El Consejo de Hierro

El Consejo de Hierro


ANAMNESIS: El tren perpetuo » Ahora Judah…

Página 27 de 82

Ahora Judah ha regresado. El tren perpetuo lo ha alcanzado. Ha penetrado en las marismas.

El oscuro interior del pantano se extiende como una capa de aceite, pero ahora ha sido invadido. Han trazado una línea hasta su corazón, afianzada con paredes de roca. Sobre ella brillan los rieles. Judah ve una grieta entre los árboles y vislumbra el humo negro del tren.

Llegan trenes de suministros, cargados de traviesas, carne salada y raíles de hierro negro. Judah podría coger cualquiera de ellos para volver a Nueva Crobuzon. Pero la serenidad se ha apoderado de él. Las cosas no han terminado aún. No quiere regresar.

La saturación de la tierra ha provocado el estancamiento de la producción y las cuadrillas han empezado a solaparse: los niveladores, traveseros y remachadores, que preceden al propio tren perpetuo. Los dracos revuelven entre la basura. Los diferentes grupos que seguían al campamento se han fundido. Una ciudad de tiendas de campaña llega tras el tren perpetuo. Tiendas cervecería, tiendas salón de baile, tiendas burdel, edificios prefabricados de madera contrachapada, circos para cuando los trabajadores tienen el día libre…

»Yo estaba allí, se dice Judah mientras contempla la ciénaga, se dice: »Debería irme a casa, pero, pero… Le cuesta decir por qué no lo hace. Lo atrae la grandeza de aquella empresa.

Regresa al desierto campamento de los lanzancudos. Está devorándose a sí mismo, hundiéndose en el cieno. Una parte de él quiere adentrarse en el pantano y buscar a los lanzancudos en el corazón de su menguado país. Pero es un ser humano, y ahora los lanzancudos matan a los seres humanos. Celebra una inadecuada ceremonia. Se siente vacío.

Judah observa los progresos de los niveladores. Es como una gaviota, un carroñero que sigue el lento avance del ferrocarril. El tren y sus vías sólo pueden avanzar unos pocos metros al día en esta ciénaga implacable. El otoño se acerca a toda prisa.

En los linderos del pantano, la ciudad de las tiendas y sus míseros arrabales son un centro de pujante comercio y tosca industria. Allí se congregan fugitivos de los campos, trabajadores que no trabajan, prospectores, vagabundos armados como los que están multiplicándose en las llanuras abiertas por la carretera de hierro. Cactos, vodyanoi, llorgiss, khepris y razas aún más arcanas; crustáceos bípedos y encapuchados como monjes, figuras con demasiados ojos. Cazadores de gloria, mercenarios; una canalla formada por decenas de culturas diferentes.

»¿Cómo voy a volver?, le pregunta Judah a uno de ellos mientras juegan a las tabas. »Con esa cosa, ese tren, aquí. ¿Cómo?

Es un vagabundo perdido en la ciudad de vapor y pistones del ferrocarril. Hay miles de hombres y mujeres, muchos de ellos sin empleo. Un lastimero ejército se arrastra tras el tren perpetuo. Cuando los gendarmes no miran, se dan a la mendicidad.

Judah crea gólems con el barro revuelto de la cabecera de la vía. No puede abandonar el ferrocarril.

Las aldeas por las que pasan se enriquecen y se vuelven furiosamente violentas —decadentes, empapadas de licor, abarrotadas de prostitutas, ajenas a todo concepto de ley— durante los días o las semanas que dura el ferrocarril, y luego mueren. Son como moscas de un día.

El sexo está tan presente en la industria de la carretera de hierro como las tareas de remache y nivelado, como la ganadería, como la burocracia. Una ciudad de prostitutas huidas de los barrios salaces de Nueva Crobuzon sigue a los rieles y a los hombres que los tienden. Los hombres la llaman Villafolla.

La llegada del tren lo cambia todo. Durante siglos ha habido comunidades en los linderos de pequeños bosques; guerras entre los granjeros y ganaderos, los ermitaños y los tramperos; comercio y tratados entre los nativos y los colonos de sectas disidentes huidas de Nueva Crobuzon. Los rehechos fugitivos han escapado a estas estepas y se han convertido en librehechos. Ahora, esta economía nativa se abre en canal y sus rumores llegan hasta Nueva Crobuzon.

Llegan de la ciudad pequeños éxodos de prospectores en busca de los lugares en los que, según se dice, es posible encontrar leche de roca o joyas o huesos de monstruo, cargados de embrujos. Los criminales tienen lugares nuevos a los que huir, y los cazadores de recompensas, nuevos caminos por los que seguirlos. Todos estos recién llegados, exploradores, desechos de una ciudad y curiosos llegados de todo el continente se dispersan por las nuevas regiones. Como afluentes, como ramas de hiedra, sus rutas se propagan a partir del ferrocarril y regresan a él. Judah es uno de ellos.

Ir a la siguiente página

Report Page