El Consejo de Hierro

El Consejo de Hierro


ANAMNESIS: El tren perpetuo » La primavera…

Página 43 de 82

La primavera empieza a anunciar el verano y el tren perpetuo sufre el acoso de insectos que Judah no ha visto antes, insectos que parecen lámparas de papel plegado o diminutos monjes con capucha. Su icor es rojo sangre.

Judah carga rieles. Desarma el pasado y se lo lleva a cuestas. El ejército de seguidores del tren tiene de repente una misión. Armados con azadones, roturan la tierra por donde han pasado las vías.

Es un camuflaje ineficaz. No pueden pasar sin dejar marcas indelebles. Harán falta años de sedimentos depositados sobre la tierra, años de conejos y zorros cruzándola con sus propias sendas, años de lluvias y vientos para que la costra dejada por el tren perpetuo desaparezca.

Hay mucho que hacer. No es fácil huir.

Todos los días varios kilómetros. Giros bruscos de los rieles reutilizados y reutilizados para que aquel pedazo de vía sortee los obstáculos —lagos, rocas, densos bosques—. Las cuadrillas de niveladores llenan los sumideros de escombros. Tras el tren hay una nube de polvo. El tren se encuentra en un bosquecillo ralo que ha estado esperando a que la vía lo llenara, y el consejo de hierro ha salido a su encuentro.

»Necesitamos más planificación. Necesitamos exploradores, cazadores, necesitamos agua. Hay que trazar una ruta.

»¿Pero adónde vamos, entonces?

»Hermanos, hermanos…

»Yo no soy tu hermano, grita una mujer.

»Muy bien, maldita sea, hermanas entonces, y todo el mundo se echa a reír. »Hermanas, hermanas…

»No van a detenerse, ya lo sabéis. Es Uzman. Todos se callan. »No es una broma. Es peligroso. Hermanos… Hermanas… Nos hemos enfrentado a Weather Wrightby. Nunca lo olvidarán. Nos darán caza.

Brota vapor de sus chimeneas. Nunca nos has querido aquí, piensa Judah. La cosa no ha salido como esperabas. Querías que nos quedásemos. En tus bonitos sueños de insurrección nos uníamos a los sindicatos, que acudían a salvarnos. Y aún no has abandonado la idea. Pero preferirías que las cosas hubiesen salido de otra manera.

Uzman es un buen hombre.

»No son sólo los gendarmes. La FT va a ponerle precio a nuestras cabezas. Les hemos robado el tren. Les hemos robado la vía, joder. ¿Creéis que van a dejarlo estar?

»Todos los cazarrecompensas de Rohagi vienen en este momento hacia aquí. Y, por el esputo de los dioses, ¿creéis que la ciudad va a dejarlo estar? Se hace un silencio completo, interrumpido sólo por el golpeteo de los insectos contra la lámpara. »La vía era también de Nueva Crobuzon y nos la hemos llevado. ¿Creéis que van a permitir que los rehechos escapen y encuentren un hogar en la campiña? La milicia también vendrá a buscarnos. La milicia.

»Vendrán en aeronaves. Vendrán por tierra. ¿Pensáis que van a dejar que nos establezcamos, que fundemos una puta arcadia de librehechos? Volverán con el tren engalanado con nuestras cabezas. No se trata de encontrar un pequeño valle a diez, a cincuenta, a doscientos kilómetros de aquí. Si lo hacemos… tenemos que irnos.

»Tenemos que desaparecer. Traedme un mapa, joder. ¿Comprendéis lo que hemos hecho aquí? ¿Lo que somos ahora?

Una dispersa turba de rehechos. Una ciudad de rehechos y sus amigos xenianos y librenteros. Ladrones y asesinos, violadores, vagabundos, estafadores, mentirosos. »Parecéis tallados, dice Uzman con un asombro que todos perciben de repente. »Pedazos de madera de tamaño humano, obra de los dioses. Lo miran pestañeando a la sombra del tren que han robado.

Con sólo tres días de desviación de su ruta planeada, el consejo de hierro cruza la frontera de los mapas. Ésta es una tierra extraña. Las Planicies Medianas. Las tierras salvajes de Rohagi.

Los dracos más inteligentes son enviados a parajes vacíos que, pequeñas criaturas urbanas como son, los llenan de inquietud. Deben buscar a los cazadores que aún no han vuelto, a los aguadores que han salido en sus carromatos a buscar manantiales. A los exploradores que regresarán sin encontrar otra cosa que una carnicería donde antes se levantaba el túnel. Contemplarán los cadáveres del tren de los gendarmes, enmohecidos y secados por el sol, y dirán, »¿Qué ha pasado aquí? El consejo de hierro envía a los dracos a reunir a los suyos.

