El Consejo de Hierro

El Consejo de Hierro


Segunda Parte: Regresos » 7

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La obra estaba muerta y enterrada, y la milicia, cuando se personó en el lugar, estaba más preocupada por limpiar el edificio que por realizar arrestos. Ori consiguió mantener ocupados a los calamitas el tiempo suficiente para que los titiriteros recogieran sus trastos y, en compañía de los Flexibles se escabulló entre bambalinas esquivando peleas que, en su mayor parte, eran reyertas de borrachos sin matices políticos que las refinasen.

Salieron a un callejón, ensangrentados pero riendo a carcajadas, un grupo de gente de teatro guardando el vestuario en bolsas de alfombras, y uno o dos como Ori, observadores. Había llovido hacía escasos momentos, pero era una noche calurosa, así que la película de agua parecía el sudor de la ciudad.

Petron Carrickos, quien había hecho las veces de narrador, se arrancó el bigote, dejando un espíritu de pegamento sobre su labio superior, y lo pegó sobre el único cartel que había en el callejón, convertido en las tupidas cejas del predicador cuyos sermones anunciaba. En su compañía y la de otros amigos, Ori se encaminó a la calle Cadmio. Allí darían la vuelta y se dirigirían a la estación de Campos Salacus sin pasar por la entrada del Miserable Mendigo.

Tarde ya, pero no tanto, las calles donde Salacus se encontraba con el Aullido estaban abarrotadas. Había milicianos en las esquinas. Ori se mezcló con los compradores tardíos, la gente que salía de los teatros, los melómanos de los voxiteradores, algunos gólems que parecían marionetas gigantes, cubiertos por los pañuelos de sus propietarios. Había marcas en las paredes. Galerías y teatros ilícitos, garitos de artistas, anunciados mediante graffitis a aquéllos que eran capaces de leerlos. Los Campos Salacus estaban empezando a sufrir una colonización de bohemios de fin de semana. Siempre había existido la chusma adinerada, descarriados niños ricos que buscaban la redención o la disolución, pero ahora sus visitas eran temporales y su transformación era una mera visita turística. Ori sentía desprecio. Los artistas y los músicos se marchaban al mismo tiempo que llegaban los agentes y mercaderes, y los alquileres subían mientras florecía la industria. Así que al Aullido.

Las calles chisporroteaban bajo las adustas señales elictro-barométricas. Ori saludó con la cabeza a aquellos rostros que conocía de otras reuniones o funciones: una mujer junto a la puerta de un platero, un fornido cacto que ofrecía panfletos. El enladrillado se combaba y proyectaba hacia lo alto, fusionando casa con casa, soldado con una mezcolanza de metal y cemento, decorado con pinturas de estilos anárquicos y espirales y obscenidades; y descollando sobre todo esto, apuntando al cuello, se elevaban las agujas del templo y los miradores de la milicia, y las torre-bloque. La multitud se fue desliendo a medida que el crepúsculo se encaminaba a la noche cerrada.

En tren por entre los tejados hasta la estación Malicia, cambiando luego de andén y despidiéndose de los amigos, hasta que incluso Petron se hubo marchado a la Colina Mog y Ori se quedó solo entre los viajeros nocturnos, desparramados sobre los asientos bajo una peste a ginebra. Se cruzó con gente vestida con mono, trabajadores de los últimos turnos, que volvían la vista para no ver a los borrachos. Ori tomó asiento junto a una anciana y siguió su mirada sobre los kilómetros de ciudad que se extendían al otro lado de la mugre del cristal, un marjal de edificios rebosante de luces. El tren cruzó el río. La mujer no miraba nada concreto, comprendió Ori, y esa nada —apenas un estremecimiento de luces en alguna intersección, una arruga de la ciudad— atrapó también su atención.

Las ventanas de la calle donde vivía Ori, en Siriac, carecían casi todas de cortinas, y cuando despertó se asomó y, a la luz de las farolas de gas de las calles vio figuras alargadas e inmóviles en sus casas, durmiendo. Era una calle colonizada por cactos. El sitio en el que vivía se lo alquilaba a una amable y gruñona cacto que, el día que se había mudado, había levantado su equipaje con una sola mano verdosa, aparentemente sin el menor esfuerzo.

