El Consejo de Hierro
Sexta Parte: La carrera del Caucus » 20
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LOS MONSTRUOS INTERNOS - Y EXTERNOS. LOS DOS ENEMIGOS DE NUEVA CROBUZÓN: EL VIGILANTE Y EL TRAIDOR. NOCHE DE IGNOMINIA.
Declamaban los periódicos. Habían empleado fuentes de enorme tamaño para condenar los disturbios de Ojospía. Había heliotipos de los cadáveres, amontonados en las tiendas y humeantes, defenestrados y abatidos a tiros.
El día de la cadena siguiente, Ori fue a El amorcito del frutero esperando encontrarse con una abarrotada reunión del Renegado Rampante, pero no había nadie. Regresó al día siguiente y al otro, buscando un rostro que recordaba. Al fin, el día del polvo, vio a la hilandera, reuniendo donativos, susurrando al oído del casero.
—Jack —dijo Ori. Ella se volvió con mirada suspicaz, y su expresión sólo se relajó un poco, muy poco, al ver que se trataba de él.
—Jack —respondió.
—No tengo mucho tiempo —dijo Ori—. Tengo que irme. Vamos a tomar un vino.
—Una espiral de depravación, ¿eh? —dijo ella, señalando las marcas de tiza de su ropa—. Últimamente se ven por todas partes. Han pasado de las paredes a la ropa. Los macarras del Caucus las llevan, y los novistas, y los radicales… ¿Qué significan?
—Un vínculo —respondió él prudentemente—. Con Mediamisa. Yo conozco al tío que empezó a dibujarlas.
—Creo que he oído hablar de él…
—Es amigo mío. Lo conozco bien. —Hubo un silencio. Bebieron—. Echo de menos las reuniones.
—Ya no hay reuniones. ¿Estás loco, Ori…, Jack? —Puso cara de consternación—. Lo siento, Jack —dijo—. Lo siento mucho. Curdin me dijo cómo te llamabas. Y dónde vivías. No tendría que haberlo hecho, pero quería que pudiese hacerte llegar el doble R si era necesario. No se lo he contado a nadie.
Ori contuvo su asombro y sacudió la cabeza.
—¿Y las reuniones? —dijo, y ella olvidó su contrición con rapidez.
—¿Para qué? —respondió—. Con lo que está pasando. —Ori meneó la cabeza y a ella se le escapó algo parecido a un sollozo—. Jack, Jack… Por el amor de Jabber. ¿Qué estás haciendo? ¿No estuviste allí?
—Por los dioses, pues claro que estaba. Estaba en Ensenada, estaba… —bajó la voz—. Y por cierto, ¿qué es eso del Crisol Militante? Estuvimos peleando por las jodidas khepri, que tu estúpido pueblo intentaba asesinar.
—¿El Crisol? Bueno, si fueras xeniano y los únicos que estuvieran de tu lado fueran los codiciosos bastardos de Tendencia Diversa, ¿no buscarías ayuda en otra parte? Y no te tolero… No te tolero que te burles del pueblo. Ya sabes que los calamitas se aprovechan de la gente. Hasta tu amigo Petron sabe eso…, y no me mires de ese modo, Jack, joder, todo el mundo conoce su nombre, era uno de los Flexibles. Y aunque no sé si me gustan todas las malditas locuras que hacen los novistas, esos juegos estúpidos y sanguinarios a los que se dedican, sé que confío en él. No sé si puedo decir lo mismo de ti Jack, y es una pena, porque eso no quiere decir que piense que no queremos lo mismo. Sé que queremos lo mismo. Pero no me fío de tu juicio. Creo que eres un estúpido, Jack.
Ori ni siquiera se enfadó. Ya estaba acostumbrado a la arrogancia de los renegadistas. La miró con frío fastidio, y, sí, con una pizca de respeto, una deuda que había heredado de Curdin.
