El Consejo de Hierro
ANAMNESIS: El tren perpetuo » Y vuelve a…
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Y vuelve a las ciénagas. Hay hielo, y los jirones de enredadera que cuelgan de las copas de los árboles están duros, y los animales están invernando y el pantano está en silencio. A kilómetros de allí se encuentra el campamento, y el tren.
Las vías lo ha llevado entre aldeas convertidas en osarios. En tierras no domesticadas sino deformadas por la obra y los obreros y luego, finalmente, hasta las islas artificiales rodeadas de árboles, istmos de tierra desplazada, a los marjales. Judah se adentra en ellos, buscando a su tribu de antaño.
Va muy cargado: su nuevo voxiterador y sus cilindros, su cámara, sus armas. Pone mucho empeño en no parecer un cazador, en caminar haciendo ruido. Canta las canciones que aprendió de los lanzancudos. Canta la canción del desayuno, la canción de la bienvenida, la canción del buen día. Camina con las manos en alto.
Los que vienen a buscarlo no son de la tribu que conoce, y les canta la canción de «los buenos vecinos» y la canción de «¿puedo pasar?» Lo rodean como un parpadeo de árboles y lanzancudos y le enseñan los dientes y las armas, y al ver que no huye lo golpean y cuando ni siquiera así lo consiguen se lo llevan a su aldea escondida. Sus clanes y sus grupos han desaparecido; son los últimos de su pueblo.
Los niños vienen a verlo. Los mira y contempla una última generación.
Su bondad está conmovida, pero Judah sabe que son un pueblo muerto y nada puede cambiar esto. Lo llevan de caza —presas y sires juntos, ahora las divisiones tradicionales están fuera de lugar— y escucha su uh uh uh, el contrapunto de su respiración y sus ritmos. El agua se agita y luego deja de agitarse.
Él saca la trompeta auricular y captura su sonido en cera. Lo escucha. Gira la manivela y escucha su ritmo. Judah puede verlo. Puede ver su forma. La examina bajo una lente y es un geógrafo en el continente de cera de la canción, un sabio que recorre sus abismos con la mirada, sus arrollados valles, sus picos y crestas. Mueve la manivela con lentitud y escucha la canción a cámara lenta.
Para su vergüenza, Judah se aburre con el pueblo condenado. Trabaja lo mejor que puede en aquel frío húmedo, grabando capa tras capa las canciones de los lanzancudos, hasta el último ladrido débil y mal entonado, pero el escenario lo oprime. No hay árboles en aquel bosque, ni verdes madrigueras, no es más que un helado agujero de cieno y bandas de guerra, lanzancudos que parten a luchar, perseguidos por los fantasmas en los que sin la menor duda van a convertirse.
Judah no quiere verlo. Su criatura interior se pliega como una navaja. Tiene el alma de los lanzancudos en su cera. Los abandona por segunda vez.