El Consejo de Hierro
Sexta Parte: La carrera del Caucus » 22
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«Manos a la obra», decía la nota. «Es la hora». Clavada a la puerta de Ori.
Hombro Viejo y Toro eran los únicos que no estaban allí. Baron les expuso el plan.
—Cerca de una semana —dijo—. Eso es lo que tenemos. La información me la ha proporcionado Bertold. Tenemos que tener mucho cuidado. Ésta —un cuadrado de tiza— es la habitación superior. Aquí es donde estarán.
»Recordad. No esperan ataques pero los clípeos son duros. Cada uno de vosotros recibirá instrucciones expresas. ¿Entendido? Debéis recordar cómo entrar, lo que tenéis que hacer y cómo salir. Y, escuchadme bien, no debéis alterar el plan, al margen de lo que veáis. Haced lo que se os ha ordenado y dejad que los demás hagan lo que se les ha ordenado.
¿Seremos una célula?, pensó Ori. ¿Habrá otros de los que no sabemos nada? Sus compañeros se agitaban.
Baron siguió delineando el plan, repitiendo sus instrucciones hasta que se convirtieron en un mantra. La cadencia de sus palabras nunca se alteraba; era como un cilindro de cera grabada.
Tenían armas nuevas. Repetidoras, trabucos, escupefuegos. Ori observó a sus camaradas mientras las limpiaban y engrasaban. Se fijo en qué manos temblaban. En cuáles no.
Baron les enseñó a tomar puntos, a asegurar áreas, con la instrumental eficacia de la milicia. Cada uno de ellos repetía lo que debía hacer como si estuvieran ensayando una obra de teatro. Paso arriba, giro, paso, paso, levantar, asegurar, dos tres, digamos dos agentes, dos tres, paso, girar, asentir. Ori recitaba mentalmente su estrategia. ¿Cómo vamos a hacerlo?
—Contamos con el factor sorpresa —dijo Baron—. Ese instante, ese momento, es lo que nos permitirá entrar. Pero tengo que decirte una cosa, Ori. —Se inclinó hacia él exhibiendo tanta alegría como un condenado en el cadalso—. No todos saldremos. Algunos de nosotros moriremos allí. —No parecía asustado. Le daba igual si no salía.
Lo percibes, ¿no es así?, pensó Ori. Su liberación. Ori estaba estirándose, como si creciera al otro extremo de un tallo que podía romperse en cualquier momento. Todavía estaba en aquella noche con Espiral Jacobs, su despedida del viejo, cuando había caminado sin que nadie lo molestara por una ciudad convertida en una cosa psicótica, turbia, rota. Que seguía con él.
No había ninguna urgencia en su interior. No era un sentimiento desapacible. Simplemente, Ori estaba liberándose. Las cosas lo afectaban desde lejos. Las incertidumbres que crecían en su interior lo hacían también desde lejos.
Reinaba una atmósfera agitada. En las calles acaloradas pasaban corriendo los pregoneros y los vendedores de periódicos, lejos de su territorio habitual, anunciando a voces sus titulares: «Asamblea convocada en la Perrera», gritaba. «Demandas presentadas al Parlamento». «Bandas xenianas». «Secesionistas del Caucus». Los toroanos esperaban en la casa que le habían comprado a sus víctimas. Ignoraban a los vendedores de noticias, la ansiedad de las calles. Empezaron a esparcir su mugre, a vivir en una especie de agresiva inmundicia. Se colgaron los puños metálicos de los cinturones; afilaron sus cuernos.
Los magistrados, hasta los dogos de mayor categoría, eran ciudadanos, se subrayaba siempre, ciudadanos como los demás. Trabajaban enmascarados por el bien de la justicia, por el anonimato de la justicia. Cualquier casa, en cualquier parte de la ciudad, podía albergar a un siervo de la justicia. La casa de la colina de la Bandera era elegante, pero no se diferenciaba de las demás.
