El Consejo de Hierro
Séptima Parte: Mancha » 23
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—No me gusta que tengamos que huir de ellos.
—Pero si ya lo sabes. Ya sabes lo que pasa. Tenemos que hacer las cosas bien. Están armados y son más que nosotros.
—Pero si tenemos que huir de ellos, ¿por qué regresamos a la ciudad? Será mucho peor.
—Las cosas no son así. Ésa no es la idea. Hemos enviado mensajes. Con nuestro regreso, cambiaremos las cosas. Cuando lleguemos allí, ya no nos estarán esperando. Será una ciudad diferente.
Cutter y el hombre, apoyados contra una pared tras el último baile, en un vagón reconstruido. Era un viaje punitivo y, noche tras noche, los consejeros de hierro se rebelaban contra la oscuridad a ritmos improvisados.
Habían sufrido bajas, claro está, por culpa de puntales sueltos, de virus y de bacterias de la región, y de los ataques de los predadores del interior, animales que se abrían como abanicos de garras, colmillos y cirros para matar. Drogon salía de caza con las fuerzas del Consejo de Hierro y regresaba con las cabezas de extrañas bestias de presa, y con heridas e historias nuevas. Éste cambia de estado, así que lo atrapamos cuando se transformó en hielo y le atravesé el corazón. Ése ve con los dientes.
Cutter vio parte de la taumaturgia nueva que había aprendido el Consejo de Hierro. No habría servido para salvarlos de la milicia. El Consejo trataba de dificultarles las cosas a sus perseguidores volando los puentes después de cruzarlos y llenando zanjas de escombros. Judah ponía trampas gólem tras ellos, preparadas para activarse sólo cuando pasara por allí una compañía de hombres. Colocó todas las que pudo: cada una de ellas consumía un poco de su energía. Cutter se imaginaba la tierra, hinchándose y deshinchándose, transformándose en una figura de roca, una figura hecha de árboles caídos, de agua de los arroyos, de lo que quiera que hubiese allí donde Judah había colocado su trampa. Con una sola instrucción indeleble y sencilla en lugar de cerebro: «lucha». La sustancia de las tierras por las que pasaban, no salvaje sino organizada, interceptando y machacando a los milicianos a puñetazos.
Si es que la milicia llegaba tan lejos, cosa que Cutter creía posible. Algunos de ellos morirían, pero la mayoría no. Cuando desembarcaran, cuando encontraran el rastro del Consejo, ni siquiera el poder de los grandes gólems de Judah podría impedir que vinieran. La milicia les ganaría terreno a los rezagados del Consejo de Hierro, a aquéllos que el tren dejara atrás. El Consejo de Hierro confiaba en la zona cacotópica. Allí se ocultarían.
—Nunca creí que volvería a ver esto —dijo Judah. Se encontraban sobre un risco, mirando la estirada y larga columna de hombres y mujeres que había más allá de las vías, montados en mulas o caminando a paso vivo, rodeando a los niveladores y sumándose a ellos.
¿Y si el Consejo cambia de política durante el viaje?, pensó Cutter. ¿Y si, cuando estamos a mitad de camino, un número suficiente de ellos cambia de idea y decide regresar?
Allí. El sol se movía tras ellos. Su viveza parecía teñirse lentamente de verde a medida que iba aproximándose al horizonte, como si estuviera enmoheciendo. Bajo aquella luz lóbrega dirigieron la mirada hacia el norte y el este, hacia la mancha cacotópica. Habían cruzado centenares de kilómetros a lo largo de varias semanas y al fin estaban allí, en el borde.
Cutter se puso blanco al verlo.
—Qurabin —dijo—, cuéntanos un secreto. ¿Qué es? ¿Qué ocurre allí? —En el aire sonaba algo que parecía un correteo. La voz del monje respondió:
—Hay secretos que no quiero conocer.
Allí, un paisaje de la Torsión. Desordenado por aquella inefable energía perniciosa, la explosión de mutabilidad, una fecundidad terrible. Vistas. No estamos viendo la realidad, pensó Cutter. No es más que una idea. Una de las formas de su ser.
