El Consejo de Hierro
Tercera Parte: El país del vino » 11
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Durante una semana viajaron hacia el norte y el noroeste, adentrándose en regiones cada vez más frondosas. Las ciénagas y los cenotes se volvieron más tupidos y las colinas empezaron a cubrirse de chaparrales y árboles enanos. Cruzaron barrancas. En tres ocasiones, el susurrero les mostró que, sin darse cuenta, habían tropezado con una senda y caminaban sobre el fantasma de pasadas huellas.
—¿Adónde vamos?
—Yo sé dónde está —decía Judah—. En qué dirección. —Consultaba los mapas y dialogaba con Drogon, el nómada de las llanuras. Drogon marchaba con la implacable calma del desierto.
—¿Por qué estás aquí? —le preguntó Judah. El susurrero le contestó directamente al oído—. Sí —dijo—, pero eso no me dice nada.
—Ahora no lo hace —dijo Cutter—. Pero puede apoderarse de ti con esa maldita voz. Así es como nos salvó al menos dos veces.
Los pumas y los barbicalados los observaban desde las colinas o desde el aire, y el grupo preparó las armas. Bosquecillos de cerúleas especies vegetales parecidas a plantas suculentas, con briznas cortantes y movidas por algo que no era la brisa, los amenazaban.
Mirad allí. El susurro de Drogon transportaba la sabiduría del nomadismo. Era un hombre de aquellas tierras, nervioso sin un caballo. Señalaba cosas en las que ellos no hubiesen reparado. Allí hubo una aldea; y sí —aprendieron a verlo en el suelo— paredes y cimientos dibujados en el regolito, el recuerdo de una arquitectura, conservado por la tierra. Eso no es un árbol decía él y entonces se fijaban en que era el cañón de un arma antigua, o de algo parecido a un arma, cubierto por las enredaderas y por las costras del tiempo.
Una noche, mientras los demás dormían y digerían la caza que habían cenado, Cutter se despertó varias horas antes del amanecer y vio que Judah había desaparecido. Registró estúpidamente sus mantas, como si pudiera encontrarlo allí. El susurrero levantó la mirada con expresión malhumorada y se encontró con Cutter, aferrando desesperadamente las cosas de Judah.
Judah se había alejado en la dirección del viento, y se había detenido en un pequeño rincón situado en una ladera. De su mochila había sacado un artefacto de hierro, tan pesado que a Cutter le costaba creer que hubiese podido acarrearlo hasta allí. Invitó a Cutter a sentarse junto al voxiterador. Había insertado uno de los cilindros de cera y su mano estaba en la palanca.
Sonrió. Reemplazó la plectro-aguja de la parte superior de las ranuras.
—Puedes oírlo —dijo—. Ya que estás aquí. Esto es lo que me mantiene vivo.
Giró la palanca y, entre un traqueteo y varios bocinazos, sonó la voz de un hombre. La reproducción desdibujaba los bajos, y la cadencia aceleraba y deceleraba delicadamente cuando variaba la velocidad de la palanca, así que las inflexiones eran difíciles de calibrar. El viento atrapó la voz en cuanto surgió.
«… no me siento como si apenas te conociera porque dicen que eres de la familia así que pensé que debías oír la noticia en lugar de leerla el hecho es que ha muerto Uzman ha muerto siento que tengas que enterarte así siento que tengas que enterarte lo cierto es que no fue una mala muerte estaba en paz lo enterramos y ahora está en nuestras vías algunos dijeron que deberíamos enterrarlo en el cementerio pero yo no estaba dispuesto les dije ya sabes que no era lo que quería él mismo nos pidió que lo hiciéramos como antes de modo que así fue como lo hicimos estamos de luto él nos dijo que no lo hiciéramos me lo dijo cuando estábamos luchando y después de la mancha nos dijo no lloréis celebradlo pero hermana no puedo evitarlo hay que llorar llora hermana vamos llora yo también lo haré soy yo soy Rahul voy a despedirme…»
La aguja se detuvo repentinamente. Judah estaba llorando. Cutter no pudo soportarlo. Alargó los brazos y titubeó al ver que su contacto no sería bienvenido. Judah lloraba en silencio. El viento los olisqueaba como un perro. La luna era casi invisible. Hacía frío. Cutter miró a Judah mientras lloraba y le dolió. Ardía en deseos de abrazar al canoso anciano, pero no pudo hacer otra cosa que esperar.
Cuando Judah terminó y se limpió las lágrimas, sonrió finalmente a Cutter, quien tuvo que apartar la mirada.
Habló con mucho cuidado.
—Lo conocías, a la persona de la que estaba hablando. Eso se ve. ¿De quién era el mensaje? ¿De quién es hermana?