—Mientras sigues jugando a los profetas, Jack —le dijo—, mantén los ojos abiertos. Cuando actúe… te enterarás. Tenemos planes.
—Dicen que el Consejo de Hierro va a volver.
El rostro de la chica estaba radiante de gozo.
—Va a volver.
Todas las cosas que se le pasaron a Ori por la mente eran obviedades. No quería insultarla, así que trató de pensar en otra cosa, pero no se le ocurrió nada.
—Eso es un cuento de hadas —dijo.
—No.
—Una fábula. El Consejo de Hierro no existe.
—Eso es lo que quieren que creas. Si no existe el Consejo de Hierro, es que nunca hemos tomado el poder. Pero si existe, y sí que existe, lo hemos hecho alguna vez, y podemos volver a hacerlo.
—Buen Jabber, escucha lo que estás diciendo…
—¿Vas a decirme que nunca has visto los heliotipos? ¿Qué creías que era todo eso? ¿Crees que construyeron el puto tren poniéndose unos encima de otros, con las mujeres y las putas, joder, las putas, delante? ¿Y los niños montados en el tejado del puñetero techo de la locomotora?
—No digo que no ocurriera. Claro que sí, pero los detuvieron. Fue una huelga, nada más. Hace mucho que murieron…
Ella se echó a reír.
—No tienes ni idea, no tienes ni idea. Querían matarlos, y siguen queriendo matarlos, pero van a volver. Alguien del Caucus ha ido a buscarlos. Hemos recibido un mensaje. ¿Para qué iban a ir a buscarlos, si no era para pedirles que regresaran?
»¿No has visto las pintadas? —dijo—. Están por todas partes. Junto con esas espirales que llevas encima. “CH, tú”. Consejo de Hierro, tú. Va a volver. Y el mero hecho de saberlo ya es una inspiración, joder.
—La gente ve lo que quiere creer, y cree en ellos, Jack…
—Lo que tú no sabes —dijo ella, y ya no parecía ni siquiera enfadada— es que nos hemos puesto en movimiento. Si pudieras oír al Caucus. —Dio un sorbo a su copa. Lo miró, como lanzándole una especie de desafío. Está en el puto Caucus. El aquelarre de los insurrectos, la asamblea de las facciones y los no alineados.
»Hay gente en el Parlamento que está buscando un compromiso, ¿sabes? No pueden admitirlo abiertamente, pero hay fábricas en las que somos nosotros quienes decidimos si la gente va a trabajar o no. Quieren negociar. El Parlamento ya no es el único que tiene poder de decisión en Nueva Crobuzon: ahora hay dos poderes.
La hilandera tendió la mano sobre la mesa.
—Madeleina —dijo con parsimonia—. Di Farja.
Ori le estrechó la mano, conmovido por su confianza.
—Ori —dijo, como si ella no lo supiera.
—Voy a decirte algo, Ori. Estamos en una carrera. El Caucus está en una carrera por preparar las cosas. Aún faltan semanas o meses. Y no hablo de dar vueltas y más vueltas: es una carrera con una meta. No somos idiotas, ¿sabes? Es una carrera por construir lo que hay que construir, cadenas de… —miró a su alrededor— cadenas de mando, de comunicación. La pasada noche fue el comienzo. Es un largo camino, pero ya hemos empezado. La guerra va mal, según dicen. Las calles están llenas de mutilados. Si Tesh pudiera enviar esa… —cerró los ojos y contuvo la respiración, retrospectivamente horrorizada— esa criatura, ese espía del cielo, ¿qué podrían hacer? Tiempo… No tenemos mucho tiempo.
»Y el Consejo de Hierro va a volver —dijo—. Cuando la gente se entere, será el fin.
Puede que estemos todos juntos, pensó Ori con una congoja que lo preocupó. Puede que la carrera del Caucus sea también la nuestra…
—Todos estamos en la misma carrera… —dijo.
