El Consejo de Hierro
ANAMNESIS: El tren perpetuo » Y llega una…
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Y llega una noche. Por todo el tren y en el interior del túnel hay fogatas. Las estrellas fugaces pasan reptando junto a sus sedentarias primas. Judah ha creado un gólem de abrojos.
»¿Qué es eso?
Judah levanta la mirada. La gente está mirando hacia la cima de la colina. Parecen hipnotizados; se mueven dando pasitos tambaleantes.
»¿Qué es eso?, dice Judah, pero el hombre al que se lo pregunta se limita a gritar y a señalar hacia allí. »¡Mira, mira!, dice. »Vamos, es ahí.
Hay un ruido procedente del otro lado de la loma, como si las piedras y hasta los mismos matorrales estuvieran retumbando, cantando una canción de ritmo aberrante. La gente que ocupa la ladera grita y empieza a bajar como mejor puede en medio de un río de grava. Los hombres que caen chocan contra sus amigos. Judah se agarra a unas raíces y no pierde pie.
La trémula canción, el sonido de la ansiedad de la tierra salvaje, es estrepitoso. Hay una araña sobre su cabeza. No, no es eso, no es una araña, esa gran forma no puede ser eso, es tan grande como un árbol, un árbol muy grueso con las ramas desplegadas en perfecta simetría, eso no puede ser una araña pero eso es lo que es, es una araña, sólo que mucho más grande que el más grande de los hombres.
»Tejedora.
»Tejedora.
Lo dicen así. El asombro ha despojado de miedo sus voces.
Tejedora. Las arañas que no llegan a ser tan poderosas como los dioses, pero casi, tan superiores a los hombres o los xenianos, a los daemonios, a los arcontes, que son inconcebibles, y cuyos poderes, motivaciones y significados son tan opacos como el hierro. Criaturas que luchan matan mueren y lo reconfiguran todo por amor a la belleza, por la complejidad de la telaraña del mundo que perciben, una concatenación de hebras organizadas en una imposible simetría espiral.
La cabeza de Judah se llena de canciones sobre las Tejedoras. Tonterías para niños. Me prometió su mano con maña/ Y la enredó con su telaraña/ La Tejedora me engaña. Disparates y necias pantomimas. Al levantar la mirada hacia esta criatura que emerge sobre la cresta de roca emitiendo rayos de no-luz —o es luz— reconoce los átomos, los infinitamente insignificantes jirones de estupidez que son las canciones.
La Tejedora flota sobre ellos en compleja quietud. Un cuerpo negro como el alquitrán, un globo con forma de lágrima, una cabeza que no despide el menor reflejo. Cuatro largas patas que terminan en zarpas como cuchillas, otras cuatro más cortas, como si estuviera en el centro de una telaraña, flotando en el aire. Tres, cuatro metros de longitud, y ahora, qué, qué hace, se vuelve lentamente, levemente, como si flotara, y el mundo parece enganchado a ella. Judah siente un tirón, como si el mundo estuviera prendido a los hilos de seda que la Tejedora está recogiendo al tiempo que se vuelve.
Judah emite un abyecto sonido por la garganta. Se lo arrancan las invisibles hebras de la Tejedora. Es una especie de veneración involuntaria.
Por toda la ladera, los hombres y las mujeres parecen transfigurados por lo que ven, y algunos estúpidos, pocos, se aproximan arrastrándose como si se tratara de un altar, pero la mayoría, como Judah, permanece inmóvil y observa.
»No la toques, no te acerques, joder, es una puta Tejedora, dice alguien desde mucho más abajo. La criatura-araña se vuelve. Las rocas siguen cantando, y ahora la Tejedora se une a ellas.
Su voz sale de debajo de las piedras. Su voz es un estremecimiento envuelto en polvo.
… UNO Y UNO Y UNO Y DOS Y ROJO ROJO-NEGRO ROJO-AZUL NEGRO POR LA GRIETA EN LA COLINA SE ARRASTRA EL ALAMBRE TALLADO LABRADO DE LADO Y LEGADO MIS VÍAS MIS OJOS RETOÑOS PEQUEÑOS QUÉ TALLA Y QUÉ TAMBORES TOCÁIS EN EL POLVO UN LENTO CAPARAZÓN CAPARAZADO UN RITMO DE HERRAMIENTA Y ROCA…
Su voz se convierte en un ladrido en el tiempo, un repiqueteo que hace danzar a los pequeños guijarros sobre la colina.
… COME MÚSICA COME SONIDO EMPUJA EL PULSO PULSILOGUM LA MAGIA…
Las idas y las texturas de las cosas son atrapadas, atraídas por la Tejedoras.
… ARRASA Y ALLANA CUIDA Y DEDESTROZA LO QUE ESTÁ ANTES DEDESTROZA DEDESTROZA TE LAMAS RAKAMADEVA ROCA MI DIABLO AVANZA LA PANZA A LO QUE SERÁ QUE CONSTRUYES…
Y entonces la Tejedora repliega todas las patas y desciende ligeramente, devanándose desde el lugar que ocupaba en el aire inmóvil y absorbiendo la luz que queda e hinchándose con ella como si fuera lo único real que hay allí y Judah y el suelo que éste pisa y los árboles desnudos a los que se aferra no fueran todos ellos más que imágenes ya viejas grabadas por el sol en el suelo por donde caminara una radiante araña.
La Tejedora levanta las punzantes patas una a una y camina por el borde del acantilado y empieza a bailar mientras los hombres y mujeres grises se alinean tras ella, y vuelve la cabeza y les lanza una traviesa mirada de soslayo con una constelación de ojos que parecen huevos negros. Cada vez que lo hace, la gente que la sigue se detiene y retrocede hasta que la criatura vuelve de nuevo la cabeza y sigue caminando, y entonces ellos la siguen como si no tuvieran otro remedio.
Salta sobre el borde del acantilado, y todos corren hacia allí, y la ven, descendiendo por la pared de roca con la exquisitez de una joven con zapatos de tacón. Corre, echa a correr, hasta que su absurda e inmensa forma desciende como un proyectil y se encuentra junto a los cimientos del puente, las vigas que brotan de la roca a medio camino del fondo, y la Tejedora da un salto y sin pasar por el espacio intermedio se encuentra de repente sobre el tocón, la media cúpula de la construcción inacabada, y, empequeñecida por la distancia empieza a dar vueltas, como la rueda de una carreta, se convierte en una rueda sin llanta y se mueve rápidamente sobre las traviesas de las que, durante el día, se cuelgan los rehechos mono para trabajar.
