El Consejo de Hierro
Tercera Parte: El país del vino » 13
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Había amanecido cuando llegaron al malsano lugar. Lodo y caminos peligrosos, árboles blancos y denudados. La ciénaga sudaba. Las hojas de los árboles susurraban, pero quedamente.
Llegaron, los proscritos de Nueva Crobuzon, Susillil y Behellua, y un número minúsculo de valientes de Puebloculto. Qurabin iba con ellos, invisible.
Cutter anhelaba sonidos. Quería cantar o echarse a reír. La tierra lo ignoraba y se sentía ofendido. Trató de imaginar una presencia para sí y sólo pudo pensar en las cáscaras de Nueva Crobuzon que había dejado atrás. Confundía su lugar presente con lugares pasados.
Judah iba en cabeza. Un enorme gólem caminaba a su lado. Dos metros y medio de alto, construido con madera y todas las cuchillas de las que Puebloculto podía prescindir. Judah lo había construido a martillazos, con bisagras en las articulaciones y un tosco cuello giratorio. Podría haber hecho que se levantara de un montón de madera con un mero roce de las manos, pero sustentado sólo por el poder de la taumaturgia, habría agotado sus fuerzas o se habría desmoronado más deprisa.
Judah había vuelto a poner el cilindro de cera. «No me siento como si apenas te conociera, pues dicen que eres de la familia», decía la voz. «Ha muerto, Uzman ha muerto». Cutter había sentido su tristeza al escuchar aquel viejo mensaje y se preguntaba qué habría sido Uzman para él.
—¿Sabes por qué me hice golemista, Cutter? Fue años antes de la Guerra de los Constructos. Como profesión, no tenía futuro por aquel entonces. Lo que me atrajo fue la cara arcana de la golemetría. No hablo de la materia. ¿Sabías que hay gólems de sonido? Es complicado, pero puede hacerse. Nunca has visto un gólem de sombra, ¿verdad? Los gólems de esta clase… —señaló el artefacto de madera—. En realidad, para mí es un subproducto. No lo hago por esto.
Es posible. Pero, con todo, la criatura que había creado seguía siendo poderosa y elegante. Tenía la cabeza inclinada y la débil luz del sol caía sobre las cuentas baratas que eran sus ojos. Unas cuchillas oxidadas formaban sus dedos.
—La bestia está cerca —dijo la voz de Qurabin. Había dolor en ella: había trocado el conocimiento por algo.
Cutter empujó un bulto de colores macilentos con la punta del pie y, sorprendido, soltó una maldición. Eran los restos de algún animal. Se deshicieron soltando una vaharada apestosa. Cutter tropezó y Pomeroy se volvió y gritó mientras Elsie decía algo.
—¡Mirad! —dijo Elsie. Se encontraba junto a un cuerpo. Cutter vio el brillo de la descomposición. La mayor parte del pecho había desaparecido.
—Buen Jabber —dijo—. Estamos en un puñetero tanatorio.
—¡Deprisa! —dijo Judah—. ¡Aquí, deprisa! —Estaba al borde de la ciénaga, con los brazos extendidos hacia un joven que estaba sentado allí, cubierto de sanguijuelas. El muchacho estaba tan flaco que daba miedo. No levantó la mirada. Sus ojos no se separaron de la carne grisácea que estaba comiendo.
Cutter reprimió un grito. Vio a un hombre demacrado, camuflado entre juncos y nudos de madera. El hombre estaba masticando. Junto a él había un tapir de la jungla. Sus mandíbulas se movían.
—Judah —dijo Cutter—. Judah, atrás. —El agua estaba llena de cuerpos, totalmente inmóviles salvo las mandíbulas. Hombres y mujeres, un perro tembloroso. Todos ellos tenían la boca cubierta de materia vieja, y parecían unidos a una liana.
Hubo un burbujeo de gases, y una cosa que Cutter había tomado por un coágulo de lodo empezó a alzarse. Parpadeó. Lo que había creído agujeros o piedras, eran en realidad ojos. Un tupido tachón de ojos negros. Se elevó.
