El Consejo de Hierro
Sexta Parte: La carrera del Caucus » 21
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La gente no podía caminar por las calles de Nueva Crobuzon sin levantar la mirada. Más allá de los aeróstatos y los dracos, los cientos de vidas —alienígenas, indígenas, creadas— que poblaban los cielos de la ciudad miraban el frío blanco y el austero sol y se preguntaban si aparecería otra de aquellas desgarradoras sombras orgánicas.
—Siguen tratando de parlamentar —dijo Baron a la banda. Se lo había contado Bertold, quien lo había deducido de las visitas del Alcalde al ala de las embajadas en compañía de un séquito de lingüistas y diplomáticos.
Ori regresó al refugio. Ladia le dio la bienvenida, aunque con cautela. Parecía tan exhausta que Ori quedó consternado al verla. Como siempre, había hombres y mujeres del color de la tierra, tendidos allí donde la gravedad los había reclamado, pero ahora la propia estancia parecía en mal estado. Las pareces estaban tatuadas con astillas y pintura levantada; las ventanas estaban cubiertas de tablones.
—Calamitas —le contó—. Hace tres días. Oyeron que estábamos… afiliados. Hemos sido negligentes, Ori, nos dejamos periódicos por ahí. Supongo que todos estamos distraídos con lo que está pasando en la Perrera. Es imposible ser tan cuidadoso como antes. Nos hemos pasado de listos.
Ori la ayudó a tumbarse y aunque ella al principio se resistió, se echó a llorar cuando la depositó sobre el sofá. Pasó varios segundos llorando, aferrada a él, y luego sorbió por la nariz, le dio unas palmaditas, hizo un chiste y se quedó dormida. Ori limpió el lugar por ella. Algunos de los mendigos lo ayudaron.
—Ayer tuvimos una representación —le dijo una mujer con la dentadura rota mientras pasaba un paño por las mesas—. Un grupo, los Flexibles o algo así. Vinieron a actuar para nosotros. Muy buenos, aunque nada que no haya visto antes. La verdad es que no oía lo que decían, pero fue muy agradable, ¿sabes? Me gustó mucho que vinieran e hicieran eso por nosotros.
Nadie había visto a Jacobs desde hacía días.
—Pues ha estado por el barrio. Ha estado ocupado. ¿No lo has visto? Sus marcas están por todas partes.
Las espirales de tiza que Jacobs dejaba allá adonde iba, a las que les debía el nombre, continuaban diseminándose: se habían vuelto virales. Estaban en todos los barrios, pintadas y en gruesos colores de cera, en alquitrán; talladas en los templos; rayadas en los cristales y en las vigas de las torres-bloque.
—¿Tú crees que fue él quien lo empezó? Puede que esté copiando a otro. Puede que nadie fuera el primero. ¿Has oído lo que está pasando? La gente las utiliza como eslóganes. Las han adoptado.
Ori lo había oído y lo había visto. Espirales que se transformaban en obscenidades dirigidas contra el gobierno. Gritos de «¡es-piraos de aquí!» cuando aparecía la milicia. ¿Por qué aquél y no cualquier otro de los símbolos que habían ensuciado las paredes durante años?
El rincón del viejo estaba cubierto de espirales grises. De tinta y de grafito, de diferentes tamaños, con variaciones en los ángulos y en las direcciones de las curvas, y allí, en una esquina, espirales que se convertían en otras espirales formando complejas series. ¿Y si era una lengua?, pensó Ori. A derecha o izquierda, con un número variable de vueltas, en cantidades y direcciones diferentes; con derivativos engendrados por cada circunvolución, cada giro del sacacorchos.
Ori fue allí las nueve noches siguientes. Se presentó como voluntario para el turno de noche.
—Tengo que hacerlo —le dijo a Hombro Viejo—. Durante el día estoy a vuestra disposición, pero tengo que hacer algo.
Los toroanos le dieron una especie de vacaciones, aunque no sin desconfianza. A veces, cuando estaba caminando, Ori se detenía, se ataba los cordones, se apoyaba en una pared y echaba una mirada hacia atrás. Si no Baron, cualquier otro estaría siguiéndolo, estaba seguro de ello. Comprendió que en cuanto hablase con alguien en quien su invisible vigilante, su camarada toroano, no confiara, era hombre muerto. O puede que no hubiera nadie. No sabía lo que era para sus compañeros.