Incluso allí, en los límites del cacotopos, la tierra era liminal, en parte geografía mundana y en parte pesadilla encarnada. Era implacable, un paisaje de cuernos de roca y árboles que parecían cuernos de roca, bosques de hongos grandes como hombres y helechos que empequeñecían a los pinos jóvenes y, algo más allá, un delta en el que el cielo parecía adentrarse entre unas extrusiones demasiado elevadas. Cutter no atisbaba el menor movimiento. Aquel no-lugar se extendía hasta el horizonte. Tendrían que cruzar muchos kilómetros de él.
Cutter no sabía si lo que estaba viendo eran colinas o insectos volando a poca distancia de sus ojos: no podía ser, lo sabía, pero la imposibilidad de enfocar lo confundía. ¿Era un bosque aquello tan lejano? ¿Eso que se extendía durante kilómetros? ¿O no era un bosque sino un foso de alquitrán? O quizá no un foso de alquitrán sino un mar de huesos o una rejilla, un muro de carbón teselado o una costra del tamaño de una ciudad.
No se veía bien. Vio una montaña y la montaña cobró nueva forma, y la nieve de su cima adquirió un color que no era el de la nieve y no era nieve en realidad sino algo vivo y tenebrotrópico. Aquella materia lejana extendió unos cilios que debían de ser como árboles, en dirección a la oscuridad que estaba extendiéndose. Luces en el cielo, estrellas, y luego aves, lunas, dos o tres lunas que eran los vientres de insectos que ocupaban acres de cielo y luego desaparecían.
—No le encuentro sentido alguno. —La voz de Qurabin era terrible—. Hay cosas que el Momento de los Oculto y lo Perdido no sabe, o no se atreve a decir.
El paisaje de la Torsión era insinuante y ferviente, y estaba lleno de presencias, rocas con formas de animal que cazaban como el granito, claro está, debe de cazar y encadenaban imposibilidades. Todos conocían las historias; el árbol cucaracha, la quimera de cabra y espectro, los insectos reptil, las cosas arborescentes, los árboles que se convertían en boquetes en el tiempo. Era más de lo que Cutter podía soportar. Su mente y sus ojos no podían dejar de intentarlo, seguían tratando de contenerlo, de abarcarlo.
—¿Cómo pudieron? ¿Cómo consiguieron atravesarlo?
—No lo atravesaron —dijo Judah—. No. No lo olvides. Sólo lo rodearon. Lo bastante cerca como para dar miedo.
—Lo bastante cerca como para morir —dijo Cutter; y Judah inclinó la cabeza.
—¿Qué criaturas viven ahí? —dijo Cutter.
—Es imposible enumerarlas —dijo Judah—. Cada una de ellas es única. Hay algunas, supongo… Hay shuhn, hay orugombres en las zonas exteriores…
—Por donde vamos a pasar.
—Por donde vamos a pasar.
Estarían tres semanas, más o menos, en el linde de la zona cacotópica. Tres semanas acercándose todo cuanto el valor les permitiera a aquella región viral. Otros debían de haber cruzado la zona en el medio milenio transcurrido desde que apareciera en un borbotón de patológico alumbramiento. Cutter conocía las historias de Cally, el hombre alado; había oído rumores sobre aventuras en la mancha.
—Tiene que haber otro camino —dijo. Pero no, le dijeron que no lo había.
Es el único modo de escapar de la milicia, susurró Drogon. El único modo de asegurarse de que no van a seguirnos. No se atreverán a entrar. Son sus órdenes básicas: no entrar nunca en la zona. Y aparte —su entonación cambió, y el siseo de su respiración se hizo más rápido— éste fue el camino que siguieron a la ida. Me refiero al Consejo. Una ruta a través del continente. ¿Sabes cuánto tiempo lleva la gente buscándola? ¿Una ruta? ¿A través del humorroca, de la cordillera, de los pantanos y los túmulos? No podemos arriesgarnos a cambiarla. Éste podría ser el único camino.
Pocos kilómetros más allá, Judah se rezagó y desapareció durante varias horas. Regresó exhausto. Cutter le gritó que no volviera a marcharse solo y Judah le ofreció una de sus sonrisas beatíficas.
Camuflados entre la maleza había segmentos de vía. Los exploradores y niveladores las unían, sección a sección, y el tren seguía avanzando por el lindero de la mancha. Cutter se aferraba al tren perpetuo y dejaba que el viento lo refrescara. Todavía quedaban algunos demonios del movimiento, todos ellos domesticados ya, los hijos o nietos de los primeros devoradores de impulsos que habían mordisqueado las ruedas. La pequeña fauna etérea estaba asustada. Cutter los observó.
