El Consejo de Hierro

El Consejo de Hierro


Séptima Parte: Mancha » 24

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En la costa, a cientos de kilómetros de distancia (dijo Judah), un ictíneo, uno de los nuevos Icthyscaphoi experimentales de Nueva Crobuzon, ha debido de tocar tierra. Un pez colosal que habrá salido del océano reptando sobre unas aletas convertidas en patas atrofiadas hasta que éstas cedan bajo su propio peso y el enorme pez rehecho se quede allí tirado, temblando. Así es como debe de haber sido.

Un híbrido de tiburón y ballena, distendido por medio de taumaturgia hasta alcanzar el tamaño de una catedral, cubierto por una costra de varicela, un sistema de tuberías más anchas que un hombre, ganglios protuberantes como venas prolapsas, unas aletas del tamaño de barcos y dotadas de bisagras engrasadas, una fila dorsal de chimeneas que escupen una humareda blanca. La boca del pez-cosa (dijo Judah), anclada con cadenas, debe de haberse abierto con un chirrido de industria, como un puente levadizo, mientras el ribete de la mandíbula inferior desciende para dejar salir a los hombres de la milicia de Nueva Crobuzon, empuñando sus armas, buscando al Consejo de Hierro.

—No fue tan fácil la primera vez que pasamos por aquí. Estábamos vagando, tratando de alejarnos de la mancha, y los caminos se retorcían y nos conducían directamente hacia las entrañas de la Torsión, hacia un cielo que parecía un montón de entrañas o de colmillos. Perdimos a muchos entonces —dijo el hombre.

Era uno de los supervivientes, un rehecho de la Perrera. No tenía manos. En lugar de la izquierda, un manojo de patas de pájaro formando un coágulo de garras, y en lugar de la derecha, la cola de una gruesa serpiente. Era un escaldo, un bardo del Consejo de Hierro, y el aparente titubeo de su narración era un juego: relataba la historia en una compleja y fascinante síncopa que simulaba inexperiencia. Su historia era una especie de homenaje para las víctimas de los orugombres.

—Perdimos a muchos. Fueron al vidrio y desaparecieron sin más, en una colina que era hueso y luego un montón de huesos y luego de nuevo una colina. Descubrimos formas de atravesar esta frontera. —No había un solo científico en el mundo de Bas-Lag que supiera más sobre la Torsión, sobre el cacotopos, que el Consejo de Hierro.

»Ahora regresamos, la tierra está descascarillada, y la Torsión ha hecho lo que ha hecho. Algunos de los raíles que escondimos han desaparecido, otros están retorcidos como sacacorchos, otros son agujeros con forma de rieles, otros son reptiles hechos de roca. Pero todavía quedan los suficientes para seguir. Para salir por el otro lado, donde sólo las llanuras nos separarán de Nueva Crobuzon. Cientos de kilómetros, puede que semanas, pero no los años que antes nos hubiese costado.

Muchos kilómetros al oeste, la milicia de Nueva Crobuzon seguía su rastro.

Los orugombres volvieron. Esta vez atacaron el tren, y fueron repelidos, pero a un elevado coste. Avanzaron reptando, meneando el cuerpo con aquel movimiento propio de gusanos, y hasta llegaron al tren, lo mordieron, y le dejaron las marcas de sus dientes y su cáustica saliva. Muchos consejeros murieron para repelerlos. Hubo otras criaturas: sombras con forma de perro, y simios con voces de hiena y un pelaje hecho de hierbas y hojarasca.

La tierra desafiaba al Consejo. Cambiaba en un proceso de acelerada corrosión, en una transformación tectónica de velocidad sicótica, como si allí el tiempo fuera ajeno a sus propias leyes. La tierra bullía. Había espacios de súbito y extremo frío, donde el hielo combaba los rieles, y zonas cálidas donde las paredes de roca se aproximaban a ellos y una colinas llenas de vida los acechaban.