En Los dos gusanos, Petron Carrickos le regaló un libro de poemas suyos. Lo había publicado él mismo, bajo el sello Ediciones Flexibles.
—Cuánto tiempo sin verte, Ori —dijo. Había en él una sombra de fatiga. Su boca ardía en deseos de preguntar, «¿dónde has estado? Has desaparecido», pero se limitó a pagarle una grapa a su amigo y preguntarle por sus proyectos. Petron llevaba el Renegado Rampante, no abiertamente, pero sí con esa audacia nueva que era el signo de los tiempos.
Ori leyó una estrofa en voz alta.
—«Una estación aquí/ En tu flor/ Pétalos de madera y hierro/ Barrera cerrada, escombrera, de un ceño de la Perrera».
Asintió.
Petron le habló de los Flexibles: quién estaba haciendo qué, quién seguía allí, quién había desaparecido.
—El cabrón de Samuel se ha largado. Está vendiendo en una galería hortera de los Campos Salacus. —Resopló—. Nelson y Drowena siguen en el Aullido. Como puedes imaginarte, ahora todo ha cambiado. Seguimos tratando de montar las obras cuando podemos. En espacios comunitarios, en iglesias y casas populares y cosas así.
—¿Y cómo se llevan los Nuevos Convulsos con el pueblo? —Era un concepto clave del segundo Manifiesto Novista. Una muestra de cinismo de Ori.
—Le gustan los Nuevos Convulsos, Ori. Le gustan.
Había una asamblea ilegal de todos los sindicatos ilegales, los trabajadores militantes de las factorías del Meandro de las Nieblas y la Gran Aduja, cuyo ejemplo estaba propagándose, según le contó Petron, a otras industrias. Delegados de las fundiciones, los astilleros, las tintorerías, en un lugar secreto de la Perrera, para discutir qué demandas presentarían al Parlamento.
—El Caucus también está hablando con ellos —dijo, y Ori asintió. No dijo, aunque lo pensó: «otra vez hablando, siempre hablando, ése es el problema, ¿no?».
En un populoso mercado de la ribera, en Sanvino, al que habían llegado con un vagabundeo sin rumbo que Petron había definido como una reconfiguración de la ciudad, escucharon de repente unos gritos. «En el nombre de los dioses, en el nombre de los dioses» estaba gritando alguien, y se produjo un extraño avance colectivo de la multitud, gente que corría para ver lo que estaba sucediendo y luego buscaba refugio detrás de los puestos de libros y bisutería.
Había una mujer temblando junto a la compuerta y los diques, con la falda temblando y los mechones de pelo agitándose como gusanos, empapada de una estática que sacudía el aire. La gente la miraba con temor, hacía ademán de correr hacia ella y llevársela, pero entonces reparaba en la manifestación que tenía encima y se encogía de miedo.
Vapor, de un viscoso y enfermizo azul, la tonalidad de las magulladuras, una mancha purpúrea, como si el mismo mundo, el aire, estuviera sangrando por debajo de la piel. El aire emponzoñado y, como coágulos de materia estropeada en la leche, partículas de materia que supuraban de la nada, emanaciones de rancio éter que adoptaban formas orgánicas; entonces apareció un cuerpo de insecto formado por agregación de tegumentos de nada, y una repentina sombra que se retorció en el aire como si estuviera suspendida de un cordel, y empezó a aparecer y desaparecer con pequeños destellos hasta que al fin estuvo incuestionablemente allí, una criatura de patas ganchudas del color de la podredumbre, tan grande como un hombre. Una avispa, con una cintura fina bajo un tórax que reflejaba la luz como el cristal moteado, con un aguijón que era como un dedo que llamaba por señas desde la parte baja del abdomen, extendido y goteante.
