El Consejo de Hierro

El Consejo de Hierro


ANAMNESIS: El tren perpetuo » Judah camina…

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Judah camina durante meses. Su vida se convierte en un caminar constante. Por barrancas, ciénagas, quebradas, por bosques de árboles vítreos y otros que al principio cree fosilizados hasta que se percata de que son grandes esqueletos. Camina por un osario, una ecología de huesos con su propia maleza y sus propios carroñeros.

Cruza lagos con la superficie agitada por las batallas de tribus de vodyanoi. Ve chimeneas en las laderas de las montañas que indican la presencia de aldeas trogloditas. Pasa algún tiempo con una tribu de sacerdotes exiliados. Es desvalijado por librehechos. Se une a una banda de ellos.

Su cuerpo se transforma de nuevo en un cuerpo de viajero. Los asombrosos músculos de sus brazos y su pecho menguan y vuelve a ser un flaco maniquí templado por las muchas jornadas de viaje. Losgaruda acuden a alimentarlo, descendiendo del cielo con muda caridad. Él comprueba sus toscos mapas, su brújula. No regresa por la larga ruta que han seguido a la ida, sino que viaja en línea recta hacia el este.

Atraviesa una tormenta, en un país de basalto a cientos de kilómetros de Nueva Crobuzon, entre blitzbaums, árboles relámpago de kilómetro y medio de altura. Rayos atrapados por fuerzas crípticas, bifurcados en ramas, un bosque brilla como el magnesio.

El bajo y oxidado contorno de una ciudad de hierro devorada por el tiempo. Y una ciénaga de lodo cargado taumatúrgicamente que transforma sus botas en gusanos. Y un túmulo y una iglesia sepultada, y campos de bayas salvajes y hermosas colinas. Cinco veces lucha con animales y otras tres con criaturas inteligentes. Judah huye o corre.

Es un hombre más silencioso que antes. Se mueve con una pericia que no le supone ningún esfuerzo. Han pasado muchas semanas desde que creara un gólem de hierba para tener un compañero de caminata, alguien con quien hablar hasta que el viento terminara de deshacerlo, Judah se cruza con rebaños de criaturas que antes eran domésticas y ahora son salvajes. Las ruinas de cercas, de pastos desiertos, kilómetro tras kilómetro.

Y entonces al fin llega a las colinas inesperadas y se detiene con cara de idiota. Al fin se adelanta un paso y tropieza. Judah cae de rodillas. Hace frío. ¿Qué estaciones han transcurrido? Avanza a rastras y toca los rieles.

Parece imposible que pueda tocar el metal, esas serpentinas de hierro que avanzan sinuosamente a través del tiempo y la geografía, que a pesar de toda la sangre y toda la sal derramada sobre ellas, los huesos de todos los hombres y las mujeres que las sustentan, no son nada, son una nada, se convierten en nada a instancias del tiempo y el polvo.

Saqueadas. Imperfectas. Con tramos de menos. Las vías aparecen y desaparecen. Ha pasado mucho tiempo desde que el último tren pasara por allí.

Judah dirige la mirada hacia el norte. Recuerda cómo se plantó el firme. Las ciénagas están muy lejos, al sur.

Cuando vuelva descubrirá por qué están inmóviles las vías. Se enterará de que el proyecto terminó de secarse y murió cuando las malversaciones se hicieron tan grandes que para el Estado hubiera supuesto un oprobio seguir ignorándolas. Que el dinero se acabó cuando los rumores sobre las revueltas, sobre el Consejo de Hierro, llegaron a los inversores. Y que, después de algunos intentos imprudentes de salvar la empresa elevando los salarios y recurriendo a los rehechos, la fuga de capitales alcanzó tal magnitud que la Ferroviaria Transcontinental cayó herida de muerte y las vías se transformaron en huesos.

Pronto, cuando Judah llegue a la ciudad, averiguará todo esto. Por ahora únicamente sonríe. Recoge su mochila del suelo y, mientras todavía está agazapado, acaricia la vía como si fuera un gato. Lo hace con afecto, casi con un poco de melancolía.

Se pone en pie y echa a andar por la vía muerta. A su alrededor, las paredes del túnel lo envuelven. No ve más allá. El camino dirige su visión y lo devuelve a Nueva Crobuzon. Lo ha estado esperando.

»Nueva Crobuzon, susurra. Es la primera vez que habla desde hace días. »Nueva Crobuzon, siempre volveré a ti.

No es una promesa de amante, ni un desafío, ni una afirmación resignada o beligerante. Es un poco de todos ellos.

Sigue caminando. En la mochila lleva los heliotipos del consejo de hierro. La verdad, la fuga, una nueva vida, una democracia rodante, la arcadia de los rehechos. »Os convertiré en leyendas, dice, y los pájaros escuchan, »y será verdad.

Judah se aleja por el camino de hierro, de vuelta a la ciudad, de vuelta a las torres de Nueva Crobuzon.

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