Las lianas no eran lianas, sino los palpos succionadores de las criaturas. Una de ellas salía de cada figura demacrada, de cada uno de los adultos y de los niños, de cada uno de los animales, adherida a ellos por la nuca. Todo lo que comían se enviaba por aquellos intestinos grotescos, que lo absorbían peristálticamente. Eran sistemas alimenticios sin mente. Suspendida en medio de aquellos miembros, y cubierta por una hirsuta maraña de otros muchos que serpenteaban libremente, estaba la criatura que se alimentaba a través de ellos.
Corpulenta como un hombre obeso, vaga y horriblemente semejante a un pólipo. No colgaba como un peso muerto, sino que flotaba, suspendida por gases o taumaturgias. Cutter vio que debajo de ella se abría un racimo de patas de crustáceo, imposiblemente dobladas y pegadas unas a otras. Se irguió hasta alcanzar gran altura, como una planta sobre un puñado de finos tallos. Rezumaba. Observaba. Sus tentáculos se estremecieron y desplegó unas garras óseas.
La criatura se puso en movimiento con una rapidez y una elegancia grotescas, desplazándose sobre unas patas que no hubiesen debido de poder sustentarla. Sus tentáculos se alargaron: se movieron sin perturbar a los inconscientes devoradores.
Los habitantes de Puebloculto huyeron, perseguidos por fantasmas de cálida neblina y por los miembros de la criatura. Ésta se asió a los árboles con sus garras de ave, mientras de su cuerpo brotaron botones de carne como los ojos de los caracoles. La repetidora parecía inútil en las manos de Cutter. Corrió hacia Judah. Los apéndices de la criatura parecían llenar el aire. Cutter vio unos ojillos en el extremo de uno de ellos, un orificio flexivo y una dentadura concéntrica como la de una lamprea.
Disparó contra el cuerpo protuberante. Hizo blanco, pero no consiguió otra cosa que una pequeña erupción de sangre lechosa. Un enjambre de brazos se le echó encima, amontonados como gusanos enfurecidos.
—¡Mátala! —dijo la voz de Qurabin desde alguna parte. Hubo más disparos.
Cutter oyó a Judah —«¡Espera, espera!»— y luego un ruido de madera y cuero, y vio al gólem. La criatura atravesó la trenza de tentáculos, arrancando de cuajo algunos de ellos. Otros lo envolvieron, y le atenazaron el cuello. Un viscoso miembro se retorció. Se estremeció durante varios segundos, contrajo las glándulas y vertió sus encimas sobre la madera. Se detuvo como si estuviera confuso.
El gólem atacó con la sencillez que le era propia, golpeando con sus cuchillas y con toda la fuerza de que la taumaturgia lo había dotado. Saltaron pedazos de materia y la sangre de la criatura brotó a borbotones. Se estremeció y todas sus criaturas tributarias dejaron de comer. Pomeroy corrió hacia ella y apoyó el cañón de su arma sobre su grasa. La explosión fue amortiguada por la carne, pero el puñetazo de balas se le clavó en las entrañas.
Ni aun así cayó. Retrocedió con delicados pasitos y se tambaleó, pero entonces el gólem volvió a echársele encima. Cutter vio que Judah se movía. El somaturgo movió su propio cuerpo de forma casi imperceptible y el gólem de madera y cuchillas lo imitó. Pedazo a pedazo, el gólem fue desmembrando al depredador.
Las víctimas de la criatura estaban muertas o en coma. Hacía mucho tiempo que no eran más que sistemas de alimentación para la insaciable criatura. Susillil y Pomeroy estaban heridos. El vinatero dejó que Cutter le limpiara las heridas. Habían muerto dos de los habitantes de Puebloculto. Uno de ellos había caído demasiado cerca de los demacrados hombres y mujeres esclavizados por la criatura, y éstos habían extendido débilmente los brazos hacia él y habían empezado a comer.