La criatura se limpió las patas con la compleja boca. Volvió sus feos ojos compuestos y contempló a la horrorizada multitud. Desplegó las patas, una a una, y se estremeció y se movió, aunque no, aparentemente, por la acción de aquellas patas, sino como si estuviera suspendida del aire y la mano gigantesca que sostuviera sus cuerdas se hubiese desplazado. Se acercó.
La mujer estaba teniendo un ataque. Su rostro se había ensombrecido. Ya no respiraba. Hubo un jadeo, un sonido de asfixia en las primeras filas de los curiosos. Otros dos hombres cayeron. Un hombre, otra mujer, temblando espasmódicamente, escupiendo saliva y vómitos.
—¡Quitaos de en medio! —La milicia. En la entrada del mercado. Llegaron disparando, y el ruido de las armas rompió el frío que había paralizado a la gente, que se dispersó lanzando gritos. Ori y Petron se agacharon pero no huyeron. Mientras los empujones de los que huían los apartaban de la horripilante aparición, vieron que la milicia abría fuego contra ella.
Las balas la atravesaron y reventaron el cristal y la porcelana que tenía detrás. La mujer, que seguía debajo de ella, escupió y murió. Bajo una lluvia de balas, la avispa emitió una especie de gorjeo y plegó los miembros retráctiles como un cepo. El plomo se introdujo en ella dejando una ondulación en su extraña carne, y parte de él volvió a salir mientras otra parte era engullida. La criatura estaba bailando bajo el fuego de los agentes. De la boca de la mujer muerta manaba una sustancia líquida y negra, sus entrañas convertidas en alquitrán.
Un oficial-taumaturgo movió las manos creando formas arcanas y aparecieron unos filamentos entre sus dedos y la avispa, plasma convertido en fibras y trenzas de embrujo, pero la criatura, con desplazamiento instantáneo a un lado y al otro, un movimiento como el parpadeo de un ojo, atravesó la malla y, en una salpicadura de no-luz, volvió a aparecer, mientras la red empezaba a disolverse. Las otras víctimas de la avispa estaban inmóviles, y el rostro de los milicianos empezaba a adquirir una enfermiza tonalidad verdosa.
Pero entonces la avispa desapareció. El aire recobró la claridad. Al cabo de un instante, los milicianos empezaron a ponerse derechos. Ori hizo ademán de levantarse, pero se dejó caer con un grito al ver que una imagen espectral de la avispa reaparecía en el aire, momentáneamente varicosa, desaparecía, regresaba una vez más, apenas una insinuación de su forma anterior, y finalmente se esfumaba.
—No es la primera —dijo Petron. Habían regresado corriendo a Los dos gusanos, donde, necesitados de algo caliente y dulce, habían pedido dos tazas de té con ron y miel—. ¿No te habías enterado? Al principio pensaba que era un rumor estúpido. Una invención disparatada.
Manifestaciones que mataban utilizando la polución ambiental.
—Una era una especie de larva —dijo Petron—. En Hiel. Había otra que era un árbol. Y un puñal, en la puerta del Cuervo, según he oído.
—Lo de la daga lo había oído —dijo Ori. Recordaba un extraño titular en El Faro—. ¿No había otras? ¿Una máquina de coser? ¿Una vela?
—Las envía Tesh, ¿no? Eso es. Hay que acabar con esta maldita guerra.
¿Eran aquellas manifestaciones armas de Tesh? Cada una de ellas debía de requerir incontables psicónomos de gran poder, especialmente si se invocaban desde la ciudad del Líquido Reptante, y sólo se cobraban un puñado de víctimas. ¿Qué esperaban conseguir?
—Es cierto, pero no es sólo eso, ¿sabes? —dijo Petron—. No es una mera cuestión de número. Es el efecto. Sobre la mente. Sobre la moral.
Al día siguientes Ori oyó hablar de otra manifestación. Eran dos personas abrazadas, follando. Nadie había podido verles las caras, según se decía. Sólo los vieron agarrados, convertidos en una maraña de miembros, pegando los labios, con las manos clavadas en la carne del otro. Cuando desparecieron —expulsados por los ataques de la gente o no, ¿quién podía saberlo?— dejaron tras de si cinco cadáveres, manchas derramadas sobre los adoquines, convertido en alquitrán.
