El Consejo de Hierro
ANAMNESIS: El tren perpetuo » Con cada paso…
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Con cada paso que da, el agua y las raíces de los juncos tratan de frenarlo. Hace muchos años, y Judah Low es joven y está en los humedales.
»Otra vez, dice. Eso es todo. No hay por favor, y tampoco es necesario. La cortesía está profundamente enraizada en la superestructura de esta lengua. Para ser maleducado hace falta esforzarse y utilizar declinaciones irregulares.
»Otra vez, dice y el joven lanzancudo le muestra lo que ha hecho. Dobla las cejas esbozando lo que Judah sabe que es una sonrisa y abre una mano y hay un juguete de lanzancudo hecho de barro y nenúfares entre sus dedos. El muchacho le da forma con dos dedos y le canta con un minúsculo gorjeo carente de palabras que hace que se mueva. La figurilla sólo sabe hacer un movimiento, flexionar y estirar los tallos que son sus patas. Lo hace varias veces antes de reventar.
Se encuentran al borde de un amplio espacio tapizado de una nudosa vida vegetal y recorrido por vías de agua cubiertas de intrincadas frondas, canales fortuitos. Las ramas ocultan los caminos y la vegetación es tan tupida y densa, está tan saturada con el agua de la ciénaga que es glutinosa, como un líquido viscoso que rezumara de las ramas y se coagulara fugazmente adoptando forma de hojarasca.
La ciénaga imita todos los paisajes. Se abre para formar prados y puede ser un bosque. En algunos lugares, el barro se solidifica hasta el punto de formar ciénagas-montañas. Hay túneles bajo las raíces, inundados de agua, negros y laberínticos. Hay lugares muertos donde los árboles descoloridos emergen de las aguas estancadas. Tribus de mosquitos y moscas negras acuden a Judah y lo sangran terriblemente.
Para Judah, el aire del pantano no es opresivo. Es como un mesenterio. En los meses que lleva viviendo allí, ha aprendido a sentirse protegido por él. A pesar de que todas las picaduras se le infectan y a pesar de la diarrea, ama la ciénaga. Levanta la mirada hacia el sol de la tarde, más allá de unas nubes diluidas que parecen hechas de leche aguada. Se siente reverdecido, enmohecido y habitado por infusorias, un anfitrión, un paisaje además de una forma de vida.
El muchacho sumerge la mano con la gracia propia de su raza. Tiene dedos radiales dispuestos alrededor de una pequeña palma, una estrella. Se pliegan hacia él: las falanges se engoznan como los pétalos de una flor que se cierra, hasta quedar reducidas a un punto. Las uñas se concatenan, la mano se convierte en una punta de flecha.
El joven lanzancudo se aleja a cuatro patas de Judah Low. Vuelve la cabeza sobre un cuello que es todo tendones y pregunta sin palabras si va a seguirlo, cosa que él hace con torpes chapoteos que el lanzancudo tolera como si fuera un recién nacido.
Cuando el niño camina, sus miembros perforan las aguas con precisión. Judah Low parece arrastrar la ciénaga consigo, dejando tras de sí una amplia cicatriz. Tiene suerte de que las presas y los sires de esta cría de lanzancudo le dejen acompañarlo, puesto que a cada momento que pasa atrae una atención que más le valdría evitar. Para el caimán negro y las boas constrictoras, su avance debe de ser como las convulsiones de una criatura herida de muerte.
La comunidad del lanzancudos lo ha tolerado, e incluso le ha dado la bienvenida, desde aquella vez que salvó a dos jóvenes de un depredador de los prados que se había adentrado en la ciénaga. Judah todavía cree que la criatura estaba siguiéndolo a él pero cambió de dirección al ver a los dos pequeños. Cuando se alzó, siseando y empapada de cieno, los cachorros se quedaron quietos y utilizaron sus glándulas de camuflaje para secretar taumaturgones que les harían parecer tocones de árbol y no dos pequeñas criaturas inmóviles, pero la criatura se encontraba demasiado cerca como para dejarse engañar.
Pero entonces Judah había empezado a gritar y a golpear con el garrote su jaula de especímenes, organizando un escándalo tan impropio de la tenue quietud de los pantanos que resultaba apabullante. Nunca hubiese podido asustar a la criatura —una colosal amalgama de león marino, jaguar y salamandra, con unas protuberancias cubiertas de aletas capaces de aplastarle la cabeza— pero sí que logró confundirla. El depredador se zambulló bajo los juncos.
Desde entonces, desde que los dos pequeños a los que había salvado habían vuelto a casa y relatado su historia en una cavatina compuesta apresuradamente para subrayar su autenticidad, Judah había sido tolerado.
El lanzancudo no habla a menudo. Pueden pasar días.