Se crean sistemas. Encuentran fuentes, llenan el vagón cisterna y sellan las fugas. La torre artillada, reparada apresuradamente, recobra una tosca semejanza con su antiguo yo. Los pocos científicos que se han quedado instruyen apresuradamente a los rehechos y les enseñan a trazar mapas.

»¿Dónde vamos a ir?

De noche los renegados tocan banjos y flautas, suena la campana de alarma del tren, y la caldera se convierte en un tambor. Los hombres y las mujeres vuelven a acostarse juntos. Algunos días de la cadena, Judah acude a los silenciosos encuentros masculinos que se producen a poca distancia de las vías en busca de liberación, pero Ann-Hari y él follan una noche y se acarician con el más sincero y el más íntimo de los afectos.

Este lugar que a cada día que pasa se vuelve un poco más extraño fascina a Judah. Al sexto día del consejo de hierro, mientras el kilómetro y medio de vía sigue engullendo su propia cola para moverse, mientras el tren se adentra en un onírico paisaje de plantas suculentas y el verano se va posando sobre ellos, llega un destacamento de gendarmes y cazarrecompensas.

Han subestimado penosamente al consejo. No son más de treinta hombres y xenianos, con armaduras de hierro tachonadas de escarpias, vestimentas convertidas en armas. Salen de la colorida maleza bajo la bandera de la FT, espantando a unas criaturas que parecen champiñones temblorosos.

La banda dispara, y les grita con sus megáfonos: »¡Entregaos! ¡Criminales, rendíos!

¿Creen que el consejo de hierro va a dejarse acobardar? Judah los observa, asombrado por su estupidez. Doce de ellos son abatidos rápidamente y los demás huyen.

»Cogedlos, cogedlos, cogedlos, grita Ann-Hari, y los rehechos más rápidos marchan con sus armas. »¡Saben dónde estamos!

Sólo pueden matar a otros seis. Los demás escapan. »Estarnos marcados, dice Uzman. Apenas han recorrido ciento cincuenta kilómetros desde que escaparon. »Vendrán a por nosotros.

Dejan trampas. Barriles de pólvora, baterías y complejos fusibles. El tren avanza entre desfiladeros de roca, y los geotaumaturgos y brujomantes que lleva tallan diaglifos en las paredes minerales y tienden circuitos cargados que harán que el peso de un carromato cargado funda la roca y la obligue a derramarse como magma frío antes de asentarse de nuevo sobre los cadáveres asfixiados de la vanguardia de los gendarmes o la milicia. Ése es el plan.

Judah coloca trampas-gólem. Baterías, turbinas somatúrgicas de su propio diseño para que la madera caída o los montones de huesos o la tierra o las traviesas rotas y abandonadas se levanten y luchen por el consejo de hierro.

De noche recorre el tren renegado en compañía de Uzman y Ann-Hari, que aunque desconfían el uno del otro, también se necesitan. Estratega y visionaria. El tren perpetuo no se detiene de noche. Este tren está lleno de habilidades. Los rehechos reparan los mosquetes que pueden repararse y fabrican armas nuevas. En las calderas funden los rieles más viejos para hacer tajadores y armaduras. Están convirtiendo su ciudad rodante en una máquina bélica.

»No falta mucho, dice Uzman. »Llegará un momento en que haya que abandonar el tren, que huir.

»No podemos hacerlo, dice Ann-Hari. »Sin él no tenemos nada.

En el vagón oficina, un grupo de consejeros debate frente a vagos mapas, bosquejadas recolecciones de mitos. Las mesas de arboscuro y las paredes forradas están cubiertas de rayones y pintadas desde el primer día, cuando los rebeldes borrachos las convirtieron en el soporte de su arte salvaje.

»Esto. Uzman señala un punto del mapa. »¿Qué es esto?

»La ciénaga.

Uzman mueve el dedo.

»Inexplorado.

»Llanuras salinas.

»Rocalla.

»Inexplorado.

»Fosas de alquitrán.

»Inexplorado.

»Humorroca. Hondonadas de humorroca.

Uzman se muerde los nudillos. Mira por la ventana. Los consejeros llevan los rieles de un extremo a otro de su robada vía.

»¿Tenemos algún meteoromante?