Observó las rocas y los árboles, y por debajo del chirrido de los engranajes y las ruedas, escuchó los balidos de animales invisibles. Había peleas porque se habían organizado turnos para dormir en los vagones. El campamento de los niveladores era una pequeña ciudad de tiendas, dispuestas en círculos para mayor seguridad. Sin embargo, nada podía impedir que parte del efecto de la mancha cacotópica se propagase.
El agua estaba racionada, pero cada pocos días, partían grupos encabezados por los escasos zahones vodyanoi del Consejo en busca de agua potable: marchaban en dirección sur, siempre, alejándose de la Torsión y del peligro. Y sin embargo cada pocos días alguno de ellos regresaba, harapiento y balbuceando, cargando con los efectos personales de alguien que se había perdido, o acarreando a alguien que había cambiado. La Torsión palpaba de noche con sus dedos de alteridad.
—Estaba perfectamente hasta que nos dirigimos a casa —gritaron los cazadores, sujetando a una rehecha que temblaba constantemente con tal fuerza y velocidad que el borrón de su cabeza y sus miembros parecía sólido sólo a medias y ella se había transformado en una masa de carne que emitía tenues chillidos—. Umbrofagia —dijeron, señalando al aterrado muchacho sobre el que la luz recaía con demasiada intensidad, y el interior de cuya boca se veía con tanta claridad como su coronilla. A veces regresaban algunos que habían sido mordidos por las rádulas de depredadores con forma de gusano y dotados de una velocidad imposible. El Consejo de Hierro se cruzaba con huellas: los finos orificios de un equinoide rex, el extraño rastro de un orugombre, grumos de tierra compacta cada cuatro o cinco pasos.
Salvaban a todas las víctimas de los animales o la Torsión que podían, cuidándolos en un vagón de ganado reconvertido en sanatorio. A las demás las enterraban. Siguiendo sus tradiciones, lo hacían delante de las vías. En una ocasión, al excavar una tumba, perturbaron los restos de uno de sus antepasados, una consejera caída durante el viaje de ida, y con tremendo respeto le suplicaron mil perdones y depositaron a su lado al último muerto.
—Esto no puede ser —dijo Cutter, furioso—. ¿Cuántos nos va a costar? ¿Cuántos más tienen que morir?
—Cutter, Cutter —dijo Ann-Hari—. Cállate. Es algo terrible, pero si nos quedáramos, si hiciéramos frente a la milicia, todos moriríamos, y, Cutter…, la primera vez murieron muchos más. Muchos más. Estamos aprendiendo. El tren perpetuo irradia seguridad. Está encantado. —Cada día colgaban las cabezas de nuevos depredadores del tren. Se convirtió en un grotesco museo de la caza.
Cuando Cutter veía a Drogon, el susurrero estaba en permanente estado de asombro. Disfrutaba de la caza incluso en aquellas tierras malditas y allá donde iban lo estudiaba todo con gran detenimiento, siguiendo con la mirada su avance entre grietas y plataformas de roca, observando el movimiento de la zona cacotópica. Estaba confiándolo todo a su memoria, tratando de entenderlo. Aquél era un modo de enfrentarse a ello. Cutter prefería otro: quería que todo acabase, quería que tocase a su fin.
Fue con las cuadrillas de carroñeros que recogían madera y carbón de la superficie, cualquier cosa que pudiese alimentar las calderas. Fue con sus compañeros a buscar agua.
El adivinador emergió del tanque de agua de los vodyanoi. Se llamaba Suechen. Era tan arisco y taciturno como, según los estereotipos, todos los vodyanoi. A Cutter le gustaba. Su propia brusquedad, cinismo y temperamento lo predisponían favorablemente hacia el atrabiliario vodyanoi.
Mientras cabalgaban, con Suechen en su silla-saco llena de agua, el zahorí les habló de los debates, de las facciones de consejeros, de las discusiones sobre la nueva dirección tomada por el Consejo. Los antiguos editores del Renegado, los cínicos, los jóvenes, los viejos asustados. Cada vez se cuestionaba más que aquella fuese la mejor estrategia a seguir, les dijo.
