El Consejo de Hierro

El Consejo de Hierro


Segunda Parte: Regresos » 6

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Una ventana se abrió bruscamente sobre el mercado. Por todas partes se abrían ventanas sobre mercados. Una ciudad de mercados, una ciudad de ventanas.

Nueva Crobuzon de nuevo. Incesante, munificentemente ella misma. Calurosa aquella primavera, fétida: los ríos apestaban. Ruidosa. Ininterrumpida. Nueva Crobuzon.

¿Qué sobrevolaba los dedos extendidos de la ciudad? Aves, alimañas voladoras, hombres draco (alegres criaturas con patas de mono) y aeronaves de colores fríos, y humo y nubes. Los contornos naturales de la tierra habían sido olvidados por Nueva Crobuzon, que ascendía o descendía obedeciendo a caprichos por entero diferentes: era un laberinto modelado en tres dimensiones. Toneladas de ladrillo y madera, hormigón, mármol y hierro, tierra, agua, paja y yeso, convertidas en tejados y paredes.

Durante el día, el sol devoraba los colores de estas paredes, consumía los bordes desgarrados de los carteles que las cubrían como plumas, tiñéndolos lentamente de un color amarillo parecido al del té. Retales de tinta contaban la historia de viejos entretenimientos mientras el hormigón se secaba. Estaban los famosos estarcidos del Consejero de Hierro, repetidos en series cada vez más torpes por algún disidente artista del graffiti. Estaban las vías elevadas, tendidas entre mellas de la arquitectura como los pilares tronchados de alguna bóveda divina. Los alambres segaban el aire y hacían sonidos, y era así como el viento hacía de Nueva Crobuzon su instrumento.

La noche traía nueva vida, tubos elictro-barométricos de resplandeciente gas, arrollamientos de cristal, preparados para deletrear nombres y palabras o bosquejar contornos. Una década antes no existían, o habían sido olvidados hacía mucho: ahora, al ponerse el sol, su fulgor característico y vívido moteaba todas las calles, desdibujando la luz de las farolas de gas.

Había tanto ruido… Generado sin sonrojo alguno. Siempre había gente por todas partes. Nueva Crobuzon.

—… y entonces el otro o-pe-ra-dor le dijo al formal ins-ti-ga-dor que su suite no podía oírse la mera idea resulta un chiste…

Sobre el escenario, la chanteuse Adeleine Gladner, de nombre artístico Adely Gladly (pronunciado rítmicamente como «Aderly Gladerly»), repasaba su número «Instigación formal» entre aplausos y vítores tan ebrios como ruidosos y totalmente sentidos. Dio unos pasos taconeando bajo las faldas (su traje era interpretación anacrónica del atuendo de una meretriz de antaño, así que más que libertina resultaba recatada). Saludó a los jugadores meneando los adornos de encaje y sonrió al tiempo que recogía las flores que le lanzaban sin interrumpir la canción.

Su celebrada voz era justo lo que se esperaba de ella, ronca y muy hermosa. La audiencia estaba completamente entregada. Ori Ciuraz, sentado en una de las últimas filas, se mostraba aparentemente sardónico, pero en modo alguno era inmune a su influjo. No conocía muy bien a sus compañeros de mesa, sólo lo suficiente como para compartir algún brindis. Ellos observaban a Adely mientras él los observaba a ellos.

La Casa del Miserable Mendigo era un establecimiento enorme, saturado de humo y peste a drogas. En los palcos y en la plataforma circular se encontraban los peces gordos y sus parásitos, y a veces también sus señoras. Francine 2, la reina del hampa khepri era una cliente habitual. Ori no veía muy bien sobre el contorno de los drakones y los espíritus obscenos de yeso, pero sabía que la figura que se movía tras aquel palco era un personaje importante de la milicia, y que aquel otro era uno de los hermanos Espina, y que el de más allá era un capitoste de la industria.

Cerca de la orquesta, junto al escenario, se abarrotaba una multitud de hombres y mujeres, políglota y multirracial, prendida de los mismos tobillos de Adely. Ori recorrió las fronteras tribales con la mirada.

