El Consejo de Hierro

El Consejo de Hierro


ANAMNESIS: El tren perpetuo » Camina con…

Página 44 de 82

Camina con Uzman, y un gólem camina con ellos. Una tambaleante masa de pulpa vegetal. Forman un extraño trío: el rehecho exhalando vapor por sus tuberías; Judah, alto y enteco, con una barba que parece una mancha de tierra; el gólem, caminando sobre sus pies informes. El tren avanza a minúsculos tirones.

La luz de la luna es del color de la grasa fluida, como si la noche tuviera una herida abierta. Tras ellos, Judah ve el tren, el tren, el tren que marcha expulsando ventosidades de humo, tintineando, como una mísera orquesta de tambores y campanas. Un kilómetro por delante, los rehechos están tendiendo las vías, y algo más allá, los niveladores allanan el camino. Por detrás, se desmonta la vía y vienen cientos de seguidores, como una hueste de peregrinos.

Judah lo concibe todo como si fuera una ciudad. Nueva Crobuzon le ha enseñado esto. Cuando el tren sortea una encrespadura de tierra, lo que él ve es la curva y el borde de las paredes del río, los muros de los almacenes de la ribera del Alquitrán. Ve un árbol medio caído y recuerda la figura de un borracho de Nueva Crobuzon, apoyado en un ángulo parecido.

No escogemos lo que recordamos, piensa Judah, las historias que llevamos con nosotros. Él lleva Nueva Crobuzon consigo, e incluso ahora sigue siendo un ciudadano de este santuario, ahora errante.

»El humorroca no será suficiente, dice Uzman. El tren perpetuo suspira. »La milicia lo atravesará, lo sobrevolará. No es el humorroca, sino la mancha cacotópica. Eso es lo que nos ocultará.

Al día siguiente, un destacamento de gendarmes mata a cincuenta rezagados y se retira antes de que los rehechos puedan contraatacar. Los dracos gritan que les han disparado. Con su tosca e inventiva gramática, explican lo que han visto y extienden las alas para mostrar los agujeros en su dura piel.

Hace calor. Llegan a un tramo de espacio llano, una meseta de tierra firme y buena.

»¿Qué es eso? Cunde el pánico. »¡Algo viene hacia aquí!

Una jauría de animales sigue al tren, lanzando dentelladas a sus ruedas. No, no son animales y si lo son, son animales que se funden y reforman y emergen de la tierra y cuyos cuerpos atraviesa la luz. Las balas pasan a su través sin hacerles daño.

Judah los observa con creciente placer una vez que su miedo ha remitido. Cada vez que el tren lleva a cabo uno de sus pequeños avances, las criaturas reaparecen.

Demonios de movimiento. No están atacándolos, sino jugando. Alegres como marsopas, salen de la tierra y ruedan bajo las ruedas. Devoran el ritmo, el ka ka ka del movimiento del hierro. Tras milenios sin conocer otra cosa que el correteo de los cazadores y presas de las llanuras, el denso ritmo del tren embriaga a los demonios. Cambian de color con las cuasi-formas de zorros y ratas de las rocas, los únicos animales que han visto. Pero se aprenden a estos extraños y, con el paso de las horas, tanteando de forma inexperta, empiezan a imitar a humanos y cactos, para deleite y asombro de los peones.

»Mira, mira, eres tú, ésa es tu forma de andar, eso es.

Las esquivas criaturas se manifiestan y se sumergen delante de las ruedas para comer más. Cuando algún consejero baja del tren, los demonios pululan entre sus pies, devorando los ecos de sus pisadas. Una mujer empieza a bailar y el aire cobra vida con el éxtasis de los demonios de movimiento, que aparecen-desaparecen atracándose con su tempo. Al cabo de poco tiempo, el tren perpetuo está rodeado de figuras que mueven los pies: rehechos, las librenteras que antes trabajaban como putas, los cactos que han superado su taciturnidad. Bailan junto al tren, siguiendo el ritmo con cabriolas, meneando las caderas, sacudiendo las piernas. Tienen los pies rodeados de una hueste de demonios que atrapan la luz. Es una competición: los ritmos más complejos, repetidos y perfectos son las delicias más apreciadas.

La luz del sol es del color de la hierba seca. Judah sonríe mirando el tren y los bailarines y los demonios de movimiento. Es una extraña pastoral, una procesión de la época de la cosecha lo que parece, entre cogotes de hierbas de la pampa y barrancas secas, con un gran tren que avanza a espasmos hacia los adoradores que van tendiendo su camino. Como si las vías fueran una correa, arrastran consigo una especie de extraños animales domesticados, y alrededor de la bestia de hierro, dócil de repente, hay centenares de bailarines que levantan nubes de polvo estival. Los cinetófagos serpentean entre sus tobillos como una espuma de mar. Judah piensa en la energía que extraen del ritmo. Pulso-magia. Qué extrañas calorías hay en los sonidos repetidos.

