El Consejo de Hierro

El Consejo de Hierro


ANAMNESIS: El tren perpetuo » Y llega una…

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Los que llevan armas de fuego las disparan. Uno o dos gendarmes son alcanzados y caen sangrando, o se alejan en sus aeróstatos hasta estar fuera de su alcance, o quedan colgados de su arnés, muertos, y siguen volando o descienden siguiendo trayectorias fortuitas. Pero no se detienen. Achicharran el cielo con sus lanzallamas.

»Aplastadlos, exclama Uzman, y sus tropas dejan caer troncos y rocas mientras los gendarmes se reagrupan y disparan sus balistas.

Los taumaturgos de ambos bandos hacen oscilar el aire, crean de la nada parches de color gris que tiñen lo real, lanzan flechas de energía que chisporrotean como el agua en aceite caliente y que al hacer blanco provocan extraños efectos. Es un caos de batalla. Un carraspeo constante de disparos y gritos, en el que caen algunos gendarmes pero los huelguistas lo hacen en mayor número.

Hay momentos. Un grupo de cactos se adelanta y las balas que perforan su piel apenas logran frenarlos. Los gendarmes, aterrorizados, huyen ante la inmensa flora, pero aunque los oficiales no llevan arcos huecos, tienen productos cáusticos que calcinan la piel de los cactos.

»Somos chusma, dice Uzman, y mira a su alrededor con desesperación. Ann-Hari no dice nada. Está mirando más allá de los gendarmes, más allá de la torre de humo que marca la llegada de su tren.

Judah ha creado un gólem. Lo envía contra los gendarmes. Es una criatura fabricada con la materia del propio ferrocarril. Está hecha de vagonetas y de sobras de rieles y traviesas. Lleva una parrilla como dentadura. Sus ojos son trozos de vidrio.

El gólem sale caminando del túnel. Es insensible. Anda con el cuidado de un hombre.

Mientras avanza, la lucha parece arreciar. La fea e innoble batalla hace una pausa. El gólem pasa junto a los cadáveres. La criatura ferroviaria es lo único que parece moverse.

Y entonces deja de andar, y Judah se estremece de asombro porque no le ha ordenado que lo haga. Aparece un nuevo carromato, que lleva a un hombre entrado en años y a sus guardaespaldas. El hombre los saluda a todos con gestos amables. Weather Wrightby.

Uno de los que están junto a él lleva varios amuletos. Un taumaturgo. Mira fijamente al gólem y mueve las manos.

¿Eres tú quien lo ha detenido? Judah no lo sabe con certeza.

Weather Wrightby se planta en mitad de la batalla. Naturalmente, debe de estar protegido por innumerables embrujos que desvían las balas, pero aun así causa una impresión muy poderosa. Le habla a las colinas. El gólem está inmóvil a varios metros de él, como su rival en un duelo a muerte, y Weather Wrightby también le habla a él, como si estuviera exhortando al ferrocarril.

»Hombres, hombres, exclama. Sacude las manos en el aire. Lentamente, sus gendarmes bajan las manos. »¿Qué estáis haciendo?, dice. »Sabemos lo que está pasando aquí. No es necesario. ¿Quién ha ordenado que se atacara a estos hombres? ¿Quién lo ha ordenado?

»Hay que arreglar esto, dice. »Este embrollo. Es por el dinero, según me han dicho. Y por la rudeza de los supervisores. Levanta un saco que lleva en el carromato. »Dinero, dice. »Traemos el salario de todos los hombres libres y enteros que siguen aquí. Ya es hora de que se os pague. Ha sido demasiado tiempo, y lo lamento. No puedo controlar el flujo del dinero, pero he hecho todo lo posible por traeros lo que es vuestro.

Judah no dice nada. Hace que su gólem mueva la cabeza, un pequeño gesto teatral.

