El Consejo de Hierro
Tercera Parte: El país del vino » 12
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Y entonces la luz del sol se abrió camino por el tupido y fibroso dosel. Elsie y Pomeroy vieron a Cutter tendido junto a Susillil. Levantaron el campamento sin decir nada y sin mirarlo a los ojos.
Si Susillil era consciente de su turbación, no dio muestras de ello, ni tampoco le hizo la menor demostración de afecto a Cutter ahora que había terminado la noche. Mientras Cutter enrollaba la manta que les había servido a Susillil y a él como almohada, Judah se le acercó y le regaló una lenta y beatífica sonrisa. Una bendición.
Cutter estaba furioso. Tragó saliva. Se detuvo para guardar sus cosas. Se acercó al somaturgo y dijo, con una voz tan baja que sólo éste pudo oír sus palabras:
—No necesito, ni he necesitado nunca, tu puta bendición, Judah.
Era como en Nueva Crobuzon, cuando llevaba algún hombre a casa y se encontraba con Judah en la calle. En la avenida de los Cipreses, o en la Casbah de la plaza Salom. Una vez, Judah se había presentado en sus habitaciones a primera hora de un día de la huida y le había abierto la puerta el muchacho moreno con el que Cutter había pasado la noche. Entonces, como siempre que veía a los compañeros de Cutter, Judah había sonreído con apacible placer, con aprobación, incluso cuando Cutter había apartado al joven y, cerrando la puerta a su espalda, se había quedado con él.
Mientras se alejaba no pudo evitarlo y echó una mirada hacia atrás, por si Judah estaba observándolo.
Cutter podía imaginarse que era un artista o un músico, o un escritor o un libertino redactor de panfletos, cualquiera con una vida escandalosa, un hombre de los Campos Salacus, pero la realidad es que era un tendero. Un tendero de la Ciénaga Brock, con una clientela de eruditos. La Ciénaga Brock era un barrio extraño y tranquilo; las emociones que ofrecía no eran la de la artística orilla sur.
En la Ciénaga Brock, un hechicero renegado podía crear una puerta donde no hubiese debido de haberla. Podía escaparse una entidad envuelta en plasma taumatúrgico, y sembrar el caos en las calles, y los debates podían tornarse letales disputas dirimidas por medio de cargados a-iones que se arrojaban unos pensadores a otros. La Ciénaga Brock tenía su historia y tenía también una especie de encanto, pero no había en ella lugares donde Cutter pudiera encontrar hombres. Cuando veía caras de la Ciénaga Brock en las tabernas de la orilla sur, fingía no reconocerlas, y éstas hacían lo mismo.
Cutter despreciaba a los travestidos, con sus enaguas y sus caras pintadas, los invertidos estetas y engalanados de flores de la noche de los Campos Salacus. Fruncía el ceño y seguía su camino al pasar junto a los prostitutos transformistas de los canales de Sanvino, a quienes jamás hubiese dirigido la palabra. No frecuentaba las casas de mala reputación y nunca alquilaba los servicios de un hombre. Ya no. Y raramente visitaba las barriadas contiguas al puerto, donde aquellos marineros que no sólo lo hacían en alta mar, sino que lo preferían, buscaban hombres.
Lo que sí podía hacer, muy de vez en cuando, era visitar ciertas tabernas con puertas casi clandestinas, estrechos cuartuchos con una barra igualmente estrecha y llenos de humo, llenos de hombres maduros que observaban con mirada ávida a todos los recién llegados, grupos de hombres de carcajada escandalosa, y hombres solos, sentados con la mirada gacha, tugurios en los que las pocas mujeres que había no eran mujeres, sino travestidos o rehechos que habían sido hombres y cuya condición híbrida los convertía en el objeto de los pecados veniales de algunos.
Cutter era muy cuidadoso. Los elegidos nunca debían ser demasiado guapos: quién sabía si no serían milicianos, cebos para encarcelar por depravación mayor a cualquiera que los abordara, o miembros de un pelotón que estaría esperando fuera para administrar una justicia improvisada en forma de paliza y violación.