La gente de Puebloculto había excavado en la carne de la criatura para llevarse sus picos o sus garras como orgánicos trofeos. Cutter estaba asqueado. Le hubiese gustado tener una cámara. Se imaginaba el heliotipo: Susillil junto a Judah, Elsie y Pomeroy con su trabuco, y él mismo, Cutter, a un lado, junto al gólem, y todos ellos con el inamovible orgullo del cazador.
Aquella noche hubo una tosca celebración en una cabaña de Puebloculto. Hombres y mujeres, cazadores recolectores o habitantes de la quelona bailaron y bebieron.
La habitación estaba llena de pequeños hombres-escarabajo. No hablaban nunca. Se acercaban y, rozando con delicadeza la ropa de los humanos y entrecruzando sus antenas, recogían silenciosamente los restos de comida.
Susillil estaba con Behellua. Cutter los vio y supo que aquella noche tendrían uno de aquellos encuentros amistosos que en su mente no eran otra cosa que sexo, por mucho que para ellos no lo fuera.
Alrededor de la mesa, la gente contaba historias. Para los habitantes de Puebloculto, Qurabin era un dios que de repente se había tornado intervencionista y terrenal. El monje se movía invisible entre los comensales, traduciendo para ellos.
Por mediación suya, Susillil el vinatero les contó la historia de la mejor cosecha de la casa Predicus, del vinerraco primus al que se había sacrificado para que el secundus, cuyos frutos eran más secos y mejores, pudiera engendrar. Les contó la gran batalla que había sido, la tristeza que le había provocado la muerte del toro. Al finalizar la historia, los viajeros de Nueva Crobuzon aplaudieron con todos los demás.
Llegó su turno, y la tarea recayó sobre Cutter. Los habitantes de Puebloculto cantaban suavemente, de forma rítmica, y cuando empezó a hablar se adaptaron a la cadencia de sus palabras. Él balbució, bajó la mirada, volvió a levantarla y —contrariado y borracho, en un placentero arrebato de bravuconería— empezó:
—Ésta es una historia de amor —dijo—. Que nunca debería haber existido. Duró una noche y un día.
»Hace cinco años. Conocí a un hombre. Estaba en un pub de los muelles. Le pedí que viniera a mi casa. Aquélla era una noche de té-plus y shazbah, y todos hacíamos lo que queríamos, ¿sabéis?, y así estaba bien. —Los vinateros se rieron cuando Qurabin tradujo sus palabras. Elsie y Pomeroy estaban mirando al suelo—. Luego, mientras él dormía, al pasar sobre él para coger el orinal, vi su ropa. Una pequeña pistola asomaba en el bolsillo. Nunca había visto una cosa tan bonita, así que, aunque no era asunto mío, la saqué, y con ella salió una pequeña placa.
»Es de la milicia. Es un miliciano. No sé qué hacer. ¿Cuál es su misión? ¿Es agente de narcóticos? ¿De la patrulla de Depravación? Sea como sea, me tiene atrapado. Hasta se me pasa por la cabeza la idea de dispararle, aunque sé que no voy a hacerlo. Así que pienso que quizá pueda marcharme antes de que amanezca, o quizá pueda suplicar mientras me lleva a la cárcel, o quizás esto o quizás aquello.
»Y al final me doy cuenta de que no puedo hacer nada. Así que vuelvo a la cama.
»Y al hacerlo, lo despierto. Así que volvemos a hacerlo. —De nuevo aplausos—. Y luego, por la mañana, volvemos a hacerlo otra vez. —Estoy borracho, pensó Cutter. No le importó.
»Y yo espero, pensando que le suplicaré, o lo sobornaré, porque ahora ya sé lo que le gusta, ¿no? Y me levanto y salgo corriendo y pienso que a lo mejor lo que podría hacer es no parar. Me iré al puerto, me cambiaré de nombre, no quiero ir a la cárcel, no quiero ser rehecho. Pero entonces paso junto a una panadería, y luego junto a una frutería, y me doy cuenta de que no puedo ir y perderlo todo. No puedo desaparecer sin más. Así que en lugar de marcharme, hago la compra.
»Y regreso.
