El Consejo de Hierro

El Consejo de Hierro


Tercera Parte: El país del vino » 10

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El gólem vigilaba a los dormidos viajeros. Se encontraba de pie junto a las brasas, más alto que un hombre o un cacto. Achaparrado, con unos brazos demasiado largos que colgaban delante de sí, vagamente simiesco. Tenía la espalda doblada y con forma de silla de montar. El sol había agrietado su piel de arcilla.

Al alba lo envolvieron los insectos que despertaban. No se movió. Soplaron zumbidos y esporas sobre la hoyada en la que dormían los viajeros. La brisa les acarició la piel. Se encontraban al norte del implacable calor.

Drogon fue el primero en levantarse. Cuando se despertaron los demás ya había salido a explorar, y Pomeroy y Elsie se fueron también, para que Cutter pudiera estar a solas con el amo del gólem.

Cutter dijo:

—No deberías haberte marchado. Judah, no tendrías que haberte ido.

Judah dijo:

—¿Recibiste el dinero que te dejé?

—Por supuesto que lo recibí, y también tus puñeteras instrucciones, pero no las seguí, ¿sabes? ¿No te alegras? Te los he traído. —Dio unas palmadas a su mochila—. No estaban preparados cuando te marchaste.

—Y ahora uno está roto. —Judah sonrió con tristeza—. Con uno no es suficiente.

—¿Roto? —Cutter estaba consternado. Había arrastrado aquellas máquinas desde muy lejos—. No tendrías que haberte ido, Judah. —Respiró hondo—. Deberías haberme esperado.

Cutter lo besó, con la misma urgencia que sentía siempre, con desesperación. Judah respondió como siempre: con algo que parecía afecto y algo que parecía paciencia.

Incluso entonces, advirtió Cutter con asombro, Judah Low no parecía completamente concentrado en lo que estaba haciendo. Que él recordara, siempre había sido así. El típico científico distraído con la mente en otro sitio, había pensado al principio. La tienda de Cutter se encontraba en la Ciénaga Brock, y su clientela estaba formada por eruditos. Le había sorprendido encontrar los vestigios de un acento de los suburbios en la voz de Judah.

Hacía más de diez años que se conocían. Al salir de la trastienda, Cutter se lo había encontrado mirando las estanterías repletas de piezas de esoterismo: cuadernos de notas, mecanismos de meta-relojería, secretos vegetales. Un hombre alto y flaco, de pelo seco y descuidado, mucho mayor que él, con el rostro marchito y los ojos permanentemente abiertos de par en par. Acababa de terminar la guerra de los vertederos y Cutter había tenido que entregar su constructo limpiador. Tenía que fregar los suelos él mismo y no estaba de buen humor. Se portó como un grosero.

En la siguiente visita de Judah había tratado de disculparse y el viejo se había limitado a mirarlo fijamente. En la tercera aparición de Judah —para abastecerse de alcaloides y arcilla densa de la mejor calidad— Cutter le había preguntado su nombre.

—¿Prefiere que le llame Judah, Jude, o Dr. Low? —había dicho Cutter, y Judah había sonreído.

Cutter nunca se había sentido tan unido a alguien, tan comprendido, como con aquella sonrisa. Sus motivaciones habían quedado al descubierto sin esfuerzo y sin cinismo alguno. Supo que no se encontraba frente a un hombre distraído, como tantos otros eruditos, sino frente a una criatura beatífica. No tardó mucho en amarlo.

Se mostraron tímidos. No sólo Cutter y Judah, sino Judah y Pomeroy, y Judah y Elsie. Él les pidió que le contaran una vez tras otra la historia de la muerte de Drey, y la de Ihona y Fejh. Cuando le habían dicho a quiénes habían perdido, pareció horrorizado. Se derrumbó.

Hizo que relataran las muertes como si fueran cuentos. Ihona en su columna de agua; la caída cruciforme de Drey; la disolución de Fejhechrillen bajo una descarga de plomo no fue fácil de santificar con narrativa.

Intentaron que les explicara lo que había hecho. Él sacudió la cabeza como si no fuera nada.