—Era para mí —dijo Judah—. La hermana soy yo. Soy su hermana y él es la mía.
Había lomas bajas, tapizadas de flores de colores regios. El polvo se mezclaba con el sudor de Cutter y el aire que respiraba estaba cargado de polen. Los viajeros se arrastraban por una tierra extraña, lastrados por el polvo y el sol, como si estuviesen embadurnados de alquitrán.
El aire sabía a carbón. En algún lugar, sobre los riscos que se elevaban delante de ellos, el cielo estaba teñido por algo más que el verano. Unas columnas de humo negro se elevaban y disipaban. A medida que el grupo se alejaba, parecían retroceder, como un arco-iris, pero al día siguiente el olor a quemado era mucho más fuerte.
Había sendas. Estaban entrando en una tierra habitada, y aproximándose a los incendios.
¡Mira eso!, le dijo el susurrero a cada uno de ellos. A varios kilómetros de distancia se movía algo. Cutter miró por el catalejo de Drogon y vio que era gente. Un centenar, más o menos. Arrastrando carromatos, apremiando al ganado: aves tan grandes como vacas, rollizas y cuadrúpedas, con unas alas atrofiadas y sin plumas que utilizaban como patas delanteras.
Era una caravana decrépita y desesperada.
—¿Qué pasa ahí? —dijo Cutter.
A mediodía llegaron a un lugar en el que la tierra se había abierto y continuaron por el fondo de unas barrancas en las que cabía una casa con creces. Vieron algo de color marrón, destrozado, como un fardo envuelto en bramante. Era un carromato. Tenía las ruedas rotas y estaba apoyado contra unas rocas. Estaba roto y calcinado.
Había hombres y mujeres a su alrededor. Tenían la cabeza reventada o el pecho cosido a balazos y su contenido desparramado sobre la ropa y los zapatos. Estaban sentados o tumbados con pulcritud en el mismo sitio donde habían sido asesinados, como un destacamento a la espera de instrucciones. Una compañía de muertos. Había un niño ensartado en un sable, acurrucado delante de ellos como si fuera la mascota.
No eran soldados. Su ropa era ropa de campesino. Sus pertenencias estaban por el suelo: herramientas de hierro, cazos y ollas, todos de diseño extraño, cosas de tela hecha jirones.
Cutter y sus compañeros contemplaron la matanza con los brazos en jarras. Drogon se tapó la boca y la nariz con un pañuelo y se zambulló en el hedor de los muertos atravesando las nubes de insectos que estaba devorándolos. Cogió una estaca de madera y empezó a pinchar los cadáveres con tanto cuidado que parecía casi respetuoso. Estaban curtidos por el sol, con la piel curada. Cutter podía ver las protuberancias de sus huesos.
El carromato se inclinó cuando Drogon se apoyó sobre él. El susurrero se agazapó y examinó las heridas, palpándolas mientras los demás observaban y emitían sonidos. Al ver que cogía el sable que sobresalía del cuerpo del niño, Cutter se volvió para no ver cómo se movía el pequeño cadáver.
Hace días, le dijo Drogon al oído, mientras Cutter seguía dándole la espalda a su investigación. Es de los vuestros. Esto es cosa de Nueva Crobuzon. Éste es un sable de la milicia.
Eran balas de la milicia las que los habían matado, y era un miliciano o una miliciana quien había ensartado al niño. Los cuchillos de la milicia habían destrozado el carromato. Manos de Nueva Crobuzon habían desparramado sus pertenencias por el suelo.
—Te lo dije —repuso Judah sin apenas voz.
¿Podemos marcharnos?, pensó Cutter. No me gusta hablar delante de ellos. Levantó la mirada, respirando entrecortadamente, y vio que Pomeroy y Elsie se habían abrazado.
—En mi carta, Cutter. ¿Lo recuerdas? —Judah sostuvo su mirada—. Te dije que me marchaba por esto.
—Estamos cerca de las fronteras de Tesh —dijo Cutter—. Esto no significa que la milicia esté buscando al Consejo de Hierro.
—Tienen una base en la costa, desde la que envían estos escuadrones. Este… trabajo… Esto es sólo la mitad de su trabajo. Se dirigen al norte. Están buscando al Consejo.
Más allá de los muertos se extendía una región deshabitada. Todos sabían que los milicianos que les habían hecho aquello a los refugiados podían seguir cerca, así que viajaban con cuidado. Cutter volvía a ver aquellos pacientes muertos cuando cerraba los ojos. Drogon los llevó por un camino tapizado de artemisas. En las colinas hacia las que marchaban se veían jirones de tierra de labranza, medio descuidadas, cubiertas de maleza, de donde salía el humo.
