El Consejo de Hierro

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ANAMNESIS: El tren perpetuo » Ha olvidado…

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Ha olvidado lo deprisa que se viaja solo. No tarda ni un día en volver al humorroca. La mano del hombre atrapado que sobresalía de la roca ha quedado reducida a un muñón mordisqueado y enrojecido.

Judah camina sobre la cima de los tirabuzones de roca como si fuera un océano. Los despojos de la lucha y los cadáveres están por todas partes. A mediodía siente unas sombras y pasa sobre él una bandada de aeronaves, en dirección al tren perpetuo. Judah se protege los ojos del sol y se apoya en su bastón.

Piensa que quizá debería temer por sus camaradas pero no puede. Estudia las cambiantes formaciones de los dirigibles. Sonríe, solo en el suelo, mientas las aeronaves pasan sobre él como lentas barracudas. Parecen titubear. Él se sienta, apoyando la espalda en una voluta de granito, y observa.

Alcanza a ver el humo del tren. Una flota de guerra de mediano tamaño se adentra nerviosamente en el espacio de la zona cacotópica. Desde su posición, el paisaje parece totalmente cotidiano, pero Judah percibe que algo funesto está agitándose bajo la piel del mundo.

La aeronave suelta sus bombas al aproximarse al tren perpetuo. Judah ve las pequeñas flores-explosión sobre las colinas. Ni siquiera entonces tiene miedo.

En la distancia, el cielo sufre convulsiones. Se mueve un bolo de algo, algo agarrotado y orgánico, no una nube sino un aspecto del propio cielo que se vuelve palpable y empieza a reptar por la tierra sin terminar de dejarse ver. El sonido es extraño. Judah no respira. Hay un traqueteo. El dirigible parpadea y vuelve a aparecer y entonces hay algo diferente en él, —una diferencia insignificante, está un poco más abajo— y da la vuelta y se aleja con una velocidad que Judah apostaría que es fruto del pánico.

El tren continúa su marcha, hacia la mancha, hacia la zona cacotópica que ha derrotado a Nueva Crobuzon.

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