El Consejo de Hierro
Décima Parte: El monumento » 35
Página 79 de 82
35
Cutter regresó a la ciudad por el Alquitrán. Una entrada nocturna. Lentamente, y bajo nuevas leyes, las autoridades de Nueva Crobuzon estaban reabriendo el tráfico fluvial. Los pilotos de las barcazas estaban esperando a que se establecieran nuevos turnos. Cutter entró en Nueva Crobuzon disfrazado con una trenca manchada de cuero, pilotando una embarcación pesada y de bajo calado.
A su alrededor, la orilla fue poblándose de casas, primero decenas y luego centenares, y empezó a oír sus sonidos, y a recordarlos, el asentamiento de la arquitectura, y supo que estaba llegando a casa. El barquero al que había sobornado para que lo contratara estaba impaciente por librarse de él. Con el carraspeo repetitivo del motor dejaron atrás las casas de alquitranado de la puerta del Cuervo, y el barrio khepri de Ensenada, con sus edificios sepultados por un apéndice mucoso, y pasaron bajo los viejos puentes de ladrillo de Nueva Crobuzon, seguidos por el reguero multicolor que la barca iba dejando en las aguas.
Sobre ellos pasaban aeróstatos. Parecían caminar sobre patas formadas por sus focos. Un intenso fulgor se clavó en la embarcación, desapareció con un parpadeo, dos veces.
Cutter caminó entre los almacenes del Meandro de las Nieblas, el ladrillo descolorido, el hormigón manchado. Entre la creosota, el betún y los carteles enmohecidos, los escombros amontonados, el polvo de cristal y piedra, por las calles que fueran del Colectivo. Pasó junto a solares donde los residentes habían celebrado ruidosas asambleas para votar cualquier cosa. Ahora volvían a ser como antes. Pequeños páramos donde el zarzo y el perifollo crecían en las grietas del hormigón, campo abonado para los insectos. Había espirales en las paredes. La lluvia estaba borrándolas.
Pasaron los días y Cutter aprendió las nuevas normas, averiguó cómo evitar a la milicia que patrullaba las calles y mantenía un estricto toque de queda en Ensenada y la Sombra y, en especial, en la Perrera. Decían que seguía habiendo reductos de traidores del Colectivo, y eran implacables en su caza.
Cutter no decía nada cuando veía salir a los pelotones de los edificios destrozados, arrastrando hombres y mujeres que proclamaban a gritos su inocencia o, en raras ocasiones, luchaban. Mantenía la vista clavada en el suelo. Aturdido como estaba, abordaba los controles ofreciendo sus documentos falsificados sin miedo, porque le daba igual que lo interrogasen, y cuando no lo hacían seguía su camino sin triunfalismo.
La ciudad alta no carecía de belleza. La plaza BilSantum. La estación de la Calle Perdido. Allí era como si no hubiese habido guerra. Las espirales eran simples manchas. La estación de la Calle Perdido se cernía como un dios sobre la ciudad. Cutter levantó la mirada hacia el tejado, donde había estado.
En los últimos días del Colectivo se había producido una desesperada copia del ataque por las vías. Un tren cargado de explosivos había sido lanzado desde la estación Salpetra, y había acelerado hacia la de la Calle Perdido con el sueño de inmolar el vasto edificio. Nunca lo habrían conseguido. Los colectivistas que lo conducían en misión suicida, envalentonados por el alcohol y la certeza de la muerte, habían derribado la barricada de la estación Malicia y habían seguido avanzando hacia el bazar Esputo, pero la milicia había hecho saltar el tren mientras se aproximaba, abriendo un agujero en el entramado de arcos que recorrían Nueva Crobuzon de un lado a otro. La línea Sud había sido cercenada y ahora, lentamente, estaban reparándola.
Los carteles de los kioscos, los periódicos, las proclamas que podían escucharse de forma gratuita en las casetas de los voxiteradores proclamaban los triunfos del gobierno: el tributo impuesto a Tesh, su humillación, el renacimiento de la comunidad. Tiempos duros pero llenos de esperanza, decían. Se hablaba de nuevos proyectos, expediciones a través del continente. La promesa de una nueva economía, de una expansión. Cutter vagaba. Ensenada era una ruina. Habían limpiado los cuerpos de las khepri que habían quedado allí tras la masacre calamita, pero seguía habiendo manchas en algunas paredes. En algunos sitios los integumentos de flema exudados por los gusanos constructores se habían agrietado o consumido, y había asomado el interior de ladrillo.