»Lo despierto. Y desayunamos juntos, sobre mi tienda de la Ciénaga Brock… y entonces se va. Un gran beso de despedida y adiós. No vuelvo a verlo. Y empiezo a pensar. A lo mejor es que no pensaba hacer nada. Pero lo que yo creo, lo que me gusta creer, es que gracias a lo que hice por él aquella noche y gracias al maravilloso desayuno que le preparé —pescado a la parrilla, un picadillo a las especias y crema de frutas, con una flor en medio de la mesa, como si estuviéramos casados—, durante algunos minutos de aquella mañana, se enamoró genuinamente de mí. No, lo digo en serio. Yo también me enamoré de él. Nunca he amado tanto como lo amé a él cuando me dio un beso y se despidió. Porque estoy seguro, estoy seguro de que sabía que yo lo sabía. Era el regalo que me hacía, aquella marcha, aquel adiós. Igual que el desayuno había sido mi regalo para él. Nunca he amado tanto, ni antes ni después, salvo a un hombre.
Cuando quedó claro que había terminado, los vinateros rompieron a aplaudir y a aullar, y hubo algunos aplausos más entre la audiencia. Elsie y Pomeroy se sumaron también, aunque Pomeroy no lo miró a los ojos. Al ver cómo daba palmas el hombretón, Cutter sintió un arrebato de afecto. Bendito sea, pensó, y como colofón, Elsie le obsequió incluso con una rápida sonrisa.
Y entonces vio a Judah, y la sonrisa que había en el rostro del golemista era diferente: no había esfuerzo ni complicidad en ella, era como la sonrisa de un ídolo, y por detrás de la pasión que le inspiraba el hombre, la furia de Cutter se inflamó.
A Cutter no le interesaban los dioses. Había algunos en los panteones de Nueva Crobuzon por los que sentía cierta afinidad, normalmente por razones heréticas: como Crawfoot, cuyas payasadas no le parecían estúpidas bufonadas sino actos de subversión táctica. Eres un revolucionario, ¿verdad?, había pensado siempre mientras los sacerdotes fingían paciente indulgencia con el dios-necio. Pero nunca participaba en las adoraciones y rituales. Las pocas plegarias que elevaba eran cínicas e interesadas. No obstante, comprendía el poder de las devociones de Qurabin.
El monje era capaz de encontrar lo oculto y lo perdido, aunque no sin pagar un precio. En la voz de Qurabin, Cutter no oía ya la arrogancia por aquel poder. Se daba cuenta de que algo había cambiado. El monje está rindiéndose, pensó.
—Los galaggi dicen que es… sobrecho sobrechin lulsur. Es un juego de palabras. —La voz del monje iba y venía mientras iba desvelando la información—. Sobresh es «odioso» y sobr’chi es«capitán». En mi lengua no tiene equivalente. En Tesh… no nos gusta tanto clasificar las cosas como a vosotros. —Y Cutter oyó el desprecio, la rabia que rezumaba la voz de Qurabin al hacer mención a Tesh.
No se sorprendió cuando, al día siguiente, Qurabin se presentó ante ellos cuando estaban levantándose y les dijo que no viajarían solos. Que no podía decirles dónde estaba el Consejo de Hierro, pero se lo mostraría.
Quiere descansar, pensó Cutter. Y estar solo. Con nosotros. Haciendo acopio de valor. El monje irá desvelando más y más, le cueste lo que le cueste. ¿Qué más le da? ¿Para qué vive? ¿A qué le es leal?
Empezó a llover, pero una lluvia diferente. Los rayos del sol quedaban congelados en cada gota como insectos en ámbar, así que era como si lloviese luz. Puebloculto se despidió de ellos.
Susillil sonrió a Cutter y asintió.
—Nunca nos hemos entendido bien, ¿eh, muchacho? —dijo Cutter con genuina alegría. La voz de Qurabin, aquel extraño ululato andrógino, declamó una despedida. A nadie parecía preocuparle que su dios se marchara.