Una mezcolanza viscosa de vagabundos, ladronzuelos con sus jefes, soldados extranjeros licenciados, reos excarcelados, millonarios extravagantes, mendigos, prostitutas con sus clientes, jugadores de fortuna, afiladores, poetas y agentes de policía. Humanos, cactos aquí y allá, descollando entre la muchedumbre (sólo se les permitía la entrada si se arrancaban las espinas), las cabezas de escarabajo de los khepri. De las bocas colgaban cigarrillos, y la gente golpeaba las copas o los platos cuando pasaban los camareros caminando sobre el suelo de serrín. En las esquinas de la sala formaban grupos pequeños, parecidos a coágulos, y alguien como Ori —acostumbrado al Miserable Mendigo— podía ver dónde se solapaban y dónde se separaban, y deducir su composición.

Debía de haber milicianos en la sala, pero ninguno iba de uniforme. El hombre alto y musculoso de la parte trasera, Derisov, era un agente: todo el mundo estaba enterado, pero nadie sabía si era importante, o estaba bien relacionado, así que no podían arriesgarse a asesinarlo. Cerca de él había un grupo de artistas, discutiendo con pasión sectaria sobre sus respectivas escuelas y movimientos.

Más cerca de Ori, observándolo, una mesa de jóvenes bien vestidos, neocalamitas, que escupían ostentosamente cuando cualquier xeniano se acercaba demasiado. Detestarían a Ori aún más que a los khepri o los cactos por su condición de renegadista; así que, envalentonado repentinamente por el ambiente, por la clientela cosmopolita y bronca del Miserable Mendigo, Ori respondió a sus miradas levantando la cabeza y rodeando con el brazo a la hembra vodyanoi que había a su lado. Ella se volvió con sorpresa, pero al ver a los Calamitas, emitió un gruñido de aprobación, se apoyó en él y empezó a lanzar miradas de exagerada devoción, primero a Ori y luego a ellos.

—Buen chico —dijo, pero Ori, con el corazón acelerado, no podía hacer otra cosa que mirar fijamente a los cuatro hombres que lo estaban observando. Uno de ellos, indignado, dijo algo a sus camaradas, pero otro lo contuvo, se volvió hacia Ori con las cejas entornadas, se tocó el reloj y murmuró «luego».

Ori no tenía miedo. Su propia tribu estaba cerca. En un alarde de sarcástico desafío, estuvo a punto de responder al Calamita con un asentimiento de cabeza, pero la mera idea de semejante acto de complicidad le revolvía las tripas y apartó la mirada. Sus amigos y camaradas estaban discutiendo aún con más vehemencia que los pintores, pero si lo necesitaba acudirían a luchar a su lado. Y eran muchos. Los calamitas no podrían plantar cara a los insurreccionistas.

A estas alturas, la audiencia estaba entusiasmada con Adely, que hacía fugaces y extáticos movimientos con los dedos de las manos al llegar al final de su canción —«de nuevo bajo la lluuuuuvia»— y entonces, finalmente, sucumbía al delirio con los aplausos de la audiencia. Los calamitas, los artistas y todos los demás grupúsculos se unieron sin reservas.

—Oh gracias, oh cuánto os quiero, oh sí —dijo entre aplausos, y era una profesional tan consumada que todos pudieron oírla perfectamente. Dijo—. He venido a decir buenas noches y a pediros a todos que os portéis bien con las chicas esta velada, dadles una buena bienvenida, que sepan que las queréis. Para algunas de ellas es la primera vez y todos sabemos lo que eso quiere decir, ¿verdad? Un poco decepcionante, ¿verdad, chicas? —Esto le arrancó una carcajada a la audiencia y provocó un instante de expectación, porque todos sabían que era la entrada para su famoso número, «¿ya has acabado?», y sí, allí estaba el conocido graznido de pato del oboe, los primeros acordes de la canción y Adely, que aspiraba hondo, hacía una pausa, y finalmente gritaba «¡luego!», antes de abandonar el escenario corriendo, entre alegres abucheos y acusaciones de «¡bromista!».

Empezó el primer acto. Una familia de cantantes, dos niñas disfrazadas de muñecas y su madre, que tocaba un pianospiel. La mayoría de la audiencia las ignoró.