—Sí, pero algunos corren en la dirección equivocada.
Ori pensó entonces en lo que pasaría. En el momento en que los desposeídos, los trabajadores, y sí, si ella quería, sí, el pueblo, se enterara de que el mismísimo Alcalde, el líder del Sol Grueso, el árbitro de Nueva Crobuzon, había desaparecido. Cómo sería.
—¿Quieres inspiración? —dijo. De pronto volvía a estar enfadado por la monomaniaca prescripción de la mujer—. Yo te daré inspiración —dijo—. Y me darás las gracias, Jack. Lo que estamos haciendo, lo que estamos haciendo… Tenemos que despertar a la gente.
—Ya están despiertos, Jack. Eso es lo que no comprendes.
Ori sacudió la cabeza.
Bertold Sulion, miembro de la Guardia Clípea, había perdido la fe en Nueva Crobuzon, en el Alcalde, en la ley que había jurado defender. Baron se lo contó.
—Ha perdido la lealtad —dijo—. Cuando eres un clípeo, no te cuentan muchas cosas. El juramento lo dice todo: «Veo y oigo sólo lo que el Alcalde y mis superiores me permiten». Bertold no sabe mucho. Pero sabe que estamos perdiendo la guerra. Y ha visto los tratos que están haciendo mientras sus camaradas, la gente con la que se ha entrenado, sigue luchando y muriendo. Todo está podrido. Ha perdido la lealtad y ya no le queda nada.
»La cosa es siempre así —dijo. Hablaba con detenimiento—. Lo llevas dentro en la sangre. —Se dio unas palmaditas en el esternón—. Y cuando las cosas se tuercen, cuando todo se pudre, como si dijéramos, se te sale de dentro, como si te desangraras, y entonces, o te llena otra cosa o te quedas vacío. Sulion ya no tiene nada dentro. Está dispuesto a ayudarnos aunque, para guardar las formas, pide un montón de dinero por ello, pero no es dinero lo que persigue. Quiere ser un traidor porque quiere ser un traidor. Quiere que lo ayudemos a perderse. Aunque él mismo no lo sepa.
No estaban en Malado. «Aquí están las llaves para vosotros», decía la nota, clavada a la pared por uno de los dos cuernos del puño metálico. «Tenemos un nuevo lugar de reunión». Ori y Enoch habían leído la nota y se habían quedado mirando el uno al otro. Enoch era un estúpido, pero esta vez Ori había compartido su confusión.
—¿La colina de la Bandera?
En un extremo de la ciudad, al final de la línea Principal en su recorrido en dirección norte desde la estación de la Calle Perdido, la colina de la Bandera era el lugar donde vivían los banqueros e industriales, los funcionarios, los artistas de éxito. Era un paisaje de amplias avenidas y suntuosas mansiones, delimitadas a un lado por las calles y al otro por grandes zonas ajardinadas comunes. Había árboles floridos y banianos, tapizados de nudosas enredaderas que formaban raíces y troncos y crecían entre los negros adoquines.
Desde hacía años, había en la colina de la Bandera un lugar miserable, como un absceso: un desliz de la planificación urbanística. El alcalde Tremulo el Reformador, dos siglos antes, había ordenado que se construyeran algunas casas modestas en las laderas de la loma a la que el lugar le debía el nombre, para que los héroes de las Guerras Piratas, según dijo, pudieran vivir junto a aquéllos a los que habían defendido. Los acaudalados de la colina de la Bandera no los habían recibido con los brazos abiertos y los planes del alcalde Tremulo sobre una «fusión social» acabaron convertidos en objeto de escarnio. Sin aportaciones de capital, lo que había sido modesto se convirtió en miserable. Las tejas y los ladrillos se estropearon. La pequeña comunidad de pobres de la colina de la Bandera viajaba en tren, mientras que sus vecinos, desdeñando los transportes públicos, hacían uso de sus carruajes privados, y aguardaban a que la miseria alcanzara una masa crítica. Esto había ocurrido hacía quince años.