Tendían sus vidas sobre un suelo que apenas era lo bastante sólido para sustentarlas, con unas traviesas que apenas eran lo bastante fuertes, y apenas estaban lo bastante juntas. Era un ferrocarril precario, que existía sólo el tiempo justo para que pasara el tren y luego desaparecía. Levantado por los rehechos y por los consejeros jóvenes que nunca habían visto la antigua casa de sus padres. Sobre una vasta ciénaga, un marjal que devoraba las vías.

Cutter levantaba la vista de vez en cuando, dejaba el martillo o la carretilla llena de grava, y veía el fulgor de la mancha cacotópica en la distancia: el gruñido del cielo y el paisaje, una cara de niño, una explosión de hojas, un animal en la incertidumbre del aire y las colinas. Ya ni siquiera lo vemos, pensaba, lleno de asombro, y sacudía la cabeza. El cielo estaba despejado, pero un fino calabobos caía sobre ellos. Te puedes acostumbrar al desatino más grotesco, pensó.

Al correrse la voz de que la milicia los seguía se instaló entre ellos una especie de calma.

—Se detendrán en la mancha —dijo Judah, pero Cutter se dio cuenta de que ya no estaba tan seguro. Cutter sacaba heliotipos del tren estacionario, del inestable paisaje y de criaturas que no eran insectos ni lagartos, ni pájaros ni engranajes de metal sino algo fortuito, una obra de la Torsión inspirada en todas estas cosas.

Judah guardaba silencio. Parecía ensimismado. Una noche acudió a Cutter y dejó que se lo follara, cosa que Cutter hizo con la urgencia y el amor que no siempre era capaz de controlar. Judah le sonrió y lo besó y le acarició la mejilla, dioses, no como un amante sino como una especie de sacerdote.

Pasaba la mayor parte del tiempo en el vagón laboratorio, abarrotado con el detrito de sus brujerías. Encendía el voxiterador. Escuchaba una vez tras otra las grabaciones de los cantos de los lanzancudos. Cutter vio sus libros de notas. Estaban llenos: partituras musicales con rayas de colores, preguntas, interrupciones. Judah tarareaba entre dientes.

Una vez Cutter lo vio, de pie bajo la media luz del final del día, subido a la locomotora del tren perpetuo. Le oyó murmurar una canción-ritmo, mientras se daba palmaditas en el rostro con una mano y chasqueaba una síncopa con los dedos de la otra. Había unas motas alrededor de su cabeza, inmóviles, un puñado de manchas dispersas, moscas y mosquitos de las montañas que no se movían con el viento: una antinatural y profunda inercia. Cuando el tren, con una sacudida avanzó unos metros, Judah dejó tras de sí la nube de inmóviles insectos.

Los consejeros dracos volaban. Estaban buscando el final de la zona. Algunos de ellos, por descontado, no regresaban. Se esfumaban en un pliegue de aire o de repente olvidaban cómo se volaba o se osificaban o se convertían en cachorros de draco o en nudosas marañas de cuerda. Pero la mayoría sí volvía, y tras muchos días en aquellas regiones híbridas de lo monstruoso y lo cotidiano, dijeron a los consejeros de hierro que estaban aproximándose al final.

Tendieron sus últimos rieles siguiendo un camino que, según los geovidentes, era ambulatorio, se desviaría y confundiría a sus perseguidores. Con la locomotora cubierta de cabezas de depredadores nuevos, de carne reciente, y los vagones arañados y marcados por su presencia, el Consejo de Hierro emprendió el ascenso de una ladera. Cutter ya no era capaz de imaginar una tierra que no estuviese mancillada por el influjo de la Torsión.

Coronaron la loma precedidos por los martillazos y seguidos por las cuadrillas que levantaban el hierro a su paso. La mirada de Cutter recorrió un paisaje de humorroca azotado por los vientos. Era un lugar vívido y extraño, pero sin la patología, la aterradora y cancerígena fertilidad de la zona cacotópica.