»Y vosotros, rehechos. Weather Wrightby esboza una sonrisa triste. »No sé, dice. »No sé. Sois convictos. Yo no soy el que hace las leyes. Tenéis deudas con las factorías que os crearon. Vuestras vidas no os pertenecen. Vuestro dinero… no tenéis dinero. Pero debéis entender. Debéis entender que ni os guardo rencor ni os culpo por esto. Sé que sois hombres razonables. Arreglaremos esto.

»No puedo pagaros: la ley me lo prohíbe. Pero puedo guardar el dinero. La FT se ocupa de sus trabajadores. No permitiré que mis buenos rehechos sufran la innecesaria severidad de unos capataces ignorantes. No estaba escuchando con la suficiente atención, y os pido que me disculpéis por ello.

»Crearemos estructuras. Nombraremos un mediador que os escuche, que pueda castigar a los supervisores que no sean dignos del puesto. Vamos a arreglarlo, ¿me entendéis?

»Guardaré el dinero que os correspondería si fueseis hombres libres y enteros, y habrá un lugar para vosotros cuando el ferrocarril esté terminado. Un refugio. En la ciudad, si ellos lo permiten, pero si no, si la maldita Nueva Crobuzon está tan sorda como para no darse cuenta de lo que hay que hacer, en estas tierras lejanas, cerca de vuestro ferrocarril. No volverán a mataros a trabajar. Tendréis cuartos propios, y baños, y buena comida, y podréis salir. ¿Creéis que soy un mentiroso? ¿Creéis que os miento?

»Ya basta, ya basta. El ferrocarril está parado. ¿Queréis que siga así? Hombres, hombres… No sois blasfemos, no creo que lo seáis, pero, aunque vuestras razones sean comprensibles, lo que estáis haciendo aquí es un pecado. No os culpo por ello, pero estáis interponiéndoos en el camino de algo que el mundo merece. Vamos. Poned fin a esto.

Judah se levanta. Hace que su gólem se aproxime a Weather Wrightby con sus vacilantes andares.

»No seáis estúpidos, dice la voz de Uzman a su lado. »¿Tan blandos sois, joder, tan blandos? ¿Creéis que a Wrightby le importáis una mierda? Pero otras voces lo acallan. Alguien está gritando. Alguien chilla.

»No podemos ganar, dice Judah en voz alta, aunque nadie está escuchándolo. Inmóvil entre las rocas, ordena a su gólem de vías que eche a correr.

Le hace correr como si fuera un hombre accionado a vapor, con el chirrido metálico de los engranajes de sus muslos. Avanza bajo una lluvia de balas cada vez más intensa, dejando enormes huellas, y corre y salta, y se lanza, y cae formando una primitiva masa punitiva de madera y metal, rompiendo los huesos a los gendarmes. Judah no ve a Weather Wrightby, pero sabe, mientas observa los movimientos natatorios del gólem y su desintegración en el impacto final, que Wrightby sigue vivo.

»Atrás atrás atrás, grita Cañas o Shaun o alguien, un general improvisado, pero ¿adónde? No hay donde esconderse. Los gendarmes se dispersan bajo el castigo de la pólvora pero sus armas son mucho más potentes y es imposible contenerlos. Es un desesperado y engañoso punto muerto: los gendarmes se mueven en formaciones adaptadas a la lucha en el desierto mientras los rehechos, en la ladera de la colina, corren de un escondite a otro, en parte en orden y en parte en desbandada.

Pero entonces se oye un ruido procedente del otro lado del recodo. Algo.

»¿Qué, qué, qué es…?, dice Judah. Los hombres de la FT retroceden en dirección a su tren, y en ese momento llega hasta ellos el ruido de otra batalla.

Desde el camino por el que han llegado, desde la historia del firme de la vía, llega un ruido que Judah no había oído antes. Algo se aproxima con un repiqueteo creciente, un tamborileo sobre la roca nivelada. Un destacamento de trancos. Los borinaces. Avanzando a una velocidad pasmosa. Sus patas, más altas que seres humanos, se mueven descoyuntándose en una sucesión rígida y ungulada de espasmo y flexión, y giran con delicadas acrobacias, retorciéndose sobre los cascos.