Los pobres habían sido desalojados de sus casas en ruinas y realojados en bloques de hormigón de diez y quince plantas en Ecomir y Galantina. Y entonces, sus antiguos vecinos habían explorado con curiosidad aquellas desiertas colonias y el dinero, al fin, había empezado a afluir. Algunos edificios, apuntalados y fundidos en grupos de dos o de tres, habían sido reformados y alquilados a nuevos ricos: vivir en «casitas populares» reformadas se había puesto de moda. Pero algunas de las calles del anónimo barrio pobre de la colina de la Bandera, con aquellos edificios característicos que recordaban a bloques de gelatina, se preservaron, convertidas en un museo de la miseria.
Por allí precisamente estaban caminando Ori y Enoch. Se habían limpiado y llevaban sus mejores trajes. Ori nunca había visitado aquel monumento a la pobreza. No había, por descontado, auténtica mugre, ni malos olores, ni los había habido desde hacía más de una década. Pero las ventanas seguían rotas (con los fragmentos discretamente reforzados para prevenir la aparición de nuevas grietas), y las paredes seguían combadas, cubiertas de humedad y descoloridas (y sostenidas al borde del colapso por vigas y medios taumatúrgicos).
Las casas estaban etiquetadas. Unas placas de bronce colgadas junto a las puertas relataban la historia de la barriada, y describían las condiciones en las que habían vivido sus habitantes. AQUÍ, leyó Ori, PUEDEN VERSE LAS SEÑALES DE LOS INCENDIOS PROVOCADOS Y ACCIDENTALES QUE CONSTANTEMENTE SUFRÍAN ESTAS CALLES, OBLIGANDO A SUS HABITANTES A VIVIR ENTRE LOS DESPOJOS DEL FUEGO. La casa estaba manchada de humo y chamuscada. Su piel de carbón estaba sellada bajo una capa de barniz mate.
En algunas de las habitaciones delanteras y los retretes exteriores se podía entrar. UNA FAMILIA DE SEIS U OCHO PERSONAS PODÍA VIVIR APELOTONADA EN ESTAS CONDICIONES TERRIBLES. El detrito de la vida en la miseria, esterilizado y limpiado regularmente por personal municipal, seguía en su sitio. PARECE IMPOSIBLE QUE EN ESTOS TIEMPOS MODERNOS SE PERMITA QUE SIGA EXISTIENDO SEMEJANTE POBREZA.
La casa a la que debían dirigirse era un ejemplo de la arquitectura de la colina de la Bandera: grande, hermosa y cubierta de mosaicos hechos con guijarros policromos. Ori se preguntó si se habrían equivocado de dirección, pero las llaves que llevaban abrían las puertas. Enoch frunció el ceño.
—Ya he estado aquí antes —dijo.
Estaba vacía. Era un simulacro de casa. Las habitaciones, así como las cortinas, eran de color hueso. El asombro que demostraba Enoch fastidiaba a Ori.
Había gente en las calles, hombres con chaquetas cortadas a medida, mujeres con elegantes pañuelos. La mayoría humanos, pero no todos. Había canales, y una comunidad de vodyanoi adinerados, que pasaban con sus peculiares andares saltarines, ataviados con ropa impermeable que imitaba a los trajes de los humanos, masticando los cigarros que los humanos fumaban y ellos comían. De vez en cuando pasaba algún cacto, un raro arribista de éxito. Había constructos, figuras convulsas y humeantes que inspiraron a Ori un momento de nostalgia por los tiempos de su infancia, cuando estaban por todas partes. Los habitantes de la Colina eran lo bastante ricos como para permitirse las licencias y someter a sus equipos a las asiduas revisiones que se habían instituido tras el final de la Guerra de los Constructos. Sin embargo, la mayoría de los ricos prefería a los gólems.