—Oh, dioses —se oyó decir a sí mismo. Hubo una ovación, espontánea, de absoluto deleite—. Oh dioses Jabber joder joder y joder, hemos salido, hemos salido.

Tomaron una ruta que discurría por el mismo borde, por la cordillera litoral que separaba los últimos confines de la Torsión de la tierra sana. Tendieron su camino de metal sobre la llanura de humorroca y regresaron por él a la tierra natural.

El tren perpetuo se abrió camino por las tierras del humo sólido. Los vientos habían levantado grandes pliegues irregulares, cúmulo-nimbos de roca sobre cuya cara lisa tendieron rápidamente las vías, temiendo que pudieran revertir a su estado anterior en cualquier momento.

—Allí abajo está el camino por el que vinimos —dijo Judah. La senda que excavaran en su momento se la había tragado una inundación de roca.

Judah, Cutter y Cañas Gruesas caminaban por la cara de sotavento de la nube sólida, junto al borde del cacotopos.

—Algunos estamos asustados —dijo Cañas Gruesas—. Las cosas se nos han ido de las manos. Da la impresión de que no tenemos elección en lo que estamos haciendo. —Su voz sonaba débil en aquel viento cálido.

—A veces no hay elección —dijo Judah—. A veces es la historia la que decide. Sólo hay que confiar en que la historia no se equivoque. Mirad, mirad, ¿no es eso?

Habían encontrado lo que buscaban: una pared vertical de roca, babeado de hiedra, en la que asomaban algunos arbustos. Había algo diferente en el suelo, el resto de una acanaladura, de una antigua excavación explosiva. Un sendero visible bajo dos décadas de vegetación.

—Por ahí es por donde vinimos —dijo Judah—, la primera vez.

Se detuvo junto a la pared de nubosa roca y arrancó una planta, y Cutter vio que no era una planta sino un hueso que brotaba de la roca. Un carpiano marchito, con varios jirones de cuero desgastado adheridos.

Judah dijo:

—Fue demasiado lento.

Un hombre incrustado. Atrapado por una marea de humorroca. Cutter lo miró con los ojos muy abiertos. Alrededor del hueso había un círculo de aire, el delgado espacio que había ocupado la carne del brazo, que se había descompuesto en su interior. Seguro que había un vaciado con forma de hombre, excavado por las larvas y las bacterias. Un defecto en la roca, un osario con forma de hombre. Relleno de huesos y polvo de huesos.

—Un consejero o un miliciano. Ya no me acuerdo. ¿Y tú, Cañas? Había otros. Aquí y allá. Cuerpos en la roca. —Treparon a la cima del risco. El Consejo de Hierro se movía tras el tintineo de sus martillos, rodeado por una nube de dracos que parecían hojarasca levantada por el viento entre la humareda de sus chimeneas. Cutter siguió su avance con la mirada. Percibió la rareza de sus contornos, sus torres de ladrillo y piedra, los puentes de cuerda que comunicaban sus vagones, sus huertas y el humo de sus chimeneas, ecos de las nubes de roca que había en su cabeza y en su cola.

Más al este, los cañones oxidados de las armas de la milicia asomaban por la pared de roca.

En la tierra que había al otro lado, la tierra que se extendía hasta la propia Nueva Crobuzon, había llegado el otoño. Los consejeros dirigieron miradas incrédulas al agua, a los bosques, a las colinas y a sus propios vagones. No podían creer a dónde habían llegado.

Los mapas heredados de cuando el Consejo de Hierro todavía pertenecía a la FT volvieron a ser de utilidad. El tren perpetuo estaba todavía sumergido en la tinta más fina, el cuadriculado beige que indicaba tierra ignota, pero hacia el este las indicaciones iban haciéndose más precisas. El punteado del bosque bajo, las acuarelas de las ciénagas, los contornos de las colinas marcados con líneas precisas. Aquélla no era la región en la que habían tendido sus vías, pero estaba dentro de la esfera de influencia de la ciudad.

