El Consejo de Hierro
ANAMNESIS: El tren perpetuo » Hace varios…
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Hace varios días que Judah no ve a Ann-Hari. De repente comprende que no es que haya encontrado alguien para pasar unos días, sino que se ha marchado. Él sabe adónde.
Le gusta Nueva Crobuzon, la mira con pasión e interés, pero para ella, toda su masa y su historia —la aglomeración de roca y empeño— nunca podrán ser otra cosa que un atributo del camino de hierro. Es el ferrocarril el hogar de Ann-Hari.
Ann-Hari se ha ido a su casa, a las vías y al tren perpetuo. Ya sabe que ninguna milicia de prostitutas va a hacerle daño. La «x» que ha pintado con lápiz de labios sobre el espejo de Judah es un beso de despedida. Lo ha ayudado a volver a ver la ciudad, y él le está agradecido por ello. Descubre que se ha llevado parte de su dinero.
Las peleas de gólems lo aburren. Pennyhaugh cada vez está más enredado con los burócratas del Parlamento, que se eleva como una uña de color cian de la convergencia de los dos ríos. Y las peleas van perdiendo vigor, y al fin cesan, y Pennyhaugh está cada vez más distraído, y tiene más dinero, y una noche lleva a Judah al restaurante más lujoso en el que ha entrado nunca, un lugar muy elegante de Prado del Señor en el que Judah, con sus galas callejeras se siente absurdo, y Pennyhaugh le dice: »Hay otro camino, ¿sabes?, otro… ah… mercado para tus habilidades.
Judah sabe que su momento ha pasado, y que ahora Pennyhaugh es un hombre del gobierno. Se ha quedado sin trabajo y sin biblioteca. No tarda en ser olvidado.