Con inhumana elegancia se aproximan. Su rostro es un híbrido entre una cara de babuino y una talla de madera, con algo de insecto y algo extrañamente evocador. Irrumpen entre los gendarmes, auténticos enanos a su lado, y empiezan a dar vueltas entre ellos, introduciendo sus rígidas patas entre los ejes de los vehículos, que se desvían y chocan entre sí. Los borinaces se inclinan y sus brazos y manos realizan manipulaciones en el espacio y en otros vectores que Judah no alcanza a ver.

Sus dedos palpan entre las dimensiones. Sus miembros se vuelven invisibles y, salvando grietas de espacio demasiado grandes, atrapan a los gendarmes o les perforan la piel. Los trancos atacan con armas que existen en el otro plano que tocan, armas que aparecen sólo un instante, con forma de flores púrpura o rostros de plata líquida, y cuando golpean a los gendarmes siegan sus cuerpos o los merman de diferentes formas, y los gendarmes gritan y tropiezan en ángulos de la tierra que nunca hubieran debido de estorbarlos.

Hay docenas de ellos, una auténtica banda de guerra. Entre sus filas cabalga el rehecho del cuerpo de lagarto al que enviaron a Nueva Crobuzon con un mensaje.

Los gendarmes emprenden la retirada, muertos o heridos de formas grotescas por las mazas espectrales de los trancos. Judah no ve a Weather Wrightby por ninguna parte. El explorador rehecho se mueve con las grandes zancadas de los lagartos de las llanuras. Los trancos le dan pequeños empujones y murmuran con sus bocas descarnadas, y él se ríe y les da palmadas y grita: »Ann-Hari, lo he conseguido. Han venido. Han hecho lo que tú dijiste. Los he encontrado.

¿De dónde sacó Ann-Hari el tiempo? Judah no puede imaginárselo. ¿Cuándo tuvo tiempo, cuándo lo supo, cuándo habló con aquéllos que podían ser escogidos para hacer de exploradores, cuándo supo que tenía otros planes, cuándo sospechó que atacarían los gendarmes y mandó a buscar refuerzos? ¿Cómo supo dónde tenía que enviarlo?

El lagarto-montura explorador no ha cumplido la misión que se le encomendó. Tenía otra, una misión de Ann-Hari. Ha salvado al tren.

»¿Veis? ¿Veis? Ann-Hari no cabe en sí de gozo. »Sabía que los trancos odian al ferrocarril y a la FT.

»Les conté lo que me dijiste, le explica el hombre-lagarto. »Les dije lo que estaba haciendo la FT y les supliqué ayuda.

»Has actuado contra el consejo, dice Uzman. Ann-Hari sostiene su mirada y espera hasta que el silencio resulta incómodo, y entonces, en un ragamol de acento muy marcado, dice: »Nos vamos.

»Has actuado contra el consejo.

»Os he salvado.

La gente está reuniéndose a su alrededor.

ȃste no es tu reino.

Ann-Hari parpadea. Le lanza una mirada de asombro. ¿Hasta dónde llega tu estupidez?, dice su rostro, pero espera un momento y vuelve a decir, lentamente:

»Nos vamos ahora mismo.

»Has actuado contra el consejo.

Judah interviene. Su voz lo sorprende a él mismo. Todo el mundo lo mira. Las piernas de un gólem de tierra se mueven tras él y sus inacabados talones repiquetean contra el suelo en una débil pataleta.

»Uzman, dice. »Tienes razón, pero escucha.

»Sin el consejo, ¿qué somos?, dice Uzman.

Judah asiente.

»Sin él, ¿qué somos? Lo sé, lo sé. No debería haber actuado por su cuenta. Pero, Uzman, ya has visto lo que ha pasado. No pensaban contenerse. Habían venido para acabar con nosotros, Uzman. ¿Qué íbamos a hacer?

»Necesitábamos órdenes, dice Uzman. »Necesitábamos a los sindicatos de la ciudad. Puede que hubieran venido…

»Ya es demasiado tarde, dice Judah. »Nunca lo sabremos, ¿verdad? Nunca lo averiguaremos. Tenemos que marcharnos. Ahora no podemos esperar.

