El Consejo de Hierro

El Consejo de Hierro


ANAMNESIS: El tren perpetuo » Son cazadores…

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Son cazadores, y marchan cargados de pequeños cadáveres de mamíferos de la ciénaga. Están explorando el pantano, y cazando en él.

Uno de los hombres pasa a menos de diez metros de Judah, pero se ha convertido en parte del escenario, así que el hombre no lo ve ni lo oye, únicamente levanta el rifle y dirige una mirada estúpida hacia el arroyuelo que hay detrás de Judah. Otro de ellos es más observador. Apunta directamente al pecho de Judah, con movimientos que delatan una profunda experiencia.

»Maldito disparo, dice. »Casi te mata. Lanza una mirada cauta cuando empieza a distinguir su ropa y a reparar en la palidez de su tez. Señala hacia el norte con el pulgar. »Se han ido por ahí. A cuatro o cinco kilómetros. Llegaréis al anochecer, dice.

Los animales del pantano guardan silencio. No se oyen los cantos de los insectos ni los tenues chapoteos de la fauna. Judah se queda casi quieto. Éste es un momento crítico y aunque no puede culpar a nadie más que a sí mismo por estar allí, no le queda más remedio que cerrar los ojos y pensar en todo lo que ha pasado. No va a dejar que el momento termine; con voluntad testaruda y bastarda se aferra a él como un perro molestando a un hombre, hasta que el propio tiempo se desangra y Judah regresa, más triste.

»Oh vaya, dice. Es como una criatura bastarda del tiempo. Hay un estremecimiento.

Hay una lengua de tierra, un embarcadero. Hay un claro al borde de un gran pantano, acres de líquido apacible, liso y tachonado de detritos. Hay una nueva senda que discurre entre árboles empapados, hasta un corrillo de tiendas y carromatos, cabañas con techo de moho sobre la tierra domesticada. Hay disparos.

Judah lleva un regalo en la mochila y un ramo de flores de la ciénaga. Ve un grupo de hombres con desgastadas camisas blancas y pantalones gruesos. Están estudiando unos mapas y examinando con mirada entornada unos instrumentos de aspecto extraño. Las fogatas en las que preparan las cazuelas con su comida, exhalan columnas de humo grasiento que parecen nubes de tinta de calamar. Le dan a Judah algo parecido a una bienvenida. Debe de parecer un espíritu de barro y cieno. Los animales rehechos, intranquilos, pisotean el suelo cuando se aproxima.

El líder está de pie. Un hombre entrado en años, pero esbelto y duro como un perro. Judah sólo lo mira a él, y lo sigue al interior de su tienda de lona alquitranada.

Una luz tamizada atraviesa la lona. Hay sencillos muebles de arboscuro, un camarín que puede convertirse en una cama, en los angostos confines.

El viejo huele el maltrecho regalo. Judah está confuso: ha olvidado los modales de la ciudad. ¿Se ha equivocado dándole las flores a este viejo? Pero el hombre responde con elegancia: huele las flores, que aún conservan parte de su belleza, y luego las pone en agua.

Parece sereno. Tiene el pelo blanco, recogido en una pulcra coleta. Sus ojos son un azul muy intenso. Judah registra su bolsa (los guardias se ponen tensos y levantan sus pistolas) y saca una figurilla.

»Esto es para usted, dice. »De parte de los lanzancudos.

El hombre la recibe con lo que parece un placer muy genuino.

»Es un dios, dice Judah. »Como artistas y escultores, no son gran cosa. Sólo hacen cosas sencillas.

Es un espíritu ancestral envuelto en cuerda. Hecho por el propio Judah. El hombre observa la cara embozada.

»Quiero preguntarle algo, dice Judah. »No sabía que fuera a estar aquí en persona…

»Siempre estoy cuando empezamos a roturar una región nueva. Es un trabajo sagrado, hijo.

Judah asiente como si acabara de oír algo muy importante.

»Hay gente en la ciénaga, señor, dice. »Estoy aquí por ellos, creo.

»¿Crees que no lo sé, hijo? ¿Crees que no sé por qué estás aquí? Por eso te he dicho que lo que hacemos es trabajo sagrado. Estoy tratando de ahorrarte la pena.