Estaban a un solo día de la matanza. En el aire flotaba un olor a quemado. Entraron en el primero de los pequeños campos con las armas desenfundadas.
Atravesando caballones de tierra removida entraron en lo que había sido un olivar. Sus pies pisaron las garras extendidas de raíces cuyos árboles habían sido arrancados. Olivos secos desperdigados como excrementos de animales. Había cráteres, con tocones convertidos en esculturas de carbón. Había cuerpos reducidos a esqueletos por las llamas.
Había cabañas, y estaban calcinadas. En una llanura de maleza y barrancas casi secas había unos montoncillos de basura negra y humeante que parecía turba. Un olor rancio, carnoso y dulzón. Cutter se abrió camino a machetazos por la maleza estival.
Durante varios segundos, no logró asumir lo que veía. Los montoncillos eran cadáveres apilados, una masa de matadero: los restos ennegrecidos de unas criaturas unguladas de grandes trompas y colmillos, tan grandes y pesados como búfalos. Estaban cubiertos de cenizas y hojas resecas. Entre las grietas de su carne nudosa asomaban raíces.
—Vinerracos —dijo Judah—. Estamos en Galaggi. Qué lejos hemos llegado. —Se levantó un viento, y el picante polvo de las colinas y de los olivos, las parras y la hojarasca carbonizados se les metió en los ojos. Un susurro recorrió los cadáveres de los animales.
Pomeroy encontró una zanja donde se pudrían hombres y mujeres a docenas. Varios días de descomposición no habían conseguido borrar las huellas de sus tatuajes cuadriculados. El color piedra pómez de su piel, engalanada con ornamentos de piedra, estaba mancillado por el rastro de la muerte.
Eran los vinómadas. Los clanes, las casas, vagabundos de la calurosa estepa septentrional, custodios de los rebaños de vinerracos. Los seguían, los protegían y, llegada la época de la cosecha, en una peligrosa y brillante celebración, saltaban entre los cuernos de los agresivos herbívoros para recoger los frutos que crecían en sus flancos.
Cutter tragó saliva. Todos lo hicieron, contemplando aquellos cadáveres deshilachados a tiros. Judah dijo:
—Puede que sea la casa Predicus. O la Charium, o Gneura. —Los vinerracos, los animales y la cosecha que albergaban, siguieron descomponiéndose.
Pasaron el resto del día atravesando las ruinas de una tierra arrasada, entre olivares reducidos a la nada, y manadas-cosecha devastadas, y grandes cantidades de cadáveres de vinateros carbonizados. Un corral de aquellas grandes aves domesticadas, convertido en pasto de los gusanos. El suave crepitar de los rescoldos y el duro golpeteo de la madera muerta los rodeaba. En algunos cadáveres, los detalles concretos de la ejecución resultaban todavía visible. Una mujer, con la falda levantada, rígida por las manchas de rojo; un hombretón con la tripa llena de manchas y los dos ojos perforados. La descomposición hizo vomitar a Cutter.
Encontraron un vinerraco vivo, caído en una hoya de piedra. Temblaba de hambre e infección. Caminaba en círculos, cojeando y arañando el suelo. Tenía la piel cubierta de raíces, una especie de vello formado por el follaje de las viñas simbióticas. Las uvas se habían marchitado. Cutter le pegó un tiro por pura misericordia.
—Por eso lucharon los cactos en el sur —dijo Pomeroy tras un largo silencio—. Les habían llegado las noticias. Vieron a los milicianos y creyeron que iba a pasarles lo mismo.
—¿Por qué? ¿Por qué? —dijo Elsie. Se estremeció—. Galaggi no es territorio de Tesh, es tierra salvaje. Estas tribus no pertenecen a Tesh.
—No, pero el perjudicado por este acto es Tesh —dijo Judah—. El vino y el aceite de Galaggi pasan por su territorio. Aún no son lo bastante fuertes como para atacar la ciudad, pero de este modo golpean su economía.
Se encontraban muy lejos del mundo delimitado por sus mapas. Tesh estaba allí, trescientos o cuatrocientos kilómetros al suroeste, en la llanura costera. Cutter pensó en ella y se dio cuenta de que no sabía qué debía imaginar. ¿Cómo debía pensar en ella? Tesh, Ciudad del Líquido Reptante. Con sus fosos y sus gatos de vidrio, y las llanuras del Catoblepas, y las traineras mercantes y los embajadores vagabundos y el Príncipe de las Lágrimas.
