El Consejo de Hierro

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ANAMNESIS: El tren perpetuo » Se adentran en…

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Se adentran en el inhóspito bosque. Los niveladores libran una batalla con los árboles esqueléticos. La tierra los ha combatido y los ha obligado a frenar. Los niveladores alcanzan a los excavadores y los pontoneros, el tren y los operarios alcanzan a los niveladores, las putas y los mendigos alcanzan al tren, y todo se detiene.

La tierra se arruga formando una cresta de roca de casi setenta metros de altura, demasiado empinada para los rieles. El firme de la vía se adentra en un túnel estrecho que está casi terminado. Judah sube a la cima. Al otro lado hay un acantilado que bordea un barranco. Puede ver el puente casi terminado, cuyas vigas asoman setenta metros por debajo y señalan el lugar en el que aparecerá el túnel. Hay hombres metidos en cestas colgantes, introduciendo cargas a presión en los agujeros que han taladrado previamente. Cuando se encienden las mechas, las cestas son rápidamente izadas.

Hay rehechos por todas partes. Las plataformas llegan hasta el fondo del barranco. Los operarios saludan a los recién llegados desde allí. Se produce un reencuentro jubiloso.

Las cuadrillas llevan meses trabajando entre aquellos árboles de color hueso. Parecen hombres hechos de polvo. Los traga-herrumbre y los fogoneros del enorme motor están cubiertos por una capa de polvo del camino. Los burócratas y científicos asoman por las ventanas de sus camarotes al sentir que el tren se detiene; en las alturas, los dracos dan vueltas. Los gatos semisalvajes del tren brincan.

Los excavadores y pontoneros están emocionados por la nueva compañía y aquella noche se celebra una enorme fiesta. Judah bebe. Baila con Ann-Hari al compás de una zamfoña, y ella con él, y luego con Shaun Sullervan y Cañas Gruesas. Fuman; beben. Las drogas baratas y los licores encantados que han elaborado en las destilerías clandestinas dejan mudos a los hombres.

Hay diferencias entre las cuadrillas. Judah se fija en que los excavadores y los pontoneros que llevan tanto tiempo atrapados en las quebradas que ya forman parte de ellas se parecen entre sí mucho más que sus camaradas. En que, a pesar de que, también allí, los rehechos están separados del resto, el punitivo paisaje que los rodea no alimenta unas divisiones tan marcadas como entre los suyos. Es como si la cadena de hierro que los une a Nueva Crobuzon sirviera como conductor para sus prejuicios. Los rehechos del camino de hierro miran a los rehechos locales. Judah comprende que se dan cuenta de la diferencia, y ve que los gendarmes y los supervisores también.

Judah y su cuadrilla tienden las vías en el interior del túnel, hasta llegar al otro extremo. Progresan muy despacio. Los hombres que han vivido allí como gusanos se meten en rincones que apestan a cera para dejarlos pasar. Utilizan fogatas y embrujos lanzados sobre la roca para poder ver. Los amigos de Judah están asustados. Se encogen bajo la mirada de los grandes y pálidos ojos de aquellos excavadores. El golpeteo de sus mazos es espantosamente ruidoso en la oscuridad.

No tienen nada que hacer. Limpian el tren, aunque no sirve de nada, exploran los alrededores, ensanchan un pozo. Pero no pueden unirse a los excavadores, ni pueden construir el puente, y no pueden hacer nada más que esperar, jugar a las cartas, fornicar y pelear.

Los niveladores sí pueden trabajar. Pueden seguir avanzando tras el barranco, en dirección a Mar de Telaraña, que todavía se encuentra a más de ciento cincuenta kilómetros de tierra inhóspita. Pero antes de marcharse quieren que se les pague, y una vez más, no hay dinero.

Enseguida, todo el mundo se entera de que las tuberías por las que circula la paga han vuelto a obturarse. Los excavadores están indignados. Han trabajado a cambio de promesas y se les adeudan meses de paga que ellos creían que traería el tren. Los niveladores se niegan a continuar. Hace semanas que no llega a la cabecera de la vía ningún tren desde casa.

¿Qué sucede? No hay huelga ni confrontación: no ocurre nada salvo una acreción del descontento, miradas duras que tardan demasiado en desviarse. Los primeros excavadores siguen excavando, mientras los recién llegados talan árboles mugrientos para fabricar unas traviesas de mala calidad.

Un excavador tiene un accidente: una desgracia frecuente en esta tierra de la pólvora, pero el hombre responde ultrajado, como si fuera la primera vez que sucediera una cosa así. »Mirad, dice levantando su mano ensangrentada. El rojo sobre la capa de polvo que lo cubre es muy visible. »Nos están dejando morir aquí, joder.

Aquella noche Judah va a la hondonada donde se reúnen los hombres para follar con otros hombres, y al llegar, Cañas Gruesas está esperando. »Hay una reunión, dice. »Nosotros no, ellos. Señala las luces de la torre artillada del tren perpetuo. »Tenemos que pensar algo. Van a mandar un mensajero a caballo, pidiendo a Wrightby que envíe más dinero ahora mismo.

Al día siguiente hay una pelea a mazazos entre dos cactos tan enormes que los supervisores no pueden hacer otra cosa que esperar mientras los hombres vegetales se rompen el uno al otro los huesos de fibrosa madera. »Está pasando algo, le dice Ann-Hari a Judah. Están sentados sobre una roca ennegrecida, seccionada por el fuego, el agua helada y los golpes de los rehechos más fuertes. »Las chicas están aterradas.

En la boca del túnel de la colina aparecen algunos ejemplares manuscritos del Renegado Rampante. Todos los días y todas las noches se produce una nueva pelea o algún acto insignificante de rebeldía: una linterna del tren que se rompe o alguna procacidad grabada sobre la pintura.

A diario, los niveladores se reúnen y se niegan a cruzar el barranco. Los capataces les buscan otros trabajos. No se trata de una huelga, pero no quieren hacer el trabajo para el que han sido contratados. Están dispuestos a limpiar los detritos del túnel y a cargar herramientas, pero si cruzan ese barranco empezará la última etapa de su contrato. Tendrán que tender el firme de la vía durante los últimos ciento cincuenta kilómetros que faltan hasta Mar de Telaraña. Y no están dispuestos, aún no, no mientras el ferrocarril tenga su dinero. Eso sería una rendición.

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