Naturalmente, Cutter no sabía lo que Qurabin estaba diciendo. «Ahora sois vuestro propio pueblo, ya no necesitáis dioses», pensó. O, «sed fieles a mi memoria o volveré y os dejaré ciegos con mi cólera», o «no soy un dios y nunca lo he sido. Soy un desgraciado como vosotros, que se perdió por culpa de una religión estúpida».
Los viajeros marcharon hacia el noreste y hacia el norte. Un día, y luego otro, por el bosque, que seguía enfriándose lentamente. El suelo ascendía y las copas de los árboles descendían.
Los árboles empezaron a desaparecer. A los estanques acudían a beber criaturas que parecían osos altos y flacos y avispas serradas, grandes como gatos. Cutter creía ver cosas; pensó que los observaban.
En la invisible compañía del monje se movían de forma muy diferente. Fue Drogon el primero en percatarse. Nos movemos demasiado deprisa, le dijo a Cutter. Señaló un viejo árbol en forma de «Y» que crecía aislado por completo. No lo perdáis de vista, susurró.
Cutter trató de mantener sus pies vigilados, pero se desorientó; el terreno cambiaba de forma extraña, como si el propio camino fuera impredecible. Casi un kilómetro por delante de ellos vio el árbol, junto a un río. Oyó que Qurabin se movía y hablaba en voz alta y se agachó bajo una rama llena de espinas, y cuando la soltó, todavía caminó dos pasos antes de detenerse al oír que Drogon susurraba: te lo dije.
El agua estaba tras ellos. Cutter podía verla entre el follaje, y allí estaba también el árbol, con su corteza negra, y las ramas desplegadas y alzadas al cielo como brazos suplicantes. También había quedado detrás.
No había sentido ninguna dislocación. Sólo había caminado. Todos sus compañeros parecían consternados, salvo Judah.
—¿Qué te cuesta —preguntó el golemista a Qurabin— encontrar estos caminos?
—Hay caminos ocultos, atajos…, sendas perdidas —dijo el monje—. A veces el Momento me deja cogerlas. A veces. —El monje parecía cansado—. Os dije que os llevaría.
¿Por qué tanta prisa, monje?, pensó Cutter. No es necesario viajar así. ¿Qué está costándote todo esto, todos estos secretos?
Así que marcharon cada vez más deprisa sin dejar de caminar, con las mochilas al hombro, arrastrándose al mismo paso de siempre. El mundano misterio de las sendas del monje les transportaba a velocidades cada vez mayores. Rodeaban unos pilares de roca en mitad de unos árboles y al salir al otro lado aparecían en una llanura reseca. Los árboles estaban perdiendo la corteza; era como si caminasen por un viejo tapiz cada vez más desgastado.
—Por… aquí, creo —decía Qurabin, y las agujas de su brújula se movían sin orden concreto mientras ellos iban recorriendo leguas. Viajaban más veloces que caballos.
Qurabin caminaba, comprendió Cutter, por la senda de un apóstata. Estaba sustrayendo cosas del dominio de cosas perdidas y ocultas del Momento. Cada día que pasaba hablaba con menos fuerza.
—Quieres desaparecer. —Cutter lo dijo con un susurro. El monje era un ser desplazado, renegado, abandonado por la historia y por su hogar. Quieres desaparecer. Con cada ruta perdida que desvelas, pierdes algo… Algo se te oculta. Estás harto. Y es así como pretendes acabar. Haciendo algo que tenga un significado. Su viaje era el dilatado suicidio de Qurabin.
—Ya sabes lo que está haciendo el monje —le dijo a Judah—. Esperemos que no lo oculte o pierda todo antes de que lleguemos adonde queremos.
—Está cerca —dijo Judah. Entonces sonrió, con una expresión de júbilo tal que a Cutter no le quedó otro remedio que sonreír también.
La tierra estaba cubierta de hierba. Los surcos abiertos por los glaciares, los lodazales y los guijarrales se sucedían sobre las bajas laderas. Habían sido muchas semanas de viaje. Vieron bosquecillos de mesquite y ruinas. Cuando soplaba el viento, la vegetación salvaje se movía como el mar. El monje estaba cada vez más fatigado, más oculto, pero a pesar de ello continuó perseverando, guiándolos, entre cursos de agua, entre rebaños de animales y ciempiés del tamaño de pitones que se enroscaban a los troncos de los árboles.