En un ejercicio de incongruencia, al fin, una noche, entre el ruido de los disparos procedentes del sur —un sonido al que Nueva Crobuzon había acabado por acostumbrarse y que ya no provocaba la llegada de los dirigibles de la milicia, sino que formaba parte del paisaje de la noche— empezaron a llegar visitas. Los cocineros, las doncellas y los criados se marcharon con la noche libre. No conocían el trabajo de su señor y no sabían quién venía a visitarlo. Llegaron petimetres y dandis de los barrios altos, vestidos como para una fiesta de gala.
Probablemente el personal crea que su señor es un pervertido, pensó Ori. Pensaran que se entrega a algún vicio, pecadillo o droga. Los invitados eran milicianos. Clípeos. Preparando la llegada del Alcalde.
Ulliam se puso un casco. Se abrochó las correas y suspiró. Se colocó los espejos delante de los ojos.
—Nunca pensé que volvería a ponerme esto —dijo.
—No lo tengo claro —decía Enoch a Ori una y otra vez—. No tengo claro lo que tengo que hacer para salir.
—Ya lo sabes, Noch. Por la ventana del fregadero y luego por el jardín. —Nunca saldrás de allí.
—Sí, sí, lo… lo sé. Lo que pasa es que… Seguro que todo sale bien.
Nunca saldrás de allí.
—Cuando llegue el momento de salir, lo sabrás, Ori —había dicho Baron, y Ori estaba esperando. Se apoyó en el yeso agrietado, y colocó la cabeza sobre las finas costillas de madera. Paso paso asegurar apuntar apuntar disparar.
—¿Comprendes lo que tienes que hacer, Ori? —le había dicho Baron—. ¿Lo que se te pide?
¿Por qué este… este honor?, se preguntaba Ori. ¿Por qué se le había colocado a él en el centro de la misión? Era —después de Baron— el mejor tirador; y aunque no esperaba sobrevivir, no había escapado. Puede que lo hubiese decidido Toro. Ninguno de nosotros va a sobrevivir, pensó. Pero a pesar de ello, volvería a hacerlo mil veces. Se sentía anclado.
—Ya sabes dónde estaré yo y dónde estará Hombro. Necesitamos a alguien arriba, Ori.
Ori está en su lugar, pensó. Ori, toma posición.
Sentía el peso de la ciudad debajo de sí, como si llevara a Nueva Crobuzon colgada. Cerró los ojos, imaginó que sentía cosas excavando las paredes de la casa, atravesando su piel. Repasó todo lo que había hecho a lo largo de su vida. Sonó una campanada. Un draco gritó en el cielo. En la Perrera, sus amigos seguían luchando.
Oyó que Hombro Viejo llegaba y bajaba. No apartó la cabeza del muro. Oyó el ruido de sus pisadas, el sorprendentemente delicado paso de sus almohadillas de elefante. Poco después, sintió el hormigueo de la realidad; hubo un desgarro. No se volvió.
—Buenas noches, jefe —dijo. Toro había llegado.
Entre las dos y las tres de la madrugada, bajo un cielo tan negro como la tinta de calamar, con las estrellas y la luna ocultas detrás de las nubes, todo empezó.
Toro se estremeció y dijo:
—El embrujo de la casa ha caído.
Sulion, su contacto traidor, había dejado una llave en una cerradura, había dado la vuelta a un poderoso amuleto de protección, lo habría frotado con sal embrujada y había cortado unos cables. Era lo único que necesitaban.
En los comentarios mascullados por Toro, y en los cambios de los cuernos, que se agitaban como antenas entre las ondas de la taumaturgia, Ori siguió la pista a los acontecimientos.
La banda había entrado.
—Hay un émpata —dijo Toro—. Saben que estamos aquí. —Pues claro que hay un émpata, joder, pensó Ori. Hay un émpata y un descargador y un criomante, hay de todo. Se detuvo al percibir el primer atisbo de histeria.
Tenían su diversión. Ori percibió algo. ¿Unas pisadas en las escaleras? Al otro lado de la pared, unos pasos subían corriendo y otros bajaban. Al primer signo de intrusión, se dividirán: el grupo de dentro protegerá al Alcalde y el pelotón del exterior irá a investigar. Se apresurarán a sacar al Alcalde.