Ni avergonzado ni indulgente, Cutter se limitaba a esperar, odiando los lugares y sintiéndose provinciano por ello, hasta que entraba alguien parecido a él.
Hacía doce años que había conocido a Judah Low. Entonces tenía veinticuatro, y estaba furioso la mayor parte del tiempo. Judah le sacaba quince años. Cutter no había tardado en enamorarse.
Apenas se tocaban. Apenas unas pocas veces cada año había estado Cutter con Judah Low, siempre a petición suya, una insistencia que no había llegado a ser súplica. Más a menudo al principio, pues Judah se había mostrado cada vez más remiso. No era tanto, pensaba él, que el deseo de Judah, fuera el que fuese, hubiese menguado, sino algo más racional, algo que era incapaz de expresar con palabras. Cada vez que estaban juntos tenía la marcada impresión de que era una concesión que Judah le hacía. Lo detestaba.
Sabía que Judah iba también con mujeres, y suponía que tal vez lo hiciese con otros hombres, pero, por lo que imaginaba y por lo que le contaban, no era ni más a menudo ni con más o menos entusiasmo que el que demostraba en sus propios escarceos. Vas a gritar, pensaba cuando estaban sudando juntos. Se aplicaba a ello con una pasión rayana en la violencia. Vas a sentir esto. No con ánimo reivindicativo sino con una desesperación por inspirar en él algo que no fuera simpatía.
Judah le había instruido, había invertido dinero en su negocio y había llevado a Cutter a las reuniones del Caucus por vez primera. Cuando Cutter comprendió que el sexo nunca llegaría a ser otra cosa que un acto de amistad patricia, de generosidad piadosa y profana, que nunca sería otra cosa que un regalo que Judah le hacía, había tratado de ponerle fin, pero no había podido soportar la abstinencia. A medida que maduraba había ido dejando atrás parte de su rabia juvenil, pero había en él una cólera de la que no había podido desembarazarse. Parte de ella, el Caucus la había dirigido contra el Parlamento. Otra parte, bajo el ferviente amor que sentía por él, sería siempre para Judah Low.
—Cutter, Chaver —le había dicho Pomeroy en una ocasión—. No me entiendas mal, y perdona que te lo pregunte, pero, ¿eres… omipalone? —pronunció la palabra con vacilación. No era un mal término. De hecho era casi amable: una nomenclatura desenfadada. Cutter sintió deseos de corregirlo —«no, no soy un picanucas, Pomeroy»— pero habría sido una crueldad y una afectación innecesaria.
Todos los chaverim lo sabían hacía tiempo y habían decidido no juzgar a Cutter, pero sólo, le habían dicho en una ocasión, porque un buen insurrecto no culpa de sus perversiones a las víctimas de una sociedad enferma. Él no hacía ostentación, pero tampoco, por Jabber, estaba dispuesto a pedir disculpas o a ocultarse.
Sabían que Judah se acostaba con él, pero para su consternación y enfado, con él no había incomodidad ni titubeos. Ni siquiera el día que se presentaron en una reunión con las ropas cambiadas.
—Es que es Judah.
Cuando Judah lo hacía, el sexo no era sexo más de lo que la furia era furia o cocinar era cocinar. Sus actos nunca eran lo que eran, sino que estaban sometidos a la mediación de una rectitud totalmente etérea. Cutter era un invertido, pero Judah Low era Judah Low.
Ahora, Pomeroy y Elsie se mostraban cohibidos con Cutter. El viaje no permitía ese tipo de actitudes: enseguida había que trabar contacto físico con el compañero, ayudarlo y ser ayudado por él para bajar por terraplenes cubiertos de raíces y gravilla suelta.