Miles de millas náuticas desde la bahía del Hierro hasta la costa lejana, hasta el enclave que Nueva Crobuzon había establecido al norte de Tesh. La milicia tenía que dejar Shenkell atrás, y mares infestados de diablos alados y piratas, y cruzar el estrecho de Fuegagua, donde el poder de la Brujocracia respaldaba a sus vecinos de Tesh. No había rutas terrestres por los interiores salvajes de Rohagi, no había atajos. Era una guerra de desesperada dureza. Nueva Crobuzon tenía que enviar sus naves por meses de aguas hostiles. Su brutal fortaleza asombraba a Cutter.
Aquella noche comieron los frutos todavía verdes que habían encontrado en un vinerraco muerto e hicieron chistes de dudoso gusto sobre la calidad de la cosecha. El segundo día en la tierra de los vinateros encontraron algunos restos de los merodeadores. No había sido un viaje de placer para la milicia de Nueva Crobuzon. Eran los restos de un nashorn, un rinoceronte acorazado, transformado en un tanque para la sabana. Tenía dos pisos de altura, una batería en la retaguardia y un cuello reforzado con pistones. Su cuerno era un sacacorchos, un enorme taladro. El cuerpo del nashorn, hostigado por incontables armas campesinas, había reventado. Los engranajes y entrañas yacían desparramados a su alrededor.
Había seis milicianos muertos. Cutter se quedó mirando los conocidos uniformes en aquel lugar extraño. Los habían matado a cuchilladas. Había hoces en el suelo.
La tierra estaba invadida de carroñeros. Criaturas zorrunas que se alimentaban de carne muerta arañaban el suelo. Aquella noche, Drogon despertó a los viajeros con un disparo. Guls, les susurró, uno detrás de otro. No lo creyeron, pero a la mañana siguiente, el cadáver estaba allí: con la palidez de la tumba y aspecto simiesco, una enorme boca erizada de dientes y una costra de sangre medio seca sobre una frente sin ojos.
Sintieron la llegada de los primeros fríos al dirigir sus pasos al norte, pero sólo fue un espejismo. En aquel calor, entre los guls y los cadáveres y el mareante aroma de la fruta podrida y el humo, en una tierra convertida en un recuerdo devastado de sí misma, Cutter se sentía como si estuviera caminando por la antesala de un infierno.
Tras varios días recorriendo escabrosas laderas transversales, el contorno borroso de unas colinas arboladas apareció al norte, para gran regocijo de Judah.
—Tenemos que cruzarlas —dijo—. Es el final de la sabana; allí termina Galaggi.
Tras ellos, las huellas del paso de la milicia quebraban la tierra. Habían dejado atrás el devastado país de ganadería y vino salvaje, aquellas decenas de kilómetros que hasta hacía poco había tenido algún valor. Estaban en una región más húmeda, cubierta de colinas cálidas, cobrizas y resbaladizas. La lluvia era cálida, un calabobos que no llegaba a tocar el suelo.
Se encontraban en lugares que sólo sabios y aventureros de la antigüedad habían hollado. Habían oído hablar de aquellos extraños parajes: campos de hielo en pleno verano, nidos de termitas grandes como perros, nubes que se fosilizaban, transformadas de pronto en granito. El día del polvo, un humo nuevo y un olor llegaron hasta ellos. Al coronar unas laderas de rocalla y breccia, se encontraron con varios kilómetros de monte bajo que se extendían hasta un bosque, y vieron que había algo ardiendo delante de ellos. Uno por uno, exhalaron sonidos de asombro.
A pocos kilómetros de allí. Una quelona. Tenía las titánicas piernas extendidas, y el plastrón pegado al suelo. Sus costados se elevaban colosalmente, y en su mitad se veían pliegues sólidos de caparazón modelados con el paso de las generaciones con la forma de salientes y torres, los muros de una aldea de queratina. La gran tortuga tenía más de cien metros de longitud y a lo largo de los siglos de su vida, capa tras capa, había ido agregando a su espalda un asentamiento erizado, algo parecido a una dentadura. Esculpiendo frágiles excrecencias de su armadura, sus moradores habían tallado bloques, ziggurats y torres, de planos y líneas imperfectos, salpicados de ventanas, campanarios conectados por puentes de cuerda, recorridos por calles y túneles de cuerno; todo construido, pavimentado y amurado con la misma materia moteada que formaba el caparazón de la tortuga. La quelona había muerto y estaba ardiendo.
Apestaba a pelo quemado. Las paredes de la criatura escupían bocanadas de azufre. De la caverna que tenía por boca brotaba un goteo de cieno y vísceras.