Lo comprobaron y volvieron a comprobarlo. Fue una revelación. Estaban aturdidos y asombrados.

—Aquí, al otro lado del lago. Mar de Telaraña está al sur. Tendríamos que evitarla, dirigirnos al norte del lago lo antes posible. Llevaremos la justicia del Consejo a Nueva Crobuzon.

Ni siquiera el saber que la milicia los seguía los asustaba ya.

—Nos siguen. Han entrado en la mancha —le dijo Judah a Cutter—. Han activado un gólem trampa que dejé en el cacotopos. —Ningún miliciano se había adentrado tanto. Debe de ser un regimiento de elite, consciente de que el Consejo regresaba a Nueva Crobuzon.

—Iremos a las colinas. —Varios días por delante, se levantaba una espina dorsal montañosa que se extendía durante ochocientos kilómetros hasta llegar a Nueva Crobuzon—. Los despistaremos. Cruzaremos las colinas con el tren. Hasta Nueva Crobuzon.

Aún les quedaban meses de viaje, pero avanzaban deprisa. Enviaron exploradores para comprobar dónde podían necesitar puentes o vados, dónde tendrían que desecar ciénagas las cuadrillas, dónde excavarían túneles los excavadores y geotaumaturgos. La historia aceleró su paso.

Drogon el susurrero estaba radiante. Hablaba constantemente al oído de Cutter, diciéndole que no podía creer que hubiesen pasado, que lo hubiesen conseguido, que estuvieran tan cerca de su hogar. Hay que poner esto por escrito, dijo. Tiene que dejar constancia. Nadie lo había hecho nunca, y muchos lo han intentado. Todavía nos espera un largo camino, por una tierra que nadie conoce demasiado bien, pero vamos a conseguirlo.

Judah, sentado sobre el tren, observaba el paisaje, despojado bruscamente de toda antinaturalidad.

—No estamos seguros —le dijo a Cutter—. No podemos decir eso. —Pasaba mucho tiempo solo, escuchando su voxiterador.

—Judah, Cutter —dijo Elsie—, deberíamos volver a la ciudad.

Había pasado en silencio aquellos días, desde la muerte de Pomeroy. Había encontrado una serenidad que le permitía vivir en su soledad.

—No sabemos lo que está ocurriendo allí; no sabemos en qué estado se encuentra. Tenemos que avisarles de que vamos. Podríamos influenciar las cosas. Podríamos cambiarlas.

Todavía les quedaba un largo camino, y había muchas cosas que podían detenerlos.

Tiene razón, le dijo Drogon a cada uno de ellos. Tenemos que saberlo.

—No creo que importe —dijo Judah—. Iremos, más adelante. Iremos y prepararemos una bienvenida, la prepararemos para ellos.

—Pero no sabemos lo que podemos encontrarnos…

—No. Pero no supondrá mucha diferencia.

—¿De qué estás hablando, Judah?

—No supondrá diferencia.

Bueno, si él no quiere ir, me da igual. Iré solo, dijo Drogon. Voy a regresar a la ciudad, creedme.

—Nos encontrarán, lo sabéis, ¿no? —dijo Elsie—. Aunque viremos hacia el norte. Mar de Telaraña se enterará de que estamos aquí.

—Bueno, ni que el Consejo no pudiera vérselas con la gente de Mar de Telaraña, joder… —dijo Cutter, pero Elsie lo interrumpió.

—Y si Mar de Telaraña nos encuentra, Nueva Crobuzon no tardará mucho en hacerlo. Y entonces tendremos que hacerle frente de nuevo. A los que nos están siguiendo y a los que saldrán a nuestro encuentro.