El encuentro tuvo poco efecto en Susillil. No parecía ni lamentarlo ni desear que se repitiera. Cutter se despreciaba lo suficiente para encontrarlo divertido. Tres noches después, volvió a acudir a él. Fue una cópula complicada. Cutter tuvo que aprender las preferencias de su compañero. A Susillil le gustaba besar, y lo hacía con el entusiasmo de un novicio. Pero sólo usaba las manos. Reaccionó negativamente al ver que la boca de Cutter intentaba descender por su torso. Éste intentó ofrecerle el culo, y cuando el nómada finalmente comprendió sus propósitos, se rió con una hilaridad genuina que despertó a los demás, quienes fingieron que seguían dormidos.
Una extraña fauna los rodeaba. Criaturas que parecían hongos con miembros y que se desplazaban lentamente, medio trepando, medio creciendo, sobre la corteza. Unos simios caóticos que Pomeroy llamaba «monos del Infierno», ovillos de miembros de gibón que emergían explosivamente de colonias formadas por acumulación y que saltaban por las ramas a una velocidad absurda.
—Sabéis dónde estamos, ¿no? —preguntó Cutter a Judah y Drogon.
La densidad de la vegetación estaba descendiendo. La lluvia no paraba, y era más fresca. El aire cada vez parecía menos un vapor y más una niebla. Seguimos en las sendas, dijo Drogon. ¿Sabes adónde vamos?, pensó Cutter.
Al oír que algo se acercaba levantaron las armas. Pero quienquiera que se aproximase estaba gritando y no hacía el menor intento de disimular, y Susillil respondió con excitación y nerviosismo. Cuando los demás llegaron a su lado, Behellua y él estaban dándose palmadas y tras ellos había dos hombres camuflados y de aspecto temeroso que los saludaron con cautelosos movimientos de cabeza.
Behellua sonrió a los viajeros. Los vinateros hablaron entre sí.
Cuando al fin volvió Susillil, habló lentamente con Judah, aunque ahora todos entendían un poco su lengua.
—Ha venido de la ciudad del bosque —dijo Judah—. Necesitan ayuda. Alguien se acerca… para destruirlos. Behellua les ha hablado de nosotros, de lo que hicimos por ellos. Creen que tenemos poderes. Nos ofrecen algo. Si los ayudamos… —escuchó de nuevo.
»Si los ayudamos, su dios nos ayudará. Nos dará lo que necesitamos. Nos dirá cómo llegar hasta el Consejo de Hierro.
Puebloculto era un puñado de cabañas en medio de un claro. Cutter había imaginado una metrópolis arbórea, con puentes colgantes entre las ramas y niños descendiendo por las lianas desde un cielo de follaje.
La aldea estaba rodeada por una especie de empalizada. Sus habitantes, ataviados con los colores del bosque, miraban fijamente a los viajeros. El pueblo estaba formado en su mayor parte por tiendas alquitranadas o pintadas con gutapercha. Había unas pocas y retorcidas cabañas de madera, varias fogatas apagadas, un foso para los desperdicios. Casi todos sus habitantes eran humanos, pero por los caminos abiertos en el lodo correteaban algunas crías de hombres-insecto.
Estaban construyendo su propio barrio en un extremo de la aldea. Eran jardineros de quitina. Tenían rebaños formados por millones de insectos, arácnidos y artrópodos, cuya evolución iban dirigiendo en la acelerada sucesión de las generaciones hasta que contaban con cantidades colosales de arañas del tamaño de alfileres, ciempiés de un pie de largo e incontables especies de avispas reptantes. Empleando extrañas técnicas, convertían sus huestes en paredes, comprimiéndolas delicadamente, fundiendo y alisándolas, transformando la extraña y todavía viva masa de quitina en una especie de adobe. Construían bungaloes y madrigueras con este mortero viviente, alimentándolo cuidadosamente de tal modo que las diminutas vidas que lo conformaban no perecían sino que seguían contoneándose, embebidas y fundidas con las demás, convertidas en arquitectura, en un gueto de construcciones vivientes.
Los humanos de Puebloculto hablaban diversos dialectos del galaggi, y algunos de ellos la lengua de Tesh, y habían creado una especie de idioma mestizo. Su jefe era un hombre brutal: nervioso, comprendió Cutter, porque sabía que era un mediocre convertido en líder por un extraño giro de la historia.
