El Consejo de Hierro

El Consejo de Hierro


ANAMNESIS: El tren perpetuo » Se masca la…

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Se masca la intranquilidad en la tierra. El consejo está tenso. Cuando aparece alguien se le detiene a punta de mosquete y se le acusa de ser un espía. Judah ayuda a una multitud a impedir que un hombre aterrorizado mate a golpes a un rehecho que acaba de llegar, y en sus recriminaciones y la paliza que le dan a su vez como castigo, ni Judah ni ninguno de los demás reconoce que podría tener razón, que hay espías entre ellos.

Al final de la llanura está el lugar que buscan. El campo de humorroca. Las inmóviles y brumosas formas van cobrando poco a poco mayor nitidez. Un destacamento se adelanta para abrir un camino entre la niebla sólida empleando explosivos.

El tren perpetuo es una fortaleza. Una costra de metal nuevo recubre su extraña torreta artillada. Todos los consejeros llevan garrotes, o lanzas de punta afilada, lascas de piedra cortante atadas a toscos mangos de madera. Rifles rudimentarios y excéntricos. El consejo está esperando.

Dentro de Judah la cosa se agita, y él comprende que, aunque aún no ha llegado el momento, no tardará en marcharse.

Cruzan las faldas de las colinas de humorroca. Una transformación abrupta del paisaje, convertido ahora en algo onírico e inquietante, donde se alzan formas de voluta dotadas de una dureza de basalto y nubes abigarradas por donde corretea la recia fauna del humorroca. Hay erupciones, manantiales donde han brotado géiseres de humo que se han solidificado casi al instante. El lecho de la vía discurre entre ellas, por una solfatara creada por gases expelidos a presión.

Los niveladores del Consejo de Hierro han abierto un camino con sus explosivos. La elegancia del humorroca sólido se ve interrumpida por la elemental simplicidad de sus cráteres.

Normalmente la masa de roca queda atrapada en forma de nubes hinchadas, pero también hay pilares retorcidos como finos sacacorchos y terminados en finísimas volutas de punta, donde se produjeron fugas de humorroca en una atmósfera casi inmóvil. El tren pasa por debajo de arcos formados por las corrientes de aire, que levantaron el humorroca del suelo y volvieron a bajarlo.

El lecho se extiende y las vías se tienden y vuelven a recogerse. El insólito paisaje es al mismo tiempo hermoso e inquietante. Si hubiera una grieta en la tierra podría producirse un escape, una niebla que se posaría en sus pulmones y los solidificaría agónicamente. No hay humo, nadie cocina; el tren se mueve a espasmos, y sus gases se hacen desaparecer lo antes posible. No puede haber distracciones con el humo. Judah espera, preparado para liberar a su gólem de aire. La roca que los rodea podría evaporarse de nuevo, como a veces hace el humorroca, tras una hora o un milenio de solidez.

En el horizonte aparece el ejército, montado en caballos y camellos rehechos, y en unos vehículos a vapor con varias ruedas. Se adentra en el humorroca sin romper la formación. Los dracos del consejo los vigilan, volando a mayor altitud de la que podrían alcanzar los vapores en caso de escape.

Los niveladores arrasan la caprichosa geografía. Ansiosos e inexpertos, vigilan en busca de cualquier cosa que indique que han abierto una brecha en una veta de humorroca.

Otras cuadrillas colocan enormes cargas en agujeros excavados cuidadosamente, bajo la dirección de la asustada geoémpata. La mujer pasa la lengua por la tierra mientras, sumida en un tosco trance extático, emite sonidos animales. Su talento no es potente ni penetrante, y la aprehensión de la tierra que necesita el consejo la obliga a rebajarse así.

Los consejeros de hierro levantan barricadas en una zona erosionada, delante de las faces congeladas de roca. Kilómetro y medio más allá están el humo y los rieles tendidos y nuevamente levantados del tren perpetuo. Uzman y Ann-Hari están a bordo, mientras que Judah, Cañas Gruesas y otros cientos se han quedado en una barricada.

Ya pueden ver al ejército. Los preparativos han dejado a Judah exhausto. Está tan cansado que sus sueños están entrando a hurtadillas en sus pensamientos. Debe regresar con el Consejo de Hierro en cuanto sea posible. Necesita su protección. Ha construido una trampa para su gólem en el quitapiedras, y les ha explicado como pueden accionarla en caso de que aparezca la niebla silícea, pero un gólem de aire no durará mucho sin su supervisión.