Mientras la milicia bajaba, Kit debía de estar en el primer rellano, rociando de fuego pegajoso a todo el que se acercase, y corriendo para escapar de los incendios que había provocado. Tras él vendrían Ruby y Enoch con sus propias armas, poniendo sus trampas, al mismo tiempo que la primera oleada —la diversión— llegaba y los guardaespaldas corrían hacía el lugar por el que había entrado. Ulliam estaría llenando de pólvora la base de la puerta, dejando un reguero de explosivos. Y allí, la evidencia de su irrupción. Ori oyó unos disparos.
Se imaginó a las armas moviéndose con la asesina elegancia de la milicia. Esperaba que sus camaradas los hubiesen cogido lo bastante desprevenidos como para llevarse algunos por delante. Hasta se permitió albergar la esperanza de que escaparan.
Ulliam reventó la puerta. Ahora en la calle ya lo sabrían. Pero puede que, en ese momento de confusión, no interviniesen demasiado deprisa. Seguro que algunos de los clípeos habían salido al paso de la nueva incursión. El primer piso estaría abarrotado de ellos. Y entonces, finalmente, entraría Baron.
Ori se lo imaginó. Qué audacia. Ojalá hubiese podido verlo. Lanzando una cuerda desde la ventana del primer piso. Y Baron, con su armadura y su casco nuevos, columpiándose hasta la casa de al lado para luego dejar caer la cuerda hasta el suelo, para que Hombro Viejo pudiera subir. Ya debía de estar en el salón, colocando la carga en el pasamanos y encendiendo la larga mecha. Y tras rociar las escaleras de aceite para que el grueso de los milicianos quedara atrapado en el piso de abajo, Baron lanzaría un grito y entonces, respaldado por Hombro Viejo, el uno con el arco hueco cargado, el otro con la ballesta elíctrica preparada, empezaría a subir por las escaleras.
La guardia del interior querría averiguar lo que estaba ocurriendo, enviaría una patrulla al rellano, y oh, Ori podía imaginarse su asombro y su determinación al ver a Baron. Éste dispararía y luego se ocultaría para atraerlos. Sería una terrible sorpresa verlo allí, con las armas preparadas, los hombros voluminosos, en su armadura y su casco nuevos, una imitación cuidadosa de una cabeza taurina cubierta de remaches.
«¡Toro!», gritarían. «¡Toro!»
¿Estarían gritándolo ya?
Hasta los clípeos tendrían miedo de un maleante tan famoso, el perpetrador de un acto de muerte y rebelión tan audaz. Tendrían que atacar. Ori pegó la oreja a la madera manchada de polvo de yeso. Al otro lado se oían pasos acelerados.
—Allá van —dijo Toro a su espalda.
»Es la hora.
Alguien estaba corriendo: Ori lo oyó. Sacó su revolver de cazoleta y vio que sus manos no temblaban.
—Es la hora, vamos —dijo. La Guardia Clípea, cegada por la imagen de los incendios y la figura en retirada de Baron que, con su disfraz de toro, sacudía la cabeza de lado a lado para que los cuernos golpearan las paredes, estaría pasando en aquel preciso momento junto a la carga que Baron había colocado. Ori le había cerrado el casco. «¿Ves?», le había preguntado, y Baron había respondido, «lo bastante para matar». Y para morir. No creía que a Baron le importara.
Hombro Viejo estaría empleando su arco hueco contra cualquier miliciano cacto antes de atacar a los demás. Y a su lado, disparando con la pericia de un auténtico especialista, Baron, el falso Toro. Atrayendo a los milicianos. Toro volvió a decir que era la hora.
Lo era, casi lo era, lo sería en cualquier momento. Ori se puso tenso. Paso paso dos tres rápido rápido paso fuego.
—Ahora —dijo Toro, y esta vez era verdad. Floreció una explosión. El ruido del fuego al propagarse y el temblor de la mampostería; llovió polvo de la pared que rodeaba a Ori y entonces, en un coro de estrepitosos desplomes de materiales de construcción, la bomba que había colocado Baron destruyó la escalera que unía la habitación del piso de arriba con las batallas de los pisos inferiores. El muro del cuarto que había al otro lado de la pared de Ori se vino abajo.