… Y SE ROMPE Y ROMPE… la voz de la Tejedora se oye con tanta claridad como si estuviera junto a Judah… EMPUJA BRUJA ESPERAN CON CEBOALIENTO Y ANSIENTES POR TU INTERVENCIÓN DIABLOS DEL MOVIMIENTO DELEITE ACEITE CITA LA CÍTARA TORRE CORRE NO VIRES TE VAS YA TE VAS VIENE A CUENTO A TIEMPO AQUELLOS LOS DE LA LLANURA HOMBRES-VAPOR… y entonces desaparece y la débil luz de la noche regresa reptando a los ojos de Judah. La Tejedora ha desaparecido y los hombres y mujeres del ferrocarril han de pasar muchos segundos contemplando la forma dejada por la ausencia de la araña junto al puente para poder marcharse. Alguien se echa a llorar.
Al día siguiente, un puñado de hombres aparecen muertos. Están mirando el techo de sus tiendas o el cielo, con ojos totalmente descoloridos, y sonríen como si experimentaran un quedo placer.
Hay un viejo que enloqueció hace tiempo y que ha venido siguiendo las vías en completo silencio durante kilómetros, sentado mientras los peones blandían sus martillos y las putas vendían liberación, un hombre convertido en mascota, en golpe de suerte. Tras la aparición de la Tejedora se detiene en la boca del túnel y empieza a declamar, primero con meros sonidos disparatados y luego con palabras. Dice que es el profeta de la araña, y aunque no obedecen las órdenes que les da, los trabajadores del ferrocarril lo miran con vacilante respeto.
Camina entre la forzosa holganza de los peones. Grita a los excavadores que depongan los picos, se desnuden y escapen corriendo hacia el norte, hacia los rincones desconocidos del continente. Les grita que copulen con las arañas en la tierra. Son todos prisioneros de las toberas de hilatura de la Tejedora. Están enmarañados en una configuración nueva.
»Hemos visto una Tejedora, dice Judah. »La mayoría de la gente nunca la ve. Hemos visto una Tejedora.
Al día siguiente, las mujeres se ponen en huelga.
»No, dicen a los hombres que acuden a sus tiendas y las miran sin entender. Las mujeres se plantan con las pocas armas que tienen y forman una milicia. Un piquete de andrajos y corsés.
Son docenas, decididas y sorprendidas ellas mismas. Rechazan a los peones, a los excavadores, a los gendarmes. Los desairados se reúnen. Una contramanifestación de hombres ceñudamente excitados. Murmuran. Algunos de ellos van a masturbarse detrás de las rocas. Otros sencillamente se van. La mayoría se queda.
El polvo de los dos grupos se levanta cuando se encuentran frente a frente. Aparecen los gendarmes: no saben qué hacer. Las mujeres no hacen nada, sólo se niegan, y los hombres se limitan a esperar. »Sin pasta, dice Ann-Hari, »no hay polvo. Sin pasta no hay polvo sin pasta no hay polvo.
»No vamos a seguir haciéndolo a crédito, le dice a Judah. »Desde que llegamos aquí no hay dinero, y todos siguen haciéndolo a crédito. Nuestros hombres, los gendarmes y ahora los trabajadores nuevos. Y por aquí hace mucho que no veían a una mujer. Nos hacen daño, Judah. Vienen y te dicen, súbete aquí chica, y no puedes decirles que no y sabes que no te van a pagar.
»Cyra ha perdido un ojo, le dice. »Vino un excavador y le dijo, súbete aquí, ella le dice que no y él le pegó tan fuerte que le reventó el ojo. Belladona tiene un brazo roto. Sin pasta no hay polvo, Judah. A partir de ahora, el dinero primero.
Las mujeres defienden Villafolla. Organizan patrullas armadas con palos y estiletes; hay una línea del frente. Hacen turnos para cuidar de los niños. Seguro que algunas de ellas no están de acuerdo con la confrontación, pero las demás las obligan a callar y a mostrar solidaridad. Ann-Hari y las otras menean las faldas y se ríen cuando los hombres miran. Judah no es el único amigo de aquellas putas enfurecidas. Shaun Sullervan, Cañas Gruesas, él y un puñado de hombres más, las observan juntos.
»Vamos, chicas, ¿qué es lo que pasa?, dice un capataz. »¿Qué ocurre? ¿Qué queréis? Os necesitamos, preciosas. Sonríe.
»No vais a volver a pegarnos, John, dice Ann-Hari. »No aceptaremos más promesas. Pagad; hasta entonces, nada de polvos.
»No tenemos dinero Ann ya lo sabes cariño…
»Eso no es problema mío. Que Wrightby pague a sus hombres, entonces… Sacude las caderas.
Aquella noche un grupo de hombres, con una mezcla de educación y rabia, trata de abrirse camino por el piquete, pero las mujeres se interponen en su camino y los golpean, y los hombres se retiran sangrando por la cabeza y gritando tanto de sorpresa como de dolor. »Estúpida zorra asquerosa, grita uno de ellos. »Estúpida zorra, me has dado en la cabeza, joder, zorra.
Al día siguiente tampoco dejan que las toquen, y no hay ninguna novedad que aligere la tensión. Un hombre se saca la polla y la menea en dirección a ellas. »¿Qué decís de dinero?, grita. »Ya os daré yo dinero. Comédmela, putas zorras avariciosas. Entre la multitud hay algunos hombres que sienten afecto por estas mujeres con las que han compartido el viaje y a los que no les gusta esto, y le dicen que se calle, pero hay otros que aplauden.
»Conseguid dinero y luego venid, gritan las mujeres. »No nos echéis la culpa a nosotras, malditos bastardos.
Hay una nueva incursión en su campamento. Esta vez son los excavadores. Es un pelotón de castigo, buscando una víctima a la que violar. Pero salta la alarma, un grito lanzado por unas rehechas a las que han enviado a lavar la ropa cerca de las tiendas de Villafolla. Al ver a los hombres que se aproximan a hurtadillas empiezan a gritar y los excavadores se les echan encima para silenciarlas. Un pelotón de prostitutas acude corriendo.