»Seguro que hay otros ataques, dice, como muchos otros han dicho antes. Aquél no puede ser el único frente que Nueva Crobuzon abra. Pero no hay tiempo para pensar en esto ahora que los atacantes están tan cerca, y antes de que el primer cañón abra fuego sobre la barricada, el consejo de hierro lanza su ataque.

Los dracos baten el aire con sus gruesas alas, esquivan los disparos y sueltan sus granadas de arcilla. Algunos caen abatidos.

Caen las pequeñas bombas, fabricadas con todo lo que el consejo tiene: pólvora, metralla hecha con pedazos de herramientas, frascos de tosco ácido, componentes taumatúrgicos nocivos y aceite. Hay una explosión de nafta, sustancias cáusticas y humo, y la milicia flaquea un momento, pero rehacen las filas rápidamente, y titubean de nuevo ante un segundo ataque de los dracos. El sol brilla con fuerza, pero a Judah repentinamente se le antoja helado.

»No está lejos, está murmurando. Oye su propia voz. »No falta mucho.

Se inclina hacia delante, con unos prismáticos de campaña en los ojos. Los dracos defecan despectivamente sobre el enemigo al mismo tiempo que sueltan sus proyectiles. Uno de ellos revienta: Avvatry, un pendenciero truculento al que Judah conoce lo suficiente como para saludarlo, abatido por una descarga de mosquetes que lo deja convertido en jirones.

Los consejeros disparan las balistas fabricadas en las fundiciones del tren. Encienden mechas y provocan derrumbamientos sobre el enemigo. Judah sabe que será él quien gane o pierda la batalla.

Se pone en pie. Se encarama a la barricada. Está cubierto de cables, conectados a varias baterías, a un transformador. Está temblando de puro valor.

Los hombres y las mujeres que lo acompañan —todos ellos con algún vestigio de poder, alguna traza, todos unidos— se hacen un corte en la mano y se envuelven la herida con alambre. Ha de ser muy tosco el motor que los une para requerir una hemorragia tan vulgar y literal, algo que han podido construir a partir de materiales deslavazados. »Dádmelo, grita Judah, y Shaun junta los plomos y el motor emite un gemido y todos los hombres y mujeres allí congregados se tambalean al sentir que las fuerzas les son arrebatadas y fluyen hacia las pinzas que Judah tiene en el pecho.

Entonces emite un sonido que es imposible de describir. La piel se le pone tensa y empieza a moverse como si alguien estuviera palpándolo con muchos dedos. En medio de la tierra del camino se levantan muchos hombres. Están delante del ejército. Judah está sudando. Proyecta la energía. Mueve las manos. Los hombres, los gólems, echan a andar con pesadas zancadas.

Son una docena o más. Más grandes que humanos. Prefabricados y dejados allí. Se acercan a la milicia de Nueva Crobuzon. Judah se estremece. Los más débiles de sus camaradas pierden el conocimiento. Judah está sudando sangre.

Los negros gólems siguen adelante. Uno de ellos es pisoteado por los caballos de la milicia. Su torso se retuerce y trata de seguir avanzando a rastras, y mientras tanto Judah tiembla como si estuviera recibiendo pedradas. Mueve los brazos en el aire, pone en su sitio algo inmaterial. Los hombres de tierra irrumpen en las filas de sus enemigos y las monturas no se atreven a acercárseles. Los cazarrecompensas y los milicianos uniformados viran al ver que los gólems alargan los brazos hacia ellos. Algunos de éstos abren los brazos en cruz. Otros envuelven con ellos a sus presas. Cuando puede verlos, Judah les ordena que utilicen su a-natural fuerza para abrirse paso entre los guardaespaldas hasta alcanzar a los oficiales. Los soldados los rodean, golpean sus cuerpos minerales, apuntan con sus armas.

»¡Disparad, maldita sea!, exclama Judah con voz entrecortada. Y, a pesar de que no pueden oírlo, sus enemigos obedecen. Una bala hace blanco en una de las figuras. El gólem está hecho de piedra y pólvora.

Se produce una tremenda ignición y el gólem desaparece en medio de un pilar de fuego. La criatura-hombre se transforma en un viento de llamas de color tierra, mientras la capa de rocas que lo envolvían brota en una erupción que abate un círculo de cazarrecompensas a su alrededor; el calor de la onda expansiva alcanza a uno de sus hermanos, que también explota y cuando el humo que han provocado se levanta, Judah vislumbra varias manchas de hollín donde antes estaban sus gólems, rodeadas de ondas y ondas de cadáveres, negros y ensangrentados, más sólidos cuanto más se alejan, más parecidos a cuerpos atisbados en la distancia, mientras los que están en las circunferencias de cada cráter aún se mueven y aún chillan.