Estaba seguro de que aquellos refugiados que pudieran cuidarse solos no perderían el tiempo en aquel lugar. Puebloculto era una comunidad de gente sin futuro. No era de extrañar que estuvieran desesperados. No era de extrañar que estuvieran amenazados por alguna bestia.
Manoseados y saludados con las corteses reverencias que imponía la necesidad, los viajeros fueron llevados hasta una cabaña alargada y coronada por una torre de estacas, un tosco minarete hecho de maderos. Era una iglesia, con las paredes cubiertas de símbolos tallados y pintados. Había mesas con trozos de espejo y papiros encima. Una túnica de fina lana negra. El jefe los dejó allí.
Durante varios segundos, reinó el silencio.
—¿Qué coño estamos haciendo aquí? —dijo Cutter.
Hubo ecos. Se movieron unas sombras que no hubiesen debido de estar allí. Cutter vio que Elsie se estremecía. Formaron un círculo, espalda contra espalda.
—Hay algo —susurró Elsie—. Hay algo aquí…
—Estoy aquí. —La voz era ronca y áspera. Se dejaron caer con rapidez digna de cazadores de la sabana. Esperaron.
—¿Qué eres? —preguntó Judah.
—Estoy aquí. —Era acentuada y glutinosa, como si las palabras estuvieran coagulándose en la garganta. Hubo un movimiento que no fueron capaces de seguir—. Os han traído para recibir mi bendición, creo. Un minuto. Sí, es así. Y para que os diga lo que tenéis que hacer. Estáis aquí para cazar para ellos.
Drogon señaló hacia la mesa. La túnica de lana había desaparecido.
—Hablas nuestro idioma —dijo Cutter.
—Soy un dios pequeño, pero sigo siendo un dios. Sois campeones. Ésa es la idea, ¿sabéis? ¿Os reconocéis como campeones? —La voz parecía sangrar de las paredes, parecía estar en varios sitios a la vez.
—Eso es lo que tienen pensado, sí —dijo Pomeroy—. ¿Qué tiene de malo? —Empezó a andar en círculos lentamente, un ateo militante en presencia de un dios. Drogon estaba girando la cabeza a pequeños incrementos, mientras los labios se le movían.
—Nada —dijo la voz—. En absoluto… sólo que… en realidad es una pérdida de tiempo. Tú, mmm, tú, tú tienes una hija pequeña, con una puta de un lugar llamado Bocalquitrán. Deberías ir. Esa ciudad está condenada. Si la salvas de esto, será otra cosa lo que la alcance.
La boca de Pomeroy se movió. Elsie lo miró. Su rostro se mantuvo inmóvil.
—¿Y por qué estás aquí?
—Porque es mi ciudad e hice que la levantaran para mí. Mmmm, tú, tú no estás muy seguro de ese Caucus tuyo, ¿verdad, tendero?
Cutter estaba atónito. Los demás lo miraron. Drogon adelantó la cabeza bruscamente. Hizo un movimiento, algo así como si estuviera escupiendo. La voz sin cuerpo emitió un marcado jadeo. Hubo una conmoción, algo cayó al suelo y empezó a vomitar, la sustancia de las cosas se estremeció violentamente y entonces, temblando de esfuerzo, una figura encapuchada se levantó detrás de la mesa. Un rostro flaco e ictericiado, de profundas arrugas y cabeza afeitada, con la boca goteando vómito y una mirada de horror.
Él o ella permaneció allí un momento, temblando como si estuviera metido en hielo, y entonces tuvo una arcada y cruzó corriendo la habitación hasta un pilar, detrás del cual buscó refugio. Cutter lo siguió, y Pomeroy fue por el otro lado; pero se encontraron y no había nada entre ellos. La figura había desaparecido.
La voz regresó, furiosa y asustada.
—No vuelvas a hacerme eso nunca —dijo. Drogon estaba hablando secretamente al oído de Cutter.
La encontré. Adiviné dónde estaba y le susurré. Se lo ordené. «No nos leas», le dije. «Muéstrate», le ordené.