Varios hombres son apuñalados, una mujer sufre graves heridas en la cara y cuando las prostitutas han conseguido expulsar a los intrusos, se encuentran a una rehecha contusionada y sangrando por la cabeza. Las mujeres titubean un momento antes de llevársela al campamento para curarla.
Por la mañana, los excavadores van a la huelga. Se reúnen en la boca del túnel. Los capataces acuden a negociar. Los excavadores tienen portavoz: un hombre flaco, un geotaumaturgo de poco poder, con las manos teñidas de basalto negro por la roca que está constantemente licuefactando.
Dice: »Volveremos al trabajo cuando las chicas vuelvan al suyo, y sus hombres se echan a reír. »Tenemos necesidades, dice.
Las prostitutas y los excavadores han hecho demandas. Los niveladores no piensan trabajar. Los peones no pueden hacerlo y se limitan a sentarse bajo el sol y jugar a los dados o pelear. El Jugar está volviéndose tan violento como un pueblo de las praderas. El tren perpetuo está parado. Los gendarmes y los capataces discuten. Llueve un poco, pero el agua está caliente y no refresca.
»Copulad con las arañas, dice el viejo. »Es hora de cambiar.
Todo está parado. Sólo la construcción del puente avanza, y ahora, por las noches, cuando las cuadrillas de pontoneros terminan de trabajar, algunas de ellas cruzan el barranco para ir al campamento de sus hermanas porque quieren ver qué pasa. Llegan, espinosos hotchi, monos amaestrados, constreñidos por sus transformaciones corporales, rehechos con cuerpo de simio. Vienen a ver las huelgas. Las visitan una noche tras otra.
Los periodistas del tren perpetuo, que han estado enviando sus historias mientras todavía había mensajeros, tienen de repente una nueva noticia que cubrir. Uno de ellos saca un heliotipo del piquete de mujeres.
»No sé qué contar, le dice a Judah. »En La Lucha no quieren que hable de prostitutas.
»Saca todos los heliotipos que puedas, le dice Judah. »Esto es algo digno de recordarse. Esto es importante, dice, y es su rareza, su beatífica entraña quien habla. El corazón le da un vuelco al pensar que puede oír sus palabras.
»Todos somos hijos de la araña, dice el viejo.
Aparecen ejemplares del Renegado Rampante sobre las rocas.
Aquí no hay tres huelgas, ni dos huelgas y media. Aquí hay sólo una huelga, con un solo enemigo, con un único objetivo. Las mujeres no son nuestras enemigas. La culpa no es suya. Si no hay pasta no hay polvo, nos dicen, y ése también podría ser nuestro eslogan. No colocaremos otra traviesa ni otro riel hasta tengamos el dinero prometido. Lo dicen ellas y nosotros también. Nosotros decimos: ¡sin dinero no hay polvo!
Cuando los supervisores y los gendarmes comprenden que los diferentes grupos no están cansándose de la huelga y no van a agotarse mutuamente con recriminaciones, se produce un cambio. Judah lo percibe cuando se levanta y ve que los capataces se mueven con una determinación nueva.
Hace calor y ya ha empezado a sudar cuando, sin desayunar, se dirige a la boca del túnel junto con otros trabajadores ociosos. Los excavadores están formados, como una unidad militar, y empuñan sus picos. Los capataces y gendarmes están delante de ellos, con un grupo de rehechos atados.
»Vamos, dice uno de los supervisores. Judah lo conoce. Es el tipo al que recurren cuando hay que tomar alguna medida impopular. Las prostitutas han enviado una delegación, doce mujeres en total, encabezadas por Ann-Hari. Los excavadores empiezan a proferir gritos de burla. Las mujeres se limitan a observar. Detrás de todos ellos, el tren resopla como un toro.
El supervisor se coloca delante de los rehechos. Le da la espalda a los huelguistas y mira a las variopintas criaturas, con sus integumentos de carne y metal forasteros. Judah ve que Ann-Hari le susurra algo a Cañas Gruesas y a otro hombre y éstos asienten sin mirarla. Están observando a los rehechos congregados allí. Uno de ellos, un hombre con el cuerpo lleno de tuberías que salen de su carne y vuelven a meterse en ella, devuelve la mirada a Cañas Gruesas y mueve la cabeza. Se encuentra junto a otro rehecho mucho más joven, con varias patas quitinosas en el cuello.
»Recoged los picos, dice el capataz a los rehechos. »Entrad en el túnel. Picad la roca. Os daremos instrucciones.
Y en el silencio que sigue, nadie se mueve. Los gendarmes se han interpuesto entre los huelguistas y los rehechos.
»Coged los picos. Entrad en el túnel. Id hasta el final. Empezad a picar.
Vuelve a haber silencio durante un momento. Los hombres del tren perpetuo saben perfectamente cómo se utiliza a los rehechos, y algunos de ellos, adelantándose a los acontecimientos, empiezan a gritar «esquiroles, esquiroles». Pero los gritos mueren enseguida porque ninguno de los rehechos se mueve.
»Coged los picos.
Al ver que sigue sin moverse nadie, el supervisor utiliza el látigo. La punta muerde con un restallido y un grito de dolor. Un rehecho se desploma con las manos en la cara herida. Hay jadeos de temor y algunos de los rehechos hacen ademán de ponerse en movimiento, pero uno de ellos susurra una orden y, con un estremecimiento, todos se detienen salvo uno, que echa a correr hacia el túnel y grita: »No quiero hacerlo y no pienso hacerlo, no podéis obligarme, es un plan estúpido, es un plan estúpido.
Los demás no lo miran y él se adentra en la oscuridad. El joven con las patas de insecto tumorales está temblando. Tiene la mirada clavada en el suelo. A su lado, el hombre de las tuberías está diciendo algo.
»Coged los picos. El supervisor se acerca a los rehechos.
Algo se alza dentro de Judah. Hay murmullos y ruidos de indignación a su alrededor.
»Coged los picos si no queréis que detenga a los alborotadores. Coged los picos y entrad ahí o…
La gente está empezando a gritar, pero el supervisor grita más que ellos.
»… o tendré que tomar medidas contra… Mira lenta y ostentosamente a los aterrados rehechos, uno a uno, se detiene al encontrarse con el hombre de las tuberías, el único que, siquiera por un momento, se atreve a mirarlo a los ojos, y entonces agarra al muchacho asustado, que grita y tropieza. »O tendré que tomar medidas contra este cabecilla, dice el supervisor.
