El Consejo de Hierro
ANAMNESIS: El tren perpetuo » Han cerrado…
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Han cerrado una compuerta de roca tras de sí y al salir el sol contemplan el nuevo paisaje por primera vez. Kilómetros y kilómetros de maleza con su color natural tras la roca gris. La tierra que se inclina, se abre, se asilvestra. Árboles en cantidades tremendas, y colmillos de roca para protegerlos, y viñas cuajadas de flores de colores pastel. Pequeños lagos y otros hitos del paisaje, y en la dirección a la que se encaminan las vías, una tremenda alteración de la tierra. Judah la percibe. Todos lo hacen. A través de las ruedas.
Las sombras no están todas en el mismo plano. »Sólo estamos rozándola, dice Uzman. »Metiendo la punta de los pies. Hay algo raro en las sombras y Judah nota que el viento sopla en direcciones contradictorias. Cuando nadie mira, la tierra se mueve.
Han dejado demasiados muertos tras de si, sin darles sepultura. Shaun está en alguna parte, tumbado como si estuviera durmiendo.
Por última vez, Judah carga rieles. Extrae los primeros que no han quedado atrapados por la roca nueva, bajo la mano en proceso de modificación, y luego conduce los carromatos de mulas a la cabecera para volver a ponerlas. Quedan dos protuberancias de hierro asomando en la niebla de roca.
Están observándolos: animales y plantas con ojos. La segunda noche, Judah habla con sus amigos alrededor de un fuego que, por alguna extraña influencia, despide una luz blanca. Uzman, Ann-Hari, Cañas Gruesas y los que han sido elegidos recientemente por los ingenieros, los zahoríes, los guardafrenos, los aguadores, las antiguas putas y todos los seguidores.
»Lo habéis conseguido, dice Judah. Uzman y Ann-Hari no pestañean al oír este halago. »Habéis conseguido que pasáramos. Y ahora estáis en este extraño lugar.
»Aún no ha acabado.
»No, ya lo sé. Pero todo saldrá bien. Seguro. Seguro. Tiene que haber un lugar más allá. Un lugar lo bastante lejano. No os seguirán. Llegaréis al otro lado del mundo. Donde habrá carne y fruta. Donde el tren podrá detenerse. Donde podréis cazar, pescar, criar ganado… no sé. Sabéis leer, y cuando hayáis leído los libros del vagón biblioteca escribiréis otros. Tenéis que llegar hasta allí.
»Pero, ¿qué lugar es éste? ¿Qué nos espera aquí?
»No lo sé. Será duro, pero lo conseguiréis. Judah no sabe por qué está hablando como un profeta. No es él quien habla; es la cosa de su interior, su bondad. »No os seguirán ahí. Apostaría mi dinero.
Se ríen al escuchar esto. Ahora el dinero es un ornamento. Todavía quedan quienes lo atesoran, pero para los niños no es más que papel. Un ornamento.
»Y Uzman tenía razón, aunque estaba equivocado, dice Judah. »Hay que llevar la noticia a Nueva Crobuzon. Pensadlo. Podría no enterarse nadie.
Hay un silencio.
»Podríais no decírselo a nadie, desaparecer sin más, y todos dirían que se acabó, que cuando estaban construyendo el ferrocarril, el tren desapareció. Los rehechos se amotinaron y se llevaron el tren. Seguro que no queréis eso. Los rehechos de la ciudad, los que están esperándoos, se merecen algo más.
»Algunos sí saben lo que ha pasado…
»Sí, pero, ¿sabrán hacer lo que hay que hacer? Seréis un rumor…, eso es inevitable…, ¿pero qué clase de rumor? ¿Queréis ser un rumor que no muera nunca? ¿Que importe? ¿Queréis que coreen el nombre del Consejo cuando vayan a la huelga?
Ann-Hari sonríe.
Judah dice:
»Yo volveré. Seré vuestro bardo.
Al principio, algunos dicen que es por cobardía. Que tiene miedo de cruzar con ellos los márgenes del cacotopos, pero la verdad es que nadie lo cree. Sienten que se marche.
»Necesitamos tus gólems, dice una mujer.
»¿Cómo puedes marcharte? ¿No te importa el Consejo, Judah?
Se vuelve al oír esto.
»¿Me preguntas eso?, dice. »¿Me preguntas eso de verdad? Los abochorna.
»Yo seré vuestro bardo. Yo lo contaré. No os mováis. El flash se dispara y todos los presentes parpadean.
En un lugar tan extraño, bajo la amenaza de la Torsión, bajo un cielo antinatural y la alteridad de la zona cacotópica, incluso con el humorroca tras ellos, hay algunos que quieren dejar el consejo.
»Algunos lo conseguirán, dice Judah. »Se convertirán en librehechos. No volverán a Nueva Crobuzon, no rehechos así.
»Sí, pasaréis, hermanas. Los mira sin el menor atisbo de incertidumbre. »Llevaos esto, dice. Su voxiterador. Lo miran con perplejidad. »Mirad. Así es como se graba lo que decís. Lo observan mientras carga la cera y saca los cilindros vacíos que le quedan. »Una al año, dice lentamente. »Enviadme una. Dondequiera que estéis. Por barco, a caballo, a pie, como sea. Ya se verá si los mensajeros llegan. Quiero escuchar vuestras voces. Mira a Ann-Hari. »Quiero escuchar vuestras voces.
Los abraza, uno a uno. Aprieta muy fuerte a cada uno de sus camaradas, incluso a aquellos cuyos nombres no conoce. »Larga vida al Consejo de Hierro, les dice a todos, uno detrás de otro. »Larga vida, larga vida.
Con repentino y travieso amor, da un profundo beso a Uzman, y el rehecho se estremece y está a punto de separarse, pero al final no lo hace. Judah no lo besa mucho tiempo. »No seas duro con los chicos de las noches del día de la cadena, le dice al oído al rehecho, y Uzman sonríe.
Y Judah abraza a Ann-Hari y ella le besa como al principio, la primera vez que se amaron y él la atrae por las caderas y ella le sujeta la cara durante varios segundos. »Larga vida, le susurra Judah en la boca. »Larga vida.