El Consejo de Hierro
Décima Parte: El monumento » 34
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Aunque estaban arrastrándose a trompicones por pequeñas sendas de zorros, y tenía que sujetar a Judah y apartarle el pelo del rostro avejentado para que no se manchase mientras vomitaba bilis, Cutter no hubiese querido que el momento terminase nunca. En un riachuelo poco profundo le limpió la sangre. Judah Low no le prestó la menor atención mientras lo hacía, se limitó a respirar hondo y estirar los dedos. Mientras el momento no terminara, Cutter podía disimular, podía hacerse creer que pensaba que todo iba a acabar bien.
Por una pequeña barranca fueron acercándose muy lentamente a Nueva Crobuzon. Cutter marchaba siguiendo una trayectoria muy alejada a la de la milicia, que podían ver y oír acercándose al tren congelada. Pensaba en los cientos de consejeros que debían de estar huyendo, buscando escondrijos en las rocas, dirigiéndose hacia el interior del bosque. Con los refugiados de la ciudad ente ellos. El laberinto de formas de roca debía de estar lleno de gente asustada.
—Judah —dijo. Exhaló el nombre. No supo qué sentimiento lo acompañaba. Estaba pensando en los que habían muerto por culpa de lo que había hecho Judah—. Judah.
No fueron muy sutiles ni muy discretos; dejaban lo que, creía Cutter, debía de ser un visible rastro de pisadas, sangre y ramas rotas. Él marchaba encorvado debajo de Judah, cargando con todo el peso de su alta figura. Otros consejeros debían de haberse refugiado en aquella barranca antes de salir a campo abierto, pero por algún capricho de la geografía o de la casualidad, Judah y él, caminando entre el tojo y la reseca maleza del invierno, parecían solos. Estaban solos en aquella tierra. Espíritus. Cuando salían a campo abierto, miraban y, a varios kilómetros de distancia, veían el avance de la milicia. Una vez, Cutter divisó el tren perpetuo. Lo vio, un poco fuera del mundo, como si la realidad se combara bajo su peso. Como si estuviera en el fondo de un pozo. Estaba inmóvil…
Con el lento movimiento de las sombras, Cutter vio que aquel día de invierno se hacía viejo. Sabía que las cosas debían de estar cambiando, que el tiempo debía de estar reptando alrededor de los que habían escapado a él. Yo estoy aquí, bajo el brazo de Judah. Estoy llevándolo de vuelta a Nueva Crobuzon. La certeza de que no duraría era como una espina clavada en su carne.
No voy a preguntarte nada. No voy a preguntarte por qué has hecho lo que has hecho. No tenemos tiempo. Pero sin necesidad de que se lo pidiera, Judah empezó a hablar.
—No había nada que pudiera hacerse, en realidad. Nada que pudiera salvarlos. La historia había seguido su curso. Era el momento equivocado. —Estaba totalmente en calma. No le hablaba a Cutter, sino al mundo. Como si estuviera delirando. Seguía muy débil, pero hablaba con fuerza—. La historia había pasado y fue… ¡No lo sabía! No sabía si podría conseguirlo. Era muy difícil, toda la planificación, la concepción, tantas cosas por aprender, y fue tan… tan… —sacudió las manos en su cabeza— tan agotador…
—Está bien, Judah, está bien. —Cutter le dio unas palmaditas y no apartó la mano. Sostuvo a Judah. De repente se sintió lleno, cerró los ojos, parpadeó hasta contener el sentimiento y obligarlo a remitir. Menuda pareja estamos hechos, pensó, y se echó a reír, y Judah se rió también.
Nueva Crobuzon está por ahí. Cutter dirigió sus pasos.
—¿Adónde vamos a ir, Judah?
—Llévame a casa —dijo Judah, y Cutter volvió a sentir ese momento de plenitud.
—Sí —dijo en voz baja—. Deja que te lleve a tu casa.
Su pequeño disimulo, la idea de que pudieran conseguirlo. Un largo y sinuoso viaje, primero hacia las lomas que se levantaban más allá de la estación, donde podrían encontrar un camino al norte de los apeaderos de la FT para llegar a los suburbios de Nueva Crobuzon. A Campanario, por ejemplo, y cruzando las colinas, hasta el Alquitrán y las barcazas nómadas y los mercaderes de bajura con los que podrían comprar un pasaje que los llevara más allá de la puerta del Cuervo, más allá de Ensenada y los restos del gueto khepri, por debajo de los raíles, hasta el Meandro de las Nieblas, hasta las entrañas de Nueva Crobuzon. Cutter dirigió sus pasos hacia el norte, como si ése fuera su plan.
¿Qué es, Judah? ¿Qué es lo que has hecho? Recordaba haber oído hablar a Judah sobre gólems incorpóreos, sobre los lanzancudos y su arcana golemetría. No sabía que pudieras hacer eso, Judah.
Vieron gente.
—Vais en las dirección equivocada, amigos —les dijo un caravanero. Cutter y Judah siguieron adelante. Los carromatos se alejaron arañando la tierra. Cutter levantó la vista y vio pájaros. Más. Un poco más. Un momento más. No sabía a quién o a qué estaba suplicándole. Judah se apoyaba en él, y él lo sostenía.