Cuando por fin reapareció Espiral en el comedor, a Ori le costó creer el mal aspecto que tenía. El viejo parecía encorvado bajo el peso de sus propios huesos. Su piel estaba en un estado lamentable.
—Dioses todopoderosos —dijo Ori con delicadeza mientras le servía un plato—. Dioses todopoderosos, Espiral, ¿qué te ha pasado? —El vagabundo le dedicó una maravillosa sonrisa abierta. No había en ella el menor atisbo de reconocimiento—. ¿Dónde has estado todo este tiempo?
Jacobs escuchó la pregunta y arrugó las cejas. Meditó durante largo tiempo y dijo cuidadosamente:
—En la estación de la Calle Perdido.
Fue la única cosa que dijo aquella noche que evidenciara una cierta cordura. El resto del tiempo lo pasó murmurando para sus adentros en una lengua desconocida, o haciendo ruidos de niño, sonriendo y dibujando espirales sobre su propia piel. Ya de noche, entre los gruñidos y los ronquidos, Ori se acercó al rincón en el que descansaba Jacobs, farfullando para sí. No era más que una silueta cuando Ori le habló.
—Te hemos perdido, ¿no, Jacobs? —dijo. Estaba acongojado. Casi podía sentir cómo se iban formando las lágrimas en sus ojos—. No sé si vas a volver. Ni dónde has estado. Quería…, quería encontrarte para darte las gracias, por todo lo que has hecho. —Tú no me escuchas, pero yo sí—. Tengo que decírtelo ahora porque voy a ir a sitios y voy a hacer cosas que podrían… podrían provocar que no volviéramos a vernos, Espiral. Y quiero que sepas… que cogimos tu dinero, tu regalo, y que estamos haciendo lo que debemos. Que vas a sentirte orgulloso de nosotros. Vamos a hacer que Jack se sienta orgulloso. Te lo prometo.
»Cuánto has hecho por mí. Dioses. —Espiral Jacobs seguía farfullando y trazando sus símbolos—. Conocer a alguien que conoció a Jack… Tener tu bendición… Aunque no regreses, Espiral, siempre formarás parte de esto. Y cuando todo haya terminado, me aseguraré de que la ciudad conozca tu nombre. Si sigo aquí. Tienes mi palabra. Gracias. —Le dio un beso a la arrugada frente, asombrado por la fragilidad de la piel.
Aquella noche no había luna y las farolas de la Gran Aduja fallaron. En la oscuridad, el partido Nuevo Cálamo volvió a atacar el comedor. Los gritos de «escoria» y el tatuaje de proyectiles contra los tablones que cubrían las ventanas despertaron a Ori. Por una ranura de los tablones pudo verlos. Hombres y más hombres, embozados en tinieblas, con los sombreros de hongo calados y los ojos convertidos en franjas de sombra. Una calle repleta de malignidad elegantemente vestida, filas de hombreras de algodón rellenas por músculos de luchador, ladeando los sombreros, enderezándose las corbatas en el cuello de sus blancas camisas. Se limpiaron un polvo imaginario y empuñaron sus armas.
Pero el miedo de los vagabundos duró poco. ¿Era el Crisol Militante quien acudía a socorrerlos? ¿Eran los variopintos ejércitos del Caucus? Ori no alcanzaba a verlo. Sólo escuchó gritos y disparos, y vio que los calamitas, sorprendidos, se volvían como una manada de oficinistas salvajes y corrían a la lucha.
Lada y los mendigos se dispersaron. Ori corrió a buscar a Jacobs, pero para su sorpresa el anciano pasó a su lado, sin urgencia pero con un propósito claro. No miraba a Ori ni a ningún otro. Su mirada estaba clavada en lo que tenía delante. Rápidamente dejó atrás a los últimos vagabundos, mientras del otro extremo de la calle llegaban los ruidos de una batalla, y en la oscuridad se vislumbraba una acelerada y fea masa de figuras negras. Jacobs se volvió en dirección contraria, hacia la estación Salpetra y los arcos sobreelevados que se alejaban hacia el norte encaramándose a la ciudad.