Caminaban con antinatural cuidado, hombres y mujeres de ojos vacíos, hechos de arcilla o piedra o madera o alambre. Llevaban bolsas o llevaban a sus propietarios, mirando de un lado a otro con movimientos que pretendían imitar a los humanos, como si aquellos ojos fútiles sirvieran para ver, como si no estuvieran gobernados por una absoluta y antinatural compulsión a seguir las instrucciones recibidas.
Todos los toroanos hicieron la misma pregunta al llegar:
—¿Qué hacemos aquí?
Cuando apareció Baron, vestía con tanta elegancia como cualquiera de los habitantes del barrio. Llevaba la lana de cordero, el algodón finalmente cribado y la seda con desenvoltura. Lo miraron boquiabiertos.
—Oh, sí —dijo. Afeitado, limpio, fumando un cigarrillo liado a máquina—. Ahora sois mi personal. Será mejor que os acostumbréis.
Se sentó con la espalda apoyada en la pared de su nueva, enorme y vacía habitación, y les habló de Bertold Sulion.
Toro estaba allí. Ori se dio cuenta. No sabía cuánto tiempo llevaba la extraña figura en la esquina, con los cuernos perfilados por la luz oleosa. Estaba anocheciendo.
—¿Por qué estamos aquí, Toro? —preguntó—. ¿Dónde está Ulliam?
—Ulliam no podrá venir muy a menudo. Un rehecho llamaría la atención en estas calles. Estáis aquí porque yo os he dicho que vinierais. Cierra la boca y escucha. Os daré dinero. Compraréis ropa. Ahora sois criados. Para todo el mundo sois mayordomos, lacayos, doncellas. Tendréis que estar siempre limpios. Acostumbraos.
—¿Han descubierto el escondite de Malado? —preguntó Ruby. Toro no estaba sentado, pero parecía inclinado, como si estuviera apoyado en algo que no se veía. Ori podía sentir el poder que emanaba de aquellos cuernos.
—Ya sabéis lo que queremos hacer. Sabéis lo que hemos estado haciendo, lo que hemos estado preparando. —La antinatural gravedad de su tono era siempre una sorpresa, una descarga estática—. El presidente de la junta directiva está en el Parlamento. En la isla Strack. En el río. Hay milicianos vodyanoi en el río, guardias cactos, oficiales en todas las salas. Taumaturgos, los mejores de la ciudad, con amortiguadores, irascibarreras, encantatrampas de todas clases. Nunca podremos entrar en el Parlamento.
»Y luego está la Espiga y la estación de la Calle Perdido. Quien ya sabéis ha pasado un montón de tiempo en la Espiga. Dirigiendo a la milicia. O en la estación, en el ala de las embajadas, en la torre. —No era sólo el corazón del sistema ferroviario de Nueva Crobuzon. Era una ciudad en tres dimensiones revestida de ladrillo. La vastedad de su arquitectura, voluntariamente demente, no sólo desafiaba todas las normas de estilo sino también, según se decía, las leyes de la física.
»Cuando nuestro amigo esté allí, no sólo tendremos que enfrentarnos al personal de Perdido. —Y no es que éste fuese fácil de derrotar. Los devotos submilicianos a quienes estaba encomendada la protección de la estación estaban bien armados y entrenados—. Allá donde va el presidente de la junta, lo acompaña la Guardia Clípea. Ellos son nuestra principal preocupación.
»¿Y la ciudad? ¿Cuándo fue la última vez que el jefazo del Sol Grueso dio un discurso en público? Están demasiado asustados, demasiado ocupados tratando de firmar la paz con Tesh. Así que necesitamos otra estrategia.
Hubo una larga pausa.
