El Consejo de Hierro

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ANAMNESIS: El tren perpetuo » Es un invierno…

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Es un invierno dulce. Judah lleva a Ann-Hari a patinar sobre hielo. A ella le encanta que lo reconozcan al pasar. »¡Cenagalumno!, dice alguien. A Judah no le gusta tanto.

Caminan por las calles cubiertas de escarcha de las tiendas del Curvo, engalanadas con cintas de luces y flores invernales. Beben chocolate caliente aderezado con ron. Ann-Hari no lo mira. Sus ojos pasan sobre él y sonríe, y es una sonrisa genuina, pero no está mirándolo a él.

Adiós, piensa Judah, y le devuelve la sonrisa.

Al llegar la nieve, borra durante algunas horas la faz de la arquitectura: las arrolladas cornisas de las iglesias antiguas, los contrafuertes de piedra oscura y las incontables terrazas de hormigón extrudido o decantado y de ladrillo, y las casuchas de los trabajadores, demasiado humildes o demasiado toscas como para tener estilo propio. Se convierten en meras ondulaciones bajo la nieve; y luego, al sacudírsela de encima como si fuera una película de sudor, vuelven a ser ellas mismas.

Judah luce la exagerada vestimenta de un nuevo rico. Cuando camina, los niños de la Perrera corren tras él, entre algunos jóvenes y flacos cactos y algunos vodyanoi saltarines, y le suplican que cree golemacas para ellos. Algunas veces da vida a un puñado de monedas apiladas y las envía correteando hacia ellos para que puedan recogerlas después de haberse divertido un rato.

Ann-Hari no tiene interés en aprender a leer, pero cuando descubre que Judah está sondeando los periódicos en busca de noticias sobre la Ferroviaria Transcontinental, le exige que le lea algo todos los días que pasa con él (cada vez son más numerosos los días que no vuelve a casa).

»… un invierno brutal, lee Judah en La Lucha. »Los hombres que siguen en la ciénaga pasan la mayor parte del tiempo maldiciendo al frío, pero al menos ellos tienen el consuelo de que los lanzancudos, pérfidos salvajes de los pantanos, han emprendido la retirada y ya no los acosan. Los mensajes que llegan desde el sur sugieren que las cuadrillas procedentes de Myrshock, a pesar de enfrentarse a unas condiciones climáticas menos severas, están haciendo muy pocos progresos…

»¿Qué es Myrshock?, dice Ann-Hari. Judah se la queda mirando. No sabe nada sobre el trazado del ferrocarril ni sobre su futuro.

Le dibuja un mapa. »Tres ramas, dice, mientras dibuja una “Y” invertida y ladeada. »Nueva Crobuzon, Myrshock, en la costa del mar Escaso. Mar de Telaraña en las llanuras. Una vía desde cada una de ellas, y un punto de encuentro en las ciénagas. Ochocientos kilómetros desde Nueva Crobuzon, y mil doscientos más hasta cada una de las otras.

Judah disfraza la fascinación que le inspira el proyecto de lecciones para Ann-Hari. Piensa constantemente en los hombres; piensa en lo que ha visto, esa comunidad de peones que está transformando la tierra.

El camino no se ha bifurcado todavía. Corren rumores sobre fugaces y costosos ataques. Algunos redactores aseguran que la gendarmería de la FT ha dejado de funcionar, incapaz de controlar a sus trabajadores o de someter a los pequeños principados con los que va encontrándose. El Alcalde debe poner fin a esta cesión de soberanía, dicen. Es hora de que la milicia de Nueva Crobuzon se haga cargo de la seguridad del proyecto. Nadie lo cree posible. El gobierno está en contra.

»Los huelguistas se quejan del tiempo, lee Judah. »Se manifiestan contra el frío. ¿Qué quieren que haga la FT? ¿Acaso no sienten el mismo frío todos los trabajadores, los supervisores, los rehechos y hasta el propio Wrightby?

»No, dice Ann-Hari.

Judah la mira. Está comiéndose una ciruela azucarada.

Ella se encoge de hombros. »No.

Judah estudia. Con la ayuda de Pennyhaugh, no sólo desarrolla sus poderes, sino que empieza a comprender lo que está haciendo. Su forma de abordar la práctica sigue siendo primaria, intuitiva, pero los laboriosos y esotéricos textos cobran cierto sentido para él y le permiten mejorar su habilidad.

»… lo que hacemos es una intervención. Pennyhaugh lo instruye empleando sus notas, »una reorganización. La materia viva no puede emplearse para la creación de un gólem, porque es la vitalidad del orgón lo que imbuye a la carne y la materia vegetal con mecanismos de interacción propios. La materia no-viva, en cambio, es inerte porque resulta que su estado natural es de inactividad. Nosotros la dotamos de sentido. No la ordenamos, sino que le indicamos un orden del que ya está imbuida, un orden que es invisible pero que siempre ha estado ahí. Esto es tanto un acto de afirmación y persuasión como un ejercicio de observación. Percibimos una estructura y, en el proceso de señalarla, captamos mecanismos, los asimos y los retorcemos. Porque los patrones no se afirman en la estasis sino en el cambio. La geometría es una interrupción. Es una subordinación del «ser» estático al «estar» activo.

Judah piensa en los lanzancudos y en el ferrocarril. Sigue exhalando su susurro lanzancudo cuando quiere que se muevan sus gólems. Su asimilación de la ciencia va aumentando. Lo obsesiona.

Se olvidan de sobornar al funcionario adecuado y el local donde se celebran las peleas de gólems recibe la visita de la milicia. A los agentes enmascarados no les cuesta mucho encontrar entre el público shazbah, té-plus e incluso, según dicen, mierda onírica. Pennyhaugh paga donde tiene que pagar y mantiene vivo el negocio, mientras Judah tiene la mente en otras cosas.

La golemetría es una interrupción. La golemetría es la materia convencida para verse a si misma de otra manera, a través de una orden que la organiza, una tarea. ¿Cómo levantar un campo en su ausencia? ¿Cómo prepararla y conseguir que espere?

Adquiere baterías, interruptores y cables, adquiere temporizadores, se devana los sesos. En los periódicos se habla de acusaciones contra la FT. Alguien menciona un escándalo.

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