Agolpado en su base había un enjambre de fortalezas con ruedas y orugas, cañones autopropulsados: un nuevo regimiento de Nueva Crobuzon. Había dos nashorn con sus respectivas tripulaciones, los capitanes en asientos rehundidos tras la cabeza de los rinocerontes, manejándolos por medio de controles cosidos directamente a los ganglios. Si habían abierto semejantes boquetes, los cañones de la milicia tenían que ser más potentes de lo que parecían.
Un grupo de milicianos avanzaba en dirección a los viajeros. Estaban siguiendo a una columna de refugiados que huía de las ruinas de la ciudad quelona.
Drogon y Judah abrieron la marcha por entre los chaparrales, hasta que sonó un brusco cough-cough-cough, y se alzaron unos gritos y varios disparos. Los viajeros se arrojaron al suelo y no se movieron hasta que quedó claro que no eran ellos los objetivos. Luego continuaron, agazapados hasta la base de una colina donde buscaron refugio detrás de una barricada de greda. Sobre ellos, a cielo abierto, había una fila de familias deshechas. No todos eran humanos. Algunos de ellos se habían ocultado detrás de un árbol caído o en alguna hoyada; otros estaban corriendo. Sus gritos de temor sonaban como arañazos.
En la cima de la colina, un cuerpo de la milicia tomó posiciones. Apenas se les veía desde allí abajo. Se arrodillaron delante de sus motocañones; hubo un monzón de ruido y balas y muchos de los refugiados cayeron.
Cutter estaba furioso. Llovieron más balas sobre la tierra y los moribundos se retorcieron y trataron de alejarse arrastrándose. Un habitante de la quelona se llevó algo a los labios, y hubo un sonido agudo, y en la colina se alzaron unos gritos y algunos de los milicianos se tambalearon, empujados por la potencia taumatúrgica de la trompeta.
Drogon estaba observando la cima de la colina con su catalejo. En respuesta a un susurro, Judah se volvió hacia él y dijo:
—¿Que está sacando el qué?
En lo alto de la cima se desenrolló una forma hecha de alambre y cuero negro, más alta que un hombre. Se transformó en un temblequeo de metal en expansión. Como un atril de música, se abrió varias veces. El zumbido de la taumaturgia hizo que el aire se enrareciera mientras un oficial de la milicia moldeaba la criatura y le daba una forma. Hubo un crujido y la criatura de alambre y cuero empezó a moverse.
Levantó una cabeza con ojos de vidrio, batió dos veces sus alas de cuero, se elevó y descendió sobre la ladera de la colina en dirección a los galaggitas. Sus miembros no eran brazos y piernas sino extensiones con filos cortantes, insectoides y esplendentes.
Los frotaba emitiendo un ruido parecido al de una amoladora.
La desagradable escultura voló hacia los refugiados. Judah, que tenía los ojos abiertos de par en par, habló con voz empapada de rabia y desprecio.
—Un prefabricado —dijo—. ¿Usáis prefabricados, joder?
Se levantó y echó a andar hacia la colina, y Cutter lo siguió y apuntó.
El asesino volador de la milicia pasó sobre los heridos y voló en busca del taumaturgo. Éste lanzó otra nota aguda, pero la criatura carecía de vida y no sufrió el menor daño. Lo ensartó con sus bayonetas y el hombre, con un chillido, se desangró rápidamente.
Judah empezó a gruñir. Cutter disparó hacia la colina para protegerlo. Judah profirió un aullido y dirigió la mirada, no hacia el monstruo de alambre, sino hacia el oficial que lo controlaba. La criatura se apartó de la masa de carne a la que había quedado reducida su víctima y batió sus alas prefabricadas. Judah hinchó el pecho como un pugilista.
Nadie disparó. Todos observaron —hasta los galaggitas, asombrados por aquella extraña figura— mientras la letal ave de cuero se lanzaba sobre Judah con las alas desplegadas. Cutter disparó, pero no hubiese podido asegurar que había hecho blanco.
Judah recogió piedras y tierra del suelo. Su gruñido se hizo más fuerte y se convirtió en un grito mientras las sombras se precipitaban sobre él.
—¿Contra mí? —Su voz era espléndida—. ¿Utilizas un gólem contra mí?
Como un niño, lanzó la tierra embrujada de su mano hacia la criatura que se le echaba encima. Se produjo una tremenda detonación de energía. El gólem se desplomó al instante. La inercia de su vuelo se esfumó de repente y cayó a plomo desde el cielo.
Judah se situó sobre el metal caído, cuyo hálito de vida robada se había esfumado por completo. Durante varios segundos, no hubo el menor sonido. Judah temblaba de furia. Señaló la colina con el dedo.
—¿Utilizas un gólem contra mí?