Un día vieron unas criaturas que dejaban un rastro de polen y agitaban la hierba como ballenas en aguas poco profundas. Borinaces, trancos, los nómadas ungulados de las llanuras. Un clan familiar, con los jóvenes al frente y la reina detrás. Los trancos eran mucho más altos que un hombre. Corrían con un galope cimbreante, bamboleando sus rígidas patas como si fueran muletas.
Una de las criaturas volvió hacia ellos un rostro bestial y amigable, los vio y los saludó con un gesto al pasar. Las manos de los borinaces se movían de forma extraña. Era como si el miembro apareciera y desapareciera.
El viaje había endurecido a los viajeros. Tenían músculos nudosos. Eran expertos tiradores. Los cortes de Pomeroy se habían teñido por dentro, así que lucía una espléndida máscara de cicatrices oscuras. Elsie se recogía el desordenado cabello con un pañuelo. Los hombres llevaban largas barbas y coletas que se ataban con cintas de cuero. Sólo Drogon se resistía a esto, afeitándose en seco cada pocos días. Racionaban su menguante suministro de balas y llevaban lanzas endurecidas al fuego. Parecían, pensaba Cutter, un grupo de aventureros, los filibusteros mercenarios del continente.
Pero no lo somos. Hay una buena razón para todos nuestros viajes.
—Debe de quedar poco para Sinn, ¿no? —dijo—. ¿O estamos ya? He perdido la cuenta. —Trató de contar las semanas con los dedos.
Una noche, Judah creó cuatro figurillas de tierra y susurrando pequeños hechizos las hizo bailar mientras sus compañeros ponían la música dando palmas. Al acabar, saludaron con reverencias; luego volvieron a la tierra.
Dijo él:
—Quiero deciros a todos que os estoy muy agradecido. Quiero que lo sepáis. —Hicieron un brindis con agua—. Quiero deciros… Llevamos tanto tiempo viajando que es como si lo importante fuera el viaje. Pero no es así.
»Ni siquiera sé con seguridad si creéis en el Consejo de Hierro. —Sonrió—. Creo que sí. Pero es posible que para algunos de vosotros eso ya sea lo de menos. Creo que tú estás aquí por el tiempo que pasamos en el cuarto de las reuniones, Elsie —dijo. Sus ojos se encontraron y ella asintió—. Sé por qué estás tú —dijo a Cutter.
»Hasta tú, quizá, Drogon… Un extravagader como tú… Los mitos y las esperanzas son tus mercancías, ¿verdad? Es tu negocio; lo que mantiene en movimiento los caballos vagabundos. ¿Estás aquí porque crees que el Consejo de Hierro es como el Palacio de Mazapán? ¿Buscas un cielo?
—Yo no estoy aquí por eso, Judah Low —dijo Pomeroy. Judah sonrió—. Eres muy importante para mí, Judah, moriría por ti, pero no en este momento. No con lo que está ocurriendo en Nueva Crobuzon. Hay demasiado en juego. Estoy aquí por lo que dijiste que iba a pasarle al Consejo. Y porque creo que puedes impedirlo. Por eso estoy aquí.
Judah asintió y suspiró.
—Eso es lo que quería deciros. Esto nos supera a todos. El Consejo de Hierro… —permaneció un largo rato en silencio—. Es duro, porque así es como debía ser. Pero es el Consejo. Es el Consejo de Hierro. Y los gobernantes de Nueva Crobuzon, no sé cómo, lo han encontrado. Mi contacto, mi viejo amigo, tenía razones sobradas para no habérmelo contado, pero lo hizo, gracias a Jabber. Lo han encontrado después de todo este tiempo. Tanto tiempo, de hecho, que muchos ciudadanos ni siquiera están convencidos de que haya existido en realidad, y muchos miles más creen que desapareció hace mucho.
»Chaverim…, amigos… Vamos a salvar al Consejo de Hierro.
