El Consejo de Hierro

El Consejo de Hierro


ANAMNESIS: El tren perpetuo » Regresa al…

Página 37 de 82

Regresa al tren. Ha avanzado. Ve un millar de caras que no conoce. Las vías se han bifurcado. Está creciendo una ciudad. Qué maravilla.

Rieles resbaladizos, pulidos por el roce del tren. Avanzan entre cobertizos a medio construir y edificios vacíos, por patios, entre la madera combada de esta ciudad en estado de construcción que bisecan. Una de las vías se adentra en la parte más oscura de la ciénaga y se detiene bruscamente, rodeada de árboles.

Otra se pierde en dirección al oeste. Los hombres salen del claro llevando martillos goteantes y clavos, y están tan cubiertos de mugre y sudor como si vinieran de la guerra. Cada vez que exhalan, una fugaz bufanda de vapor los envuelve.

Al entrar en el claro donde está creciendo Villa Empalme, la criatura de Judah sacude las piernas con la felicidad de un niño contento, y Judah comprende que va a quedarse aquí, que ha vuelto y va a formar parte de lo que ve en lugar de ser un parásito de las vías. Ha venido por las intervenciones, de las cuales la canción es una. Y esto, este arabesco interminable de vías de hierro, es otra.

Es un veterano del ferrocarril, pero nunca ha trabajado en él. La cosa que lleva dentro lo empuja. Quiere que se sume al gran esfuerzo.

Siguiendo las vías, Judah abandona los bosques húmedos para adentrarse en las colinas, y el hierro es implacable. El amarillento firme de la vía asciende. Hay gente por todas partes. Tiros de caballos, el olor de las fogatas: hierba, madera, lignito. Judah llega caminando entre tiendas, las ve montadas sobre el techo del tren perpetuo. Grupos de rehechos y cactos allanan la tierra con arados de hierro. Los gendarmes patrullan en grupo.

El tren perpetuo avanza lentamente con pequeños giros de sus ruedas. Empujado por cuatro moles cuajadas de chimeneas de diamante, que escupen su humareda desde varios metros de altura. Inmensamente más grandes que las locomotoras de los trenes elevados de Nueva Crobuzon. Este modelo, diseñado para las tierras salvajes, lleva quitapiedras, y unos potentes faros delanteros, y los insectos rozan sus cristales como si fueran las yemas de incontables dedos. Su campana es como la campana de una iglesia.

Hay un vagón blindado con una torre artillada. Una oficina sobre ruedas, vagones cerrados que contienen los suministros, algo que parece un salón, un vagón (como mínimo) manchado de sangre, un matadero sobre ruedas, y después un vagón muy alto, con grandes ventanales, pintado de dorado y cubierto de símbolos de los dioses y de Jabber. Una iglesia. Cuatro, cinco enormes vagones con puertas minúsculas y filas de ventanitas, barracones con literas triples abarrotados de hombres. Los coches-cama se hunden bajo su propio peso por el centro, como si tuvieran grandes panzas hinchadas. Hay vagones de carga, abiertos y cerrados. Y tras ellos vienen las cuadrillas. La música de los martillos.

Están en una llanura, cubierta de maleza. Los que tienden las vías están acelerando, acercándose a los niveladores.

Judah es sólo uno de los que caminan junto al tren. Nada lo distingue, salvo la sensación de que está esperando algo. Se siente exaltado. Pero se percibe una amargura en el aire. Ve cómo cuchichean los hombres y los cactos, y capta el miedo de los rehechos maniatados cerca de sus corrales. Los capataces van armados. Antes no era así.

Ir a la siguiente página

Report Page