»No son como se dice en el bestiario de Shac, señor…

»Hijo, respeto el Potencialmente sabio tanto como el que más, pero no hace falta que me digas eso. Hace mucho que sé que no es un dechado de… ah, precisión, podríamos decir. Pero este caso no está abierto a discusión.

»Pero señor, necesito saber… Lo que quiero saber es dónde creen que pueden ir exactamente, porque ellos, esta gente, los lanzancudos, no, no… no sé que podrían hacer contra ustedes.

»No me gusta hacerle daño a nadie, pero por los dioses y por Jabber que ahora no vamos a dar la vuelta. No hay nada bronco en su voz, pero su fervor hace que Judah sienta un escalofrío. »Debes comprender lo que se avecina, hijo. No tengo planes para tus lanzancudos, pero si se interponen en mi camino, sí, mi camino los aplastará.

»¿Sabes lo que ves aquí?, dice. »Cada uno de nosotros, y cada uno de los que van a venir, hasta el más asqueroso trabajador, cada oficinista, cada zorra, cada cocinero, jinete y rehecho, cada uno de nosotros es un misionero de una nueva iglesia y no hay nada que pueda impedir que el trabajo sagrado siga adelante. No lo digo con malicia. ¿Tienes algo más que decirme?

Judah lo mira con terrible tristeza. Tiene que esforzarse por hablar.

»¿Cuánto tiempo?, dice al fin. »¿Qué planes tienen?

»Creo que ya lo sabes, hijo, dice el viejo con calma. »¿Cuánto tiempo? Tendrás que preguntárselo a las colinas. Y luego tendrás que preguntarle a los dioses y espíritus de tu pantano cuánta arena limpia y pura pueden comer.

Sonríe. Toca a Judah en la rodilla.

»¿Estás seguro de que no hay nada más que quieras decirme? Tenía la esperanza de oír otras cosas de tus labios, pero supongo que si hubiese algo, a estas alturas ya me lo habrías dicho. Quiero darte las gracias por el dios que me has regalado y estaré en deuda contigo si vuelves con el pueblo lanzancudo y les dices que cuentan con todos mis respetos y mi gratitud. Sabes que iremos a verlos muy pronto, ¿verdad?

Señala un mapa que hay en la pared, un mapa de toda la tierra que se extiende entre Nueva Crobuzon y el bosque Turbio, y las ciénagas, y el puerto de Myrshock, y se prolonga varios cientos de kilómetros por el interior del continente, en dirección oeste. Los detalles son vagos: es una tierra en disputa. Pero Judah fija la vista en la zona cuadriculada del corazón de la ciénaga.

»Sé lo que estoy viendo, dice el anciano, y hay auténtico afecto en su voz. »En mis tiempos he visto muchos casos así. Es una afectación, hijo, pienses lo que pienses ahora. Pero no voy a darte discursos. No es una recriminación. Sólo te diré que la historia viene hacia aquí, y es mejor que tu tribu se aparte del camino.

»Pero, maldita sea, dice Judah. »¡Esta tierra no está desierta!

El viejo parece confundido.

»Lo que tienen, lo que han tenido en esa ciénaga durante siglos, sea lo que sea, tiene todo el derecho a hacer frente a la historia que viene de mi mano, si es que puede.

Allá en la ciénaga, entre los lanzancudos, Judah no sabe qué decir. Las frondas se han reunido tras él, una capa de vegetación tupida que él sabe falsa.

Los niños tratan de enseñarle otra vez a hacer sus gólems. Nunca ha demostrado la menor aptitud, siempre se ha creído sin talento. Un anciano lanzancudo se acerca mientras Judah está estirándose y lo toca en el pecho. Judah abre los ojos y siente que algo se mueve en su interior. Esté en el contacto, en el aire de la ciénaga, o en las cosas crudas que ha estado comiendo, de pronto percibe una afinidad nueva, y lleno de asombro descubre que, aunque débilmente, puede hacer que su figura de barro se mueva. Los niños lanzancudos lo aclaman con sus zumbidos.

»Va a venir alguien, dice al llegar la noche. Los lanzancudos se limitan a devolverle miradas diplomáticas. »Vendrán hombres, e inundarán vuestra ciénaga. Dividirán vuestras tierras en parcelas y harán retroceder las aguas.

