El Consejo de Hierro

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ANAMNESIS: El tren perpetuo » El primer viaje…

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El primer viaje desde Nueva Crobuzon. Un equipo: ingenieros, gendarmes, eruditos y andrajosos exploradores que miraron a Judah, con su melena revuelta, con amigable condescendencia. Partieron tres o cuatro kilómetros al oeste de Nueva Crobuzon, fuertemente custodiados. Una ciudad de remolcadores levantada en la tierra, una cordillera de locomotoras, un abanico de raíles.

Almacenes lo bastante grandes para alojar barcos enteros, montañas de gravilla, una parte del bosque Turbio reducido a planchas de madera. Una hueste de humanos y cactos; khepri, cuyos escarabajos se agitaban nerviosamente; vodyanoi en los canales que unían la ciudad, gobernando barcazas abiertas; razas más raras aún. Un jardín de flores diferentes. Tratos, contratos, asignaciones, todos a bajo precio. Los rehechos metidos en corrales, cargados sin contemplaciones en vagones apartados, como animales de granja. Sobre la tierra vacía, sorteando los linderos del bosque por caminos abiertos por detonaciones de pólvora, avanzó el ferrocarril.

Era a finales de primavera. Los dirigibles pasaban lentamente sobre sus cabezas, explorando la tierra, precediendo el avance del camino de hierro. Desde la ventana del tren, Judah observaba la campiña.

El tren estaba repleto de reclutas: peones en bancos de madera, rehechos en sus vagones-prisión. Judah estaba sentado junto con los demás exploradores. Escuchaba el sonido de los pistones. Los menudos y sencillos trenes de Nueva Crobuzon estaban siempre acelerando o aminorando, moviéndose a sacudidas entre las estaciones. Nunca tenían tiempo de coger una velocidad, de mantenerla y crear aquel sonido nuevo, aquel ritmo totalmente nuevo, el de un tren en marcha.

Pasaron junto a una aldea: una imagen extraña y fea. Una vía muerta terminaba allí, y Judah alcanzó a ver las antiguas casas de adobe junto a otras de madera, apresuradamente levantadas. Debía de haber triplicado su tamaño en menos de doce meses.

»Esto es una locura febril, dijo un hombre. »No puede durar. Dentro de dos años estarán llorando. Cada pueblo de mierda por el que pasamos le da algo de dinero al ferrocarril, o llega algún sindicato de Nueva Crobuzon, requisa lo necesario y paga al ferrocarril de Weather Wrightby para poder proporcionarnos los putos raíles. No todos lo conseguirán. Algunos de los pueblos tendrán que desaparecer.

»O serán borrados del mapa, dijo otro y todos se rieron. »Antes incluso de que saliéramos ya habían empezado a construir. Hay una ciudad al oeste. Salve, construida por gente de la Ferroviaria Transcontinental. Trazaron los planos de la ruta de Myrshock-Mar de Telaraña con el mismísimo Hierro Wright, y levantaron la ciudad para él. A partir de cero. A medio camino del empalme de la ciénaga.

»Pero pasó algo, sólo Jabber sabe el qué, y ahora resulta que Hierro Wright no se habla con ellos. Así que vamos a dar un rodeo y el camino de hierro nunca llegará a Salve. El hombre se echó a reír. »Sigue allí. Una ciudad moderna. Totalmente vacía. La ciudad fantasma más joven de todo Rohagi.

Judah se imaginó salas de música, una casa de baños, visitadas sólo por el polvo, devoradas por la maleza.

Se detuvieron en una de aquellas ciudades surgidas de la nada, y un enjambre de vendedores ambulantes rodeó el tren. Empezaron a ofrecerles comida barata, ropa barata y gacetas impresas a mano en las que se anunciaban bestiarios y mapas de las tierras nuevas que estaban descubriéndose. También vendían los periódicos del ferrocarril: Judah compró uno, una hoja mal entintada, llamada La Cabina del Piloto, plagada de erratas y errores gramaticales. Era un compendio de quejas proletarias, historias tristes sobre la suerte de los rehechos, relatos escatológicos e imágenes pornográficas dibujadas a mano.

Los raíles viraron hacia el sudoeste sobre el barro revuelto y los escombros de una aldea temporal que había sido desmantelada, en dirección a una región de roca y pasto. En una ocasión, el tren vadeó un barranco por un puente recién levantado que se balanceaba bajo sus ruedas.

Si era necesario, su itinerario sorteaba los desniveles del terreno, pero en términos generales marchaban en línea recta: un desvío equivalía a un fracaso. Si la roca se encabritaba la perforaban, tallando surcos manchados de humo y con las paredes tapizadas de gravilla. Al oeste, unas montañas observaban su avance. Los picos Bezhek, circundados por sombras. Cuando el tren volvió a aminorar, fue porque estaban llegando a la cabecera de la vía.