El motocañón giró hacia él, pero sonaron varios disparos y el artillero chilló y cayó, abatido por la invisible mano de Drogon. De repente el aire se llenó de balas, disparadas por el susurrero, el trabuco de Pomeroy, Elsie, Cutter y los sorprendidos milicianos.
Judah avanzó en medio del tiroteo. Estaba gritando, pero Cutter ya no podía oír lo que decía, sólo podía correr y tratar de protegerlo. La milicia de Nueva Crobuzon, a varios metros de allí, gritaba y disparaba a ciegas contra la base de la colina. Judah Low llegó junto a un montón de cadáveres de galaggitas.
El somaturgo pasó la mano entre los cadáveres y lanzó un grito ronco. Se produjo una fermentación mientras la energía del mundo era canalizada, y el momento se retorció y se hinchó y escupió un esputo de insólita rareza. Y entonces el montón de cadáveres adoptó una nueva configuración, se transformó en un gólem de carne que todavía se retorcía mientras los nervios que contenía iban muriendo.
Era un matadero hecho de muerte reciente, sanguinolento y chorreante. Se movía con la forma básica de un ser humano: cinco, seis cuerpos amontonados sin respeto alguno por su posición. Las piernas del gólem eran cadáveres agarrotados, uno de ellos invertido, con su muerta cabeza convertida en un pie, más aplastada e informe a cada paso que daba; el tronco, una aglomeración de brazos y huesos; los brazos, más muertos; la cabeza, más cadáveres de galaggitas; la totalidad de la forma empezó a ascender a terrible velocidad por la ladera, dejando un rastro de sí misma.
Dejando los gritos de los vinateros que veían a sus seres queridos y a sus niños reanimados en aquella exhibición grotesca. Caminaba rápidamente seguida por Judah, quien emitía un chisporroteo de energía y permanecía unido a su monstruo por un funículo sobrenatural.
El tiroteo inmovilizó a los milicianos, y el gólem de carne muerta los alcanzó. La criatura iba desparramando materia a medida que ascendía la colina y los soldados de Nueva Crobuzon la desangraron y profanaron todavía más vaciando sus cargadores y motocañones sobre ella. Pero duró lo suficiente para acabar con ellos. Los aplastó con los golpes de los hombres y mujeres muertos que formaban sus puños.
Una vez que la cima de la colina quedó en silencio y el último de los soldados hubo caído, el gólem de carne se desplomó. Volvió a ser un montón de cadáveres antes de tocar el suelo.
Los milicianos muertos llevaban versiones andrajosas, guerrilleras, de sus uniformes convencionales, adornadas con orejas y dientes y símbolos extraños para contabilizar el número de muertes que se habían cobrado. Todavía llevaban sus máscaras, todos ellos.
Quedaban dos con vida. Uno de los que había derribado la trompeta deliraba, consumido por la fiebre sobrenatural que le había provocado la música del arma; el otro había recibido un disparo de Pomeroy en las manos y chillaba sin parar mientras se miraba los dos muñones rojizos.
Drogon registró los cadáveres. La fuerza principal que había atacado la quelona no tardaría demasiado en enviar exploradores tras el pequeño escuadrón de la muerte.
Judah estaba cansado. El gólem que había creado —tan grande, con tanta rapidez— le había costado mucha energía. Registró el cadáver de la capitana-taumaturga, cuyo gólem plegado había desactivado con tanta facilidad. Se guardó sus cosas: baterías, frascos con productos químicos y piedras cargadas.
Esquivaba la mirada de Cutter. Está avergonzado, pensó éste. Por su exhibición. Judah de pie en la colina, avanzando como un espíritu indignado, infectando los cadáveres con una especie de vida. Judah era un golemista de poder y experiencia extraordinarios: desde que la Guerra de los Constructos obligara a los ricos a sustituir sus sirvientes a vapor, sus conocimientos lo habían hecho rico. Pero Cutter nunca había visto a Judah Low reconocer su poder ni hacer ostentación de él hasta el nacimiento de aquel gigante hecho de cadáveres.
«¿Usas un gólem contra mí?». Con qué facilidad se había inflamado su furia. Ahora, Judah Low estaba tratando de esconderse de nuevo.
Los refugiados estaban observándolos. Eran del pueblo de la quelona. Hombres y mujeres de razas diferentes, vestidos con ropa de asombroso diseño. Había escarabajos grandes como niños que caminaban a dos patas. Los miraban con ojos iridiscentes, con las antenas inclinadas hacia Cutter. Sus muertos tenían los caparazones agrietados y manchados de su propio icor.
Entre los humanos había algunos ataviados con ropa de colores naturales, colores de cazador. Eran más altos que los quelonianos y tenían la piel de un gris más intenso.