—Mírate —le dijo—. Mírate. —Le limpió la mugre de la cara con su propia ropa—. Mírate.
Un segundo y minúsculo grupo de refugiados se aproximaba. Esta vez eran muy variados. Humanos con carromatos, un vodyanoi que jadeaba lejos del agua. Una gruesa hembra cacto llevando un prodigioso garrote. Lo levantó al ver a Cutter y Judah, pero volvió a bajarlo cuando estuvieron más cerca. Había dos khepri, con los flacos cuerpos femeninos envueltos en un pañuelo que las obligaba a caminar con pequeños pasos, conversando con sus cabezas-escarabajo, con la flexión de las patas de los iridiscentes insectos y las connotaciones de las emisiones químicas. Tras ellas, como una especie de signo de puntuación para aquel variopinto Colectivo, había un constructo.
Cutter se quedó mirándolo. Hasta Judah lo miró en medio de su agotamiento. Caminando con el anadeo de un pato, se aproximó a ellos y luego se alejó.
Miembros, un tronco y una cabeza con una configuración vagamente humana, un tubo de hierro por torso, la cabeza de peltre y cristal. Uno de los brazos era el original, y el otro un añadido más reciente, de acero más liviano. Por una tubería que parecía un puñado de cigarrillos emitía bocanadas de humo. Levantaba sus piernas cilíndricas y volvía a bajarlas con inhumana precisión. Colgando de lo que debía de ser su hombro llevaba un bulto sujeto por una vara.
¿Uno de los pocos constructos legales de la ciudad, el criado o el juguete de algún millonario? ¿Una máquina clandestina, un ilegal, oculto durante años? ¿Qué eres? ¿Seguía a su propietario al exilio, era su meticuloso y ruidoso avance simple obediencia a una regla matemática de su motor analítico? Cutter lo observó con la curiosidad de alguien que se había educado tras la Guerra de los Constructos.
El constructo giró la cabeza con una zumbido metálico. Lo miró con ojos lechosos y melancólicos, y aunque era absurdo pensar que una mente viral auto-organizada se moviera entre los engranajes que había detrás del vidrio, por un momento Cutter llegó a creer que, con la caída del Colectivo, Nueva Crobuzon se había vuelto un lugar tan terrible que hasta las máquinas estaban huyendo. El constructo siguió su camino y Cutter se llevó a Judah de allí.
Todavía les quedaban muchos kilómetros de camino. Hubo un ruido. La milicia, pensó Cutter, debía de llevar horas junto al pausado Consejo de Hierro. El ruido se aproximó. Cutter apretó los ojos con fuerza. El tiempo estaba acabándose, como él esperaba.
En un pequeño claro pedregoso, Judah y él se encontraron cara a cara con Rahul y, montada sobre su espalda de animal, con Ann-Hari. Llevaba una pistola repetidora.
—Judah —dijo. Desmontó—. Judah.
Cutter buscó su arma a tientas y trató torpemente de sacarla. Rahul corrió hacia él con veloces zancadas reptiles y lo sujetó con sus brazos de saurio. Su torso humano se inclinó y le arrebató el arma. Le dio unas palmaditas en la cara con brusca amabilidad. Retrocedió, arrastrando a Cutter como si fuera su progenitor. Cutter protestó, pero tan débilmente que fue como si no hubiese dicho nada. Estaba casi seguro de que su arma no habría disparado. De que estaría estropeada o descargada.
Judah, tambaleándose, miró a Ann-Hari. Le sonrió con la calma de un adivino. Ann-Hari estaba temblando. Cutter trató de decir algo, de impedirlo, pero nadie le prestaba atención.
—¿Por qué? —dijo Ann-Hari y se adelantó. Se plantó frente a Judah Low. Había lágrimas en sus ojos.
—Los habrían matado —dijo Judah.
—Eso no lo sabes. No lo sabes.
—Sí. Tú estabas allí. Sabes lo que habría ocurrido.
—No lo sabes, Judah, dioses, maldito seas…
Cutter nunca había visto a Ann-Hari tan furiosa, tan descontrolada. Quería hablar, pero no lo hizo, porque aquél no era su momento.
Judah miró a Ann-Hari y ocultó cualquier miedo que pudiera sentir, la miró con una emoción tan completa que Cutter sintió que se le desgarraban las entrañas. El abrazo de Rahul era protector.
—Ann-Hari —dijo Judah, con voz delicada, a pesar de que debía de saber lo que pasaba—. ¿Preferirías que hubiesen muerto? ¿Haber muerto tú? Traté de conseguir que dierais la vuelta, tratamos de… —tú sabías que no lo harían, Judah, pensó Cutter—. Ahora están a salvo. Están a salvo. El Consejo de Hierro vive.
—Nos has puesto en salmuera, bastardo…
—Habríais muerto todos…
—Para.
—No sé cómo. No quiero, además… Tú sabes que es cierto.
—Para.
—No. Habríais muerto todos.
—No tenías derecho, Judah…
—Habríais muerto.