Los trenes de la madrugada pasaban junto a las ventanas superiores, brillando débilmente. Se dirigían a los barrios bajos, al sur, o al norte, a sus inmensas terminales, aquella sinopsis de arquitectura problemática que separaba los ríos de la ciudad, la estación de la calle Perdido.

Los negocios de la noche prosperaban mientras tanto. El aire era tan caluroso y húmedo que disolvía el pegamento y devoraba las superficies puntiagudas de los ladrillos. Soplaba desde las partes más viejas de la ciudad, de las chabolas y las ruinas devoradas por las enredaderas de Sobek Croix. En las fronteras del Barrio Oseo, familias enteras dormían como podían en almacenes. Varios gatos cruzaron la Ciénaga Brock, y luego lo hizo un tejón que volvía contoneándose a casa bajo las apelotonadas fachadas de las tiendas. Bajo las nubes, sedados y aciagos, aguardaban los aeróstatos.

Dos ríos fluían, y se encontraban, y se convertían en una criatura grande y antigua, el Gran Alquitrán, moroso y gemebundo al cruzar los límites de la ciudad entre los puntales de un puente y al atravesarlas barriadas miserables de la órbita de Nueva Crobuzon, en busca del mar. Los habitantes ilícitos de la ciudad salieron un instante y volvieron a esconderse. Existía una industria de la medianoche. Siempre había alguien despierto, incontables álguienes, en las torres-bloque o en casas elegantes o en las moradas rojas de Chnum o en los guetos xenianos, en el Invernadero o en las terrazas de Kinken y Ensenada, configuradas por las deyecciones de los khepri, moldeadas por quebradizo esputo de insecto. Todo seguía su curso.

No se mencionaron los disturbios en los boletines callejeros del día siguiente, ni en los del que siguió a éste. Pero eso no impidió que la gente se enterara de que había ocurrido algo.

Ori le hizo saber a la gente adecuada que había estado allí. Al pasar por las tiendas y los pubs de Siriac, vio que lo vigilaban, y supo que algunos de los que lo miraban de soslayo —la mujer de allí, ese vodyanoi, este hombre o ese cacto, incluso aquel rehecho— estaba con el Caucus. Sin mayores demostraciones de excitación, Ori envió un subrepticio saludo dándose un suave golpe al pecho con el puño, al que ellos respondieron ignorándolo o levantando el dedo pulgar. Entre los miembros del Caucus circularon complicadas formas digitales, mensajes transmitidos en la jerga manual de los suburbios, que Ori no era capaz de descifrar. Se dijo que quizá se refiriesen a él.

El Caucus, con sus cerradas y clandestinas sesiones, hablando de él. Sabía que no era cierto, pero le hacía feliz pensarlo. Sí, sus amigos eran novistas, pero no decadentes ni se contentaban sólo con escandalizar. Pensó en el Caucus, delegados de todas las facciones, tomándose un respiro de las consideraciones de la estrategia y la rebelión, de la lucha contra la milicia y sus informadores, para elogiar a Ori Ciuraz y sus amigos por una excelente obra de provocación. No sería así, pero a él le gustaba pensarlo.

En Gran Aduja, Ori aceptó los trabajos que le salieron al paso. Cargaba y entregaba paquetes por un poco de comida y una paga mísera. Piezas de color gris cañón, pertenecientes seguramente a alguna máquina bélica que debía de estar recorriendo la costa y atravesando el mar Escaso y los estrechos para llegar a la lejana guerra. Trabajaba en las vías muertas o en los solares, para cualquier demoledor que lo aceptase, descargando barcazas en el puente Mandrágora, y cuando terminaban los días bebía con los compañeros, convertidos en amigos temporales.

Era joven, así que los capataces lo maltrataban, pero con cierto nerviosismo. Se les notaba intranquilos. Había problemas. Eran tiempos tumultuosos en las fábricas de Gran Aduja, en Arboleda y en Ecomir. Detrás de la fundición de la vía Tuthen, Ori vio las señales de las fogatas en el suelo, que marcaban los lugares donde se habían levantado piquetes durante las últimas semanas. Las paredes ostentaban los sellos de la disidencia: «Toro»; «¡el Man’Tis vive!»; el consejero estarcido. Las paredes estaban cosidas a balazos en el Cruce Tricorne, donde, menos de un año antes, la milicia había contenido por la fuerza a centenares de manifestantes.