—Quien ya sabéis tiene una relación muy estrecha, íntima, con un magistrado. Un Magister Legus. Se ven todas las semanas. Corren toda clase de rumores, si se pregunta a las personas adecuadas. Se ven en la casa del magistrado. Donde vive como ciudadano, donde se quita la máscara. Se relajan en privado. A veces no se separan hasta la mañana siguiente.
»Ocurre todas las semanas, en ocasiones dos veces. En la casa del magistrado.
»La casa de al lado.
Tumulto. «¿Cómo lo sabes?», preguntó alguien. Y «¡no es posible!», y «¿de quién es esta casa?», «¿cómo la habéis conseguido?», y más cosas.
Ori recordó algo. Algo en su interior se encogió al percibir la proximidad de un hecho inquietante, que se aproximó, se alejó, y volvió a acercarse. Vio que otros recordaban, sin saber muy bien lo que recordaban, sin encajar las piezas.
—Es difícil averiguar el nombre que hay detrás de un nom de jure —estaba diciendo Toro—. Pero yo lo conseguí. Me llevó mucho tiempo. Pero lo encontré. —Ori oía sus palabras como si los separara una gasa.
»Ésta es la casa… —dijo, y no dijo nada más. Nadie oyó sus palabras y se alegró por ello. No sabía si quería pronunciarlas. No sabía lo que sentía.
Ésta es la casa de aquella pareja de ancianos. Aquello que oí, aquel trabajo, hace meses, poco después de que os diera el dinero. Lo que denunciaron todos los periódicos. Los mataste, o le ordenaste a Hombro Viejo o a cualquiera de los otros que lo hiciera, y no porque fueran de la milicia. Eran ricos, pero no los mataste por eso. No fue porque fueran ricos, sino por el sitio en el que vivían. Necesitabas que desaparecieran para poder comprar esta casa. Eso fue lo que hiciste con el dinero de Jacobs.
Se sentía vacío. Tragó saliva varias veces.
Sintió la presión de sus propios instintos. Algo se alzó en su interior. Toda la incertidumbre, la desesperada falta de seguridades, y luego el peso del conocimiento junto a la vacilación de las ideas, la vergonzosa mezcolanza de teorías que lo había conducido hasta los renegadistas, hasta todas las diferentes sectas y disidencias, buscando algo sólido a lo que aferrarse, un hogar político, que había encontrado en la furia y la pasión anarquista de Toro. Su incertidumbre regresó en tropel. Sabía lo que estaba asintiendo —que aquello era algo espantoso, que estaba horrorizado— pero recordó las exhortaciones a poner las cosas en su justo contexto, siempre en su contexto, que los renegadistas, por encima de todos, siempre habían acentuado.
Si una muerte impide diez muertes, ¿es aceptable? ¿Y si dos muertes salvan una ciudad?
Estaba inmóvil. Tenía la sensación de que no lo sabía todo, de que había cosas que debía saber, de que era mejor hombre en aquel colectivo que fuera de él, de que debía comprender por qué había pasado aquello antes de juzgarlo. Toro estaba observándolo. Se volvió hacia Hombro Viejo. Vio que el rostro del cacto se endurecía. Saben que lo sé.
—Ori. Escúchame.
Los demás miraron sin comprender.
—Sí —mugió Toro. Ori se sintió como un alumno frente a su maestro, igual de indefenso, igual de intranquilo. Totalmente enfermo. El zumbido taumatúrgico de Toro reptaba sobre su piel.
—Sí —dijo Hombro Viejo—. Ésta es la casa. Eran viejos y ricos, estaban solos y no tenían herederos. La necesitábamos. Pero no, no estuvo bien. No creas, Ori, que no hay remordimientos ni dolor.
»Si conseguimos entrar en la casa de al lado… se acabó. Habremos ganado. Ganado. —Por debajo de las palabras del cacto, Toro empezó a rugir. Un sonido que pasó de ser un ruido animal a un chirrido de elictricidad y hierro sometido a una enorme tensión. Duró mucho rato, y aunque no fue estrepitoso, se apoderó de la estancia entera y de la cabeza de Ori, y le impidió pensar hasta que volvió a remitir y él se encontró mirando los ojos de vidrio fosforescente de Toro.