—Ahora —dijo Toro, y se puso en movimiento. Ori, con el arma preparada, se situó junto a su jefe mientras éste, con un distorsionado gruñido de furia, preparaba los cuernos y cargaba, esta vez no distorsionando la realidad con técnicas herméticas sino de la forma más mundana imaginable. La pared cedió sin oponer resistencia. Y Toro pasó al otro lado, y Ori pasó al otro lado, y se encontraron en un dormitorio, entre la cal de las paredes y los fragmentos de los listones de madera, con un hombre y una mujer que los miraban.
La calma de Ori no remitió. El tiempo redujo su marcha. Los movimientos se volvieron lánguidos. Se sentía como si estuviera en el agua.
Una habitación acogedora, con tapices y pinturas, con mobiliario ornamental, una chimenea, un hombre y una mujer en un tílburi, otro hombre de pie, no, dos hombres, mirando la nube de polvo que se había formado delante del agujero y a Ori y a Toro. Había música. Alguien se movió: un hombre con un chaqué, cuyas colas se cimbrearon con elegancia mientras él levantaba un bastón que se transformó, como si fuera una criatura orgánica, en un arma parecida a una garra de metal. Estaba muy cerca de ellos y Ori, curiosamente sin miedo, levantó la pistola mientras se preguntaba si lograría llegar a su apogeo a tiempo, si podría interrumpirlo.
Toro gruñó. Toro avanzó un paso y corneó al hombre desde lejos. Dos orificios aparecieron en el pecho del guardaespaldas, que, empapado de sangre y con los ojos cerrados, fue a morir a los pies de Ori.
Ori movió su arma: paso, paso, apuntar, uno, dos, esquina, esquina. Oyó que alguien gritaba. El otro hombre que estaba de pie tenía las manos en alto y gritaba: «¡Sulion! ¡Sulion!». Ori le disparó.
El cuerpo de su contacto cayó al suelo, sangrando copiosamente por la herida recibida en la cabeza. El hombre y la mujer permanecieron inmóviles, mirando fijamente al cadáver. Toro les apuntó con una pistola de morro chato, y miró a Ori con sus ojos brillantes y blancos.
Por supuesto, no había expresión alguna en la cabeza forjada. Nadie había dado a Ori la orden de matar a Sulion. Miró el cadáver y no sintió remordimientos. ¿Había sido cosa del pánico? ¿Pretendía hacerlo? ¿A qué obedecía aquella venganza? Ori no lo sabía. Seguía sin temblar.
Toro señaló la puerta con un gesto de la cabeza: asegura la entrada. Ori pasó sobre el ensangrentado cadáver de Sulion.
El pasillo desembocaba en una interrupción carbonizada y acanalada. Abajo seguían luchando. Se preguntó cuántos de sus amigos seguirían con vida. Un fuego oleaginoso cubría las paredes como un tapiz de hiedra. Sólo les quedaban unos pocos minutos antes de que la casa se viniera abajo o los taumaturgos de la milicia sellaran el negro agujero que habían abierto en la pared.
—No tenemos mucho tiempo —dijo Ori. Se situó junto a Toro, frente a los dos últimos supervivientes, que seguían junto a la chimenea, observándolos.
En un voxiterador sonaba una suite de violonchelo, interrumpida momentáneamente por alguna grieta de la cera. El hombre, que debía de rondar los sesenta, era fornido y musculoso, y llevaba una túnica de seda. Poseía un rostro sosegado e inteligente. Sus ojos se mantenían clavados en Toro y Ori con tal precisión que éste comprendió que estaba tratando de trazar un plan. Sujetaba la mano de la mujer.
Ella debía de tener su misma edad —las evidencias históricas así lo demuestran—, aunque casi no había arrugas en su rostro. Su cabello era totalmente cano. Ori la había visto en cientos de heliotipos. Llevaba una pipa de marfil alargada, tan fina como una falange. La cazoleta todavía echaba humo. Olía a especias. Llevaba un chal, sin nada debajo. No parecía asustada, ni furiosa ni desafiante. Los observaba con la misma calma inquisitiva que su amante.
