretar el paso, repetía el susurrero a Cutter. Se acercan los manecros.
Bajo la luz de la luna, siguieron a Drogon y a su objetivo en dirección a unas colinas coronadas por una meseta. Avistaron una línea oscura, un paso que atravesaba el altozano. Lo alcanzarían durante el día. Cutter pensó el respiro que les ofrecería, reduciendo el castigo del caluroso cielo a una franja ardiente sobre sendas paredes de roca tapizadas de líquenes y portillos de piedra.
Elsie dijo:
—Alguien se acerca. —Parecía exhausta. Parecía aterrada—. Alguien se acerca desde el sur.
Había una perturbación más allá de las múltiples olas de tierra, donde no alcanzaba la vista. Cutter sabía que Elsie era una bruja muy débil, pero estaba percibiendo algo.
Seguid por el paso, le dijo Drogon. Deprisa. Los manecros están acercándose, pero podréis conseguirlo si no desfallecéis. Los perros están aullando. Huelen a nuestro hombre. Está cerca, al otro lado de esta loma. Tenéis que llegar hasta aquí, tal vez podamos… tal vez podamos hacer frente a los manecros, tenderles una emboscada. Un mal plan.
Drogon debió de dar media vuelta entonces, volver sobre sus pasos mientras la jauría ladraba y se precipitaba a la carrera hacia la grieta abierta en la roca. Cutter pensó en los acantilados por los que pasarían y vio con claridad lo que ya había visto en el cuarto de su amigo, lo que lo había enviado allí. Cutter vio el cable que accionaría la trampa y los hombres muertos y cubiertos de roca, enterrados bajo formas antropoides compuestas por una mezcolanza de materiales.
—Maldición. ¡Atrás! ¡Atrás!
Gritó con más fuerza que nunca. Pomeroy y Elsie trastabillaron. Habían estado dormitando mientras caminaban. Cutter hizo bocina con las manos y volvió a exclamar:
—¡Alto! ¡Alto! —Disparó al aire con la repetidora.
La voz de Drogon le habló al oído.
¿Qué haces? Los manecros van a oírte…
Pero Cutter siguió hablando, mientras se apoyaba sobre sus exhaustas piernas.
—¡Alto alto alto! —gritó—. No entréis, no entréis. Es una trampa.
El polvo avanzó hacia él y se reconfiguró, como moldeado por la mano del creciente calor, hasta convertirse en un hombre a caballo. Drogon regresaba a galope tendido. Cutter gritaba.
—No podéis entrar —dijo—. Es una trampa. Es una trampa de gólems.
Drogon cabalgó a su alrededor como si fuesen novillos, y cada vez que flaqueaban, les susurraba, enviaba un susurro a su cerebelo, y no podían hacer otra cosa que obedecer.
Corred, les gritaba, y eran incapaces de no someterse.
La meseta elevada estaba rodeada por traicioneros cúmulos de derrubios, así que tuvieron que servirse de la ayuda de la vegetación para ascender hacia la oscuridad. Drogon trepó a toda velocidad por una ruta que parecía imposible. Los perros, atados a la entrada de la garganta, tiraban como estúpidos, con sus ojillos porcinos y los dientes al aire.
—Lo sabe —dijo Cutter. Se apoyó sobre las rodillas y expectoró la materia del camino—. Sabe que lo persiguen.
Los manecros, dijo Drogon. Tenemos que seguir.
Cutter dijo:
—Ya sabe que lo persiguen y no ha intentado ocultar su rastro. Cree que es la milicia quien viene tras su rastro y los ha atraído hasta aquí. Es una trampa. No podemos entrar. Tenemos que ir por otro camino. Él estará al otro lado, esperándonos.
No perdieron mucho tiempo discutiendo bajo aquella trepidación del aire que anunciaba la proximidad cada vez mayor de los manecros. Los perros seguían aullando y Drogon dejó que entraran al desfiladero corriendo como posesos. Los demás lo siguieron por una angosta escalerilla de raíces hasta la parte superior de la meseta rocosa. Drogon les susurró trepad, suspendido como estaba, y encontraron asideros y resquicios donde apoyarse.
Drogon los guió junto al borde del desfiladero. Debajo de ellos, vieron a su caballo y a la jauría, el cebo para su enemigo. Le susurró al caballo y éste resopló y se volvió como si fuera a entrar en la garganta.
—¿Qué haces? —dijo Cutter—. Como no se esté quieto, le disparo, te lo juro. No podemos correr el riesgo de accionar algo. —Por un momento, pareció que el susurrero iba a luchar, pero entonces se volvió y echó a correr de nuevo, y el caballo se quedó quieto.