Hay un momento en el que no se oye voz ni sonido alguno, y entonces el supervisor llama con un gesto a dos de los gendarmes, y la multitud, al ver que se acercan, prorrumpe de nuevo en gritos y los gendarmes derriban al joven a golpes.
Y es como si volviera a estar entre los lanzancudos, comprende Judah en medio de un tiempo que se ha vuelto espeso. Observa el descenso de los garrotes, los torpes intentos del muchacho por taparse la cabeza y sus ornamentos de quitina. Tiene tiempo de ver hasta el movimiento de los pájaros sobre sus cabezas. Tiene tiempo de ver los rostros de la multitud, y siente fascinación al hacerlo.
Están horrorizados y no pueden apartar la mirada. El rehecho de las tuberías, el protector del muchacho, tiene los dientes apretados, los peones parecen embargados de pesar, los excavadores observan desde las sombras de las formaciones rocosas con desolado asombro, con incomodidad, y allá donde Judah mira, mientras siguen cayendo los golpes y los gendarmes contienen a la multitud, advierte una vacilación. Todos vacilan, tensos, mirándose unos a otros y mirando al muchacho rehecho que no para de gritar y a los bastones y de nuevo unos a otros y hasta los gendarmes vacilan y cada golpe que dan tarda en caer un instante más que los anteriores y sus colegas alzan las armas con titubeos y hay voces por todas partes.
Judah ve a Ann-Hari, contenida por sus amigos, arañando el aire, y parece que fuera a morirse de rabia. Y la gente titubea como si estuviera preparándose para zambullirse en algo helado, vuelven a mirarse, espera, espera, y Judah siente que la cosa de su interior alarga las manos, la rareza y la bondad que hay en su interior alarga las manos y los empuja, haciendo que él sonría incluso en este calor ensangrentado, y entonces todos se mueven.
No es Judah quien se mueve primero —él nunca se mueve primero— ni el rehecho de las tuberías, ni Cañas Gruesas ni Shaun, sino alguien, un excavador desconocido que está en primera fila. Se adelanta un paso y levanta el brazo. Es como si se abriese paso a través de una tensión que se hubiera posado sobre el mundo, y, rompiendo la capa cartilaginosa que la protege, se derramase sobre un tiempo líquido, seguido por otros, por Ann-Hari, que corre hacia allí mientras los rehechos intervienen para contener las porras y los látigos de los gendarmes, e incluso el propio Judah, que ahora sí echa a correr y rodea con sus brazos, endurecidos por las muchas jornadas de trabajo, el cuello de un hombre uniformado.
Un ardiente zumbido tapa los oídos de Judah, y no puede oír más que el latido de su propia furia. Se vuelve y pelea como ha aprendido a hacerlo junto a las vías del tren. No oye los disparos, pero los siente como empujones en el aire. La energía de los embrujos crepita en su interior, y cuando agarra a un gendarme, en un momento de instinto, convierte su camisa en un gólem que retuerce la carne de su propietario. Judah corre y pelea, y cuando toca algo sin vida le imbuye un instante de a-vida y le ordena que luche.
Los gendarmes tienen mosquetes y látigos, pero están en inferioridad numérica. Tienen taumaturgos, pero no son de la milicia: no caen chorros de esputo ni llueven embrujos de transformación sobre los huelguistas, sólo encantamientos sencillos a los que todos sobreviven.
Hay más cactos entre los peones que entre los supervisores. Corren entre los guardias de la FT, usando sus verdes puños, derribándolos con facilidad. Protegen a sus camaradas; los gendarmes no llevan arcos huecos con los que detenerlos.
El rehecho de las tuberías se lleva el cuerpo del muchacho de las patas de insecto. Saca un trozo de carbón del bolsillo y se lo mete en la boca, manchándose los labios de negro. Corre. Los gendarmes que todavía se mantienen en pie están retrocediendo. Los demás están en el suelo, entre los cuerpos rotos de rehechos y hombres libres. Todo ocurre muy deprisa.
Judah está corriendo. Tropieza. Los gendarmes levantan las armas, y un grupo de rehechos liberados se les echa encima. Disparan y los rehechos caen. Junto al tren, los gendarmes están reagrupándose.
»Tenemos que conseguirlo, grita Judah, y el rehecho de las tuberías está a su lado, asintiendo y gritando también, y hay muchos que le obedecen: rehechos y hombres y mujeres librenteros, y está Ann-Hari, y Shaun, y todos ellos reciben las órdenes del mismo. »Tú, dice a Judah. »Conmigo.
Doblan el recodo pasando entre árboles muertos y allí está el tren perpetuo. Exhala su humo y escupe su vapor mientras aquel ejército sarnoso se le acerca. El quitapiedras está abierto y extendido, como una dentadura destrozada. Su chimenea resplandece, y parece un embudo que succiona la energía del sol. Y por todas partes hay figuras que saltan de él y sobre él, de las chozas de sus tejados, de los vagones donde duermen los hombres libres, de todo él, mirando a los que se acercan, gendarmes y huelguistas, gritando. Los dos bandos tratan de ganárselos mientras se aproximan.
»ellos, ellos…
»abajo, son los bastardos rehechos…
»están disparando y pegándonos…
»dispersaos, bastardos, si no queréis que empiece a disparar…
»detenedlos, por Jabber, detenedlos, joder…
Los gendarmes rodean el tren con una formación desigual, con las armas en la mano, y la marea de curiosos y huelguistas enfurecidos —excavadores, prostitutas, rehechos— se detiene bruscamente. Los gendarmes retroceden hacia la torre artillada.
Entonces hay un dilatado momento que está entre tregua involuntaria y confusión. Ann-Hari y el hombre de las tuberías se acercan. Él parece impasible. Ann-Hari no. Tras ellos hay un ejército de rehechos arrojando objetos. No marchan, sacuden las piernas, algunas de ellas todavía con las argollas de los grilletes que han abierto con piedras y llaves robadas. No marchan, casi caen a cada paso que dan, y el sol los resalta, los tiñe de colores mestizos. La luz le recorta afilados bordes a las armas que han construido.
Cargan con pedazos de la valla que los ha contenido. Empuñan las cadenas que han maniatado sus pies. Llevan navajas, fragmentos de arcilla punzantes clavados en trozos de madera. Hay docenas, y luego centenares de ellos.