»Disparad, vuelve a decir Judah. Detonaciones, flechas de balista encendidas. Al caer, los ardientes proyectiles transforman las figuras en vórtices de combustión.

Uno por uno se abalanzan sobre los atacantes, los abrazan y los entierran, primero en pólvora y luego en fuego. Los gólems de pólvora, bombas ambulantes, abren agujeros en el ejército enemigo. Judah se yergue y oye un rugido rítmico que es su corazón. Sus camaradas lanzan gritos en su honor. Su cara está sangrando. El último de los gólems corre hacia los invasores, dispersando a los soldados con cada uno de sus torpes pasos. El fuego de la flecha de un tirador acaba con él y desencadena una nueva erupción de fuego polvoriento.

Todavía quedan centenares de cazarrecompensas y milicianos, pero están huyendo, entre los gritos de sus camaradas, resbalando las monturas en la humedad de sus cadáveres. Y regresan los dracos, y los consejeros provocan nuevas avalanchas, y los artilleros disparan los enormes proyectiles de las balistas.

»¡Low!, gritan los hombres. »¡Sí!, y Judah Low les responde con un grito.

Entonces atacan los hombres del Consejo de Hierro, los rehechos más grandes, los luchadores cactos con picos y pesadas hachas. Bajan a Judah de la barricada y lo cubren de besos. Sus camaradas están exhaustos, temblorosos y fríos por culpa de la energía que les han arrebatado, pero aun así tienen más fuerzas que él. Cierra los ojos.

Se desvanece mientras lo están llevando a la retaguardia. Sueña con gólems de pólvora y con el sol, y entonces, bruscamente, despierta.

»¿Qué, qué?, dice mientras se incorpora. »¿Qué, qué?

Cañas Gruesas y Shaun señalan en dirección este, al aire.

»Hay más. Han atacado el tren.

Judah y Shaun montan en un caballo reconfigurado para potenciar su velocidad. El ruidoso e impredecible ejército de cazarrecompensas y milicianos era una distracción muy poco sutil.

¿Qué vas a hacer, golemista?, se pregunta. ¿Qué vas a hacer para detenerla? No vas a detenerlos; vas a morir. A morir junto a su consejo. Estás demasiado exhausto como para hacer nada. Pero no cree que vaya a morir. No iría si lo creyera así.

Hay hombres en el cielo, milicianos colgados de esferas tensas. Ve el humo del tren perpetuo y oye las explosiones. Los aeronautas siembran bombas que devastan las esculturas en forma de nubecillas, dejando únicamente una línea de cráteres, una barranca que se va aproximando al consejo.

La gente huye en busca de refugio. De nuevo refugiados: hombres, los ancianos, los asustados y heridos, los recién llegados a quienes no ata ninguna lealtad, mujeres con sus niños en brazos, corriendo sobre los frentes de nubes endurecidas. Judah y Shaun los dejan atrás mientras avanzan siguiendo las vías. Irrumpen en la batalla a galope.

Está el tren, disparando desde su maltrecha torre artillada. Los milicianos y los consejeros, que aunque superiores en número, están siendo vencidos. Sobre sus cabezas hay un cielo antinatural, un estaño enmarañado, manchado de colores que no deberían estar allí.

Más adelante, protegida por centinelas cactos y rehechos, está la cuadrilla de peones. Se mueven frenéticamente, en una reinterpretación acelerada de su trabajo habitual, sobre los desechos de nimbostratos de roca. Los tiradores de la milicia están cebándose en ellos: caen heridos o muertos sobre los rieles, y sus camaradas los apartan y continúan con su urgente trabajo.

Judah llega a la lucha.

La milicia no va a detener el tren: matarán a muchos pero sólo quedan unos metros, y aunque diezmen a los peones (otro hombre que cae con una flor de sangre) el tren seguirá adelante. Son los aeróstatos que están acercándose los que preocupan a Judah. Desde el oeste llega el sonido de la lluvia, pero la lluvia no aparece.

Shaun se relaja. Judah siente que se recuesta y lo rodea con el brazo, palpa la humedad que tiene en la parte delantera del torso, demasiada para tratarse de sudor, y Judah comprende que su amigo ha muerto. El caballo trastabilla y se detiene, y Judah desmonta llevándose a Shaun, que tiene el esternón destrozado. Judah carga con él hasta que una descarga de fusilería lo obliga a abandonar a su amigo muerto y a correr entre las filas de sus camaradas, paralelamente al tren, con la cabeza gacha. Coge un arco del suelo mientras corre. Es un arco hueco: maldice su peso, su limitado alcance, pero trata de levantarlo mientras, uno a uno, va dejando atrás todos los maltrechos vagones, aproximándose a la humeante chimenea donde guarda su gólem trampa.