Judah recuerda el mapa. Una pulcra trisección. Marcas de tinta que se convertirán en una transformación de la tierra, millones de toneladas de grava desplazada, y un holocausto para los bosques.

»No se detendrán por vosotros. No se desviarán por vosotros. Debéis marcharos. Debéis iros al sur, a los territorios de caza de los demás clanes, al interior, lejos de aquí.

No ocurre nada durante largo rato. Luego llegan los delicados monosílabos de los lanzancudos.

»Son las tierras de caza de los demás clanes. No nos querrán.

»Pero debéis iros. Si no lo hacéis, ya veréis lo que traen esos hombres. Los clanes deben unirse y ocultarse.

»Nos ocultaremos. Cuando vengan los hombres, seremos árboles.

»No será suficiente. Harán que la tierra se seque. Enterrarán vuestra aldea.

Los lanzancudos lo miran.

»Tenéis que iros.

No lo harán.

Judah pasa los siguientes días mordiéndose las uñas. Come con los lanzancudos y los observa, saca heliotipos de sus actividades y toma notas, pero con una creciente sensación de pesar que comprende que se debe a su recuerdo.

»Ha habido guerras, le dicen cuando exige conocer el pasado de sus conflictos. »Hace tres años, luchamos contra otro de los clanes y muchos de los nuestros murieron.

Judah pregunta cuántos y el lanzancudo levanta las manos —éste tiene siete dedos en cada una—, las abre, las cierra y levanta un dedo más. Quince.

Judah sacude la cabeza.

»Muchos, muchos, muchísimos más morirán si no os marcháis, dice, y el lanzancudo sacude también la cabeza. Ha aprendido el gesto de él y lo utiliza con orgullo.

»Seremos árboles, dice.

Judah aprende a hacer que su criatura de barro baile. Cada día lo hace mejor. Ahora crea figuras de arcilla y turba de treinta centímetros de altura. No sabe qué lo provoca ni cómo le han enseñado los niños lanzancudos a hacerlo, ni lo que puso aquel adulto en su interior, pero sus nuevos poderes lo maravillan. Su pequeño modelo vence a los demás en los juegos de circo en los que enfrentan a sus gólems.

Es su único placer, y detesta tener la impresión de que es una evasión. Una o dos veces más suplica a los lanzancudos que lo sigan al interior de la ciénaga. Es humillante ser incapaz de encontrar las palabras necesarias para convencerlos. Es su cultura, se dice a sí mismo, es su forma de ser, es su naturaleza. Ellos —no él— son los culpables. Pero no cree a su propio pensamiento.

Se siente maniatado por la historia. Puede batir las alas, como una mariposa ensartada en un alfiler, pero no puede ir a ninguna parte.

Hay nuevas reverberaciones, y la detonación de las armas de los cazadores se oye todos los días. Judah aprende algo. Está con un lanzancudo cuando éste acorrala a un anfibio grueso como un muslo, y entre los dos cantan-exhalan el ritmo uh uh uh uh uh, y durante medio segundo la criatura queda petrificada en mitad de salto, atrapada en tiempo solidificado, y Judah comprende que el ritmo que cantan es un eco de la canción que usan los niños con los gólems de barro. La misma, sólo que mucho más compleja, dotada de muchas estrofas.

Está obsesionado con el canto. Quiere preservar los momentos en su totalidad, congelar los sonidos, desnudarlos y clasificarlos. Sólo consigue medir su compás y ponerlos por escrito para estudiar sus relaciones.

Judah trabaja deprisa. Siente que está formándose un nudo dentro de él. Su medio amigo Ojos Rojos lo ayuda. »Creamos formas que se mueven. Todos nosotros: los niños de una forma y los cazadores de otra. Y Judah descubre que los cantos de los niños no son más que mímica. Son sus manos las que hacen que se muevan los gólems. El ritmo de los cazadores hace lo mismo que el chasqueo de los dedos de los niños. Dos intercesiones de un mismo tipo.

Hay un ruido fabril en la distancia. Un gruñido rítmico.

El primer lanzancudo en morir es un joven demasiado confuso para controlar su camuflaje. Lo abate un cazador, asustado por un acelerado parpadeo que revela tan pronto una criatura de cuatro patas como lo que parece ser un árbol en estado de descomposición. No sabe qué es lo que ha matado, y sólo por una mezcla de azar y neofobia no acaba devorando al muchacho. El clan encuentra el pequeño cuerpo.