Todo había empezado en Empresas Paradox, como una queja espontánea por algunos despidos, que se había transmitido con gran rapidez a las calles. En los alrededores se habían roto algunos escaparates después de que ciertos elementos se unieran a los manifestantes, cuyos eslóganes habían pasado primero de pedir la readmisión de unos camaradas a un aumento de sueldos y luego, inesperadamente, habían sido sustituidos por denuncias contra el alcalde y la lotería electoral, y por la exigencia de un sistema nuevo de sufragio. Volaron las botellas y algunos cócteles de flogisto cáustico; hubo disparos —la milicia respondió o abrió fuego— y murieron dieciséis personas. Periódicamente aparecían en la intersección homenajes escritos a tiza, que con la misma periodicidad eran borradas. Ori se llevó discretamente el puño al pecho al pasar por el escenario de la masacre de Paradox.

El día de la cadena fue a El amorcito del frutero. Poco antes de las ocho, dos hombres abandonaron la taberna y no regresaron. Otros los siguieron, en orden casual y fortuito. Ori apuró la cerveza y fingió dirigirse al baño, pero al ver que nadie lo seguía se introdujo en un pasillo con manchas de humedad y levantó una trampilla que daba al sótano. Los que se habían reunido en la oscuridad se volvieron hacia él y no lo saludaron, casi con tanta sospecha como bienvenida en las caras.

—Chaverim —les dijo. Una categoría robada a una lengua antigua.

—Chaver —respondieron: camarada, igual, conspirador.

Apareció un hombre rehecho, el primero. Tenía los brazos cruzados a la altura de las muñecas, y fusionados, y cuando abría y cerraba las manos era como si estuviese imitando a un pájaro.

Había dos trabajadoras de una fábrica situada bajo los arcos del tren de Skulkford, un sitio donde se explotaba a los empleados a conciencia, hilanderas, junto a un estibador y un maquinista, y un dependiente vodyanoi vestido con una liviana imitación de un traje humano que podía llevarse bajo el agua, con pajarita y todo. Un cacto, de pie. Los barriles de cerveza y vino baratos servían como mesas para publicaciones disidentes: ejemplares arrugados de Grita, La Lucha, y varias copias del más conocido de los boletines sediciosos, el Renegado Rampante.

—Chaverim, quiero agradeceros que hayáis venido —dijo un hombre de mediana edad con tranquila autoridad—. Quiero dar la bienvenida a nuestro nuevo amigo, Jack —señaló al rehecho con la cabeza—. La guerra con Tesh. Los infiltrados de la milicia. Los sindicatos mercantiles. La huelga de la panadería de Purril. Tengo noticias sobre todo esto. Pero antes quiero dedicar unos minutos a hablar de mi enfoque… nuestro enfoque, el enfoque del doble R, a la cuestión de la carrera.

Miró de soslayo al vodyanoi, luego al cacto, y empezó a hablar.

Eran estas introducciones, estas discusiones, lo primero que había atraído a Ori al círculo del Renegado Rampante. Durante tres meses, le había comprado un ejemplar cada quince días a un frutero de la Sombra, hasta que finalmente el hombre le había preguntado si estaba interesado en hablar de lo que allí se contaba, y había dirigido sus pasos hacia aquellos encuentros clandestinos. Ori se había convertido en un habitual, uno de los que más opiniones y más objeciones expresaba, y había participado cada vez con más entusiasmo —y luego, pasado algún tiempo, menos— hasta que tras una de las reuniones, cuando estaban solos, con afectuosa confianza, el coordinador le había dicho su verdadero nombre, Curdin. Ori le había revelado el suyo, aunque como todos los demás, en las reuniones seguían llamándose por el nombre de Jack.

—Sí, sí —estaba diciendo Curdin—. Creo que tienes razón, Jack, pero la pregunta es, ¿por qué?

Ori abrió su ejemplar del Renegado Rampante, lo leyó a retazos. Exhortaciones a la unidad de acción que ya había visto antes, análisis furibundos y esclarecedores, columnas y columnas sobre huelgas. Cada lugar de trabajo, cada dos o tres trabajadores que habían dejado las herramientas, con suerte o sin ella, una reunión de una veintena o un centenar, un parón de media hora, cada desaparición de un sospechoso de pertenencia a sindicato. Un catálogo que incluía todas las disputas, graves o insignificantes. Aburrido.

