El Consejo de Hierro

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ANAMNESIS: El tren perpetuo » Un día Judah…

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Un día Judah se levanta y recoge todo lo que tiene —notas, especímenes, heliotipos y dibujos—, abandona la aldea y se dirige a la nueva zona industrial atravesando el laberinto acuoso.

Hay un capataz al borde del claro reciente, gritando a sus trabajadores. Judah se lo queda mirando. Son vulgares, pequeños y arrogantes, pero están moldeando la tierra.

El capataz asiente cuando Judah pasa a su lado y le dice:

»Esto no es un puto lago. Este pedazo de mierda es un diablo. El hombre escupe al agua negra. »Se traga hasta la última tonelada de tierra que le echamos. No tiene fondo.

Leñadores y vigilantes, agrimensores, cazadores, ingenieros abriendo zanjas; cactos, vodyanoi, hombres y rehechos. Trabajan con azadas y serruchos, picos, carretillas. La ciénaga está menguando.

Hombre tras hombre, y rehechos, y cactos, llegan con carretillas llenas de yeso y grava y guijarros de la nueva cantera. Una pala a vapor descarga espasmódicamente sus cargamentos. El balastro es engullido. Los juncos y la capa de hojas y la tierra han desaparecido. El camuflaje de los pantanos ha sido vencido y sus aguas han quedado al descubierto, empujadas por un anillo en expansión. Desaparece una caretilla tras otra con un ruido parecido al que hace una garganta al tragar.

»¿Ves? ¿Ves?, dice el capataz. »Esta maldita cosa es más profunda que el coño de una puta.

Esto era antes un cenagal, un lugar donde podía atenazarte un lodo tan vigoroso como una boa constrictora. La roca acarreada desde las colinas se alza en montículos, lamida por el agua espesa. Son baluartes hechos de grava y arena. La tierra seca se recorta. Los trabajadores han extirpado una carretera de materia, una ringlera hecha de restos de alerces, mangles, matorrales y nenúfares arrancados. Es una serpentina de tierra aplastada, de una docena de metros de anchura y longitud interminable, que retrocede sinuosamente entre humedales, purgada de árboles y alimentada por el trabajo de peones y canteros hasta a donde Judah le alcanza la vista.

Hay una extensa ciudad hecha de tiendas. Se ven carromatos tirados por mulas rehechas como criaturas de la ciénaga, anfibias. Judah echa a andar por la carretera elevada. El suelo está lleno de charcos, y tras ellos se mueven los dedos del Pantano. Las bombas aúllan y desecan los humedales, los convierten en barrizales, que luego se convierten en el lecho para nuevas rocas. Hay cuadrillas de cactos, cuyos músculos se mueven poderosamente bajo la piel espinosa.

Y hay muchos rehechos. No miran a los hombres enteros, a los trabajadores libres, los aristócratas de aquella obra.

Los rehechos siempre son diferentes. Desde que Judah tiene uso de memoria. Sus cuerpos han sufrido transformaciones imposibles. Al pie de la carretera hay un hombre en cuyo torso pululan un sinfín de brazos famélicos, extraídos de cadáveres o amputaciones. Encadenado a él hay un hombre, más alto y de rostro estoico, con un zorro metido dentro del pecho, desde donde, sumido en un permanente estado de terror, no para de gruñir y lanzar dentelladas.

Aquí hay un hombre reptante, embutido en una humeante cáscara de hierro en forma de espiral. Allí, una mujer trabajando, porque también hay mujeres entre los rehechos, una mujer convertida en un pilar acanalado al que están adheridos los órganos vitales como si hubieran sido olvidados allí. Un hombre —¿o es una mujer?— por cuya carne circulan extrañas corrientes, eructos, como un pulpo. Gente con la cara desplazada, con cuerpos de hierro y tubos de goma, y brazos accionados a vapor, y brazos de animal, y brazos que son pistones de tamaño de un cuerpo y que utilizan para caminar, pues en lugar de piernas tienen zarpas de mono.