Han llegado al lago, piensa Judah. Imagina incontables vagonetas de nada, de suelo, piedra y tierra desecando las ciénagas.

Es el momento. De hacer que su nuevo clan se traslade al interior y desaparezca. No habrá otro. Lo han vencido. Aunque cada noche vuelve a decir lo que ya ha dicho —debéis iros, no es seguro, morirán muchos más—, se ha rendido. Está desvinculándose. Vuelve a ser un observador.

Los lanzancudos debaten en silencio. La comida empieza a escasear. Los peces y las criaturas de las que se alimentan están huyendo de la asfixia. Hay veneno en la ciénaga, los desechos de un millar de hombres y mujeres, los residuos de las letrinas, de los limpiacristales, de la negra pólvora, de las improvisadas tumbas.

Hay otra muerte, una solitaria presa sorprendida sola. El tronar de la industria es perpetuamente audible.

Un grupo de cazadores lanzancudos regresa y trata de relatar lo que ha visto. Un núcleo seco, algo que se aproxima. A estas alturas ya hay excavadoras a vapor, como bien sabe Judah, en grupos cada vez mayores.

»Uno de ellos nos ha atacado, dice un lanzancudo, y muestra a los demás el arma que le ha arrebatado. Está manchada de sangre humana. Han matado, y Judah comprende entonces que ha llegado el fin. Se les ha acabado el tiempo. Ellos no lo saben. El sol se ha apagado. No queda nada. Crece su frenesí por aprender. Por preservar al pueblo en sus notas, por ofrecerle su homenaje.

Tras esa muerte, los lanzancudos se convierten en presas.

Los sires rojos desenvuelven a su amado dios y vuelven a tallarlo para transformarlo en un espíritu asesino. Reviven un culto a la muerte. Ciertas presas y sires de alquitrán impregnan sus manos-lanza en venenos capaces de matar con un mero rasguño, y que en menos de un día y una noche será absorbido por su piel y los matará, de modo que no les queda más remedio que convertirse en asesinos suicidas y atacar a los enemigos que se aproximan.

Judah ve los cadáveres de los hombres de Nueva Crobuzon atravesados por las manos de los lanzancudos, hinchados por la acción de las toxinas, tirados en medio de la vegetación. Si lo encuentran con los lanzancudos será declarado un traidor a su raza, a su ciudad, y sufrirá una muerte lenta, ilegal pero sancionada por las autoridades. Los lanzancudos más valientes tienden emboscadas a los hombres de la carretera.

Matan humanos y algunos cactos, de tres en tres y de cuatro en cuatro. Se ofrecen recompensas por cada par de manos de lanzancudo. En cuestión de pocos días, el campamento se llena de recién llegados, cazadores de recompensas. Renegados de un centenar de culturas, visten harapos apocalípticos, como muestra de desafío a todas las sociedades. Judah los vislumbra entre los árboles.

Chusma de Mar de Telaraña y de Khadoh, y piratas Cactos de Dreer Samher. Hay vodyanoi, desechos de Gharcheltist y Nueva Crobuzon. Una mujer de varios pies de alto que lucha con dos mayales se cobra un montón de lanzancudos muertos. Se rumorea que ha venido un gessin con su armadura. Una bruja del estrecho de Fuegagua consigue muchos pares de manos, los junta en un ramillete y se sume en un letargo para conjurar demonios oníricos y enviarlos sobre el campamento.

»Huid, dice de nuevo Judah, y esta vez, los que quedan vivos en la aldea lo escuchan.

Se dirigen al sur. Ojos Rojos le cuenta a Judah que buscarán refugio entre la nueva tribu mestiza de refugiados de todas las naciones de lanzancudos.

»No tardaré en ir, le dice Judah. Ojos Rojos asiente, otro gesto que ha aprendido.

No quedan niños en la aldea para desafiar a sus gólems. Sólo quedan adultos, cuyo saber es ahora marcial, que cuentan presas cobradas y ponen trampas. El chirrido de la piedra y los engranajes de las máquinas que se aproximan es incesante.

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