Ori titubeó, pensando que quizá no quedara nadie con quien hablar en aquella cáscara, y entonces comprendió que quería saber adónde iba aquel hombre y lo que hacía. En la oscuridad pura de Nueva Crobuzon, sin la luz de sus farolas, Ori siguió a Espiral Jacobs.
No fue tras él a hurtadillas, como un cazador, sino que se limitó a caminar a pocos pasos de distancia. Trató de pisar con la suavidad suficiente para que sus pasos no fueran más que un eco de los del mendigo. No había nadie más en las calles. Caminaban entre una valla de madera y hierro y una pared de húmedos ladrillos, que se levantaba varios metros por encima de sus cabezas. Espiral Jacobs daba saltitos, caminaba sin dejar de cantar una canción en una lengua extranjera, retrocedía unos pasos, y pasaba los dedos, que asomaban por los bordes irregulares de los mitones, sobre el hierro corrugado, acariciando el óxido, mientras Ori lo seguía, tan respetuoso y observante como un discípulo.
Con un pedazo de tiza, Espiral Jacobs dibujó la forma a la que le debía el nombre, susurrando por lo bajo, y el resultado fue de una asombrosa perfección, un símbolo matemático. Y luego hubo otras curvas, volutas más pequeñas que parecían brotar de la parte más expuesta de su piel, y Jacobs pasó la manos sobre ellas y siguió su camino. Empezó a llover cuando Ori llegó a la marca dejada por Jacobs. El agua no la diluía.
Pasaron el destartalado arco de ladrillo de la estación Salpetra y continuaron hacia Tábano, hasta llegar a un lugar en el que las farolas seguían funcionando, en el que la temblorosa luz mugrienta seguía tiñendo las paredes y puertas, transformándolas en formas grotescas. El viejo dibujaba sus símbolos. Lo hizo sobre una ventana, donde el residuo del material que estaba utilizando, fuera el que fuese, atrapó las luces. Un surco de calle se cerró sobre Ori y lo catapultó a través de un arco de ladrillo hacia su insensato gurú, hacia una franja más amplia de luz pálida en la que el gas era reemplazado por las luces elictro-barométricas de colores fríos y espeluznantes, rojos y dorados convertidos en hielo en el interior de los globos de vidrio.
Ya no estaban solos. El sonido de unos violines. Las puertas de los garitos escupían hombres acaudalados con putas de los barrios bajos, que caminaban distraídos junto a maleantes que los miraban y acariciaban las armas mal escondidas que llevaban. Hacia una torre de la milicia, bajo el rugido de las vías elevadas por las que pasaba un tren en ese momento. Abarrotados bajo lentos gusanos de cristal iluminado que deletreaban nombres y servicios, animaciones sencillas: una dama de labios rojos pintada de luz, reemplazada de repente por otra que tenía un vaso levantado, y vuelta a aparecer en un juego de luces, recurrente y autista. En las esquinas, narcóticos, ofrecidos por jóvenes macerados, los milicianos en agresivos aquelarres, cuyos espejos devolvían la luz al otro lado del río. Furia, borrachos y peleas estúpidas, y también otras serias.
Hacia el norte, por el puente Nabob, cada vez más cerca de Piel del Río. Al llegar junto a Tábano pasaron por una serie de parcelas, abiertas y esparcidas, y Ori asistió a los últimos golpes de una paliza, y entonces vio a un grupo de calamitas que se les acercaban con sus trajes, pulcros y aciagos, pero en lugar de molestarlos se burlaron de un grupo de estudiantes que pasaron riendo, persiguiendo motas de luz taumatúrgica que volaban como mariposas embriagadas. Y unos silbidos, y entonces vio el brasero encendido de un piquete en el exterior de una planta química, cuyos huelguistas estaban rodeados por simpatizantes armados con bastones y horcas para protegerlos de los calamitas, que les lanzaron miradas hostiles pero atendieron a la prudencia y siguieron su camino.