»Por Jabber, ¿quién los ha dejado salir, qué habéis hecho?, grita alguien con voz histérica.
La cosa que Judah lleva dentro se alza al verlos. Se hincha en su interior: se mueve como un feto en su vientre. Judah les grita, una bienvenida, una alarma.
Hay hombres a cuatro patas, convertidos en hombres-bisonte, llevando a otros hombres que los envuelven con sus miembros, y mujeres que caminan sobre alargados brazos hechos con partes de animales, y hombres que andan sobre piernas-pistón, como martillos neumáticos dotados de vida, y mujeres cubiertas de bigotes felinos, o con palpos gruesos como pulgares por todo el cuervo, y colmillos arrebatados a jabalíes o de mármol tallado y bocas convertidas en engranajes entrelazados y colas de gatos y perros alrededor de cinturas que parecen faldas y glándulas que segregan tinta y otros envueltos en una masa multicolor, y esta congregación de criminales, este abigarramiento, avanza en libertad.
Los gendarmes se han retirado. Están en el vagón blindado, en su torre artillada. Algunos han cogido un caballo en los corrales que hay junto a la cabecera de la vía y han escapado.
»No no no.
Muchos de los excavadores y los peones están horrorizados por la liberación de los rehechos. Nadie sabe quién es el responsable ni cómo se ha hecho. Unas llaves robadas que han circulado por el redil de los criminales (algunos de los cuales no piensan salir, prefieren aferrarse a sus cadenas).
»No estamos aquí por esto. No se trataba de esto. Un excavador que se niega a hablar con Ann-Hari o con la hueste de rehechos de miembros temblorosos, está gritándole a Shaun Sullervan. »No quería que le pegaran a ese chico, no había hecho nada, pero esto es una estupidez. ¿Qué vais a hacer, joder? ¿Eh?
Mira al rehecho parpadeante, que le devuelve la mirada. Se vuelve ligeramente.
»No te ofendas, colega. Ahora está hablándole al rehecho. »Mira, no es asunto mío. Ya habéis visto que no vamos a dejarles que os peguen más. Pero, pero, no podéis, tenéis que volver, esto es… Señala la torre artillada.
Ya es tarde. Hay un asedio, y reina la extraña calma propia de un asedio.
»Ha muerto gente, joder, dice el hombre. »Ha muerto.
El muchacho de las patas de insecto es uno de ellos. Las balas han abatido a varios rehechos. Un pedazo de madera lanzado por alguien ha cortado a un cacto por la mitad. Han amontonado los cuerpos de los gendarmes, rotos a mazazos, perforados por escarpias, las improvisadas armas del ferrocarril. Hay aturdidos plañideros junto a las zanjas que sirven de tumbas.
Los cazadores regresan. Las prostitutas, sentadas en las rocas de este desierto centro del mundo, observan el tren. Los fogoneros y guardafrenos se agitan mientras los rehechos llenan las calderas y aprietan las palancas y aquéllos que tienen calderas propias roban el riquísimo coque. Los hombres vagan como aturdidos, preguntándose unos a otros qué ha ocurrido. Miran al sol, y a los árboles muertos y aguardan a que alguien tome el control.
Una extraña ansiedad, porque la calma que reina aquí ahora no puede durar mucho. Los gendarmes se han hecho con la torre del cañón y otro vagón. Los rehechos tienen el resto del tren. La torre de hierro chirría bajo el sol y el arma del pináculo rota.
Los hombres libres quieren tratar a Shaun y a Cañas Gruesas como líderes de la chusma rehecha, pero este honor le corresponde a Ann-Hari, al hombre de las tuberías, cuyo nombre, según le dicen a Judah, es Uzman, y a otros rehechos.
»Llevaos a vuestra gente. ¿Qué creéis que están haciendo ahí?, dice el portavoz de los trabajadores libres. Señala la torre. »Preparándose. Para acabar con vosotros. Hemos dejado las cosas bien claras. Si os retiráis ahora, nos pagarán, y no habrá castigos.
Se dirige a Shaun, pero es Uzman quien contesta.
»¿Os van a pagar a vosotros y dices que les devolvamos el tren?
Se hecha a reír, poniendo de manifiesto lo absurdo de la petición de los hombres libres. Quieren que aquellos rehechos vuelvan por su propio pie a la esclavitud. Uzman se ríe. »Aún no hemos decidido lo que vamos a hacer, dice. »Pero lo decidiremos nosotros.
Hay discusiones a gritos, como si aquello fuera una manifestación callejera, y no estuvieran a tiro de la torre. Rehechos con rehechos, peones, traga-herrumbre entre sí, excavadores. Del interior de la torre llega el ruido de unos preparativos. Los huelguistas observan desde detrás de las barricadas que han levantado. La luna muestra la mitad exacta de su cara. Está menguando. Bajo la luz que proyecta y las fosforescencias de los embrujos de luz, se reúnen los hombres y las mujeres del tren perpetuo.
»No podemos sentarnos a esperar, dice Cañas Gruesas. »La gente está empezando a marcharse. Sólo los dioses saben cuántos gendarmes escaparon. Faltan demasiados caballos. Y carretillas. Y no son los supervisores los únicos que están huyendo, Uzman. Tenemos que conseguir que cedan.
»¿Que cedan el qué?, dice Ann-Hari. La cosa que Judah lleva dentro se agita. »¿Que cedan el qué? ¿Qué quieres de ellos, chaver? No pueden darnos nada. Ahora están asustados, por eso están en esa torre, pero cuando empiecen a tener que echar la mierda por los parapetos, saldrán disparando.
Se alzan las voces. La muchedumbre se vuelve hacia ellas, lentamente.
»Hay que hacer demandas, dice Cañas Gruesas. »Traerán refuerzos. Hay que tener una lista de demandas preparada.
Shaun dice:
»¿Cómo por ejemplo? ¿Quieres que liberen a los puñeteros rehechos? Eso es imposible. ¿Que reconozcan a los nuevos sindicatos? ¿Qué es lo que queremos?
»Hay que adelantarse, dice Cañas Gruesas. «Enviemos nuestros propios mensajeros a Nueva Crobuzon, a hablar con los sindicatos, para hacer demandas conjuntas. Si consiguen regresar…
»Estás soñando. ¿Crees que van a hacer lo que dices? ¿Por nosotros?