Dispara un chakri de bordes afilados como escalpelos. Pasa agazapado entre los rehechos y se dirige al quitapiedras. Hay taumaturgos entre los milicianos, y sus dardos de energía dañina llueven sobre los consejeros, infligiendo arcano daño. Los dracos llevan a cabo audaces y peligrosos ataques contra la milicia, y la milicia empieza a retroceder.

»¡Huyen! ¡Huyen!, grita un draco, histérico de orgullo, pero se equivoca. Los milicianos están alejándose porque las aeronaves se acercan.

»¡Adelante! Hay un grito. »¡Hemos pasado! Y el segmentado edificio se sacude y tiembla y empieza a ascender reptando entre la niebla de roca. Da la impresión de que puede descarrilar en cualquier momento sobre un fragmento de humorroca. La gravilla se desplaza, pero aguanta y el tren avanza bajo una lluvia de balas que repiquetea contra su piel de hierro. El tren se detiene un instante al llegar a la cima de la colina y empieza a descender. Entonces tropieza con un bache: se parte un riel, el vagón se ladea, pero de algún modo las oxidadas ruedas no pierden tracción y, temblando como una criatura herida, el tren llega a la llanura que se extiende más allá.

»¡No paréis!, grita Judah mientras cientos de consejeros regresan corriendo al tren. »Vamos. El cielo y la tierra no son como deberían. Hay un ruido, como si algo hueco recibiera un golpe, a mucha distancia, delante del sol.

La geoémpata se encuentra junto a grieta que atraviesa las rocas, junto a los artificieros; cortando mechas. Está cubierta de residuos de tierra y en sus ojos se vislumbra aún parte de la degradación del embrujo, pero mira a Judah, asiente antes de que él tenga tiempo de preguntar y señala al suelo. »Ahí, dice. »Creo.

El tren escupe humo y sisea con impaciencia. »Vamos, vamos, vamos, grita Ann-Hari desde el vagón. Los dracos sobrevuelan velozmente los acantilados de roca hasta ganar la hendidura, donde espera el último consejero. Los rehechos corren. Hay pequeñas señales por todas partes. ¿Es que nadie se da cuenta? Judah se vuelve hacia el oeste y levanta la mirada. ¿Es que nadie ve el cielo? ¿La tierra?

Un panorama parecido y diferente a todo lo que han visto hasta ahora.

¿Qué eres? Kilómetros al oeste, un momento de distancia en este inmenso paraje abierto —Dioses, estamos en las tierras medias, estamos más allá de todos los mapas, estamos en ninguna parte—, la tierra rocosa se convierte en algo más fluido, algo cubierto de ondas, como si estuviera hecha de cera líquida, algo que carece de parámetros claros cuando Judah trata de enfocarlo con la mirada. La tierra rezuma en la distancia. Hay algunos árboles en aquella llanura, pero cambian, no parecen auténticos árboles, parpadean, ¿no? Como si estuvieran hechos de una extraña llama oscura, parpadean, cambian de fase, ¿o es cosa de los ojos, culpa de la distancia, no, hay algo en aquellos árboles o no son árboles sino otra cosa? Hay una montaña, pero también puede ser un espejismo, por su forma de ondularse, puede ser un túmulo, y mucho más cerca, puede ser una mota en el ojo de Judah. Nada es como debería ser.

Hay cosas que no son pájaros volando como pájaros en lo alto, pájaros que parecen lluvia. Mientras el consejo reúne a los rezagados, Judah observa el cielo. Se comporta como un niño.

Guerreros exhaustos y heridos trepan al tren. »Vamos, grita Uzman. Se ha subido a una cresta y observa desde allí a los consejeros que tratan de regresar a su hogar. »Vamos, vamos, dice Uzman, mientras van llegando cada vez más camaradas suyos, pero al oír su tono de voz, Judah comprende que no todos van a tener tiempo, pues los milicianos están reagrupándose. Ya es demasiado tarde. Uzman está mirando a los artificieros y a la geoémpata. El tren perpetuo se mueve, la vía sigue avanzando, y el consejo se aleja lentamente del campo de humorroca.

»Es sólo el borde, dice Judah, mira al cielo, »de la mancha cacotópica. Sólo estamos en las márgenes. Pero siente la tierra. Siente su energía de un modo que no debería sentirla.