Apoyó las grandes palmas de sus manos en el suelo y husmeó la tierra, le dio unos golpecitos y escuchó los ecos. Los llevó hasta un lugar situado a tres horas del tren. De las rocas brotaba una corriente de agua limpia, que se acumulaba en una depresión rodeada de raíces tan poco afectadas por la Torsión que Cutter pudo imaginarse que volvía a estar en el bosque Turbio. La nostalgia lo embargó durante un prolongado instante.
Llenaron los pellejos de agua, pero la noche se les echó encima, rápida como un andrajo arrojado sobre el sol, y tuvieron que apresurarse a levantar un campamento. No encendieron una fogata.
—Tan cerca de la zona no —dijo Suechen.
Abrazados para protegerse del punitivo frío de las rocas, los dos rehechos pidieron al grupo de Cutter que les hablasen de Nueva Crobuzon.
—¿Que Rudgutter ha muerto? No puedo decir que me sorprenda. Ese bastardo llevaba una eternidad siendo Alcalde. ¿Y ahora le ha sustituido Stem-Fulcher? Que los dioses nos asistan.
Estaban aturdidos por los cambios.
—¿Que la milicia patrulla abiertamente? ¿De uniforme? ¿Qué demonios ha ocurrido? —Pomeroy les hizo un breve relato de la Guerra de los Constructos, el ataque contra los vertederos, el rumor de lo que se ocultaba en su interior. No parecía real, no se lo pareció ni siquiera a Cutter, que lo había vivido.
Durante mucho rato se negaron a creer lo que Cutter les contaba sobre los manecros.
—Nos persiguió uno —dijo—. En serio. Hace años, durante unos disturbios, Stem-Fulcher anunció que se habían, no sé cómo decirlo, puesto en contacto con nosotros, y que todos estábamos equivocados. —Los manecros, figuras de terror durante siglos, las manos salvajes de los cadáveres (según algunos), diablos escapados del Infierno (según otros), que se apoderaban de las mentes de sus anfitriones y convertían su cuerpo en algo mucho más poderoso de lo que habían sido. Si los condenados van a morir de todos modos, había dicho Stem-Fulcher, sería un sentimentalismo absurdo no extraer la conclusión evidente. Y, como es lógico, los vigilarían muy de cerca.
A pesar de ello, el anuncio había desencadenado nuevas revueltas provocadas por mera repulsión, la abortada Revuelta de los Manecros. La multitud que pretendía cruzar el Gran Alquitrán en lanchas para asaltar el Parlamento había sido derrotada por algunos de sus miembros, hombres y mujeres que, surgidos de repente de sus filas, escupían fuego por la boca, manecros diestros disfrazados con la carne de los condenados.
Cutter estuvo despierto hasta tarde. Tenía mucho miedo de cambiar.
—¿Y si la Torsión sale de ahí? —no dejaba de decir, y los rehechos trataban de tranquilizarlo, cada uno a su manera, uno diciendo que eran suficientes para hacerle frente y el otro que estaban lo bastante lejos, que no pasaría nada.
Aquella noche los atacaron.
Un sonido de desgarro despertó a Cutter y al abrir los ojos se encontró con un rostro que lo miraba fijamente a la grisácea luz de la Luna. Pensó que lo había traído consigo desde sus sueños. Oyó disparos. Se levantó alejándose del rostro que lo observaba, aquella expresión inquisitiva y monstruosa.
Cuando empezó a sentir la adrenalina, ya estaba en movimiento, ya se había levantado y estaba corriendo y pensando, ¿dónde están los demás, que está pasando, qué hago? Al entrar en el campamento vio con mayor claridad lo que estaba ocurriendo. Tropezó y trató por todos los medios de no caer al suelo.
Su grupo estaba a su alrededor, corriendo, disparando. Alguien lanzó un grito que hizo gritar a Cutter. Vio que la tienda se agitaba como una bestia hecha de andrajos mientras la criatura que estaba haciéndola trizas sacudía los jirones como si fuesen alas. Vio un movimiento ondulante y espástico y oyó el impacto de algo que caía a tierra, y luego otro. Las percusiones lo rodeaban por todas partes.
—¡Orugombres! —oyó gritar a Elsie—. ¡Orugombres!
La criatura desgarró la tela de su tienda y el viento la sacudió en el aire mientras por el centro surgía, como en un efecto teatral barato, lo que había venido a él con brutal y voraz curiosidad, lo que lo había olido desde el otro lado del hule de la tienda. Entre jirones temblorosos apareció su depredador. Larval. Kohramit. Homo raptor geometridar. Un orugombre.