—Cabalgué —les dijo—. En mi gólem. Me llevó al sur cruzando el bosque, y luego siguiendo los nexos y líneas. Compré un pasaje para cruzar el mar Escaso. Me dirigí al oeste, por las aldeas de los cactos. Ellos me ayudaron. Crucé aquel desfiladero. Supe que me seguían. Preparé una trampa. Gracias a Jabber que te diste cuenta, Cutter. —Una expresión terrible apareció fugazmente en su rostro.

Parecía cansado. Cutter no sabía lo que había tenido que afrontar, lo que había podido costarle. Tenía cicatrices frescas: evidencia de historias que no contaría. Mantener aquel gólem con vida no le suponía gran esfuerzo, pero era un peaje más entre los muchos que su fuga le había impuesto.

Cutter apoyó una mano en el flanco grisáceo de la criatura.

—Déjalo ir, Judah —dijo. El anciano lo miró con su perenne sorpresa. Sonrió lentamente.

—Descansa —dijo. Tocó la tosca cara del gólem. El hombre de arcilla no se movió, pero algo lo abandonó. Algo animado. Se hundió imperceptiblemente, y la película de polvo que lo cubría levantó una nubecilla, mientras las grietas de la arcilla parecían de repente un poco más secas. Se quedó en el mismo sitio, de donde no volvería a moverse. Se iría desmoronando lentamente, y sus agujeros servirían como madrigueras para las aves y los insectos. Sería un hito del paisaje, y al fin desaparecería.

Cutter sintió el impulso de derribarlo y ver cómo se hacía pedazos, de salvarlo de ser pasto del tiempo de aquel modo, pero se contuvo.

—¿Quién es Drogon? —preguntó Judah. El susurrero parecía perdido sin su caballo. Estaba atareado con otras cosas mientras ellos hablaban.

—Si fuera por mí, no estaría aquí —dijo Pomeroy—. Para ser un susurrero, tiene demasiado poder. Y no sabemos de dónde viene.

—Es un nómada —dijo Cutter—. Jornalero, rastreador, ya sabes. Un amante de los caballos. Se enteró de que te habías ido… Los dioses saben qué rumores circulan ahora. Se unió a nosotros porque quiere encontrar al Consejo de Hierro. Por sentimentalismo, creo. Nos ha salvado más de una vez.

—¿Viene con nosotros? —preguntó Judah. Todos lo miraron.

Con mucho cuidado, Cutter dijo:

—¿Sabes…? No tienes por qué seguir. Podríamos volver. —Judah le lanzó una mirada extraña—. Sé que crees que quemaste tus naves con la trampa del gólem en tu habitación, y es cierto que estarán buscándote, pero, maldición, Judah, podrías esconderte. Sabes que el Caucus te protegería.

Judah los observó, y uno a uno apartaron la mirada, avergonzados.

—No creéis que siga allí —dijo—. ¿Se trata de eso? ¿Estáis aquí por mí?

—No —dijo Pomeroy—. Yo siempre he dicho que no estaba aquí sólo por ti.

Pero Judah continuó hablando.

—¿Creéis que se ha ido? —Hablaba con una certeza tranquila, casi sacerdotal—. No lo ha hecho. ¿Cómo quieres que vuelva, Cutter? ¿No comprendes por qué estoy aquí? Van a ir a por el Consejo. Cuando lo encuentren, lo destruirán. Antes eran sólo los teshi, pero ahora que lo han descubierto, no pueden dejar que el Consejo siga existiendo. Me enteré por un viejo amigo. Me dijo que lo habían descubierto y me contó lo que iban a hacer. Tengo que avisarles. Sé que el Caucus no lo entendería. Probablemente me maldijera.

—Les hemos enviado un mensaje —dijo Cutter—. Desde Myrshock. Saben que fuimos a buscarte.

Judah sacó de su hatillo varios papeles y tres cilindros de cera.

—Del Consejo —dijo—. La carta más antigua tiene casi diecisiete años. El primer cilindro más. Casi veinte. Las últimas llegaron hace tres años y sólo tenían dos años cuando las recibí. Sé que el Consejo sigue allí.

