El Consejo de Hierro
ANAMNESIS: El tren perpetuo » Regresa al ferrocarril…
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Regresa al ferrocarril montado en su mula, cruzando sendas de tramperos y cazadores. Lleva consigo el dinero que ha robado.
Pasa por los cadáveres vacíos de las ciudades que meses antes eran la festiva cabecera de las vías. Sigue el curso de los arroyuelos que bajan crecidos por la nieve fundida. En los pliegues de las colinas avista el ferrocarril, la caballerosa riada de los trenes, con sus brillantes chimeneas que eructan negras bocanadas, llenos de personajes dudosos con destino a las ciudades intermedias.
Después de tres días, Judah descubre que el rebis que lo ganó está siguiendo su rastro. Los rumores cruzan las distancias. Más al sur, de nuevo cerca de las ciénagas, donde las cuadrillas siguen su penoso bregar, Judah llega a una quebrada que alberga a una comunidad armada. De repente las llanuras están llenas de ellos, granujas y salteadores de caminos. La población permanente de bandidos de la zona se nutre ahora de aquéllos a quienes el camino de hierro convierte en forajidos. Su influencia es incontestable.
En una taberna, Judah contrata los servicios de Bill Grasa, un artillero cuya mano derecha es una herramienta de reparación de motores, reconstruida por un armero y equipada con un cañón capialzado capaz de descargar una lluvia de plomo. Se niega a dejar que Judah siga huyendo, y se gana el salario dejando que el andrógino jugador los alcance. Hay un duelo entre el gélido polvo de nieve. Mientras los habitantes de la clandestina aldea corren a ponerse a salvo, el jugador suelta una bandada de dagapichones que se precipita sobre Bill Grasa, pero el librehecho, con una cadencia de fuego que Judah no había visto en su vida (un mecanismo de relojería recarga el cañón de su mano), la desbanda, dispara entre su plumaje y deja al jugador de Maru’ahm tendido en el suelo, muerto.
Judah escapa con Bill Grasa. Ha descuidado a sus gólems, a sus recuerdos de los lanzancudos y al propio ferrocarril. Percibe en el forajido una obsesión por el camino de hierro que le recuerda a la suya. La pasión del librehecho es menos compleja, y Judah se pregunta si será más pura. En lo más hondo de sí, por debajo de la calma que se ha aposentado en él, sabe que debe llegar a comprender al tren.
Pagan en algunas tabernas, y extorsionan en otras. Bill Grasa canta canciones sobre renegados vagabundos. Judah lo entretiene creando gólems —es su único truco— con la comida y haciendo que bailen sobre la mesa. Trata de respirar siguiendo el ritmo, de imitar a los lanzancudos.
Cada asentamiento crea sus propias leyes, y las hace respetar cuando puede. Nueva Crobuzon no reclama las llanuras. Aún no las quiere; no envía a sus milicianos allí. Cede los derechos jurisdiccionales y de explotación a la FT, a Weather Wrightby y su monopolio ferroviario. En estos lugares, los gendarmes de la FT son la ley, pero hacen gala de una indulgencia implacable: sus armas sólo protegen las minas y los mercados.
La reputación de Bill permite que pase algún tiempo antes de que nadie se le enfrente y Judah tenga que presenciar nuevas muertes. Cuando ocurre, es contra un estúpido, un furioso borracho que amenaza a todo el que ve con sus tatuajes vivientes, pero a pesar de ello es un acto desproporcionado. Judah contempla el cadáver mientras los niños de las calles lo despojan de todo.
La cosa cuyo nacimiento ha sentido en su interior, una destilación sólida de sus inquietudes, sacude la cola. No le gusta su compañero.
Sin embargo, se queda con Bill Grasa, y se convierte también en forajido, en su camarada, y cambia la mula por un caballo robado. Porque Bill Grasa no puede dejar el ferrocarril por sí solo. Pasan el invierno en las colinas. Bill vuelve al ferrocarril una vez tras otra.
»Mira ahí, ése con los vagones viejos, es el tren de suministros para las cuadrillas, que se dirige a la ciénaga. Y esos otros son turistas de Nueva Crobuzon que vienen a ver las tierras vírgenes, y ese otro con las torretas en la parte trasera… Ése es el tren de la paga. Sonríe.
Judah siente curiosidad. Otros ya han robado algún tren en el pasado. Vívidos y audaces asaltos, jinetes y carruajes y librehechos con docenas de piernas prestadas, veloces como el viento, que siguen a los convoyes y disparan contra los soldados, abordan los trenes y se dan a la fuga con el botín.
El plan de Bill Grasa podría funcionar. Es elemental, totalmente desprovisto de sutileza, y podría funcionar porque Bill Grasa no siente miedo ni respeto por el camino de hierro. Otros han tratado de desmontar alguna sección de las vías para obligar al tren a detenerse y tenderle una emboscada. Bill quiere volarlas con el tren encima. Quiere cometer un acto de guerra. Judah siente un asombro tan intenso ante la imbecilidad del plan que es casi admiración.
»El barranco de Boca de Platentrañas, dice Bill Grasa mientras dibuja sobre la arena. »El puto puente tiene cientos de metros de longitud. Esperamos debajo y encendemos la mecha cuando entra el tren. Ese armatoste de mierda no lo aguantará. Se vendrá abajo.
La idea es que el tren se precipite al vacío y se haga pedazos contra las rocas del fondo del barranco, a treinta metros de profundidad, y aunque, es cierto, será un derroche, porque el fuego quemará algunas cajas fuertes, y el metal aplastado impedirá acceder a algunos vagones y la sangre de los soldados y los pasajeros manchará los billetes, seguro que algunos lingotes salen despedidos, seguro que la onda expansiva arroja algunas guineas al viento, y Bill Grasa no quiere más que recoger los despojos del suelo y del aire.
El genio de Bill Grasa es su limitada ambición. Un ladrón de mayor categoría insistiría en llevarse hasta el último estíver de los cofres y no podría soportar la idea de aquella carnicería mal concebida. A Bill le da igual que el grueso del tesoro se quede entre los restos del tren destrozado mientras él pueda sacar algo de dinero, y es tal la violencia y la audacia del plan, que podría llegar a funcionar.
La semilla que hay en Judah, no una conciencia sino alguna virtud nebulosa, se agita. No se siente vinculado a ella, pero lo carcome por dentro. No piensa participar en el plan de Bill pero no puede enfrentarse a él, así que debe fingir despreocupación mientras roban la pólvora y cabalgan por el paso de Platentrañas, entre cactus de invierno y rocas ennegrecidas, hasta llegar a la base de los arcos de madera del puente, para colocar los explosivos —Bill con una falta de cuidado que hace que Judah se aparte con miedo— en agujeros abiertos en la tierra helada. Sólo después de eso, mientras esperan la llegada del tren y Bill duerme, puede actuar Judah.
Abandona su caballo y trepa por la empinada pared de roca, sintiendo tal frío en los dedos que teme que pueda perderlos. Corre durante casi un día hasta llegar a una cabaña situada junto a las vías, un apeadero, casilla de correo, y guardavías de la FT.
»Los gendarmes, dice Judah agitando sus heladas manos. »Hay que enviarles un mensaje.