»Tenemos que hacernos con el control de la situación. Ahora esto es nuestro, dice Uzman.
Alguien lo abuchea y chilla algo sobre los malditos rehechos. Ann-Hari grita y, en su agitación, su arcano ragamol de las colinas se manifiesta.
»Cierra el pico, le dice al agitador. »Maldices a los rehechos, como si eso fuera algo bueno. ¿Por qué estamos aquí? Vosotros luchasteis. Vosotros, señala a los excavadores, hicisteis huelga. Contra nosotras. Su segunda en el mando asiente. »Pero, ¿por qué peleasteis contra los gendarmes? Porque ellos, los rehechos, se negaron a comportarse como esquiroles. Se negaron. Recibieron golpes por vosotros. Para no romper vuestra huelga. Y lo hicieron por nosotros. Por mí.
Ann-Hari alarga los brazos hacia Uzman y lo atrae hacia sí; él se presta con sorpresa. Le da un beso en la boca. Es un rehecho: aquello es una trasgresión inaudita. Hay jadeos y exhalaciones, pero Ann-Hari ruge:
»Estos rehechos han ido a la huelga para no dejaros en la estacada. Vosotros lo hicisteis contra nosotras y nosotras contra vosotros, pero estos rehechos están al lado de todos, joder. Vosotros lo sabéis. Habéis luchado por ellos. ¿Y ahora les dais la espalda? Vuestra puta huelga ha salido adelante gracias a ellos, y también la nuestra, a pesar de que estábamos luchando unos con otros. Vuelve a besar a Uzman. Algunas de las prostitutas están horrorizadas, pero otras la vitorean. »Escuchadme bien, dice Ann-Hari. »Si alguien se merece un servicio a crédito, son estos malditos rehechos.
Las prostitutas más cercanas a Ann-Hari, las más militantes, buscan rehechos y empiezan a acariciarlos de forma ostentosa.
»Tenemos que mandar mensajeros a la ciudad, grita Cañas Gruesas, pero ya nadie le presta atención. Ahora sólo escuchan a su amiga Ann-Hari.
Judah crea un gólem de tierra.
Es ya noche cerrada pero pocos están durmiendo. El gólem de Judah, cimentado con aceite y agua sucia, es más alto que él. El viejo convertido en profeta de la Tejedora se planta delante de Ann-Hari y profiere arcanas lisonjas dirigidas a la chica mientras Cañas Gruesas y ella discuten.
Llega un gendarme desde el tren, con una bandera blanca.
»Quieren hablar, dice una mujer con ruedas de quitina.
»Esperad, grita mientras se aproxima. »Queremos acabar con esto. No habrá recriminaciones. Hablaremos con la FT, traerán el dinero. Todo el mundo saldrá ganando. Vosotros, los rehechos, todo se puede hablar. ¿Qué tal una reducción de condena? Podemos hablar de todo. Todo es discutible.
El rostro de Ann-Hari es una explosión de rabia. El hombre se encoge de miedo y ella pasa a su lado y corre en dirección al tren, seguida por los rehechos, Cañas Largas, Uzman y Judah, quien da una palmadita al gólem en el trasero como si fuera un niño y con este gesto le infunde los embrujos que le otorgan la capacidad de moverse. Deja atónitos a todos los que lo ven.
Cañas grita a Ann-Hari: »Espera espera ¿qué vas a hacer? Espera. Y también Uzman está arguyendo, pero cuando los rehechos se ocultan detrás de sus barricadas, ella sale sencillamente a la luz, donde pueden verla los gendarmes de la torre. Lleva el mosquete de uno de los hombres.
Uzman y Cañas le gritan, pero ella se adentra en la tierra de nadie que rodea el tren. Sólo el gólem de Judah la acompaña. El cañón de la torre rota hacia ella. Levanta el mosquete con la torpeza de quien nunca ha manejado uno. Se detiene allí con el grasiento hombre de tierra, los dos solos.
»No vamos a hacer tratos con vosotros, bastardos, grita, y aprieta el gatillo, a pesar de que las balas no pueden perforar el blindaje. Al oír el disparo, los rehechos salen corriendo para protegerla y Judah escucha que el capitán, desde lo alto de la torre, grita algo que lo mismo podría ser “alto” que “fuego”. Ordena a su gólem de tierra que se coloque delante de Ann-Hari un instante antes de que suene, primero una sola vez y luego otras muchas, la brusca percusión de las armas de los gendarmes.
Todo el mundo se tira al suelo menos Ann-Hari y el gólem, y hay gritos y sangre. Los disparos cesan. Hay tres cuerpos inmóviles. Otros, rehechos en su mayoría, pero también hombres libres, piden ayuda a voces. Ann-Hari está inmóvil. El gólem está cubierto de agujeros pero su densa sustancia ha detenido las balas.
»No no no, está gritando el capitán. »No he…
Pero los rehechos ya no están dispuestos a esperar. Rugen. Alguien empuja a Ann-Hari hacia atrás y Judah la ve, y ve que está sonriendo, y siente ganas de sonreír también.
Se desata una pequeña guerra. »¿Qué estás haciendo?, grita Cañas a Ann-Hari, pero la pregunta ha dejado de tener sentido. Los gendarmes, los trabajadores libres, las prostitutas y los rehechos luchan y los dos bandos se clarifican: los rehechos y sus amigos; los gendarmes y quienes se oponen a esta exultante histeria. Judah siente miedo, pero no cambiaría por nada del mundo este violento parto.
Los rehechos atacan la torre con armas, crudas bombardas y miembros poderosos como martillos neumáticos, lanzan rocas y rieles que hacen tintinear la torre. Un hombre que se encuentra junto a Judah, y que tiene un racimo de pinzas de cangrejo en la barbilla, muere bruscamente al recibir el disparo de un gendarme. Judah ordena a su gólem que se mueva lentamente alrededor de la torre, y la criatura se va disgregando en grumos de su carne terrosa.
No oye la detonación del cañón pesado. Hay un carruaje volcado, por cuyas ruedas asoman hombres y mujeres, y un segundo después es una erupción, una expansión ígnea de afiladas astillas de madera incinerada y sangre, abriéndose sobre una cavidad que sufre una hemorragia de humo. Judah parpadea. Ve los restos. Se da cuenta de que la cosa oscura que se arrastra hacia él arrastrando una cola de molusco es una mujer, con la piel teñida de rojo y negro, una capa de tinta craquelada sobre la carne. Se pregunta por qué no hace ningún ruido mientras se le quema el pelo, pero entonces comprende que se ha quedado sordo. Le zumban los oídos. La boca del cañón exhala como un fumador lánguido.