»Hay una chica, Toma. Alguien sacude la cabeza. »Puede convocar un soplo de viento para secarse la ropa, ya sabes, embrujos de poca monta…

»Necesitamos alguien capaz de provocar un temporal…

»No. Uno de los investigadores toma la palabra. Es un joven que se ha dejado barba y viste el sudoroso atuendo de los peones. Está sacudiendo la cabeza. »Sé lo que pretendes. Estás pensando en atravesar los campos de humorroca. No. Ya viste lo que pasó con Malke. Estuvo a punto de morir. Ya viste cómo fue.

»Seguro que hay algún modo de saber cuándo va a pasar…

El joven se encoge de hombros.

»Presión, dice. »Grietas. Algunas cosas. Géiseres. Vuelve a encogerse de hombros. »Lo estudiamos cuando nos atrapó. Son demasiadas cosas.

»Pero se puede saber cuándo…

»Sí, pero Uzman, no sabes lo que dices. Estos mapas son meras conjeturas. Estamos en las Planicies Medianas. Y hay algo que sí sabemos, está ahí. El dedo del hombre recorre el mapa. El vagón se bambolea. »¿Lo ves? ¿Qué es esto?

Es una franja de tierra marcada con líneas rojas cruzadas a trescientos kilómetros de ellos, menos de un mes a esta velocidad vertiginosa. Linda con los campos de humorroca, o el lugar donde presumen los viejos cartógrafos que debe de estar el humorroca.

»¿Sabes lo que es?

Por supuesto que Uzman lo sabe. Todos lo saben. Es la mancha cacotópica.

»No vas a llevarnos a la mancha, Uzman.

»No puedo llevaros a ninguna parte. El consejo va donde decide ir. Pero voy a deciros lo único que podemos hacer. Vosotros decidís si es lo que queréis o no. Y si es que no, me quedaré a luchar, y todos moriremos.

»Es la mancha, joder.

»No, no es la mancha. Son sus lindes. Sus márgenes.

Uzman tiene una mirada extraña. Allí de pie, parece resplandecer. Suda por el calor de sus propias tuberías, devora carbón. Tiene los labios negros.

»No es la mancha. Tenemos que atravesar los campos de humorroca…

»Si es que están allí.

»Si están allí. Tenemos que atravesar los campos de humorroca. Al otro lado está el borde del cacotopos. Aunque crucen los campos, no nos seguirán allí.

»Y sabes muy bien por qué, Uzman, ¿no? Por una buena razón, maldita sea.

»No tenemos alternativa. No, miento. Podemos huir. Abandonar el tren. Escapar y convertirnos en librehechos. Pero podemos conservarlo. Nuestro sudor. La vía. Pero si nos lo quedamos, esto es lo que debemos hacer. Tenemos que escapar, huir muy lejos, o moriremos. Tenemos que ir al oeste. ¿Qué hay al oeste de aquí? Señala el mapa. »La zona cacotópica. Sólo el borde.

Su voz suena a súplica.

»Otros lo han hecho antes. No pasará nada. Tenemos que hacerlo.

Suplica.

»Sólo el borde.

Se abrió hace medio milenio, una grieta que vomitó la salvaje fuerza cancerígena conocida como la Torsión en grandes cantidades. Unos páramos que desafían al entendimiento. Donde un hombre podría convertirse en un ser-rata hecho de vidrio y una rata un potentado diabólico o un sonido antinatural y un jaguar o un árbol podrá convertirse en un momento que podría no haber ocurrido, podría transformarse en un ángulo imposible. Donde viven y nacen monstruos. Donde la tierra, y el aire, y el tiempo están enfermos.

»De todos modos no tiene caso, dice alguien. »No tenemos meteoromantes, ni nadie capaz de convocar elementales de aire, y si no tenemos a alguien que pueda empujar los vientos no vamos a atravesar el humorroca.

Judah se apoya en la mesa; el borde baila delante de sus ojos.

»Bueno, dice. »Bueno, bueno.

La somaturgia, la golemetría, es una intervención. Crear sirvientes a partir de la materia no-viva es un acto de persuasión, de insinuación. Una estrategia de concepción.

»Bueno, bueno.

Yo puedo hacer un gólem de aire, piensa. Una masa de aire en el aire. Hacer que nos siga. Aire corriendo por el aire. Será agotador. Pero sabe que él puede conseguir que atraviesen el humo.

Judah sabe que van a ir.

Ir a la siguiente página

Report Page