Cutter vagaba y presenciaba la reconstrucción. El centro de Nueva Crobuzon estaba cubierto de cráteres, montículos de hormigón, argamasa y mármol roto, toscas pasarelas y pasos que conectaban los callejones, pavimentados con escombros. En Barracán, la torre de la milicia estaba envuelta en una estructura de andamios que parecía baba de cuco. Las vías rotas que colgaban de ella habían desaparecido. Volverían a tenderlas cuando la torre estuviera reparada.
En la colina Mog, situada bastante cerca del territorio del Colectivo, pero fuera de los límites de la zona militarizada, Cutter encontró alojamiento. Dio su nuevo nombre. Pagaba con lo que ganaba durante el día trabajando en sitios que no había frecuentado en toda su vida.
Nueva Crobuzon estaba en ruinas. Sus estatuas rotas, los barrios teñidos y chamuscados por el fuego, calles enteras reducidas a fachadas, edificios destripados. Casas, iglesias, fábricas, fundiciones tan vacías y quebradizas como viejos huesos. Pecios flotando en los ríos.
Sabía cómo sumarse de nuevo a la red de rumores, aun quebrada como estaba, incluso ahora, cuando nadie hablaba con confianza, cuando los ciudadanos hacían esfuerzos por no verse los ojos al pasar, él sabía cómo. Incluso ahora, cuando cerrar rápidamente el puño podía interpretarse como jerga manual y el responsable se arriesgaba a que llamaran a la milicia o a que algún vigilante lo matara para salvar a la zona de los insurgentes y de los escuadrones de la muerte que atraerían. Dos semanas después de su regreso se encontró con Madeleina.
—Ahora las cosas han mejorado —le dijo ella—. Pero las primeras semanas, dioses…
»Cuerpos amontonados junto a las paredes. Todos se habían “resistido”, según decían, al arresto. Se resistieron tropezando, o pidiendo un momento de descanso, o escupiendo, o caminando más despacio de lo que debían.
»Junto a las minas Arrowhead, en las colinas —le dijo—. El campo Sutory. Es donde tienen a los colectivistas. Miles. Nadie sabe cuántos. Hay un anexo: el que va allí no regresa, según dicen. Cuando han terminado de hacerle preguntas.
»Algunos conseguimos escapar.
Enumeró a todos los que conocía, y la suerte que habían corrido. Cutter reconoció algunos nombres. No sabía si Madeleina confiaba en él o es que ya todo le daba igual.
—Hay que contar lo que ha pasado —dijo—. Es lo que tenemos que hacer. Pero si decimos la verdad, los que no estaban allí pensarán que estamos mintiendo. Que exageramos. Así que… ¿dulcificamos las cosas para que nos crean? ¿No sería absurdo?
Estaba muy cansada. Cutter le pidió que le relatara toda la historia, todo lo referente a la caída del Colectivo.
Cuando le contó el tiempo que había pasado, lo más fácil habría sido decir, «nadie hubiese luchado por el Consejo», pero no lo hizo. No lo hizo porque nadie sabía lo que podría haber ocurrido, porque no se había permitido que ocurriera. Nunca sabrían lo que había hecho la intervención de Judah.
Corrían miles de rumores sobre el Consejo de Hierro.
Cutter visitaba a menudo el parque de Prado del Señor, y se sentaba entre las esculturas sedimentarias del pequeño dios de la paciencia. El parque estaba en ruinas. Entre los setos y macizos asomaban enormes rocas recubiertas de vetas y grietas, objeto cada una de ellas de una compleja preparación previa: pequeñas cavidades excavadas y rellenas con agentes cáusticos que producirían una tenue y lentísima disolución de la roca en planos muy precisos, de tal modo que con el paso de los años, la roca fuera deshaciéndose capa a capa, fuera descascarillándose con la lluvia y el viento, hasta que al final adoptaban la forma que había sido concebida para ellas tantos años atrás. Los escultores nunca revelaban lo que habían preparado, y su arte se manifestaba por sí solo mucho tiempo después de su muerte.