Vaca, pensó Ori. Se plantaba allí, Adely, y presentaba a los teloneros en un alarde de generosidad. Pero la gente iba al local a verla a ella, así que su pequeño numerito sorpresa era en realidad una pesada losa para los que tenían que actuar después. Los convertía en una decepción, por muy buenos que fuesen. Ya era suficientemente duro hacerse un nombre sin sabotajes como aquél, venenoso por muy bonito que fuese su envoltorio. A partir de entonces todas las actuaciones se sucederían sin pena ni gloria, pues la audiencia sólo tenía ojos para Adely.

El trío armónico dio paso a un bailarín. Era un hombre ya maduro, pero conservaba todavía su agilidad, y Ori, por educación más que nada, prestó atención a su actuación, aunque fue uno de los pocos que lo hizo. Luego salió un cantante cómico, un pobre desgraciado que habría sido objeto de burla con o sin la intervención de Adely.

Todos los artistas eran humanos de pura cepa. A Ori le preocupaba: no sabía si era una mera coincidencia el que, precisamente el día que aquellos calamitas se encontraban entre el público, no hubiera un solo xeniano entre los intérpretes. ¿Estaría el Partido de Nuevo Cálamo tirando de los hilos del Miserable Mendigo? La mera idea resultaba detestable.

Al fin, el pésimo cómico terminó su número. Le tocaba al último telonero. El Teatro de Marionetas Flexibles, rezaba el programa. Interpretando el Triste e Instructivo Relato de Jack Mediamisa. Era lo que Jack había ido a ver. No estaba allí por Adely Gladly.

Hubo varios minutos de preparativos tras el telón, mientras la audiencia conversaba sobre el plato fuerte, el Ruiseñor de la Perrera. Ori sabía lo que estaba preparando el Teatro de Marionetas Flexibles y sonrió.

Cuando finalmente se separaron los cortinajes de terciopelo, lo hicieron sin repique de tambores ni percusión, y los intérpretes esperaron sin moverse, así que durante varios segundos no pasó nada, hasta que se abrieron un par de ventanas en la pared de humo de tabaco y apareció un escenario dentro del escenario. Hubo imprecaciones. Ori vio que uno de los calamitas se levantaba.

En el escenario había lo de siempre —el teatro de marionetas del tamaño de un carromato, con sus figurillas de madera vestidas de colores chillones, totalmente inmóviles en su tablado— pero las alas y el proscenio en miniatura habían sido arrancados, de modo que los titiriteros estaban a la vista, vestidos con trajes gris marengo demasiado parecidos a los uniformes de la milicia. Y el escenario estaba repleto de otras cosas, desechos extraños. Había una sábana estirada y asegurada con clavos, sobre la que una linterna mágica proyectaba páginas de periódicos. Había personas en el escenario cuyo papel no terminaba de estar claro, un grupo de actores y músicos, pues los Flexibles habían declinado los servicios de la orquesta en favor de un trío de aspecto desaliñado, con flautas y caramillos, que empuñaban unas baquetas frente a unas placas de fino acero.

Ori levantó el pulgar en dirección al escenario. Sus amigos permanecieron inmóviles y silenciosos como estatuas hasta que los murmullos se volvieron impertinentes y ligeramente amenazantes y, desde las últimas filas llegó un grito de «largaos». Entonces, con un ruido terrible y doloroso, alguien tañó el metal. Al instante, por debajo del sonido todavía reverberante, otro músico se arrancó con una melodía preciosa y vívida basada en canciones populares, y su compañero tocó el acero con tanta suavidad como si fuera un bordón. Un actor se adelantó —estaba inmaculado con su traje y sus bigotes encerados—, hizo una leve reverencia, saludó a las señoras de la primera fila inclinando el sombrero y profirió una obscenidad hurtada a las garras del censor por medio de una consonante insertada en su inicio, que la transformó en una palabra inexistente y nada convincente.