Espera, susurrero, dijo Cutter.
—Así que un dios, ¿eh? —dijo en voz alta—. ¿Cómo te llamas? ¿Cómo es que hablas nuestro idioma? ¿Qué eres?
Durante varios segundos hubo silencio. Cutter se preguntó si la figura se habría marchado embozada en su taumatúrgico mesenterio. Cuando la voz regresó, parecía derrotada, pero Cutter estaba seguro de que también había alivio en ella.
—Hablo ragamol porque aprendí a leerlo para poder descubrir todas las cosas ocultas de vuestros libros. Estoy aquí porque… como todos los demás, tuve que huir. Soy un refugiado.
»Vuestra milicia no se atreve a acercarse a Tesh, al menos aún no, pero está acercándose mucho a la llanura del Catoblepas. Han atacado nuestras aldeas y enclaves. Los monasterios de Tesh. Soy un monje. Del Momento de las Cosas Perdidas. El Momento de lo Oculto.
La milicia había devastado la sombra de Tesh. La ciudad había cerrado las puertas y llenado los pozos. El monasterio estaba más allá, entre los zarzales. Debería de haber estado a salvo.
Al descubrir que un pelotón esclavo de asesinos rehechos de Nueva Crobuzon se acercaba, los monjes habían supuesto que Tesh les enviaría protección. Después de varios días, habían comprendido que no iba a acudir nadie; que los habían dejado solos. Presas del pánico, trazaron planes inconexos. Su templo estaba consagrado al Múltiple Horizonte, y tenía monjes dedicados a cada uno de sus Momentos, y cada uno de estos Momentos se convirtió en una brigada.
Algunos lucharon; algunos buscaban el martirio. Los monjes de Cadmer, Momento del Cálculo, sabían que no podían ganar, y esperaron en los zarzales a recibir las balas. Los Monjes de Zaori, Momento del Vino Mágico, se embriagaron hasta sucumbir a una muerte visionaria antes de que ningún miliciano pudiera tocarlos. Pero el Momento de las Palomas envió a sus aves a inmolarse contra las ruedas de los milicianos para destruir sus motores; el Momento de la Desecación convirtió la sangre de los milicianos en cenizas; Pharru y Tekke Shesim, Momentos de la Nieve Olvidada y del Recuerdo, se unieron y formaron tormentas de nieve.
Pero los taumaturgos de la milicia eran expertos, y los oficiales-esclavo, implacables, y al final el monasterio no pudo resistir. Y cuando cayó, sólo los monjes de Tekke Vogu, Momento de los Oculto y Perdido, pudieron escapar.
Los neófitos fueron asesinados, pero la devoción de los monjes los ocultó. Los atacantes no pudieron encontrarlos. Se alejaron a hurtadillas: de las ardientes ruinas de su templo y de Tesh, Ciudad de los Líquidos Reptantes, que estaba cerrada para ellos, que tan dispuesta se había mostrado a dejarlos morir. Se adentraron en la campiña.
El monje se lo contó todo. Estaba ansioso por hacerlo, en cierto modo, comprendió Cutter.
—Estamos escondidos. Sabemos cosas ocultas. Nos las confían. Encontramos cosas perdidas. Yo viajo con rapidez: viajo por pasadizos ocultos, por caminos perdidos. Cuando llegué aquí, hice que construyeran este lugar. Aquí es fácil ser un dios. A todo el que viene le cuento un secretillo, algo oculto. Así creen en mí.
—¿Cómo te llamas, monje? —preguntó Cutter.
—Qurabin. Monje rojo del octavo círculo de Tekke Vogu.
—¿Y eso es un nombre de hombre? —Hubo una carcajada.
—Nuestros nombres no discriminan. ¿Me preguntas si soy un hombre? —De repente la voz sonó muy próxima—. No lo sé.