Al día siguiente, Qurabin mantuvo una larga conversación con el Momento. El indefinible monje lloró, suplicó y emitió un sonido desolado.
Finalmente, habló Cutter:
—Monje —dijo—. Monje, ¿qué ha pasado? ¿Estás ahí? ¿Te has ido?
—Ya no está oculto —dijo Qurabin con voz amortiguada—. Sé dónde encontrarlo. Pero el precio… He perdido mi idioma.
Ya sólo le quedaba el ragamol, la tosca y pueril lengua de los viajeros.
—Me acuerdo de mi madre —dijo en voz baja—. Recuerdo las cosas que me susurraba. Pero ya no sé lo que significan. —No había horror en su voz. Sólo una constatación desapasionada—. Una cosa se pierde. Otra se encuentra. Sé adónde debemos ir.
Siguieron rutas misteriosas. El color de los cielos fluctuaba.
Era día de la cadena cuando la llanura desapareció y comprendieron que llevaban mucho tiempo ascendiendo; el suelo se había empinado y caminaban bajo el aire enrarecido de una loma cubierta de peñas. Frente a ellos se extendía una depresión de lateritas rojas, un cañón que se ensanchaba formando una región demasiado vasta para ser un valle, donde el continente se había abierto con indiferencia. Tras una larga aleta de roca, varias columnas de humo negro mancillaban la atmósfera.
Judah se acercó al borde del acantilado y dirigió la mirada hacia aquellas fumarolas, que no procedían de fogata alguna, y lanzó un aullido. Un sonido de tan puro deleite animal que fue como si se remontara a lo largo de toda la historia, como si ningún ser humano, ninguna criatura dotada de raciocinio, hubiera podido sentir una emoción tan absoluta. Judah aulló.
No se detuvo. Descendió a toda prisa, sin esperar a sus compañeros, siguiendo tenues huellas en la pradera. Cutter lo alcanzó pero no trató de hablarle. Una luz espesa como la mermelada recorría la sierra.
Alguien les gritó, y varias voces lanzaron un coro de ecos hostiles contra ellos. Una pregunta, una orden en varias lenguas diferentes, en rápida sucesión. Y entonces en la suya. Ragamol, a más de tres mil kilómetros de su hogar. Cutter se quedó boquiabierto. Tres figuras salieron de su escondite.
—Alto, alto —gritó una—. ¿Habláis ragamol?
Cutter les enseñó que no llevaban armas. Sacudió la cabeza con extraño deleite. El joven hablaba con un acento híbrido, y algo moldeaba sus fonemas aparte del familiar gruñido de la parte sur de la Perrera, de los barrios bajos de Nueva Crobuzon.
Judah estaba corriendo hacia los tres: una mujer, un hombre y un nudoso cacto. El sol estaba poniéndose tras ellos, así que estaban a oscuras y Cutter sólo podía ver sus contornos. Judah, que estaba aproximándose a ellos con paso tambaleante y los brazos en alto, debía de estar bañado en luz crepuscular, envuelto en ella, con todas las arrugas del rostro perfiladas, teñido de amarillo. Estaba riéndose y gritando.
—¡Sí, sí, sí, hablamos ragamol! —dijo—. ¡Sí, somos de vuestro grupo! ¡Hermanas! ¡Hermanas! —Volvió a lanzar aquel grito, y tan evidente resultaba que no representaba ninguna amenaza, tan obvio era que estaba sumido en un delirio de alegría y alivio, que los guardias humanos avanzaron un paso y abrieron los brazos para recibirlo como a un invitado—. ¡Hermanas! —dijo—. ¡He vuelto, estoy en casa, soy yo! ¡Larga vida al Consejo de Hierro! Por los dioses y por Jabber y, y, y en el nombre de Uzman… —Se sobresaltaron al oír esto.
Judah los abrazó uno a uno y entonces se volvió, con los ojos brillantes, y sonrió sin mediación alguna, sin rostro, una sonrisa que Cutter nunca había visto en él.
—Hemos llegado —dijo Judah—. Larga vida, larga vida. Hemos llegado.