Cutter volvió la mirada y gritó. Lo que venía siguiéndolos, bamboleándose, tenía forma de hombre. Cargaba con algo. Se encontraba ya a escasos kilómetros de distancia, veloz como una flecha, desplazándose con un movimiento siniestro y antinatural hacia la pared y la garganta.
Al otro lado, su mirada se extendió sobre una sierra, un paisaje que iba ascendiendo lentamente. Bajo el sol del amanecer, Cutter avistó unos árboles achaparrados.
—Tenemos que esperar hasta que esa maldita cosa haya pasado —dijo Pomeroy.
No podemos, dijo Drogon, primero a Cutter y luego a él. No está siguiendo a vuestro amigo, nos está siguiendo a nosotros. Rastreando nuestras emanaciones metales. Hay que cruzar. Volverse y luchar.
—¿Luchar? —dijo Pomeroy—. Es un manecro.
—Todo irá bien —dijo Cutter. Sentía una inmensa y repentina convicción—. Ya lo veréis.
Fue él, no Drogon, quien encontró el camino de bajada. Uno a uno descendieron, el susurrero el último de todos.
El puto manecro está muy cerca, le dijo a Cutter. Está junto a la entrada, ha visto a los perros, va a entrar.
Cutter miró a su alrededor. Ven a ver, pensó. Ven a ver tu trampa. Echó a correr hacia la boca del túnel.
—¿Qué haces? —gritaron sus camaradas—. ¡Cutter, vuelve!
Alto, dijo el susurrero y Cutter tuvo que detenerse. Lanzó un grito de rabia.
—Déjame. Tengo que comprobar una cosa —dijo. Sus pies estaban clavados a la tierra—. Maldición, déjame ir, joder.
El susurrero lo liberó. Tambaleándose, corrió hasta la grieta. Con terror y cuidado se aproximó a la entrada, cubierta de deyecciones de roca, los desechos de los peñascos. Se asomó. Dijo:
—Ven a ayudarme. Ayúdame a encontrarlo.
Hubo un sonido. Pudo oír cómo se movía el aire. Una exhalación procedente de la roca.
Ahí viene, dijo el artesano de los susurros. Drogon no se movió, ni tampoco Pomeroy ni Elsie. Todos se limitaron a observar a Cutter, como si hubieran renunciado a toda idea de fuga.
—Ven a ayudarme —dijo Cutter, y taladró las tinieblas con la mirada. El gemido de lo que se aproximaba le paralizó los miembros.
Vio un destello. Un alambre tenso tendido sobre el umbral, extendido hasta las rocas apiladas a ambos lados del paso, conectado a las baterías y motores que Cutter sabía que ocultaban.
—Lo he encontrado —exclamó.
Levantó la mirada y escuchó el lúgubre aullido. Algo empujaba una nube de hojarasca y jirones de moho por la grieta. El olor del manecro era espantoso. En la fisura, Cutter vio remolinos de polvo mezclado con humus. Oyó un repiqueteo, el chasquido de una trampa accionada y el pifiar de un caballo. Retrocedió lentamente hacia sus compañeros.
—Preparaos para correr —dijo—. Preparaos para correr, maldita sea.
Se aproximaba. Veloz. Un caballo a todo galope. Sus patas se movían con tal velocidad mutante que hacían tanto ruido como una compañía. La montura de Drogon. Corría más rápido de lo que ningún caballo hubiera corrido jamás, sobre las rocas y sobre una superficie inestable que le torció los tobillos y le astilló los cascos, pero siguió corriendo, ignorando las heridas, con el cuerpo rayado por el sudor y la sangre de sus abrasiones. Había algo aferrado a él. Una criatura de cuerpo moteado le atenazaba el cuello, una cola chata que se expandía como si fuera un gusano y husmeaba la carne del animal.
Tras él emergió un hombre. Un hombre. Flotaba en el aire, con los brazos cruzados. Surcaba el aire hacia ellos a velocidad pavorosa. Los vio. Se escoró sin mover el cuerpo. Abrieron fuego y el hombre siguió adelante, y las puntas de sus pies aterrizaron con fuerza sobre la roca.
Cutter se levantó y disparó y retrocedió y resbaló en la gravilla. Todos disparaban. El susurrero tenía las piernas separadas y vaciaba cargadores como un tirador experto, con un arma en cada mano, Pomeroy y Elsie disparaban a ciegas. Hicieron blanco. Vieron que el caballo y el hombre impasible empezaban a sangrar, pero nada podía detenerlos.