Él siempre había detestado el sosiego de aquellos parques, pero ahora que estaban en ruinas le inspiraban una especie de consuelo. Algunos colectivistas o simpatizantes del Colectivo habían trepado la pared semanas atrás, antes de la caída de la Perrera, llevando consigo escoplos y cinceles. Con jubilosa imprecisión e irreverencia, habían tallado algunas de las piedras más grandes, convirtiéndolas en figuras toscas, rápidas y vulgares, vehementes y feas, con la superficie cubierta de groserías y eslóganes disidentes.
Habían arruinado el meticuloso, lento y ácido trabajo de los artistas transformando las futuras obras de la meteorización en payasadas pornográficas. Cutter se sentó y se apoyó en una de ellas, una figura nueva que acariciaba un enorme pene, tallada encima de lo que seguramente se concibiera como un cisne, un bote, una flor o cualquier otra cosa.
No recordaba mucho de lo ocurrido aquella vez en las colinas. Los brazos de Rahul, sujetándolo con fuerza mientras él… ¿gesticulaba? ¿Lloraba? Sospechaba que sí, que había gesticulado y había llorado. Lo había hecho hasta que lo había vencido el agotamiento.
Recordaba a Ann-Hari mientras se alejaba y se marchaba, sin mirarlo. Recordaba haber visto cómo montaba a Rahul y señalaba las rocas.
—Volvamos —le había dicho—. Al Consejo. —Y lo que había querido decir con estas palabras, él no lo había entendido. De hecho, en aquel momento ni siquiera la escuchaba. Sólo después lo recordaría, cuando terminó de llorar.
¿Había escapado? ¿Había buscado y encontrado la muerte? Él los había visto desaparecer, a Ann-Hari y al rehecho Rahul, en dirección a las rocas donde esperaba el Consejo de Hierro. Aquélla había sido la última vez.
Cuando había podido, Cutter había tratado de llevarse a Judah. Quería enterrarlo. Había procurado no mirar su cara destrozada. Finalmente lo había sacado de aquella senda de animales. Sin mirar, tanteando, le había cerrado los ojos. Le había sostenido la mano mientras se iba enfriando, y no había sido capaz de tocar los labios de cuero con los suyos a pesar de que quería hacerlo, así que en su lugar había depositado un beso en su propia mano y la había dejado largo rato sobre la boca inmóvil de Judah. Como si, si esperaba el tiempo suficiente, Judah tuviera que moverse.
Lo cubrió con piedras. Sólo podía pensar en él durante momentos fugaces.
El Consejo no se había movido. Cutter no había ido aún a verlo, aunque sabía que lo haría, pero todo el mundo en Nueva Crobuzon conocía su estado. La muerte de Judah no lo había liberado de su jaula sincrónica. Los periódicos formulaban extravagantes teorías sobre lo ocurrido. La causa a la que más se aludía era la influencia de la Torsión, provocada por su paso por la mancha cacotópica. Cutter estaba seguro de que en el gobierno había gente que conocía la verdad.
Iría a verlo cuando pudiera. Pensó en Ann-Hari, acercándose allí, montada en Rahul.
Cutter le habla a Madeleina de Judah Low, y ella escucha con una simpatía muda que a él le inspira una inmensa gratitud. Una noche lo lleva al matadero de Páramo del Queche. Van con cuidado, siguiendo rutas sinuosas. Un gato maúlla cuando se acercan. Los animales están volviendo, ahora que ya no los cazan. Una vez allí, en la oscuridad del matadero, Cutter camina con di Farja sobre manchas de sangre coagulada, y entre los ecos que parecen de iglesia, los tintineos de los ganchos vacíos, a la luz de las pequeñas calderas de las trituradoras, le muestra la puerta secreta y la pequeña imprenta que hay al otro lado.
Trabajan juntos aquella noche, dando vueltas a las manivelas, asegurándose de que la tinta no se coagule. Imprimen muchos cientos de copias en la oscuridad.
RENEGADO RAMPANTE, Lunero de 1806
«¡El orden vuelve a reinar en Nueva Crobuzon!». Estúpidos lacayos. Vuestro orden se levanta sobre un suelo de arena. Mañana el Consejo de Hierro volverá a moverse, y para vuestro espanto, proclamará con el rugido de su silbato: nosotros decimos, «fuimos, somos, y siempre seremos».