El Consejo de Hierro

El Consejo de Hierro


Ahora por las sendas…

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Ahora por las sendas entre los alambres esparcidos y los hierros retorcidos que tapizan esta llanura este paisaje abierto a las puertas de la ciudad que cruza una costura de hierro llegamos en gran número. Bajo la luna gris o sin ella reunidos en las sombras de la noche sin luz llegaremos.

Por allí. Por allí llegaremos hasta el Consejo de Hierro. Por allí llegaremos hasta el tren perpetuo, realmente perpetuo ahora quizá suspendido para siempre sobre las ruedas que están a punto de terminar su giro. Espera. Junto a sus ejes de hierro hay demonios del movimiento que aguardan un segundo eterno.

Hay una frontera patrullada por guardias. Donde hay surcos bajo las alambradas nos arrastramos por ellos, donde no los hay, los abrimos o trepamos con mucho cuidado, protegiéndonos el cuerpo con andrajos. Entre las ruinas de la historia y hacia ese momento transformado en lugar, este instante de historia convertido en una astilla del ahora, bajo la piel del ahora.

Somos incesantes a pesar de las dificultades. Viejas, jóvenes, hombres, humanos, cactos, khepri, hotchi, vodyanoi y rehechos, también rehechos. Aquí en las proximidades del tren estos rehechos que han completado la peregrinación reciben algo, son mientras estén a pocos metros de este momento iguales. Y niños a docenas. Pequeños y endurecidos niños del arroyo, huérfanos que viven como animales en las calles, organizados en grupos para venir a jugar a este extraño lugar. Entre trenes manchados de herrumbre, acumulaciones de industria en los apeaderos de la FT, que está reabasteciéndose de poder ahora que emprende su nuevo proyecto, por un yermo recorrido sólo por escarabajos, por kilómetros y kilómetros de una nada grisácea y piedras, como los demonios del movimiento los niños de las calles acuden al Consejo de Hierro.

Hay un circuito. Hay rutas que pueden seguirse.

Trepa la ladera de gravilla y contempla el humo fosilizado de las chimeneas. Detente junto al mismo tirabuzón de las vías y observa el rostro del tren. Rodea lentamente el Consejo entero, es un paseo de pocos minutos. Nadie puede tocarlo. Todos lo intentan. El tiempo resbala a su alrededor. Vienen. Todo el mundo puede verlo. El Consejo de Hierro no se ha detenido está acelerando es inmanente y nosotros lo vemos sólo en este único momento. Rodéalo.

La chimenea de la locomotora, colosal y erizada de estrías, expulsa un eructo negro que mantiene la forma empujado con fuerza por el viento embebido en aquel momento. Nos acercamos a los matojos de pelo de las protuberancias de cuernos de las cabezas de los animales y a las hojas de los guerreros que esperan, nos acercamos, miramos a los consejeros que se aprestan con gritos en los labios.

Ése es Cañas Gruesas. Ese grande, descolorido y viejo cacto, el de la ventana de la locomotora. Él fue uno de los que creó el Consejo de Hierro hace todo el tiempo del mundo. Ha venido para traerlo a casa.

Hay una ruta de consejero a consejero, una ruta de nombres. Éste es Escupitajo, cuyo grito excitado ha dejado un reguero de saliva en una trayectoria parabólica alrededor de su boca. Ése es Sapo, ése que salta del techo de un vagón al siguiente y que flota sobre el espacio abierto que los separa, en lo alto de su arco. Ahí hay un fusilero, de cuyo rifle ha emergido una bala, a escasos quince centímetros del cañón. La tradición exige que uno se detenga y pase la mano entre el inmóvil proyectil y el arma.

Algunos de nosotros conocimos a estos consejeros. Hay una mujer que viene muchas veces a hablar con el mismo hombre, su padre, que ha regresado a su lado, paralizado en la historia. No es la única que visita a su familia.

La torre tapizada de hiedra y cubierta de herrumbre y humo los vagones de ganado convertidos en barracones y manicomio los furgones laboratorio los comedores arsenales y la iglesia, allí un furgón abierto lleno de tierra, huertas y un cementerio con su cenotafio, un vagón hecho de madera de antiguos naufragios y el bulboso saco plasmático con el triple núcleo de los tres que atrapó la Torsión en su interior, la última locomotora con su dentadura de metal donde terminó el momento. Los vagones del Consejo esperan para rescatarnos.

Jugamos a su alrededor; acudimos a ellos. Algunos vienen para rezar. La tierra que rodea al Consejo de Hierro está cubierta de súplicas escritas.

La milicia y sus científicos y taumaturgos tratan de alcanzarlos con su violencia, pero el gólem de tiempo se limita a ser y sus toscos ataques no le hacen nada. Nosotros volvemos, una vez, y otra y otra.

Pasarán los años y contaremos la historia del Consejo de Hierro y de cómo fue hecho, cómo se hizo a sí mismo y escapó, y cómo vino, y viene, y aún sigue viniendo. Hay hombres y mujeres que están trazando una línea por la tierra polvorienta, y arrastrando la historia consigo desde el otro lado del mundo. Están inmóviles con gritos de guerra sedimentados en los labios y nosotros los llamamos con nuestros gestos. Están saliendo de las trincheras de roca y avanzan hacia la sombra de los ladrillos. Siempre están llegando.

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