El hombre flotante abrió la boca y escupió fuego. El ardiente hálito lamió el alambre y lo hizo brillar, de modo que por un instante, una fracción de segundo, los manecros vieron el metal, pero la inercia los empujó hacia él y la boca del hombre y la del caballo se abrieron, alarmadas, pero no pudieron detenerse. Cortaron el alambre en dos y salieron al sol.
Las rocas se les vinieron encima. Las bobinas se activaron y enviaron corrientes taumatúrgicas por los circuitos. Las válvulas trepidaron y una masa de energía acumulada se liberó e hizo lo que, con precisión milimétrica, había sido programada para hacer, crear un gólem.
Lo hizo empleando todo lo que había a su alrededor. La sustancia de la grieta. Toda la materia en aquel campo de energía se cargó instantáneamente y entró en movimiento. Las rocas se desperezaron y entonces pareció que desde el principio hubiesen adoptado una forma humana vagamente, yaciente, de siete metros de altura, con un brazo formado por aquellas paredes de guijarros y el otro por aquellos matorrales resecos y quebradizos, y una panza de grandes peñascos con piernas de roca debajo y una cabeza de tierra compacta.
El gólem era tosco y las instrucciones que se le habían impartido eran de simplicidad homicida. Moviéndose con velocidad asesina, alargó unos brazos de varias toneladas y atrapó a los manecros. Las criaturas trataron de hacerle frente. El gólem sólo tardó una minúscula fracción de segundo en descargar la piedra sobre el animal y partirle el cuello, aplastando al manecro, la mano-parásito que se había pegado a la crin del caballo.
El hombre fue más rápido. Escupió unas llamas que florecieron sobre la cara del gólem sin causarle daño. Con fuerza insólita dio un tirón al brazo de roca coagulada y lo dislocó. El gólem empezó a moverse con más torpeza. Pero ni aún así lo soltó. Al mismo tiempo que su brazo se desmoronaba, transformado de nuevo en tierra, derribó al hombre, lo agarró por las piernas con una de sus manos de guijarros, por la cabeza con la otra, y de un solo tirón lo desmembró.
Al mismo tiempo que moría el anfitrión, mientras el cadáver despedazado seguía aún en el aire, el gólem, cumplido su cometido, dejó de existir. Las rocas y la tierra que lo conformaban cayeron, fragmentadas, con un fragor sordo, formando un montículo ensangrentado que cubrió la mitad del cadáver del caballo.
El cuerpo desmembrado del anfitrión cayó sobre unos helechos y roció las piedras de sangre. Algo se movió espasmódicamente debajo de él.
—Alejaos —dijo Cutter—. Está buscando otro anfitrión.
Drogon empezó a disparar contra aquella cosa antes de que el cadáver hubiese tocado el suelo. Acababa de asentarse cuando algo con muchas patas de un color purpúreo como el de los cardenales, salió a hurtadillas entre su ropa. Avanzó hacia ellos con movimientos arácnidos.
Se separaron. El arma de Pomeroy retumbó pero la criatura siguió avanzando y se encontraba a pocos pasos de Elsie, que no podía hacer otra cosa que gritar desaforadamente, cuando los disparos de Drogon la detuvieron. El susurrero se acercó a ella sin dejar de disparar. Tres balas precisas alcanzaron a la criatura entre los matojos. Le dio una patada y la levantó, destrozada y cubierta de sangre.
Era una mano.
Una mano derecha cubierta de manchas. En la muñeca le crecía una corta cola. La sostuvo un momento, fláccida y goteante.
Diestro, le dijo a Cutter, casta guerrera.
Hubo una nueva conmoción, como si un animal de gran tamaño estuviera abriéndose camino entre los árboles. Cutter se volvió y trató de apuntar con un arma descargada.
El ruido sonó de nuevo, y algo se movió en un soto a medio camino de allí. Algo salió a la luz. Un gigante, un inmenso hombre de color gris. Lo miraron sin saber qué hacer o qué decir mientras caminaba hacia ellos. Cutter lanzó un grito y echó a correr. Fue ganando velocidad mientras el hombre de arcilla se le aproximaba, y vio que alguien lo saludaba desde su espalda, un hombre que descendió de un salto y se le acercó con los brazos abiertos de par en par, gritando algo que nadie pudo oír, mientras cada uno de sus pasos, y también los de Cutter, levantaban nubes de polvo e insectos pegajosos que se les adherían a la ropa.
Cutter corrió hacia el hombre; el hombre corrió hacia Cutter. Cutter gritó; llamó al otro por su nombre. Estaba llorando.
—Te hemos encontrado —dijo—. Te hemos encontrado.