»Si ganamos, la ciudad es nuestra —dijo Hombro Viejo—. La habremos decapitado. ¿Cuántos se salvarán? —Uno a uno, los demás toroanos empezaron a entender.
»¿Crees que no intentamos nada más? La casa del magistrado está sellada. No podemos esperar dentro. El jefe no puede entrar, ni siquiera con los cuernos. Alguna barrera lo impide. Las armas no la atraviesan: ni balas, ni explosiones ni piedras. Está atiborrada de encantamientos. Por la persona que la visita. Las alcantarillas son un hervidero de guls: es imposible entrar por ahí. Hemos hecho lo que había que hacer. Piénsalo. ¿Quieres abandonar, ahora?
¿Por qué me pregunta a mí? ¿Es que los demás no tienen que decidir? Pero estaban mirándolo a él. Hasta Enoch lo había entendido ya, y estaba boquiabierto, pensando en aquella noche en la que había hecho de vigilante. Hombro Viejo y Baron miraban a Ori. El cacto estaba erguido y tieso. Baron parecía relajado. No dejarían que Ori se marchara, claro está. Lo sabía perfectamente. Si decidía no seguir adelante, era hombre muerto. Si decidía seguir, puede que también. Si pensaban que no podían confiar en él.
Lo que es necesario es necesario. Es un principio de los disidentes. Y sí, claro, lo necesario había que debatirlo primero, y había de ganarse. Pero es que estaban tan cerca… El hecho de que hubiesen encontrado la entrada a un lugar en el que su víctima estaría sola, desprotegida, donde sería vulnerable, donde podrían hacer al fin su regalo a Nueva Crobuzon, era de una importancia colosal. Si tenían que morir dos personas para hacerlo posible… ¿quién era Ori para interponerse en el camino de la historia? Era necesario, pensó. Bajó la cabeza.
En el último piso, la pared adyacente a la propiedad del Magister Legus había sido excavada con precisión. Se le habían arrancado varios centímetros de teso y madera fina. Ahora había un agujero considerable.
—Más allá empiezan los embrujos —dijo Hombro Viejo. Palpó la superficie expuesta con enorme cuidado. Estaba mirando a Ori. Ori se esforzó en permanecer impasible. Estaba escuchando. Toro llevaba semanas preparándolo. ¿Tienes otras bandas?, pensó, con una emoción que no pudo ni remotamente identificar. ¿O somos los únicos? ¿A nombre de quién está la casa? No has podido comprarla tú, ¿verdad?
Baron estaba hablando, con su característica precisión instrumental. Será mejor que escuche, se dijo Ori. Es el plan.
—Sulion estará cerca del agujero. Lo que vamos a comprarle son dos cosas: información, la posición de todos los hombres y sus tácticas, y un primer movimiento. Sin él en la entrada, somos hombres muertos.
Son tácticas de la milicia, pensó Ori. Eso es lo que estoy aprendiendo. Una vez más, se preguntó cuántos milicianos habrían vuelto de la guerra con aquella amargura, tan empapados de ella. Lo que harían. Contempló a Baron y comprendió que todo lo que había en él desembocaba allí, que no había hecho planes para después, que aquélla sería su venganza.
Una epidemia de asesinatos. Eso es lo que veremos. Si los desertores y los soldados licenciados no encuentran alguna vía de escape. Los neocalamitas reclutarán a muchos de ellos. Reclutarán a hombres como éste. Que Jabber nos ayude. Y entonces sintió que su afán por decapitar al gobierno regresaba con fuerzas redobladas. Pronto, se dijo. Pronto.
Se sentía como si fuera a perderse. Tuvo que decirse varias veces, hasta estar seguro de ello, que era allí donde quería estar.