»¿Quieres que nos convirtamos en librehechos?, dice Uzman. Prácticamente está gritando. »Yo soy un puto insurrecto, Judah ¿Quieres que huya como un bandido? Está furioso. Todavía se oyen disparos. »¿Quieres que escapemos a las putas colinas como si tuviéramos miedo? ¿Eso es lo que quieres? Que te jodan. Y a ti, Ann-Hari… Todo cuanto tenemos…

»No tenemos nada, dice Judah.

»Lo tenemos todo, dice Ann-Hari.

Se miran el uno al otro.

»No vamos a dejar lo que tenemos, dice Ann-Hari. Las piernas del gólem de Judah tiemblan. »No vamos a dejar nada. Nuestra sangre y nuestros músculos. Todos los muertos. Cada martillazo, la piedra, hasta el último bocado que comemos. Cada bala de cada arma. Cada latigazo. El mar que hemos llenado con nuestro sudor. Cada pedazo de carbón de las calderas de los rehechos y de la caldera del motor, cada gota de semen entre mis piernas y las piernas de mis hermanas, todo ello, todo ello está en ese tren.

Señala la oscuridad del túnel, donde el trabajo sigue adelante. »Todo ello. Hemos cambiado la historia. Hemos hecho historia. Hemos forjado historia en hierro y el tren la ha excretado detrás de sí. Ahora la hemos arado y roturado. Vamos a seguir, y nos llevaremos nuestra historia con nosotros, rehecho. Es nuestra única riqueza, lo es todo, es todo cuanto poseemos. Nos lo vamos a llevar.

Los huelguistas del consejo de hierro la respaldan. Ni siquiera Uzman puede hacer otra cosa.

Agitando las manos multi-planares, los trancos se despiden y se marchan. »Gracias gracias, grita Judah.

En el estómago de la montaña, el tren atraviesa el último velo de roca. El túnel, sumido hasta ahora en una oscuridad abisal, se llena a rebosar de luz.

El tren cruza sobre el puente esquelético que han tendido a toda prisa para él. Se estremece y se inclina. El puente se mueve. El tren se bambolea, embriagado. Judah no se atreve ni a respirar.

Empieza a moverse con más firmeza, a través de la apresurada aglomeración de vigas y listones. Pasa a gran altura sobre el terrorífico valle, exhalando humo, cruza los metros y metros de tembloroso pontón, hasta llegar a la estructura original, y entonces se detiene.

Ha cruzado. Está en tierra firme, al otro lado de las montañas.

Los rebeldes cruzan el endeble entramado. Los niños gritan mientras sus madres los sujetan con fuerza. Con cada ráfaga de viento la gente se detiene, pero al final llegan al otro lado sin que nadie se caiga.

Son los cactos, los humanos librenteros, una o dos khepri con su cabeza de escarabajo, los seguidores del campamento y los vagabundos, una bandada de dracos que vuela a baja altura mirándolo todo con entusiasmo perruno, y razas más extrañas, llorgiss renegados y hotchi mudos, y cientos y cientos de rehechos, en todas las formas que la carne puede adoptar. Son los fogoneros, ingenieros y guardafrenos, los antiguos administrativos, los pocos supervisores que cambiaron de bando a tiempo, los cazadores, los pontoneros, los exploradores y científicos que no han querido abandonar sus laboratorios, las prostitutas, los excavadores, los magos plebeyos, los calibradores de verdad y brujos de poca monta, los nómadas sin trabajo que revuelven entre la basura del ferrocarril y que ahora se han convertido en algo, y los cientos y cientos de peones que tienden las vías.

Su riqueza y su historia están embebidas en el tren. Es un pueblo en movimiento. Es su momento, en hierro y grasa. Lo controlan. El Consejo de Hierro. La marcha del consejo da comienzo.