—Puedo pagarles —dijo, con voz absolutamente templada.
—Calle —dijo Toro—. Alcalde Stem-Fulcher, cállese.
El alcalde Stem-Fulcher. Ori sintió curiosidad. Más que rabia, o asco o afán de venganza, sintió curiosidad. Aquella mujer había ordenado la masacre de Paradox, había hecho que aumentara descontroladamente el número de rehechos. Aquella mujer hacía tratos clandestinos con el partido Nuevo Cálamo y dejaba que sus pogromos contra los xenianos quedaran impunes. Aquélla era la mujer que había inundado los sindicatos oficiales de informadores. Que presidía un sistema político corrompido en el que crecían como hongos contraeconomías de voracidad y latrocinio. Aquélla era la responsable de la guerra. El alcalde Eliza Stem-Fulcher, la Crobuzonia, la Máter del Sol Grueso.
—Sin duda saben que no podrán escapar —dijo el Alcalde. Su voz seguía tranquila. Hasta levantó la pipa, como si se dispusiera a fumar. Pero no parecía esperanzada. Miró a su amante, y algo se transmitió entre ellos. Una despedida, pensó Ori, y por primera vez sintió que algo crecía en su interior, una emoción compuesta que no alcanzaba a identificar. Lo sabe.
—Cállese, Alcalde.
El Alcalde y el magistrado se miraron otra vez. Eliza Stem-Fulcher se volvió hacia Toro, y aunque no soltó la mano de su amante, enderezó un poco la espalda, como si estuviera en una recepción, y sí, dio una chupada a su pipa. La mantuvo en sus labios y cerró los ojos un momento, exhaló una gran bocanada de humo por las fosas nasales, volvió a mirar a Toro y, dioses, pensó Ori con asombro, dioses, sonrió.
—¿Qué cree que va a hacer? —dijo. Indulgente como una amable maestra—. ¿Qué cree que está haciendo?
Orientó el torso entero hacia Toro, esbozó otra sonrisa, volvió a inhalar de la pipa, contuvo el humeante aliento, inclinó el rostro con curiosidad y enarcó una ceja —¿Y bien?— y Toro la mató de un tiro.
Su amante dio un respingo cuando ella recibió la bala, y se mordió el labio con fuerza, pero no fue capaz de controlar su voz, no pudo impedir que se le escapara un grito, un maullido que se transformó en un lamento. Se sentó y le sostuvo la mano mientras ella, con la cabeza apoyada en un charco de sangre, iba desangrándose. Brotaba humo de su boca abierta. El humo de la pólvora unió su cabeza y la mano de Toro en un fugaz cordón umbilical hecho de azufre. El hombre sollozaba sin soltarle la mano. Pero se forzó a callar y se forzó a levantar la mirada hacia Toro.
Ori estaba profunda y oníricamente aturdido, pero sentía en su interior la trepidación del hecho de que habían terminado y no estaban muertos. Empezó a acariciar la ida de que, dioses, tal vez pudiesen salir, tal vez fuera posible. Manos a la obra.
—Vigílalo —dijo Toro y Ori levantó el arma. Toro empezó a desabrocharse las correas que mantenían en su sitio el enorme tocado de metal. Ori no entendía lo que estaba viendo. Toro estaba quitándose el casco—. Vigílalo —se alzó de nuevo la voz, y esta vez, sin la ayuda de los mecanismos que la hacían tan poderosa, pareció titubear y tornarse humana.
Algo escapó de la atmósfera al quitarse Toro el yelmo e interrumpirse una corriente taumatúrgica. Toro levantó el metal, como un buceador quitándose la pesada escafandra de bronce. Toro sacudió su sudorosa melena.
Ori miró a la mujer, y la pistola que apuntaba al pecho del magistrado no vaciló. Llevaba mucho tiempo incapacitado para sentir sorpresa.