Rota. Los rebeldes, los rehechos, las prostitutas y los trabajadores libres que los secundan corren para escapar de su furia.
Judah se levanta. Despacio. Da unos pasos y hace que su gólem se mueva. El cañón gira con la imprecisión de un motor mal engrasado. El gólem pega su mugrienta forma al vagón. Levanta los brazos, imitando y exagerando los pequeños movimientos de Judah, empieza a trepar, dejando un reguero de su propia materia.
El cañón vuelve a disparar. Escupe una bocanada de humo grasiento, y tanto la cabecera de la vía como la gente que se ha refugiado allí, a varios metros de distancia, revientan. El gólem trepa por la torre apoyándose en los machones y las tuberías. Utiliza como asideros y peldaños las mismas armas con las que los gendarmes le apuntan. Ajeno totalmente a su propio bienestar, como ninguna criatura viviente podría serlo, va menguando y descomponiéndose en terrones a medida que asciende, pero ya, aunque debilitado, cuajada su grasienta piel de grava de maderos y rieles, despojándose de las mismas piernas, que caen al suelo, informes como excrementos, casi ha ganado la cima. El arma gira y Judah le ordena a su gólem que introduzca el brazo hasta el fondo del cañón.
Le llega hasta el codo. La tierra del gólem bloquea el arma. Ésta dispara y se produce un extraño movimiento, un retroceso tembloroso. El cañón revienta y el gólem se convierte en una lluvia de porquería. Brota una nube de humo y aire ardiente, la torre se estremece, y la cabina se ilumina y se parte brutalmente, con el techo convertido en una garra de dedos metálicos.
La detonación exhala una gran bocanada turbia y un hombre muerto cae entre los restos. El cadáver del cañón se ladea. Los restos del gólem llueven sobre Judah. Los rebeldes lo aclaman. No puede oírlos pero los ve.
Los renegados toman el tren. Los gendarmes arrojan las armas y salen cubiertos de sangre, con los ojos chamuscados y llorosos.
»No, no, no, grita Uzman. Está devorando carbón, y sus bíceps se hinchan. Junto con Cañas y Ann-Hari, y con otros cuyos rostros Judah no reconoce, los hombres del Renegado interrumpen las palizas cuando parece que van a tener resultados trágicos. Requisan los cuchillos. La gente protesta pero cede. Los gendarmes son encadenados en el mismo sitio donde antes estaban los rehechos.
»¿Y ahora qué? Allá donde va, Judah oye la misma frase.
El tren es de los rehechos. Hacen banderas para su nuevo e inesperado país, y las agitan desde lo alto de la torre reventada. Nadie duerme aquella noche. Los supervisores de los excavadores desaparecen en los yermos, y muchos hombres y algunas prostitutas se van con ellos.
»Enviad un mensaje, por el amor de los dioses, dice Cañas Gruesas. »Hay que buscar ayuda, dice, y Uzman asiente. A su alrededor están los demás cabecillas del repentino motín. Cada uno de ellos defiende su idea con desmañada elocuencia. Se toman decisiones.
Ann-Hari les dice a todos: »Ya no hay vuelta atrás, no podemos volver. Tenemos que seguir adelante. Y señala el desierto.
Escogen mensajeros. Jinetes. Un rehecho con unas piernas a vapor que parecen dedos extendidos y que ascienden por las laderas rocosas a velocidad tremenda mientras su torso humano se bambolea como un pasajero involuntario. Otro, un hombre musculoso convertido en una extraña criatura de seis miembros: está cosido por debajo del abdomen al cuello de un gran lagarto bípedo, de una especie que los nómadas de los páramos han aprendido a domesticar para usarlos como cabalgaduras. Se yergue hasta gran altura sobre dos patas inclinadas y una cola tiesa, con sendos brazos acabados en garras justo debajo del inicio de su piel humana. Lleva meses trabajando como explorador, cargando con un gendarme armado a la espalda.
»Adiós, les dice Uzman. »Seguid las vías. Sin que os vean. Tenéis que llegar a los pueblos. A los campamentos. A Empalme. Y, por Jabber, sobre todo tenéis que llegar a Nueva Crobuzon. Contadles lo que ha ocurrido. A los nuevos sindicatos. Decidles que necesitamos ayuda. Conseguid que vengan. Si nos ayudan, si nos traen herramientas, puede que lo consigamos. Rehechos y libres: que vengan todos.
»Uzman, dicen ellos, y asienten, como si el propio nombre fuera una afirmación.
Los jinetes montados se marchan envueltos en nubes de polvo, el hombre de las patas a vapor en un momento de invertebrada velocidad. El hombre-reptil acelera saltando sobre los brezos que jalonan el lecho del ferrocarril. Las aves y demás criaturas que vuelan los observan. Las que no son aves viran con los zigzagueantes espasmos de los peces en el mar.
Las prostitutas dejan que algunos hombres estén con ellas, bajo estrictas condiciones, desarmados y con alguna centinela cerca. Desde lo de Uzman y Ann-Hari, algunas de ellas han estado con rehechos.
»En Nueva Crobuzon ocurre constantemente, dice Ann-Hari. »Rehechos y enteros follando. ¿Qué pasa cuando se llevan a alguien a las factorías de castigo? ¿Qué pasa, su mujer lo abandona siempre?
»Se supone que sí. No es decoroso.
»Es muy habitual, igual que el sexo híbrido, khepri, humanos, vod…
»Es verdad, dice Judah. »Pero lo mantienen en secreto. Estas mujeres… tus mujeres… lo hacen delante de todos.
Ann-Hari levanta la mirada hacia la luna. Deja que la luna la recorra. Observa sus últimos rayos sobre el armazón del puente. »Los sindicatos de la ciudad no pueden ayudarnos aquí, dice. »Esto es algo nuevo.
Debajo de ellos se mueven antorchas entre las vigas. Los pontoneros han reanudado el trabajo, ahora sin supervisores.
»¿Qué les has dicho?, pregunta Judah.