En su desesperación por salvar a sus últimos camaradas, retrasan tanto la explosión que la milicia alcanza a los rehechos más rezagados. Finalmente se producen tres explosiones en rápida sucesión y brota un enorme chorro de humorroca de la tierra porosa, que se transforma en una nube que a continuación se expande con enorme rapidez e inunda el canal que han abierto los niveladores, moviéndose con mayor lentitud a medida que se asienta.

Uzman lanza un grito de miseria al ver que engulle a los rehechos más lentos. Contempla la expansión de la roca gaseosa.

En el fondo de las tripas, Judah siente algo nuevo, una no-vida construida, un huracán antropoide que lo sacude al mismo tiempo que Ann-Hari acciona la trampa. Judah se flexiona en su interior, escupe un esfuerzo y se hace con el control de la criatura. Se proyecta como alargaría la mano y juntos, Judah y su gólem corren hacia la piedra en expansión. El gólem se adentra en ella, estira sus brazos de aire, empuja las corrientes, trata de abrirse un hueco con muy poca fortuna.

Judah se encuentra a decenas de metros del vapor, que se va volviendo más lento a medida que se endurece. Del interior de la roca en proceso de solidificación llegan gritos sofocados. Con furibundas bocanadas, la nube expele sus entrañas y Judah ve movimientos en su interior, movimientos que no se deben a la acción del viento ni son casuales, y entonces unos brazos, suplicantes, emergen de la oscuridad y sale un hombre, teñido de gris por unas volutas que se aferran a él y se convierten en una quitina de sílice, una costra que lo envuelve mientras cae, y tras él hay otro eructo de niebla en el que surge otra figura atravesando un humorroca visiblemente más sólido, nadando por ella, incrustado en ella, avanzando laboriosamente por una nube de materia.

Judah los alcanza. El primero que cruza es un miliciano, se ve por debajo de la desgarrada epidermis de roca, pero es imposible sentir odio o rabia al ver cómo se estremece y trata de respirar con una boca repleta de cuajo mineral. El otro es del consejo. No hay forma de salvarlo. Sus camaradas tratan de romper la roca que se ha solidificado sobre su cara pero cuando lo consiguen descubren que sus esfuerzos le han partido el cráneo.

»Tenemos que irnos, grita Uzman desde arriba. Está consternado pero es dueño de sí.

Una enorme nube de roca ocupa el pasillo por el que ha pasado el tren. Las vías desaparecen en su interior, incrustadas para siempre o hasta que vuelva a sublimarse. Judah permite que su gólem se desagregue y las corrientes de aire cambian a su alrededor.

Hay un movimiento y Judah arruga la cara al ver, en medio de aquella geografía de roca nueva, cómo emerge un antebrazo, parecido a una planta en la pared de un acantilado, aferrando algo o tratando de hacerlo mientras los nervios del cadáver del que forma parte terminan de morir.

Aunque sueltan algunas de sus bombas cerca del tren, los aeronautas están desconcertados. Los pilotos viran al ver el repentino obstáculo que ha engullido a sus camaradas. Envalentonados, los consejeros los abaten a tiros. Uno de ellos cae mientras Judah está mirándolo, expulsando un chorro de gas por el orificio de su globo.

Adoptando una rápida formación, los aeronautas se retiran al otro lado de las lomas nuevas que acaban de aparecer. Uzman imparte instrucciones a gritos y los consejeros corren para despojar a los caídos de su equipo y apoderarse de la tela de sus dirigibles. »Tenemos que ser como carroñeros, dice Uzman. »Tenemos que aprender esto, de ahora en adelante. Mira al cielo.

»Habrá más, dice, antes de que Judah tenga tiempo de sentir alivio.

Pero al final llega, el alivio, el día y la noche que parten hacia territorio ignoto. Alivio, una tristeza desesperada y un luto por los muchos caídos.

»No todos ellos quedaron atrapados, dice Uzman. Judah se encoge al oír su tono de voz, aquella necesidad de encontrar consuelo. »Algunos seguían al otro lado.

Ahora, como habitantes nuevos de este lugar, los consejeros dirigen la vista hacia el sitio al que han llegado. A la luz de las antorchas tiemblan al ver cómo cambia la geografía. Ven luces que se mueven de forma extraña en la distancia y oyen gritos que no reconocen, o que reconocen como propios, ecos que pasan horas cautivos y se liberan distorsionados.

Los supervivientes se reúnen. Las vías cambian ligeramente de dirección. Al norte hay una sombra, un susurro. Uzman está llevándolos a la zona cacotópica. Están en sus lindes, nada más, pero más cerca de lo que nadie debería llegar.

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