Faltaban historias. La frustración que le inspiraban a Ori aquellas reuniones iba en aumento. Allí no ocurría nada. Era en otros sitios, fugazmente. Como en el Miserable Mendigo.

Dio unos golpecitos a su ejemplar del RR.

—¿Dónde está Toro? —dijo—. Ha dado otro golpe. Eso he oído. En Chnum. Sus hombres y él acabaron con los guardias y se cargaron al magistrado que vivía allí. ¿Por qué no se dice nada?

—Jack… todos sabemos lo que pensamos sobre Toro —dijo Curdin—. En el penúltimo número había una columna entera. Nosotros no… Ése no es nuestro modo de hacer las cosas.

—Ya lo sé, Jack, ya lo sé. Vosotros criticáis. Lo censuráis.

El coordinador no dijo nada.

—Toro está ahí fuera, y está haciendo algo, ¿no? Está luchando, no esperando, como vosotros. Y vosotros, que estáis sentados y esperáis, ¿decís que se pasa?

—No es así. No seré yo quien critique a cualquiera que luche contra los magistrados, la milicia o el alcalde, pero Toro no puede cambiar las cosas por sí solo, ni con su pequeña banda.

—Sí, pero está cambiando algo.

—No lo suficiente.

—Pero está cambiando algo.

Ori respetaba a Curdin, había aprendido mucho de sus panfletos y de él, y no quería socavar su posición. Pero la complacencia del coordinador había empezado a enfurecerlo. El tío le doblaba la edad, y más aún… ¿Estaría haciéndose viejo? Permanecieron allí sentados, lanzándose miradas hostiles mientras los demás los miraban a su vez.

Después Ori se disculpó por sus malas pulgas.

—No es por mí —dijo Curdin—. Por mí puedes ser tan brusco como quieras. Pero te diré la verdad, Jack… —estaban solos y rectificó—. Te diré la verdad, Ori. Estoy preocupado. Tengo la impresión de que estás yendo por un camino muy concreto. Todas esas obras y marionetas… —sacudió la cabeza y suspiró—. No tengo nada en contra, te lo juro, me he enterado de lo que pasó en el Miserable Mendigo y te lo digo en serio, bien por tus amigos y por ti. Pero no basta con escandalizar y disparar. Permíteme que te pregunte una cosa. Tus amigos, los Titiriteros Flexibles: ¿por qué escogieron ese nombre?

—Ya sabes por qué.

—No. Sé que es un homenaje y me alegro por ello, pero ¿por qué él, por qué no Seshech o Billy le Ginsen, por qué no Poppy Lutkin?

—Porque nos arrestarían si hiciéramos eso.

—No te hagas el idiota, muchacho. Hay docenas de nombres que podríais haber elegido para enviar un mensaje, para burlaros del alcalde en su cara, pero tenéis que honrarlo precisamente a él. Al editor fundador del RR… No al de La Lucha ni al de Trabajadores en Guerra ni al de El Punzón. ¿Por qué él? —Curdin se dio unos golpecitos en el muslo con el periódico—. Yo te lo diré, muchacho. Porque, lo sepas o no, es a él a quien temen los poderes fácticos. Porque tenía razón. Sobre las facciones, sobre la guerra, sobre la pluralidad. Y Bill y Poppy y Cuello Frondoso y todos los demás… Toro, Ori, Toro y su banda y todos, incluso Jack Mediamisa, buena gente, chaverim, pero para este tipo de cosas, su estrategia no vale una mierda. Ben tenía razón y Toro está equivocado.

Ori detectó arrogancia, o compromiso, o fervor, o análisis en la voz de Curdin. Estaba tan furioso que no se molestó en desenmarañarlos.

—¿Ahora te vas a burlar de Mediamisa?

—Nada de eso, no estoy diciendo que…

—Esputo divino, ¿tú quién te crees que eres? Toro está actuando, Curdin. Está intentando que pase algo… Tú… tú sólo hablas y el doble R sólo habla. Y Benjamín Flex está muerto. Lo está desde hace mucho.

—Eso no es justo —escuchó que decía Curdin—. Todavía no te ha salido casi la barba y te atreves a hablarme a mí de Benjamín Flex, por el amor de Jabber.

Lo dijo con voz que no carecía de afecto. No pretendía ofender, pero Ori estaba indignado.

—¡Al menos yo he hecho algo! —gritó—. ¡Al menos yo estoy haciendo algo!

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