—Vinateros —dijo Cutter.
—Dos veces refugiados —dijo Elsie—. Huyendo de la milicia, debieron de refugiarse en la aldea-caparazón, y entonces tuvieron que huir de nuevo.
Uno de los vinateros rompió el silencio, y los viajeros, los refugiados de la quelona y él mismo empezaron a hablar en todas las lenguas que conocían hasta encontrar las pocas que compartían. Dejaron tras de sí un rastro de polvo al internarse en el bosque, mientras Drogon seguía buscando y Judah se sentaba. Tras ellos, los milicianos supervivientes emitían pequeños sollozos.
—Tenemos que marcharnos —dijo Elsie.
Se fueron con los últimos quelonianos, algunos de los silenciosos hombres insecto, y dos vinateros exiliados. Se adentraron en el bosque. Tras ellos, el miliciano de Nueva Crobuzon se convulsionaba y deliraba, presa de una demencia taumatúrgica.
No se parecía en nada al bosque Turbio. Aquellos árboles tropicales tenían la madera más dura y estaban recubiertos de enredaderas y hojas de plantas suculentas, mientras que sus ramas daban unos frutos de color oscuro que les resultaban desconocidos. Había extraños sonidos animales.
Los quelonianos perdidos estaban asustados y miraban a Judah con los ojos muy abiertos y llenos de desesperanza. Querían aferrarse al poder que los había salvado. Caminaban, sin embargo, con una torpeza que Cutter y sus compañeros habían conocido, pero que ahora los molestaba.
No podían demorarse y dejaron a los refugiados atrás, apretando sencillamente el paso con aquellos músculos suyos, esbeltos y duros como la madera. Cutter sabía que la milicia iba a seguirlos y que los supervivientes tendrían dificultades si los alcanzaban. Estaba demasiado cansado como para sentir mucha culpa.
Silenciosos como siempre, los hombres insecto encontraron sus propias sendas en el bosque y se marcharon. Cuando llegó la cálida noche, sólo los dos vinateros seguían allí. Marchaban con resistencia de cazadores. Finalmente, cuando estuvieron lo bastante lejos de los exhaustos quelonianos a los que habían abandonado, los viajeros se detuvieron. Formaban una extraña comunidad, los vinateros y el grupo de Cutter, observándose mientras comían, contabilizando las rarezas de los otros, afables y silenciosos.
Los dos primeros días escucharon disparos tras ellos. Luego dejaron de oírlos, pero estaban convencidos de que todavía los seguían, así que no aflojaron la marcha y trataron de borrar sus huellas.
Los vinateros seguían. Se llamaban Behellua y Susillil. A menudo se ponían melancólicos y se echaban a llorar de forma casi ritual, lamentándose por la pérdida de sus animales-viña. Por las noches, junto al fuego, hablaban largo y tendido por medio de sus canciones, sin importarles el hecho de que sus compañeros no pudieran entenderlos. Judah sólo podía traducir algunos fragmentos sueltos.
—Es algo sobre la lluvia —decía—, o el trueno quizá, y… hay una serpiente y una luna y pan.
Elsie tenía licor. Los vinateros se emborracharon. Contaron una historia con una danza. En un momento dado, realizaron una compleja palmada doble y se volvieron hacia su audiencia con caras nuevas: una taumaturgia de su clan que los había transformado en monstruos de pega y les había hecho crecer los dientes como colmillos de jabalí. Se tiraron de las orejas y las transformaron en alas de murciélago antes de que el encantamiento terminara.
Los vinateros les preguntaron a dónde se dirigían. Judah respondió con una mezcla de lengua bastarda y gestos, y le contó a Cutter que les había dicho que estaban buscando a unos amigos, un mito, algo perdido, algo que tenían que salvar, algo que los salvaría algún día, el Consejo de Hierro. Los vinateros los miraron sin decir nada. Cutter no sabía por qué no se marchaban. Por las noches, los vinateros y los viajeros se enseñaban y aprendían mutuamente un poco de sus lenguas. Cutter observaba a Susillil con interés y vio que Susillil se daba cuenta.
Llovía todas las mañanas, como si el cielo sudara, igual que ellos. Avanzaban abriéndose paso entre las lianas y el chaparral, espantando mosquitos y libélulas vampiro. De noche caían allí donde caía su mochila, mugrientos, exhaustos y manchados de sangre. Pomeroy y Elsie fumaban, y usaban sus cigarrillos para quemar las sanguijuelas.