Toro era una rehecha, claro. Volvió la cabeza. La edad y los traumas que la habían convertido en Toro habían transformado su rostro en una masa de alambres. Su cara estaba inmóvil, dominada por una voracidad animal. No miró a Ori. Se sentó en un taburete, frente al magistrado, y dejó el casco a un lado.
Unos brazos de niño brotaban de ella. Uno a cada lado de su cara. Uno sobre cada ceja. Unos brazos de niño que se movían lánguidamente, enredándole y desenredándole el pelo lacio. Cuando llevaba el casco, cada uno de ellos estaba dentro de un cuerno. Se movían frente a su cara como los pedipalpos de una araña.
Toro se sentó y cerró los ojos, estiró los brazos y sus brazos de niño. Pasó unos momentos en silencio.
—Legus —dijo—, sé que estás afligido en este momento, pero necesito que me escuches. —Sin la distorsión, Ori percibió un marcado acento del sudoeste de la ciudad.
Ella señaló los ojos del magistrado y luego los propios: «mírame». Su arma descansaba delicadamente sobre su regazo.
—Voy a contarte mi historia. Quiero que comprendas por qué estoy aquí. —El cuerpo del Alcalde emitió un pequeño sonido de succión, provocado por algún movimiento de la sangre o los fluidos gaseosos. Miraba al techo con la concentración de los muertos—. Voy a contártela. Puede que ya la conozcas. Pero escucha.
»No ha sido fácil averiguar tu auténtico nombre, y así se supone que debe ser, pero lo he conseguido. Existe un mercado negro de la onomástica. Si te sirve de consuelo, el tuyo estaba bien escondido. He pasado mucho tiempo tratando de encontrarlo.
»Salí de la cárcel hace más de una década. Graduada, vamos a decir. Los rumores, lo que se cuenta allí dentro… Hay algo sobre todos los magistrados. Se oyen cosas. Drogas, chicos, chicas, chantaje. Tonterías, algunas de ellas. “Legus”, me dijeron, “Legus es un cabrón muy astuto. ¿Sabes que se tira a la secretaria de interior?”. Entonces es lo que era. —Señaló con la cabeza el cadáver aún caliente de Stem-Fulcher—. Era una información que siempre se repetía. Me lo dijo mucha gente de confianza, tanto dentro como fuera.
»¿Sabes lo difícil que ha sido hacer esto, Legus? —Se resistía a utilizar su auténtico nombre—. Prepararme. Tuve que luchar para conseguir el yelmo. —Los brazos de niño le dieron unas palmaditas en la frente—. Me he hecho a mí misma; llevo años preparándome. Para ser más exactos, Legus —dijo—, tú me creaste. ¿Te acuerdas?
—Hace más de dos décadas. ¿Recuerdas aquellas grandes y viejas torres de Ketch Heath? Sí, sí que te acuerdas. Allí es donde yo vivía. Maté a lo que más quería. ¿Lo recuerdas, Magister? ¿Recuerdas a mi pequeña Cecile?
»Ella lloraba y lloraba y lloraba y yo estaba llorando también, y entonces la cogí y creo que puede que lo que pasara es que la zarandeé un poco para conseguir que se callara. No lo recuerdo. Lo próximo que recuerdo es que ya no estaba. Me la llevé abajo, pegada a mi cuerpo para mantenerla caliente, a un cirujano que trabajaba gratis cada dos días de la tristeza, pero por supuesto no sirvió de nada.
»Y entonces apareciste tú —se inclinó hacia él—. ¿Te acuerdas ya?
No se acordaba. De los miles que había sentenciado a ser rehechos, ¿cómo podía acordarse de uno? Ori lo miró fijamente. Toro levantó una mano y, con el inconsciente y delicado cariño de un padre, dio un pequeño tirón a una de las manos.
—Me dijiste que era para que no olvidara. No he olvidado. —Se inclinó hacia delante y los brazos de Cecile se estiraron hacia el Magister Legus, que seguía sujetando la mano muerta del Alcalde. Hubo un ruido. Alguien estaba ensanchando el agujero que había abierto su bomba. Toro se puso el puño de gladiador—. Hace dos semanas que fue su cumpleaños —dijo—.