Y estalló de nuevo la indignación del público. Pero los Flexibles eran artistas consumados —bromistas arrogantes, sí, pero serios— y jugaban hábilmente con su audiencia, así que después de cada imposición como aquélla venía un diálogo rápido y divertido, o una pieza de música vivaz, de tal modo que la indignación tenía dificultades para sobrevivir. Pero era un extraordinario desafío, o una serie de desafíos, y la audiencia vacilaba entre la perplejidad y el descontento. Ori se dio cuenta de que lo que estaba por verse era hasta dónde podía llegar la obra antes de que fuera desaconsejable seguir adelante.

Nadie sabía muy bien qué era lo que estaban viendo, aquella sucesión desestructurada de gritos y líneas y ruidos convulsos, y cabalgatas de atuendos abstrusos e incomprensibles. Las marionetas se movían con elegancia, pero tendrían que haber sido —para eso habían sido diseñadas— actores de madera en relatos moralistas, no aquellos pequeños provocadores cuyos titiriteros les hacían replicar con malos modos al narrador, contradecirlo (siempre en el registro tradicional de las marionetas, un lenguaje infantil hecho de sustantivos compuestos y onomatopeyas) y bailar al ritmo del ruido y de los silencios con todo el lascivo descaro que sus articulaciones y sus hilos les permitían.

Imágenes, incluso animaciones —escenas en ciclos muy rápidos que saltaban y corrían o disparaban sus armas— se sucedían atropelladamente en la pantalla. El narrador arengaba a la audiencia y discutía con las marionetas y los demás actores y, en medio del creciente disenso del aforo, la historia de Jack Mediamisa fue brotando en forma caótica. Esto apaciguó en parte a la furiosa multitud: era un cuento popular y todos querían comprobar lo que hacía con él aquella compañía de experimentales anarquistas.

La sustancia de la introducción era bien conocida. «Ninguno de nosotros olvidará, estoy seguro» dijo el narrador, y tenía razón, nadie hubiese podido, sólo habían pasado veinte años. Los títeres bosquejaron la historia. Una oscura traición y Jack Mediamisa, el legendario Jack, el jefe de los librehechos, había sido capturado. Le cortaron la gran pinza de mantis de la mano derecha: se la habían insertado en las factorías de castigo, pero él la había utilizado contra ellos, así que se la arrebataron. Los títeres la interpretaron como una escena grotesca, con serpentinas rojas en lugar de sangre.

Por supuesto, la milicia repetía siempre que era un bandido y un asesino, y que mataba gente nadie lo ponía en duda. Pero al igual que la mayoría de las versiones de la historia, ésta lo mostraba tal como era recordado: campeón de bandidos y héroe. Jack caía prisionero y era una historia triste, y los censores lo permitían así.

No lo habían ejecutado en público —eso no estaba en la constitución— pero habían encontrado el modo de mostrarlo. Lo habían encadenado a una picota gigante en la plaza BilSantum, junto a la estación de la Calle Perdido, donde el inspector había empleado el látigo al menor temblor, alegando resistencia. Las autoridades habían pagado a gente para que lo abucheara, o al menos eso decía la mayoría de las versiones. Muchos crobuzonianos habían acudido a verlo y no habían aplaudido. Algunos de ellos decían que no era el auténtico Jack —«no tiene pinza, han buscado un pobre desgraciado y le han cortado la mano, eso es todo»— pero lo decían con tono más desesperado que convencido.

Los títeres iban y venían delante del pequeño poste de madera contrachapada al que el Jack de madera estaba atado.

Y entonces, da-da-da-da-da, sonó el redoble metálico. Todos los actores del escenario empezaron a gritar y a gesticular en dirección a las marionetas de la milicia y en la pantalla apareció la palabra «todos» y hasta la parte más escéptica de la audiencia se dejó llevar y empezó a cantar «por aquí, por aquí». Así es como había sido, una diversión para gran parte de la multitud, orquestada o fortuita, eso no estaba claro, aunque Ori tenía sus propias ideas al respecto. Mientras la milicia desfilaba cimbreándose por el pequeño escenario del teatrillo, Ori recordó.

Era un recuerdo de juventud, un recuerdo de infancia: no sabía por qué razón había estado en aquella plaza ni con quién. Era la primera vez en muchos años que la milicia se mostraba así, con sus uniformes, y luego se supo que aquello sería el prolegómeno de su cambio de política de clandestinidad, pero en cualquier caso, formando una punta de lanza de color gris, habían cargado contra la parte de la multitud que protestaba. El interventor había sacado un mosquete y, dejando el látigo y a la figura encadenada, se había unido a ellos.