Cutter no podía apartar la mirada. El rostro de la figura sonrió con lascivia y se abalanzó sobre él repentinamente, con un movimiento brusco y convulso que Cutter no fue capaz de comprender durante varios segundos.
Más alta que él y toda torso, con un tronco que parecía extenderse desde el suelo, una cabeza dos veces más grande que la suya y unos brazos largos y huesudos cuyas manos se arrastraban por el suelo con las palmas o los nudillos hacia abajo, abriéndose y cerrándose. Separó unos labios casi humanos y llenos de dientes negros, largos y afilados como clavos. Cutter no pudo verle los ojos. Dos sumideros, sendas masas de piel arrugada y sombras: si veía era gracias a la oscuridad. Se volvió y husmeó el aire, al mismo tiempo que echaba atrás la pelada cabeza y abría y cerraba lo mejor que podía aquella boca erizada de colmillos. Y entonces, en su desplazamiento, le enseñó a Cutter los cuartos traseros.
Colosal y perturbadoramente intubado, un cuerpo de oruga cuajado de acreciones de pelo, ventrículos que se abrían y esfínteres que se cerraban, grisáceo y moteado de colores admonitorios. El torso de hombre se unía como un coágulo a la parte frontal de aquel cuerpo de varios metros de longitud, los huesos de la cadera a la carne larvaria. El orugombre se movió.
Tenía un manojo de pequeñas patas palpitantes en la parte delantera, por debajo del pálido torso, y dos o tres pares de protopatas hipertrofiadas al final del cuerpo. Levantó la parte trasera formando un gran arco, clavó las protopatas en la dura tierra, izó el peso del cuerpo superior con una sacudida y enderezó aquel tubo de corporalidad, con el torso humano al final de aquella alargada fisonomía de larva que se sacudía de forma vacilante en el aire, y se apoyó en las esponjosas protopatas traseras.
Volvió a husmear el aire. Se arqueó de nuevo, asió el suelo, se estiró y tiró del cuerpo trasero. Movimientos de oruga. Un tanteo, una convulsión hacia Cutter.
El hombre disparó y echó a correr. El orugombre aceleró. Los consejeros trataron de defenderse como pudieron. Había varios orugombres en las esquinas del campamento. Una de las mulas rebuznó, y se oyeron unos gritos…
A la luz de la luna, Cutter vio a otro de aquellos hombres larva, masticando, con la boca y la parte superior del cuerpo manchados de sangre teñida de negro por la oscuridad. Cuando se alimentaba, su rostro era una parodia.
Uno de los orugombres emitió un rugido elíctrico. Los demás se unieron a él, escupiendo porquería por la boca.
Las mulas y los pequeños camellos que llevaba el grupo empezaron a aullar. Shuech disparó, y el puño de metralla arrancó cráneo y masa cerebral, pero el orugombre, demasiado estúpido o demasiado tozudo para morir, no cayó. Se aproximó con su grotesco cimbreo larvario y, con una mano coriácea, agarró a un hombre y lo atravesó de parte a parte. El hombre empezó a gritar, pero no tardó mucho en detenerse, porque el orugombre lo hizo pedazos.
Shuech arrojó cacodyl ardiente y la cáustica sustancia se esparció sobre una de las orugas, que se sacudió sin demasiada urgencia tratando de apagar el fuego. Volvió a emitir aquel sonido desde el fondo de la garganta y, al tiempo que se levantaba sobre sus protopatas traseras, se convirtió en una antorcha que los iluminó a todos.
Las criaturas bloqueaban todas las salidas. Estaban atrapados en una terraza sobre un barranco, con el suelo cubierto de una gravilla demasiado suelta que impedía correr. Cutter se pegó a la roca y disparó. Alguien gritó. Judah murmuraba.
El orugombre más retrasado hizo rechinar sus dientes. Su cabeza reventó. La materia roció a sus compañeros. Pomeroy recargó el lanzagranadas.
Cutter vio que empezaba a crecer una sencilla vida vegetal en las huellas que dejaba un taumaturgo del Consejo de Hierro, un residuo de musgo-magia. El musguista emitió un gruñido y una masa de manchas moteó la piel de uno de los orugombres, una película de briofitas que empezó a ocluirle la boca y los orificios de los ojos. El monstruo se encabritó, sacudido por convulsiones, y al tratar de arrancarse la película vegetal con las uñas se lastimó y empezó a sangrar un líquido espeso.