Mira y siente amor por el consejo de hierro. Saca un trípode. No es un buen heliotipista, pero mientras encuadra el movimiento de los pies y el hierro y el sol poniente sabe que éste le va a salir bien. Borroso por culpa del movimiento y de la pobreza del cuarto oscuro, pero a pesar de ello, por encima de lo que será una masa espectral de piernas y demonios, sabe que el tren perpetuo y las sonrisas y los cuerpos de los bailarines se verán con claridad. Los ha atrapado en tinta sepia, los ha congelado como los lanzancudos con sus canciones.

Llega un aeróstato desde el este. Se aproxima con su sedado y predatorio bamboleo, avanzando pesadamente hacia ellos.

Los dracos aúllan y profieren obscenidades mientras vuelan hacia allí. Se convierten en motas recortadas contra la distendida ballena de cuero; revolotean alrededor de la góndola, la balancean un poco. Judah escucha unos sonidos secos que le recuerdan al estallido de una bolsa de papel y que deben de ser disparos, y los dracos se dispersan. Descienden. Caen en el sitio, plegando las alas y volando hacia el suelo todos juntos, y luego viran hacia el tren y hay un crujido, un enorme carraspeo, y las ventanas del aeróstato escupen una bocanada de cristal y humo negro.

»Sí, dice Uzman.

El dirigible se ladea. Una humareda de pólvora brota de su bajo vientre. Regresará a trancas y barrancas a Nueva Crobuzon, o a su base, más allá del horizonte, donde los pelotones de ataque de la milicia están esperando instrucciones. Donde hay otras aeronaves esperando. Más grandes, cargadas de bombas. Con ventanas que una granada de arcilla no podrá romper.

Nueva Crobuzon los ha encontrado. Aquella noche hay una reunión y lo que allí sucede excede al caos. Las ideas chocan contra otras ideas. Todos gritan. Las antiguas putas han nombrado a Ann-Hari su representante.

Otros los encuentran. De los pastizales salen figuras. El Consejo de Hierro difunde la noticia de su suerte empleando canales que nadie puede ver. Atrae a los desposeídos y a los forajidos.

Librehechos. Una pequeña tribu. Fugados de Nueva Crobuzon, salvajes desde hace tiempo. El líder es un hombre con unas ornamentales e inútiles alas de escarabajo en lugar de brazos. Hay otro con unas pinzas de goma, uno con el morro de un cocodrilo y un perro enorme con la cabeza de una hermosa mujer. Es un cuerpo masculino. Por las pieles que llevan y sus joyas de piedra agujereada y fibra de cartílago, por su complexión que es como madera y té, Judah comprende que son librehechos desde hace años.

»Hemos oído hablar de vosotros, dice uno de ellos. Su familia y él están mirando fijamente el tren. No miran a los guardias, ni a Judah, ni a su gólem, hecho con huesos de aves carroñeras. »Vais al oeste, dicen. Estáis cruzando el mundo.

»Cuentan, dice, »que vais buscando una vida nueva. Donde nadie pueda encontraros.

»Venimos a preguntar, dice, y se detiene. »Venimos a preguntar… dice el hombre.

Y Judah, delegado por el concilio, asiente: sí, podéis uniros a nosotros.

Nómadas en gran número. Criminales y desertores. Moradores de las llanuras y forasteros: trancos que galopan paralelamente al tren sin pronunciar palabra, e incluso un garuda que aparece de pronto en el cielo y se convierte en mariscal del aire de los pendencieros dracos. El consejo de hierro los absorbe.

Están rodeados por extrañas e insólitas treguas concertadas entre matones librehechos armados y asesinos borinaces, que marchan junto al tren con su extraña elegancia. Estamos protegidos, piensa Judah. Están aquí para regalarnos su velocidad divina. Para ayudarnos a avanzar.

Los cazadores de recompensas los atacan tres veces más, en rápidas y crueles incursiones. Se retiran antes de que haya tiempo de organizar una respuesta.

»Esto no es nada, dice Uzman a Judah. »Vendrán muchos más. Todas las noches arenga al consejo de hierro bajo la luz de los focos. Ann-Hari lo respalda, y aunque los fogoneros y los ingenieros se quejan de que sus reservas de carbón están menguando, aunque los trabajadores están exhaustos, el consejo acuerda aumentar la velocidad. Las vías siguen moviéndose de día y de noche, impulsadas por hombres y mujeres que están anestesiados a la fatiga, que sueñan mientras descargan sus mazos.

La vía de hierro devora los kilómetros. De noche, la iluminación móvil del tren hace que las formas rocosas se desplacen, como si quisieran alejarse. Los insectos y otras criaturas de su mismo aspecto crean un ritmo golpeteando con sus cuerpos el vidrio de las lámparas, y se convierten en fogonazos cuando encuentran un modo de entrar. El tren es una línea de luz oscura en la noche de las llanuras.

Ir a la siguiente página

Report Page