Un niño cacto cubierto de cicatrices, mendigando a tan altas horas de la noche, mientras su mono bailaba, la cabeza del niño acariciada con amigable condescendencia por el gran cacto que dirigía un grupo de cactos, debían de ser del Crisol Militante, sin armas a la vista (los milicianos estaban lo bastante cerca como para verlos), pero haciéndose notar en las calles nocturnas y decadentes, saludando en silencio, con una especie de cautelosa camaradería, a un cacto, que respondió en jerga manual y desapareció en una fría y vieja callejuela al mismo tiempo que pasaba corriendo una aterrorizada patrulla de la milicia y había disparos al final de la calle, donde se acurrucaban los drogadictos y un draco aterrizaba con un grito y volvía a alzar el vuelo.
Pasaban hombres y mujeres. Olía a alcohol y a humo, a residuo de drogas, y se oían chillidos y graznidos que parecían de pájaro.
Espiral Jacobs caminó entre todo aquello, escudado por su locura. Se detuvo, dibujó sus formas, siguió caminando, se detuvo, dibujó, caminó, siempre hacia la dentada y centenaria forma del puente Nabob y tras dejarla rápidamente atrás, por Kinken, donde la mitad rica de las khepri, arribistas de dinero viejo, preservaban sus sueños culturales en la plaza de las Estatuas, formas míticas y kitsch moldeadas en esputo de insecto. El aire sabía a los espectros de las conversaciones entabladas por las khepri con sus emanaciones químicas.
Espiral Jacobs siguió caminando por las calles estrechas de la Ciudad Vieja, la parte más antigua de Nueva Crobuzon, una «V» trazada sobre el lodo de los ríos y ahora dotada de dimensiones metropolitanas. Arrastrando los pies, canturreando y dibujando sus espirales en las oscuras paredes de ladrillo, continuó hasta llegar a Sheck, una zona de tenderos y comerciantes, el feudo del Nuevo Cálamo, donde Ori extremó el cuidado. No vio a los soldados de a pie del Cálamo, con sus sombreros de hongo, sino a los hombres nerviosos y barrigones de los comités de defensa, embargados de agónico orgullo por su propia valentía. Atravesaron el borde exterior de Hogar del Esputo, poblado de prostitutas, seguidos por las miradas de los transeúntes. Espiral Jacobs dibujaba sus formas. A un lado se encontraba la ventana de un burdel que prometía extravagantes desahogos: al otro, un cartel enmohecido, un grupo radical que trataba de reclutar a aquellas mujeres que se dedicaban a lo que, recatadamente, definía como «profesiones poco ortodoxas».
El Cuervo, el corazón comercial de Nueva Crobuzon, no estaba lleno. A esas horas sólo había unos pocos en las calles. Espiral Jacobs, seguido por Ori, pasó por las galerías, túneles que atravesaban edificios, ni abiertos ni cerrados. Había formas curvilíneas, espirales de hierro que el viejo acarició con aprecio, frente a los escaparates abarrotados de baratijas para los burgueses.
Y entonces Ori se detuvo y dejó que Espiral continuara hacia la sombra cuajada de luces del corazón de Nueva Crobuzon: un castillo, una fábrica, una ciudad de torres; un dios, según algunos, engendrado por un loco proyecto de teogénesis. No era un edificio, sino una montaña levantada con los mismos materiales que los edificios, una mestiza mezcolanza de estilos unificados con ilícita inteligencia. Las cinco líneas férreas de la ciudad brotaban de sus bocas, o quizá se congregaban allí, pues tal vez su movimiento fuera convergente y se uniesen trazando espirales, como las colas de un rey de las ratas y anudándose formasen el edificio que las albergaba, la estación de la Calle Perdido. Un ganglio de vías férreas.
Espiral Jacobs pasó bajo el arco que la unía a la Espiga central de la milicia, en dirección a su refugio, al templo de ladrillo, hormigón, madera, hierro, tan grande y tan cargado de energía como para alterar el clima encima a su alrededor, para alterar la misma noche.
Ori vio marchar al anciano. A la estación de la Calle Perdido no le importaba que la ciudad estuviera levantándose. Que nada fuera como antes. Ori se dio la vuelta y, por primera vez desde hacía horas, se le aclararon los oídos y escuchó los gritos de guerra, el rugido de las llamas.