Los consejeros disparaban chakris, gruesos discos planos, o flechas con puntas como guadañas. Los orugombres sangraban copiosamente, pero no se detenían, Judah se adelantó con una furia casi sagrada en el rostro. Tocó el suelo. Un espasmo recorrió sus nudosas manos.
Durante un segundo no ocurrió nada, pero entonces, justo delante de los orugombres, la tierra empezó a combarse y a adoptar la forma de un humano colosal, una intervención somática en la roca y el regolito… y entonces algo vaciló en el éter y se rompió. Judah se tambaleó y cayó pesadamente sobre la grava. El suelo recobró la normalidad. La forma humana que había empezado a desagregarse de él volvió al caos.
Cutter gritó el nombre de Judah. Judah tenía la cabeza entre las manos. Uno de los orugombres estaba a un paso de él.
Pero Pomeroy estaba allí, con la espada en la mano. Con una valentía sicótica y condenada, mientras Elsie chillaba de espanto, hundió el arma en el abdomen humano del orugombre.
Era un hombre muy fuerte. La criatura incluso se detuvo un momento al sentir la estocada, y Pomeroy soltó la espada, retrocedió un paso y acudió a ayudar a Judah, quien se recuperó y levantó la mirada en el mismo instante en que el orugombre cogía a Pomeroy por la cabeza. Su enorme palma se cerró sobre la cabeza del hombre y empezó a zarandearlo con el salvajismo ausente de un bebé.
Cutter oyó el crujido del cuello de Pomeroy y el chillido de Elsie. El orugombre sacudió el cuerpo de Pomeroy. Judah se agazapó y volvió a levantar el gólem de tierra. Esta vez nada lo interrumpió. Se adelantó de una gran zancada, derramando parte de su sustancia, y golpeó al más cercano de los monstruos. El enorme puñetazo hizo volar a la criatura. Su mitad de oruga se flexionó; cayó y golpeó el suelo con un explosivo chapoteo.
Elsie estaba llorando. Los demás orugombres estaban aproximándose y Judah cerró el puño y el gólem se interpuso en su camino. Caminaba con unos pasos que eran los pasos de Judah, hubiera jurado Cutter, imitados por la tierra. Se situó delante de los consejeros y derribó a otra de las criaturas.
Tras un momento de indecisión, que los exhaustos consejeros aprovecharon para disparar, los orugombres empezaron a retroceder frente al poderoso gólem. Dos de ellos descendieron por la pared de roca vertical y el tercero quedó trabado en un sucio y sanguinario forcejeo con el gólem, que antes de desmoronarse se arrojó por el precipicio llevándoselo consigo.
Judah se arrodilló junto a Pomeroy y los consejeros de hierro corrieron a ayudar a sus camaradas. Cutter, temblando, se asomó sobre el borde del acantilado. Los orugombres descendían reptando por la superficie vertical. El suelo de roca estaba sembrado de cadáveres y cubierto por la tierra rojiza del gólem.
Cutter acudió junto a Pomeroy y abrazó a su amigo muerto. Abrazó a Elsie, que estaba aullando, que se echó a llorar sobre él. Judah estaba destrozado. Cutter lo abrazó también, lo atrajo hacia sí. Permanecieron así un momento. Abrazados los tres, mientras Elsie lloraba y Cutter sentía cómo se iba enfriando el cuerpo de Pomeroy.
—¿Qué ha pasado? —le susurró al oído de Judah—. ¿Qué ha pasado? ¿Estás… estás bien? Has tropezado… y Pome…
—Ha muerto por mí. —Lo dijo sin el menor titubeo en la voz—. Sí.
—¿Qué ha pasado?
—Algo… Una trampa. No la esperaba. Alguien ha hecho saltar una trampa. Estoy intentando ahorrar productos químicos y baterías… Extraía casi toda su energía de mí, y no estaba preparado en ese momento. Me sorprendió y me hizo caer. —Cerró los ojos, bajó la cabeza. Besó a Pomeroy en la frente.
»Era uno de los gólems trampa que dejé en nuestro camino —dijo—. La milicia lo ha activado. Han desembarcado. Nos siguen.