»La verdad, dice Ann-Hari. »Que no podían parar. Que estamos rehaciendo.
Tres días después, al amanecer, regresa el arácnido a vapor. Pide algo de beber antes de hablar.
»Vienen, dice. »Gendarmes, a centenares. En un tren nuevo. Un tren confiscado, les dice. »Han descargado a los turistas y buscadores de fortuna que venían a explorar el interior del continente.
La mayoría de los trabajadores libres ha escapado. Algunos de ellos son miembros de esta nueva ciudad, que aunque resentidos por el giro repentino de los acontecimientos que ha convertido a los rehechos en sus iguales, deciden quedarse movidos por la curiosidad, por el «¿qué pasará?». Forman parte de este tren asamblea, de esta congregación. Algunos de ellos están tan comprometidos como los rehechos, y se alistan en los grupos de sabotaje que vuelven sobre sus pasos para desmantelar las vías. Los maquinistas, fogoneros y guardafrenos que quedan instruyen a los rehechos.
Regresan por la misma tierra que han alterado. Sometida a la influencia de oleadas de embrujos, nunca fue demasiado estable. Pasan por lugares donde antes el suelo era de roca y ahora es de piel de lagarto moteado, y los clavos de los rieles están sumergidos en una sangre que parece leche. Hay sitios donde el suelo se ha convertido en algo parecido a las guardas de un libro, y brotan trozos de papel de los agujeros. Desmantelan las vías para entorpecer a sus perseguidores.
Una industria revertida. Emplean toda su experiencia en la destrucción del ferrocarril, arrancando los clavos, llevándose los rieles y las traviesas y esparciendo las piedras. Alisan el firme de la vía y regresan.
Pero »Han derribado las barricadas, no tardan en decirles los exploradores. »Han traído sus propios rieles y traviesas. Están construyendo de nuevo el ferrocarril. Dentro de tres días, los gendarmes llegarán al campamento.
Hay luz en el túnel. Hay trabajos en marcha.
»¿Qué habéis hecho?, pregunta Judah.
»Estamos terminando el túnel, dice Ann-Hari. »Y el puente. Ya casi hemos llegado al otro lado.
Su influencia está expandiéndose. Ann-Hari es más y también menos que un líder, piensa Judah: es una persona, un nexo de deseos, de anhelo de cambio.
Ya están horadando los últimos metros de la oscura y húmeda montaña. Judah contempla el puente. La nueva obra es casi risible: un apresurado y endeble encaje de metal y madera tendido sobre los muñones de la auténtica construcción. Es algo improvisado, sólo es un puente a duras penas.
Judah forma parte de un cónclave —para su sorpresa— que busca una estrategia a tientas. Se reúnen en las colinas: Shaun, Uzman, Ann-Hari, Cañas Gruesas, Judah. Pero paralelamente a ellos está surgiendo algo estruendoso y colectivo.
Todas las noches, a la luz de las lámparas de gas, se reúnen los trabajadores. Al principio era por diversión —licor, dados y citas— pero a medida que los gendarmes se van aproximando y Uzman discute la estrategia a seguir en las colinas, la filiación de los grupos cambia. Los hombres del tren empiezan a llamarse hermanos.
Ann-Hari se presenta en su reunión e interrumpe el confuso discurso de un hombre. Una punta de lanza hecha de mujeres se abre camino entre los congregados. Algunos tratan de acallarla a gritos.
»Tú no eres un trabajador del ferrocarril, dice uno. »No eres más que una puta de las colinas. Ésta no es tu reunión, es nuestra.
Ann-Hari responde con sencillez. Se expresa con una retórica variopinta hecha de exhortaciones apelotonadas: un discurso que deja atónito a Judah. Es como si fuera el mismo tren quien hablase. El fuego permanece inmóvil.
»No puedo hablar, dice. »Si yo no puedo hablar, ¿quién tiene derecho a hacerlo? ¿Qué espaldas? ¿Qué espaldas sino la mía y las de los míos han servido de base para construir este ferrocarril? Hemos hecho historia. Ya no podemos volver atrás. No podemos. Todos sabéis lo que hay que hacer. Adónde tenemos que ir.
Cuando termina, nadie puede hablar durante varios segundos. Al fin, alguien murmura:
»Hermanos, vamos a votar.
Uzman les dice que sea como sea, piensen lo que piensen, lo que Ann-Hari les está diciendo es que huyan. Que ésa no es la respuesta. ¿Acaso tienen miedo?
»No es huir, dice Ann-Hari. »Aquí ya hemos acabado. Somos algo nuevo.
»Es huir, dice él. »Eres una ingenua.
»Es algo nuevo. Nosotros somos algo nuevo, dice, y Uzman sacude la cabeza.
»Esto es huir, dice.
Desenganchan el vagón artillado y llevan el tren hasta el túnel. Van desmontando las vías a medida que avanzan. Todavía se oyen detonaciones y golpes procedentes del interior de la colina y del extraño puente nuevo. Se trabaja a un ritmo frenético.
En el calor de la mañana llega el sonido de otros martillos y otros motores. El tren de los gendarmes. Ven las columnas de humo sobre los árboles muertos.
Los trabajadores se reúnen en el túnel, entre los residuos minerales de las paredes talladas, que ahora son planos infinitesimalmente divergentes. La luz proyecta sombras donde se encuentran los vectores de las rocas.
Uzman, el general del pueblo, imparte órdenes que los demás deciden seguir. Un ejército de varios centenares de rehechos y libres comprometidos con la causa: los pocos administrativos, científicos y burócratas que no han huido; algunos geoémpatas de escaso poder; otros, pocos: los seguidores del campamento, los locos y los que no podían trabajar y las prostitutas, cuyo agotamiento dio comienzo a todo. Salen a la oscuridad de la noche, preparados. El tren se oculta en el agujero de la colina.
Hace frío antes del alba. Los gendarmes cruzan varias lomas y aparecen al otro lado de un recodo. Vienen a pie, en carromatos blindados tirados por caballos rehechos, en aeróstatos individuales, con globos encima y propulsores a la espalda. Viran en el aire y se lanzan sobre los trabajadores.
Sueltan granadas. Es asombroso. La gente del tren empieza a chillar. No pueden creer que las cosas empiecen tan mal. Están sordos y ensangrentados. Así empieza todo. Una cascada de astillas de pedernal y fuego ennegrecido.