Los mensajes habían viajado por rutas desconocidas. Desde el bosque Felido hasta el mar, en barco hasta el estrecho de Fuegagua, hasta Shankell y Myrshock, y luego a la bahía Hierro y a Nueva Crobuzon. O por los pasos de las colinas, o cruzando los bosques por veredas de cientos de kilómetros hasta llegar a las ciénagas bajo Mar de Telaraña. O hasta la propia Mar de Telaraña en las grandes llanuras. O por aire, o taumaturgia, hasta llegar de algún modo a manos de Judah Low.

¿Pudiste responder, Judah?, pensó Cutter. Sabes que están esperando. ¿Saben ellos que vas? ¿Cuántos de sus mensajes se perdieron? Vio austeros barrancos sembrados de fragmentos de cera. Brisas que empujaban papelillos codificados sobre los prados, como brotes nuevos.

Estaba asombrado desde que había visto aquellos papeles, los cilindros grabados, sonido petrificado en el tiempo. Artefactos extraídos de un rumor del Caucus, de las historias de viajeros y disidentes.

¿Qué sabía él? La primera vez que había oído hablar del Consejo de Hierro no era más que un niño, y aquello una leyenda popular, como Jack Mediamisa, o Toro, o la Contumancia. Cuando se hizo lo bastante mayor como para comprender que tal vez el Parlamento le hubiese mentido —que tal vez no se hubiese producido ningún accidente en los pantanos del sur—, el Consejo de Hierro, nacido allí según algunos, había desaparecido. Incluso aquéllos que decían que lo habían visto no podían hacer otra cosa que señalar hacia el oeste.

¿Por qué no me los habías enseñado nunca, Judah?, pensó. Con todas sus discusiones, con todo aquel proceso de mutuo acercamiento, Judah había cogido el cinismo de Cutter y había tratado de hacer algo con él, había tratado de explicarle a Cutter que estaba asfixiándolo. Que había otras formas de someterlo todo a una crítica sin necesidad de convertirse en un amargado, le había dicho, y en ocasiones, Cutter lo había intentado.

Doce años hacía que se conocían, y Cutter había aprendido muchas cosas de Judah, además de enseñarle algunas. Era Judah quien lo había arrastrado hasta las márgenes del Caucus. Cutter recordó los debates en su tienda, en sus pequeñas habitaciones, en la cama. Y en medio de todas aquellas discusiones de política —Judah un insurrecto casi ultraterreno, y Cutter apenas un compañero de viaje suspicaz— nunca había visto aquellos mensajes enviados por el mismísimo Consejo de Hierro.

No se sentía traicionado, sólo confuso. Una sensación familiar.

—Sé dónde está el Consejo —dijo Judah—. Puedo encontrarlo. Es maravilloso que hayáis venido. Vamos.

Judah habló con el susurrero. Nadie salvo él pudo oír las respuestas de Drogon, claro está. Finalmente asintió y todos comprendieron que Drogon iba a acompañarlos. Pomeroy se enfureció, a pesar de todo lo que el susurrero había hecho.

El somaturgo Judah no buscó el liderazgo, no hizo otra cosa que decir que él pensaba continuar y que podían acompañarlo, pero se convirtieron en sus seguidores, como siempre. Igual que en Nueva Crobuzon. Nunca les daba órdenes y a menudo parecía demasiado absorto hasta para advertir que estaban allí, pero cuando era así, lo atendían con gran cuidado.

Hicieron los preparativos. Seguro que serían semanas de viaje. Kilómetros de tierra y más tierra, y rocas y más árboles, y puede que agua, y puede que cañones, y luego, puede que el propio Consejo. Se fueron a dormir temprano y a Cutter lo despertó el ruido que hacían Elsie y Pomeroy follando, incapaces de ocultar sus pequeños jadeos y el roce de sus cuerpos. El sonido lo excitó. Escuchó el escarceo de sus amigos con lujuria y una sensación de creciente afecto. Buscó a tientas a Judah, quien, adormilado, se volvió hacia él y respondió a sus besos, pero lo rechazó delicadamente.

Bajo la manta, Cutter se masturbó en silencio sobre el suelo, mirando la espalda de Judah.

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