Es mayor que yo cuando la tuve. Mi niña pequeña.
Se levantó y apoyó la pistola en la sien del magistrado. Éste apretó la mano de Stem-Fulcher y abrió la boca, pero no dijo nada.
—Por mí —dijo ella. No parecía enfadada—. Por los hombres a los que has convertido en máquinas, por las mujeres a las que has convertido en monstruos. Tanques, chicas caracol, panto-caballos, motores industriales. Y por todos aquéllos a los que encerraste en esos lavabos a los que llamáis cárceles. Y por todos los fugados, por si alguna vez los encontráis. Y por mí, y por Cecile… y sí, fui yo, fueron mis manos las que lo hicieron y mío es el recuerdo. Cecile nunca crecerá y no descansa. Mi niña. Esto también es por ella.
Sin apartar el cañón de la pistola de la cabeza del magistrado, le propinó un golpe, y luego varios más, con el puño de pinchos, y él soltó un gruñido y vomitó un poco de sangre y, con el rostro desfigurado, levantó las manos, no para protegerse de ella sino buscando algo, no para interrumpir las cornadas del puño, éstas las recibió, aferrando la mano de su amante con tanta fuerza que los dedos muertos se abrieron. No pudo contener sus gritos de dolor ni la hemorragia mientras Toro continuaba golpeándole en una miserable perseverancia, clavándole los cuernos en el gaznate y el corazón, mientras las manos de bebé de su cara se extendían por encima de la masacre y jugaban con el pelo del agonizante magistrado.
Ori permaneció inmóvil mientras todo terminaba, y largo rato después. Esperó a que Toro se moviera: aquella mujer menuda, con su acento del sur de la ciudad y su vieja deuda. Al cabo de un minuto o más, al ver que no lo hacía, sino que seguía allí sentada con la cabeza baja mientras el magistrado la iba rodeando con su sangre, se decidió a hablar.
—Vamos —dijo. Se oía el ruido de alguien que se aproximaba—. Tenemos que marcharnos.
Ella se volvió, aunque al principio Ori creyó que no iba a hacerlo. Parecía cansada, como alguien que acaba de despertar, y sacudió la cabeza como si no entendiera su lengua. No dijo nada, pero le dio a entender que no iba a ninguna parte, que había terminado.
—Y, y… —un retazo de orgullo o respeto no permitió que Ori pareciera quejumbroso u horrorizado, y sólo siguió hablando cuando fue capaz de controlar su voz—. ¿Éste era el único camino, eh? —«Ruby», quería decir, «Ulliam, Kit, todos los de ahí abajo, ¿tenían que tomar parte en esto? Baron, maldita sea, y Hombro Viejo. Los dioses saben quién ha muerto por ti».
Toro señaló el cadáver frío del Alcalde con un ademán.
—Hemos hecho lo que querían. Hemos hecho lo que vinieron a hacer.
—Sí. —Sí, pero no es lo mismo. Era una distracción. Tú viniste por otra cosa y eso lo cambia todo, lo cambia todo.
¿En serio? ¿Acaso no hemos ganado?
Una mujer de mediana edad de las barriadas de la clase trabajadora del sudoeste de Nueva Crobuzon esperaba sentada junto a dos cadáveres cubiertos de sangre. Un joven de la Perrera sostenía un arma con mano temblorosa y escuchaba cómo se iban acercando sus enemigos. Todo había cambiado.
—Quiero irme —dijo Ori, echándose a temblar de repente, invadido por toda la ansiedad que había contenido hasta entonces. Volvía a sentir un deseo, por primera vez desde hacía días. Y lo que deseaba era escapar.
—Pues vete.
Por el carcomido agujero que habían empleado para entrar les llegaba el ruido de unos golpes, el eco de las puertas de su vacía casa, derribadas a mazazos, y unos pasos que ascendían por las escaleras.
—¡Me has asesinado!