Había gente en aquellos parajes. Muchas mujeres, con las enaguas manchadas de tierra. Algunas de ellas llevaban niños en brazos. De repente fueron cientos, en una ciudad de tiendas de campaña levantada a poca distancia de los brillantes rieles. Rameras desplazadas de forma inverosímil hasta un lugar desolado en medio de la nada.

Se puso el sol y aparecieron fogatas. Judah pensó en la gente que había quedado atrás, los muertos, enfermos y asesinados, los niños abandonados o asfixiados, enterrados junto a la vía. Pasaron lentamente junto a un rebaño de criaturas mestizas, esmirriadas y sutilmente rehechas, una variedad de grex. La box capra, que se alimenta de lo poco que puede encontrar y cuyos ojos rasgados revelan su parentesco con la cabra montesa. Finalmente, por delante de la ciudad de las prostitutas y del ganado, se encontraron con el tren perpetuo.

Judah lo había recorrido de un extremo a otro, sorteando las cuadrillas. Era un pueblo rodante, una pequeña ciudad industrial que avanzaba reptando. Al final de una tierra de nadie cubierta de rieles encontró las obras. El último extremo de la mano de Nueva Crobuzon. El leviatán desplegando su camino de metal, la lengua de hierro de la ciudad más grande de todo Bas-Lag, lamiendo los pueblos que poblaban las llanuras.

Luego vinieron varios días de caminata más allá de la frontera de hierro. El grupo de Judah dejó atrás los carromatos de las traviesas. Las cuadrillas talaban los sotos, trataban y daban forma a las planchas, las apilaban y luego se las llevaban. Delante de las traviesas, el lecho de la vía era una mera cinta de guijarros. Cuando caminaban junto a las planchas de madera les daba la impresión de estar siguiendo una inmensa escalera tendida sobre la tierra; ahora era como una carretera. Excavaba las tierras altas y se elevaba al pasar por las bajas. Todavía marchaban a mucha distancia de los niveladores.

Durante días, no tuvieron más compañía que las aves. Era una insólita región de lomas y riachuelos. Las rocas, erguidas como estelas funerarias, habían sido talladas por la acción del viento y ahora exhibían bajorrelieves de formas inesperadas. El lecho de la vía pasaba entre ellas conformando una inmensa ruina, los restos de la muralla de una ciudad. Oyeron un ruido y se aproximaron a un agujero de la roca.

Los excavadores habían excavado un túnel en el talud. Había un campamento junto a la entrada, por el que emergían hombres de las entrañas de la roca, arrastrando vagonetas cargadas con los residuos de la colina. Estaban demasiado lejos de Nueva Crobuzon para las excavadoras a vapor. Y probablemente la roca fuera demasiado sólida, aunque a Judah le proporcionaba un cierto placer imaginar una de aquellas máquinas con una broca a modo de hocico, grande como un carromato, saliendo del suelo. Los excavadores estaban solos en aquel desierto, con sus picos y su pólvora, abriendo rutas para unas vías férreas que no las utilizarían hasta varios meses después.

Muchos rehechos, equipados con miembros de pistones y martillos neumáticos, se quedaban sordos por culpa de su trabajo. Uno de ellos era un hombre al que le habían sustituido los brazos con las zarpas hipertrofiadas de un topo; en aquella roca no le servían de nada, pero la cuadrilla lo había adoptado como mascota, así que estaba sentado en el interior del túnel, entonando canciones de aliento. Los gendarmes de la FT vigilaban.

»¿Adónde os dirigís?, preguntó el superintendente.

»Al sur. A Mar de Telaraña. A las llanuras.

»A las ciénagas, dijo el otro explorador que acompañaba a Judah.

»A las ciénagas, dijo el supervisor. »Cómo nos vamos a reír cuando el ferrocarril llegue allí. Va a ser un puto infierno, ¿eh?

Judah sonrió. Su compañero se echó a reír. Varias semanas después perecería consumido por una enfermedad de las marismas, y Judah se quedaría solo. Judah había pensado en los heliotipos y bocetos de los pantanos que había visto, las criaturas que salían de las arboledas, la vegetación húmeda, las había imaginado aprisionadas en barro convertido en hormigón, paralizadas en el sitio.

La carretera terminó. Alcanzaron a los niveladores, que se encargaban de excavar cuando la tierra ascendía, y recoger los residuos de su trabajo y rellenarla cuando descendía.

Estaban transformando una colina en una sucesión menguante de plataformas industriales. Las masas geológicas se convertían en escalones, abarrotados de peones y bestias de carga. Se levantaban nubes de polvo de loess. Tras varias horas de trabajo, los escalones quedaron nivelados. Habría un barranco donde hasta entonces se alzara una loma.

Hay cuadrillas desplegadas como un collar de cuentas, pensó Judah, por toda la región.

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