Todos los monjes de Tekke Vogu vivían entre los pliegues del Momento, pero no gratuitamente. Aprendían a descubrir lo oculto y a encontrar lo perdido. Pero el sacramento de Tekke Vogu se vendía, no se regalaba. El precio por la protección del Momento era algo perdido, algo oculto al devoto, ofrecido a Vogu como regalo.
—Conozco monjes que no recuerdan su propio nombre. Les han sido escondidos. Que han perdido sus ojos. Sus casas. O sus familias. Yo… cuando me consagré a Vogu, fue mi sexo lo que ocultaron. Recuerdo mi juventud, pero no sé si era chico o chica. Cuando orino miro, pero se me oculta. Mi sexo se ha perdido. —Qurabin hablaba sin rencor.
—¿Entonces quieres que destruyamos a esa cosa que se acerca? —dijo Cutter.
—Yo no —dijo Qurabin—. Ellos lo quieren, quieren campeones. Proteger esta pocilga carece de sentido.
Los viajeros se miraron.
—Para ser un dios, no vales gran cosa como protector —dijo Elsie.
—Nunca dije que lo fuera. Fueron ellos: construyeron esta estúpida aldea a mi alrededor y no dejan de pedirme cosas. Yo no lo pedí. ¿Y mi protector? Lo que Tesh me hizo a mí, yo puedo hacérselo a otros. Dejad que arda la aldea.
—Eso no es lo que has dicho antes —dijo Cutter, pero Judah lo interrumpió.
—¿Y quién eres tú para decirlo?
Se adelantó un pasó y miró fijamente el improvisado altar, como si supiera que era allí donde se ocultaba Qurabin.
—¿Quién eres tú para decirlo? —Alzó la voz—. Vienen aquí, hacen lo que pueden con este lugar, huyendo de quienes quieren matarlos sólo porque viven cerca de Tesh; tratan de construir algo, y cometen un único error. Buscar a un dios, y encontrarlo en ti.
»Nos prometieron ayuda… Nos prometieron un guía. Así que dinos. Encontraremos lo que haya que encontrar y los ayudaremos. Y tú puedes encontrar lo que nosotros buscamos.
La humedad de la jungla goteó en el interior de la improvisada iglesia.
—Dinos dónde está. No creo que no te importe. Te importa. Quieres decírnoslo. Quieres cuidar de ellos. Tú lo sabes. Así que dínoslo. Aceptamos tu oferta. Nosotros mataremos a esa cosa y luego nos darás lo prometido.
—No tomaré nada de la casa de Vogu por vosotros.
—No quiero oír nada de tu condenada fe, cuando sé que estás dispuesto a robar en la casa de tu dios para impresionar a los malditos nativos. Dinos dónde está la bestia. Nosotros nos ocuparemos, y luego nos dirás dónde se encuentra el Consejo de Hierro.
—Yo no traiciono a mi fe —dijo Qurabin—. Yo compro. Siempre que aprendo algo, algo pierdo. Y es doloroso. Vogu no da nada gratis. Cuando he desvelado lo de la puta y la hija de vuestro hombre me ha dolido, y he perdido algo. Perdido y oculto por el Momento. Estoy desnudo frente a vosotros. ¿Me pides que desvele eso? ¿El Consejo de Hierro? Me costará caro.
Hubo silencio, y de nuevo el goteo.
—La bestia —dijo Judah—. ¿Dónde está? —Un largo momento de quietud.
—Espera —dijo la voz, y de nuevo volvió a asomar alivio bajo su resentimiento.
Está cansado de ser un dios, pensó Cutter. Miró a Judah, allí erguido, tembloroso y espléndido. Qurabin estaba perdido, comprendió Cutter. Quebrado. Ansioso por algo, abandonado y de nuevo ansioso, frente al recto Judah.
—Lo intentaré —dijo la voz, y sonó una arcada gutural.
Cuando Qurabin volvió a hablar, lo hizo con dolor, con la voz de alguien acostumbrado al dolor.
—Maldición. Maldición. Ya está. La bestia.
—¿Qué has perdido? —dijo Cutter.
—El nombre de alguien. —Alguien que importaba, comprendió Cutter.