Es el mismo movimiento que los ha llevado hasta aquí. Exactamente el mismo. Los carromatos de rieles y traviesas descargan su cargamento, y las cuadrillas los colocan en posición y los separan para que otros se lleven los rieles, los depositen en el suelo y descarguen sus martillazos con cuidadoso, ritmo, uno, dos, tres, ya. Por delante vuelan las cuadrillas de niveladores. Pero esta tierra extensa y llana sólo tiene unas pocas extrusiones que se eliminan con facilidad, y ahora no arrasan todos los ornamentos de roca y naturaleza, como habrían hecho antes.

Es el mismo movimiento, y es totalmente nuevo. Su urgencia es embriagadora. Su velocidad aumenta en varios órdenes de magnitud. Las traviesas se colocan a mucha más distancia, la indispensable para que la vía aguante. Esas vías no durarán mucho. No es su propósito. El firme es apenas un bosquejo, un fantasma en la tierra. El tren gatea como un niño.

A medida que los rieles van quedando atrás, liberados del peso del tren, los hombres y las mujeres vuelven a recogerlos. Los cargan en mulas que los llevan más allá de los furgones de carga y los vagones taller, donde se almacenan muchos centenares, más allá de la vía y del propio tren, hasta la vanguardia, bajo la luz de las lámparas que sirven como ojos del motor. Y allí los descargan. Y los peones vuelven a colocarlos.

Kilómetros de vías, reutilizadas, reutilizadas. Es el futuro del tren y su presente, y emerge como historia, un poco más gastado, para volver a ser tendido y convertirse en otro futuro. El tren lleva su vía consigo, recogiéndola y volviendo a tenderla: una fracción, un momento de vía. Ya no es una línea trazada en el tiempo, sino algo contingente y fugaz, recurrente bajo el tren, cuyo único legado es su huella.

Se mueven a una velocidad que eclipsa sus mejores marchas. Hasta ahora su récord era kilómetro y medio al día, y ahora lo superan varias veces. La enorme rehecha a la que no dejaban acercarse a la vía es bienvenida ahora, porque es capaz de clavar un remache de un solo martillazo. Las vías se tienden, se levantan, se tienden, se levantan. Sobresalen varios cientos de metros por delante y por detrás del tren.

»Los gendarmes se acercan.

Judah se marcha con los demoledores.

»Quiero hacerlo con un gólem, dice. Toca el endeble puente, envía su poder a través del metal, lo dota de a-vida. Nadie le escucha. »Quiero convertir esta vía en un gólem. Quiero que los rieles sean sus conductores.

Oye el crujido del metal desplazado cuando las vías tratan de estirarse y transformarse en un gigante. Se estremece. No tiene tanta fuerza. Sus compañeros suben al tembloroso puente y cruzan a la oscuridad del túnel. No es un gólem lo que preparan, sino una intervención.

Judah se reúne con el tren, que prosigue su avance por la llanura que precede a Mar de Telaraña. Pero ahora está desviándose. Hay un comité popular, un grupo delegado o una banda de alborotadores insistentes que dirige a los peones desde la sombra del tren. Se apartan de la línea invisible que se dirige a la voluble ciudad. A golpes de mazo, empleando toda su experiencia, el tren perpetuo vira. Judah ayuda a las cuadrillas a recoger los últimos rieles y vuelve a la cabecera. Las vías están girando.

El tren perpetuo se desvía hacia el oeste-noroeste. Hacia un paraje en el que no hay nada, un lugar nuevo que nadie ha cartografiado. Judah está sin respiración.

(Mucho más tarde escucha el crujido de las explosiones. Se imagina el puentecillo, plegándose sobre sí mismo, transformado en palillos. Se imagina al tren de los gendarmes, retorciéndose hasta besar su propia cola, lanzando hombres y pertrechos al vacío, dividiéndose y cayendo al fondo del barranco. Piensa en el plan de Bill Grasa y en los restos que dejará la catástrofe sobre el lecho del río seco. El tren y el armazón del puente se posarán, y acabarán por convertirse en fósiles de madera y metal).

El tren perpetuo se ha vuelto salvaje. El consejo de hierro es ahora un renegado.

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