Ori no recordaba haber visto al hombre de aspecto rudo que había ascendido hacia Jack Mediamisa hasta que estuvo casi sobre él. Guardaba un vívido recuerdo del momento, pero no sabía si era el recuerdo de un niño de seis años o un recuerdo construido a partir de todas las narraciones que había escuchado después: el hombre —ahí viene su marioneta, mira, en el escenario, mientras la milicia está de espaldas— era inconfundible. Calvo, erizado de crueles cicatrices y con la cara picada como si hubiera sufrido décadas de furioso acné, con los ojos hundidos y muy abiertos, cubierto de harapos, con una bufanda sobre la boca y la nariz para ocultarse.

La marioneta que subía furtiva y exageradamente los escalones llamó a Jack Mediamisa con voz ronca, un eco con veinte años de antigüedad del grito fuerte y penetrante del hombre de verdad. Llamó a Jack por su nombre, como aquel día. Y se acercó a él y sacó una pistola y un cuchillo (las minúsculas réplicas de papel plata del títere resplandecieron) «¿Me recuerdas, Jack?», había gritado, y gritó la marioneta. «Te lo debía». Una voz triunfante.

Durante los años que siguieron a la muerte de Jack Mediamisa, todas las interpretaciones habían aceptado la primera y convencional explicación. El hombre de la cara marcada —hermano, padre o amante de alguna de las víctimas del cruel Man’Tis— estaba demasiado inflamado por la rabia como para esperar, abrumado y colérico y ávido de sangre. Y aunque nadie podía culparlo por ello, la ley no funcionaba así. Así que cuando los milicianos lo oyeron y vieron, fue su triste deber ordenarle que se apartara, y al ver que no atendía a razones, responder con una descarga cerrada, algunas de cuyas balas, extraviada, acabó con la vida del Mediamisa. Y aunque fue una cosa muy lamentable, puesto que el proceso legal no había concluido aún, nadie dudaba que el desenlace habría acabado por ser el mismo en cuestión de poco tiempo.

Así se había contado la historia durante años, y los actores y titiriteros habían interpretado a Jack como un villano de pantomima, sin dejar de advertir que las multitudes seguían vitoreándolo.

En la segunda década tras el suceso, habían empezado a aparecer nuevas interpretaciones en respuesta a la pregunta, «¿por qué había gritado Mediamisa con algo que parecía alegría al ver que el hombre se le acercaba?». Los testigos recordaban que el hombre de la cara marcada había levantado el arma y creían haber visto que Jack tiraba de sus ataduras tratando de salir a su encuentro y entonces, pues claro, un crimen piadoso. Un miembro de la banda de Jack, que había arriesgado la vida para poner fin a las humillaciones de su jefe. Y puede que lo hubiera conseguido… ¿Podía alguien asegurar que había sido una bala de la milicia la que había acabado con la vida del prisionero rehecho? Puede que aquel primer tiro fuera el de un amigo para salvar a otro.

Al público le gustaba mucho más esta interpretación. Ahora Jack Mediamisa volvía a aparecer como lo había hecho en los graffiti durante décadas: como campeón. La historia se convirtió en una tragedia grandiosa y vagamente instructiva sobre nobles esperanzas condenadas al fracaso, y aunque Jack y sus anónimos camaradas eran ahora los héroes, los censores de la ciudad lo permitieron, para sorpresa de muchos. En algunas producciones, el aparecido acababa con la vida de Jack y luego se quitaba la suya y en otras caía abatido al mismo tiempo que disparaba. Las escenas de sus respectivas muertes se habían ido alargando cada vez más. La verdad, tal como Ori la recordaba —que aunque Jack había quedado muerto, colgado de la picota, el hombre de la cara picada había desaparecido sin que nadie supiera cuál había sido su destino— no se mencionaba.