Los rehechos trabajan, mientras sus supervisores vigilan y a veces usan el látigo. La carretera se aleja entre los árboles hasta perderse en el infinito.

»Mi amigo lanzancudo, dice el viejo. Saluda a Judah.

»Mi amigo lanzancudo, me alegro de verte. ¿Vuelves a nosotros? Judah asiente. »Me alegro, hijo. Es lo mejor. ¿Cómo está tu clan?

Judah levanta una mirada fría, pero no ve ninguna burla. La pregunta no es una provocación.

»Se ha ido, responde. Siente su fracaso.

El hombre asiente y frunce los labios.

»¿Vas a mostrarnos su hogar?, dice. »Quiero derribarlo. Es inaceptable que tengan un lugar al que volver. Vamos a levantar una aldea allí, ¿sabes? Si, vamos a hacerlo. Estamos sentados sobre el subsuelo de Vía Empalme, o Villa Bifurca, o Palus Trimpalme, aún no me he decidido. Podría convertir la aldea de los lanzancudos en un museo, a medio día de la Piazza di Vapor, para que la gente pudiera venir a visitarlo. Pero también estoy pensando en arrasarla. Así que, ¿quieres enseñarme dónde está?

Si la aldea sobrevive, habrá lanzancudos que querrán regresar. Niños que buscarán los lugares donde antes jugaban.

»Se lo enseñaré.

»Buen chico. Te entiendo y te admiro. Has sufrido mucho, y eso lo respeto. ¿Has encontrado lo que viniste a buscar? Recuerdo la primera vez que hablamos. Cuando te contraté, ¿te acuerdas? Quería algo de ti, pero siempre me pareció que tú querías algo de la ciénaga, de los lanzancudos. ¿Lo has encontrado?

»Sí. Lo he encontrado.

El viejo sonríe y extiende la mano, y Judah le entrega sus mapas, sus anotaciones, todo el saber de la ciénaga. El viejo no dice nada sobre lo mucho que ha tardado en llegar la información. La hojea pero no comenta lo pobre que es, lo mal que se ha atenido Judah a su parte del acuerdo. Llega otro hombre y discuten un momento sobre un plazo que no va a cumplirse. El viejo asiente.

»Tenemos problemas a montones, dice. »Los capataces están furiosos con los magistrados de la ciudad. Actúan sin pensar. Nos envían rehechos inútiles. Los pilotes están viniéndose abajo. Los muros de contención se comban y las zanjas se colapsan. Sonríe. »Nada de esto me sorprende.

»Bienvenido a casa, dice. »Y ahora, hablemos de la paga. ¿Quieres volver a Nueva Crobuzon? ¿O quedarte? Yo tengo que irme. Llevamos tanto tiempo aquí, sin hacer progresos, que los traga-herrumbre nos han alcanzado. Han llegado a los árboles.

Sí, allí están. A poca distancia por la carretera, que es más lisa y está mejor acabada cuanto más se aleja Judah. Posee cierta belleza esta tierra domeñada. Es una rareza, una carretera asediada por las zarpas de la ciénaga.

Tras un recodo hay una nueva cuadrilla. Rodeada por los escasos árboles que aún quedan, similar a la que está allanando los humedales, pero desplazándose con un ritmo propio, una síncopa constructiva.

Una multitud se abre en dirección a él. Hay un traqueteo rápido al soltarse unas traviesas y luego, con un sonido como el de un corte, un vagón de plataforma descarga un montón de vigas maestras. Acuden cuadrillas de rehechos y enteros a recogerlas con tenazas y, con un movimiento de asombrosa elegancia, las depositan donde deben, al mismo tiempo que unos trabajadores fornidos se aproximan y, con la perfecta sincronización de una orquesta, remachan las trabazones y los rieles. Tras ellos viene algo enorme, ruidoso y humeante, que observa sus esfuerzos y avanza pasito a pasito pero sin detenerse nunca. Un tren, en el corazón de los pantanos.

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