Su comunidad carece de nombre. Las chozas que asoman entre los juncos y el agua están rodeadas de pasarelas y cubiertas de hamacas, y hay otros habitáculos, pozos excavados en la tierra húmeda. Insectos tan grandes como el puño de Judah deambulan volando de acá para allá, ronroneando como grandes y estúpidos gatos. A veces, los lanzancudos los ensartan y se los comen.
El oleoso pelaje de los lanzancudos exuda gotitas de lodo cenagoso. Se mueven como aves marinas. Son como aves, y como delgados felinos, de rostro inmóvil, casi sin rasgos.
Los sires cantan canciones de adoración si son rojos, y construyen herramientas y casas de juncos y trabajan las granjas de los manglares si son de alquitrán. Las presas cazan sacando una pata del agua con tal lentitud que para cuando las garras abiertas emergen ya se ha secado y no hay gotas que perturben la superficie cuando el asterisco de dedos se comprime formando un estilete que levita sobre su propio reflejo. Hasta que algún pez o alguna rana suculenta pasa y todo queda inmóvil, y la mano se introduce en el agua con la velocidad de un arpón y emerge instantáneamente, con los dedos abiertos y la presa ensartada en la muñeca, como un brazalete de carne sangrante.
Entre las casas, los jóvenes lanzancudos juegan con gólems de barro como los niños de Nueva Crobuzon juegan a las canicas y al pilla-pilla. Judah toma notas y saca algunos heliotipos. No es xenólogo. No tiene forma de decidir qué es lo importante. Lo que él quiere hacer con todos estos embrujos —el instintivo poder de camuflaje de los lanzancudos, sus gólems, sus hierbas medicinales, su despegue de los momentos— es investigarlos.
No conoce el nombre de ninguno; ni siquiera sabe si tienen nombres, pero hay algunos a los que bautiza por alguna característica física: Ojos-rojo y Viejo o El Caballo. Judah le pregunta a Viejo por las figurillas de barro. Juguetes, le cuenta su informador, O juegos: algo así. »O sea, ¿que los mayores ya no los hacéis?, pregunta Judah, y el lanzancudos resopla y dirige la mirada al cielo con azoramiento. Judah ya no se avergüenza con sus meteduras de pata. Por lo que ha podido averiguar, no es una cuestión de habilidad, sino de propiedad: que un lanzancudos adulto haga aquellas figurillas sería algo así como que un adulto de Nueva Crobuzon exigiera que lo llevaran al lavabo como un crío.
Judah acompaña a las presas. Parecen criaturas de vidrio bajo la luz del sol. Capturan montones de arañas de agua de una variedad que tiene caparazón, más grandes que la mano de Judah cuando se extiende. Ordeñan su seda tejiendo telarañas entre las raíces y las ramas sumergidas, convirtiendo los riachuelos en buitrones.
Judah ve algo insólito. Un pequeño pezmúsculo cortador, de vívidas escamas azules. Y entonces escucha un momento de canción, un ritmo exhalado en dos o tres capas reducida a la mínima expresión, buh buh buh buh, rápido e intrincado, entonado por varias presas juntas, y el pezmúsculo se detiene. Queda paralizado con el cuerpo detenido en torsión, inmóvil, congelado en el agua. Y una cazadora lo ensarta con la mano-saeta y en el mismo instante en que lo captura, sus compañeras y ella dejan de cantar y el pezmúsculo vuelve a retorcerse, pero demasiado tarde. Judah lo presencia de nuevo, días más tarde, un coro casi silencioso y un murmullo que durante un momento mantiene inmóvil a la presa.
En los canales más profundos nadan delfines de agua dulce. Son criaturas feas, de aspecto endogámico. Tienen el prominente morro de un sarcosuchus. Los jóvenes lanzancudos tratan de enseñar a Judah a hacer sus propias figurillas. Han decidido que es un niño, como ellos. Sus modelos son de una desesperada tosquedad y hacen que los pequeños exhalen los suspiros que son sus carcajadas.
Cuando ve cómo le cantan a las figurillas, él trata de imitarlos, consciente de que sólo está haciendo el payaso, y con una interpretación digna de un payaso: »Shallaballoo, dice. »¡Callam, callay, cazah! Y, por supuesto, no ocurre nada, por supuesto el barro de los pequeños lanzancudos echa a andar mientras el suyo se desmorona y cae.
Ha llegado el final del verano y el aire palúdico parece enrarecido. Suenan disparos. Al escuchar la distante percusión del rifle, todos los lanzancudos quedan como paralizados y se camuflan, y durante un segundo, Judah está solo en medio de un bosquecillo de árboles repentinos. En silencio, los moradores de la ciénaga recobran lentamente su aspecto. Todos ellos miran a Judah.