El terreno fue elevándose al tiempo que en el bosque los gorriones los observaban. Los vinateros cocinaban cangrejos arbóreos. Un pangolino rex estuvo a punto de matar a Behellua con su lengua venenosa. Curiosamente, una vez que uno de ellos estaba muy cansado, Drogon pidió permiso, que todos salvo Pomeroy le concedieron, para susurrarle «camina» y que tuviera que obedecer.
—¿Sabes adónde vamos, Judah?
Judah respondió a Cutter asintiendo, intercambió unas palabras con Drogon y volvió a asentir; pero Cutter detectó un atisbo de ansiedad en él. Consultó su brújula y sus mapas empapados de humedad.
Cutter sentía una súbita y terrible fatiga, como si lo hubieran encadenado a Nueva Crobuzon y estuviera arrastrándola consigo. Como si cada nuevo lugar que veía estuviese infectado por los lugares en los que ya había estado.
Pomeroy y Elsie volvieron a hacer el amor. Judah dormía solo. Cutter estaba escuchando y vio que Behellua y Susillil escuchaban también, y entonces, con asombro, vio que tras cuchichear un momento en su propia lengua, se ponían en pie y empezaban a masturbarse con la mano izquierda mientras se tocaban el uno al otro. Vieron que los estaba mirando y se detuvieron, y entonces él cerró apresuradamente los ojos al ver que Susillil hacía un gesto en su dirección como quien ofrece una copa de vino.
Por la mañana, Behellua se había ido. Susillil trató de explicárselo.
—Se ha ido a la ciudad árbol —dijo Judah, tras varios intentos—. Hay un asentamiento. Donde van todos los desplazados por la milicia. Los supervivientes de las pequeñas aldeas, de la quelona, los nómadas de la sabana. Una ciudad de refugiados en el bosque. Donde encontraron un dios que te dice lo que quieres saber. Dice que… Behellua se ha marchado para hablarle de… nosotros.
De ti, pensó Cutter. De lo que has hecho. A la milicia. Vas a convertirte en leyenda. Incluso aquí.
—¿Y por qué se queda él? —preguntó Elsie.
—Judah lo ha inspirado, ¿no? —dijo Cutter en voz baja—. Nos inspira a todos.
Lo dijo no sin afabilidad.
Cutter caminaba detrás de Susillil, a poca distancia. Al caer la noche llegaron a un claro, y de no haberle dado un empujón el vinatero, Cutter se habría metido en la espesura de huesos enmohecidos que revelaba la presencia de un árbol carnívoro. Los espigados zarcillos del árbol estaban cubiertos de plumas y espinas. No pudo precisar qué animales eran los que habían dejado allí sus huesos, pero sí que algunos de ellos eran recientes, pues aún no tenían líquenes.
Había un hombre —un habitante de la espesura que se había extraviado— entre las ramas inferiores del árbol. Su cuerpo y su cabeza se encontraban entre la vegetación. Sus piernas colgadas se agitaban y lanzaban patadas, como si pudieran librarlo de las atenciones del árbol que estaba digiriéndolo. Susillil se puso al alcance del árbol y Cutter gritó.
El árbol carnívoro extendió unas ramas tentaculares, que se abrieron con un movimiento que casi podría haber pasado por una sencilla trepidación del follaje. El vinatero las esquivó rodando por debajo de ellas y sacó su hoz. Dio una voltereta y salió reptando de la sombra de la anémona. Las piernas del hombre atrapado se estremecieron.
—Oh, qué asco —dijo Elsie. Susillil traía en la mano el fruto que había cortado. Era pequeño y de color marrón, y tenía una piel llena de protuberancias. Su forma era muy parecida a la de una cabeza humana. De todos los frutos-presa del árbol, Susillil había ido a escoger uno de los humanos.
Otra diferencia cultural pensó Cutter aquella noche junto al fuego, mientras Susillil comía lo que había cogido. Pomeroy y Elsie, e incluso el circunspecto Judah, emitían sonidos de repulsión. Antes que frutos-presa, habrían preferido comer excrementos de perro. A Cutter se le revolvió el estómago al ver que Susillil terminaba de tragar y se tendía para soñar los residuos de la mente del muerto. El vinatero lo miró una vez, fijamente, antes de cerrar los ojos.
Pomeroy y Elsie se retiraron, y Judah y Cutter hablaron un rato más. Cuando finalmente Cutter fue a acostarse, captó la mirada que Judah le dirigía y comprendió que sabía lo que iba a hacer. Sintió una mezcla de emociones ya vieja.
Esperó muchos minutos, hasta que el sueño aplacó todas las respiraciones salvo la suya. La luz de la luna inundaba el campamento. Cuando rozó a Susillil para despertarlo y le dio un profundo beso, el sabor del muerto seguía aún en la lengua del vinatero.