Por las pequeñas escaleras subió corriendo el títere del hombre de las cicatrices, con el arma preparada, y recogió el látigo que había dejado caer el inspector (un complicado montaje de clavijas e hilos facilitó el movimiento), tal como aseguraba la tradición. Mas, ¿qué era aquello? «¿Qué es esto?», gritó el narrador. Ori sonrió: había visto el guión. Tenía los puños apretados.

—¿Para qué recoger el látigo? —dijo el narrador. Atrapados por el tosco hechizo de la producción de los novistas, los calamitas se habían puesto todos en pie, y gritaban, «¡qué escándalo, qué escándalo!».

Teñíía pistola —dijo la marioneta del hombre, dirigiéndose a la audiencia en medio del creciente griterío—. Teñíía cuchiillo. ¿Para qué iiba a recoger láátigo?

—Tengo una idea, viruelillas —dijo el narrador.

Io tambiéén tengo una ideea, ¿vees? —respondió la marioneta—. Ééstos —dijo sosteniendo la pistola y el látigo— ño eeeran para mííí, ¿vees? —Un elegante y diminuto mecanismo volteó la pistola en su mano de madera, y de repente todo el mundo vio que sostenía el arma por el cañón, como un regalo para su maniatado amigo. Entonces usó el cuchillo para cortar las ataduras de Jack Mediamisa.

Un vaso pesado voló sobre el público, seguido por un reguero de cerveza, reventó y roció de líquido a los más cercanos. «¡Traición!», se alzaron los gritos, pero fueron acallados por otros, personas que se habían puesto en pie y exclamaban, «¡sí, sí, contad la verdad!». Tenaz, bailando bajo una lluvia de cristales, el Teatro de Marionetas Flexibles continuó con su versión renovada del clásico, en la que las figurillas de madera no estaban condenadas ni malditas con visiones demasiado puras para sobrevivir, ni eran rechazadas por un mundo que no las merecía, sino que seguían luchando, seguían tratando de salirse con la suya.

Era imposible oírlas en medio de tantos gritos. Llovía comida sobre el escenario. Hubo una alteración y apareció el maestro de ceremonias con el traje arrugado. Salió apresuradamente, casi empujado por un joven delgado: un burócrata de la oficina del censor, que presenciaba desde bastidores todas las actuaciones programadas.

—Basta, esto tiene que terminar —gritó el MC y trató de coger las marionetas—. Me han informado de que este espectáculo ha sido cancelado. —Una violenta respuesta atajó su pomposa declaración. Una lluvia de restos de comida cayó sobre él, asustándolo aún más de lo que ya estaba. Los partidarios de los Flexibles eran pocos, pero se hacían notar, y exigían que el espectáculo continuara, pero al ver que el empleado del Miserable Mendigo perdía el control de la situación, el censor en persona salió y se dirigió a la audiencia.

—Se suspende la función. La compañía es culpable de escándalo público en segundo grado y se procederá a su disolución, a la espera de una investigación futura. —«Joder, qué vergüenza, baja de ahí, el espectáculo debe continuar. ¿Qué escándalo? ¿Qué escándalo?». El joven censor no se dejó intimidar. No estaba dispuesto a permitir aquel acto de disidencia—. Se ha llamado a la milicia, y todo el que se encuentre aquí a su llegada será considerado cómplice de la compañía. Por favor, abandonen el local de inmediato.

Pero los ánimos estaban demasiado caldeados para que sus palabras surtieran algún efecto.

El aire volvió a llenarse de vasos y los gritos confirmaron que algunos habían hecho blanco. Ori vio que los calamitas estaban apuntando contra el escenario, o más concretamente contra los artistas, y llamó a sus amigos con señas.

Se dirigieron hacia los matones calamitas y estalló la pelea.

Adely Gladly, vestida ya con el atrevido atuendo que exigía su número, salió al escenario corriendo y pidiendo paz a gritos. Ori la vio el instante antes de plantar un puñetazo en la nuca de algún desgraciado calamita, y luego siguió con lo que se traía entre manos. Sobre el escenario, el Teatro de Marionetas Flexibles estaba recogiendo sus trastos. Por encima del ruido de las peleas y los chillidos y la percusión de los vasos, la maravillosa voz del Ruiseñor de la Perrera suplicaba que cesara la lucha, sin que nadie le prestara la menor atención.

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