—Puede. —Escupió la palabra. Siguió un largo silencio—. Puede que hubiésemos muerto. Pero no lo sabes. No sabes si había colectivistas esperando detrás de la milicia, preparados para atacar, y que ahora están acobardados por lo que has hecho. No sabes si no estaban ahí, no sabes a quién podríamos haber inspirado con nuestra llegada, aunque fuera demasiado tarde. ¿No lo ves? Tarde o no, podríamos haberlo conseguido. ¿Lo ves, Judah? ¿Lo ves? Aunque hubiésemos muerto.
—Tenía que… Es el Consejo. Tenía que ponerlos… ponerte… a salvo…
—La decisión no era tuya, Judah. No era tuya.
Judah apartó ligeramente los brazos del cuerpo, enderezó la espalda frente a ella, la miró. La conexión que los unía, aquella fuerza, seguía allí. Parecían extraer energía de cuanto los rodeaba. Judah la miró con paciencia, con favorable predisposición.
—La decisión no era tuya, Judah Low. Nunca lo has entendido. Nunca lo has sabido. —Levantó el arma y a Cutter se le escapó un sonido y se movió entre los brazos de Rahul. Ann-Hari apoyó el cañón en el pecho de Judah. Él no parpadeó—. La cosa que hay en ti… Tú no creaste el Consejo de Hierro, Judah Low. Nunca te ha pertenecido. —Retrocedió un paso y levantó el arma hasta que el cañón estuvo apuntando a su boca—. Y puede que mueras sin entenderlo, Judah. Judah Low. El Consejo de Hierro nunca te ha pertenecido. No eres tú quien elige. No eres tú quien decide cuándo es el momento, cuándo encaja en tu historia. Éste era el momento para estar aquí. Nosotros lo sabíamos. Lo decidimos. Y tú no sabes, y ahora tampoco lo sabremos nosotros, nunca lo sabremos, lo que habría ocurrido. Le has robado a toda esa gente.
—Sí —dijo Judah—. Por ti, por el Consejo de Hierro. Para salvarlo.
—Eso ya lo sé —dijo ella. Ahora hablaba con susurros, pero la voz aún le temblaba—. Pero nunca te hemos pertenecido, Judah. Éramos algo real, y llegamos en nuestro momento, y tomamos nuestra decisión, y no era tuya. Estuviéramos equivocados o no, era nuestra historia. Nunca has sido nuestro augur, Judah. Ni nuestro salvador.
»Y no entiendes esto, no puedes, pero esto de ahora no es por venganza, no es un sacrificio. No tenía por qué ser así. Esto es porque no teníais derecho.
Cutter intuyó el final en su voz y vio que la mano de Ann-Hari se movía. Ahora, pensó. Ahora, Judah, detenla.
En el minúsculo instante fragmentario en que ella tensó la mano, pensó: ahora.
Convoca un gólem de tierra. Judah podía concentrarse y levantar frente a sí un gólem de tierra gris que se alzaría, apoyándose en su propia sustancia, con raíces y restos de raíces pegadas, la falda entera de la colina en movimiento, y podría intervenir. Podría interponerse entre Judah y Ann-Hari y recibir la bala, detenerla con la densidad de su materia y luego estirar el brazo y arrancarle el arma y agarrarla tan fuerte que ella no pudiera luchar, de modo que Judah estuviera a salvo, y ordenaría al gólem que se la llevara o la mantuviera inmóvil mientras Cutter y él se marchaban entre las raíces de los árboles arrancados y entre las rocas pulverizadas en dirección a Nueva Crobuzon.
Un gólem de aire. Una fuerte ráfaga de viento a-vivo que soplaría junto a los ojos de Ann-Hari y la haría vacilar. Una figura obediente hecha de aire que se interpondría frente a la consejera de hierro y le taparía la cara con la ropa, o que se introduciría rápida y vigorosamente en los cañones de su arma y le impediría disparar. Y mientras el aire desplazado por el baile de la nueva presencia hiciera que se levantaran volutas de polvo y arrojara la hojarasca sobre los matorrales, Judah y Cutter se marcharían.
Convierte su arma en un gólem. Transformaría la pistola en un gólem muy rápido y muy pequeño y le ordenaría que cerrara la boca, que se tragara la bala antes de haber podido escupirla, y entonces podría ordenarle que se retorciera en la mano de Ann-Hari y se moviera con la limitada capacidad que su forma le permitía y le apuntara a la cara, sólo para asustarla, y daría a Judah el tiempo, mientras Ann-Hari estaba paralizada por la sorpresa y la amenaza de su propia arma, de marcharse, con Cutter, por el camino que había al otro lado de la ladera.
Convierte la bala en un gólem. Y caería. Convierte su ropa en un gólem. Que la haría tropezar. Haz un gólem con esos arbolillos muertos. Haz un gólem de nubes. De las sombras, de su propia sombra. Otro gólem de sonido. Haz un gólem de sonido y tiempo para mantenerla paralizada. Hacía mucho frío. Vuelve a cantar tus ritmos rápido para hacer un gólem de tiempo inmóvil y detenerla y nos marcharemos.
Pero Judah no hizo nada y Ann-Hari apretó el gatillo.