—Por el amor de Jabber, Ori, vete. —De una patada, le lanzó su casco. El artefacto rebotó, rodó sobre los cuernos. Ori lo miró, la miró a ella, volvió a mirarlo, lo recogió—. Los embrujos han caído. Vete. —Era muy pesado.
—No sé cómo se usa. ¿Qué hago?
—Sólo empuja. Tú sólo empuja.
Empezaron a oír los gritos de los milicianos que se aproximaban.
—¿Me das tu casco?
Ella gritó. Lo que dijo fue «¡vete!», pero enseguida dejó de ser una palabra, se transformó en un mero sonido animal, una expresión de miseria. Ori retrocedió y miró a los pegajosos y ensangrentados cadáveres que seguían a su lado, la observó a ella, su forma de sentarse, tan cansada que no podía ni acariciar sus manos de niño.
—No deberías haberlo hecho —dijo—. No deberías haberte aprovechado de nosotros así. Nos has utilizado a base de bien. —Levantó la máscara. Se tambaleó bajo su peso. No le gustaba el ruido que hacía—. Los has matado. Y probablemente a mí también. Ha sido… Ha sido un honor trabajar a tu lado. —Oyó algo, unos garfios probablemente. Milicianos trepando. Gritaban el nombre del Alcalde—. No deberías haberlo hecho. Me alegro de que… de que hayas conseguido lo que querías. No tendría que haber sido así, pero también nosotros hemos conseguido lo que pretendíamos. —Bajó la máscara hasta sus hombros, y trató de hacer un saludo militar, pero Toro no estaba mirándolo.
Cuando el casco quedó apoyado sobre sus hombros, se volvió más liviano. Ahora parecía una prenda de vestir. Ori no tenía talento para la taumaturgia, pero incluso él podía sentir la energía que emanaba del metal. Sus ojos miraron a través de unos cristales que iluminaban la sala, y aclaraban los contornos; al cerrar las correas sobre sus hombros se sintió acrecentado.
Jadeó. Unas pequeñas agujas se clavaron en su cuello; sus dedos aferraron el metal. El sacrificio, la sangre para alimentar el poder de la cabeza de hierro. «¿Cómo lo hago?», trató de gritar. Sintió unas extrusiones de metal bajo los dientes e intentó morderlas o apartarlas de algún modo. Seguían mojadas con la saliva de la mujer. Su voz resonaba en sus propios oídos como un trueno.
Empuja. Ori se inclinó como le había visto a ella hacerlo y empujó con unos muslos dotados de una fuerza nueva, avanzó dando una sacudida, se tambaleó, recuperó el equilibrio y volvió a intentarlo. Apoyó las puntas de los cuernos en la pared, empujó y sólo consiguió clavarlos en la madera. Alguien corría hacia la puerta. Empuja, se dijo. ¿Pero hacia dónde?
En su afán, en su desesperado y repentino deseo de estar vivo, trató de alcanzar una urgencia, imaginó su casa, su pequeño cuarto. Pensó en él y destiló un foco a partir de su deseo, y cuando volvió a avanzar, apretó los párpados y los dientes y sintió que su ansia se coagulaba en dos nodos abrasadores donde los cuernos se encontraban con su frente, y entonces volvió a apretar y sintió que hacía presa en algo, y sonó un desgarro sensual, como si estuviera rompiendo un papel de cera muy tenso. Jadeó, y la sustancia del aire empezó a abrirse para él, y como la tensión superficial de un fluido, trató de succionarlo.
Ori se detuvo al borde de aquella pequeña abominación ontológica, aquel agujero en la que las fuerzas del universo estaban en tensión. Frente a él sólo había angustiosa oscuridad. Se revolvió, sin separar los cuernos de la herida que había abierto, y trató de captar la mirada de la mujer cuyos brazos de niño jugaban a darle palmaditas en las mejillas. Ella no lo miró. No miró los cadáveres que había dejado.
La milicia estaba en la puerta. Ori empujó, se dejó llevar por el impulso al interior de la grieta que había creado, y salió de la habitación donde el más famoso ladrón y asesino de una generación entera lloraba en silencio, donde el cadáver del amo y señor de Nueva Crobuzon se enfriaba y