Uno de los vagones del tren perpetuo estaba cambiando. Creían que habían pasado por el borde de la Torsión sin sufrir demasiado, que la única consecuencia de su viaje era el vagón sanatorio, lleno de pacientes afectados por extrañas dolencias o agonizantes. Pero parte de la miasma cacotópica actuaba con demasiada lentitud como para ser percibida. Había tres personas en el furgón de mercancías cuando empezó el sarcoma de la Torsión. El tren estaba cruzando unas lomas tapizadas de vegetación de altura, entre formas de roca que arañaban el aire. Una mañana, mientras caía una lluvia tan fina que parecía polvo y los peones tenían que calentarse las manos después de cada martillazo, las puertas dejaron de abrirse. Los consejeros que había dentro sólo pudieron lanzar gritos por las grietas de la madera.

Usaron un hacha contra el furgón, pero el arma rebotó sin levantar siquiera la pintura o astillar la madera, y los consejeros comprendieron que se trataba de los últimos dedos de la mancha cacotópica. Pero para entonces las voces de los que estaban dentro se habían ido apagando con lasitud, como si aceptaran una especie de rendición.

A lo largo de toda la noche se volvieron más y más lánguidas. Al día siguiente el vagón había cambiado de forma. Ahora era bulboso y estaba distendiéndose, mientras la madera se estiraba y sus tres víctimas emitían apagados sonidos acuáticos. Las paredes se volvieron traslúcidas y empezaron a distinguirse formas en su interior, formas flotantes, como si estuvieran sumergidas en algún fluido. Las planchas, los clavos y la fibra de madera se volvieron primero opalescentes, y luego transparentes, mientras el furgón empezaba a rebosar grasa sobre las ruedas y los consejeros del interior parecían cada vez más tranquilos en aquel medio denso por el que nadaban. Todo lo que se guardaba en los cajones perdió la forma y quedó flotando allí, como un montón de impurezas.

El furgón se convirtió en una vasta célula membranosa, con tres núcleos que conservaban aún una vaga forma humana flotando en el citoplasma. Observaban a sus compañeros y los saludaban con atrofiados brazos-flagelo. Algunos consejeros querían desacoplar aquella monstruosidad, dejar que se alejara rodando sobre las vías y prosperara o pereciese de acuerdo a su nueva biología, pero otros dijeron, «son nuestras hermanas las que están ahí dentro», y no se lo permitieron. El largo tren continuó su marcha llevándose la corpulenta y temblorosa criatura amoébica y a los sonrientes habitantes de su interior.

—En el nombre de Jabber, ¿qué es eso? —preguntó Cutter a Qurabin.

—Nada en el nombre de Jabber. No lo sé. Hay cosas que no quiero averiguar. Y aunque quisiera, hay cosas que no tienen significado, preguntas sin respuesta. Eso es lo que es.

Dos semanas después de haber salido de la zona cacotópica, tuvieron su primer encuentro desde hacía veinte años con alguien del este. Un grupillo de nómadas que salió a recibirlos desde las colinas. Una banda de librehechos, veinte o treinta en total. Formaban una banda variopinta y curiosa, con una rareza entre sus filas, un vodyanoi rehecho entre hombres y mujeres reformados para servir en la industria o como ejemplo.

Se aproximaron al tren con cautelosa cortesía.

—Hemos hablado con vuestros exploradores —dijo su líder. Era una mujer con varios látigos orgánicos en el cuerpo. Parecía incapaz de apartar la mirada de ellos, y Cutter tardó un buen rato en comprender que lo que había en sus ojos era asombro y temor—. Decían que veníais.

Los rehechos del Consejo la miraron a ella y a los bandidos que la seguían.

—Hay muchos cambios —les contó la librehecha aquella noche, durante la humilde fiesta que celebraron para agasajarlos—. Algo está pasando en la ciudad. Está bajo una especie de asedio. Tesh, creo. Y algo más, algo que está pasando dentro. —Pero estaban demasiado lejos y habían pasado demasiados años alejados de la ciudad que los había construido para conocer los detalles. Nueva Crobuzon era casi tan legendaria para ellos como para los consejeros.

No se unieron al Consejo: les desearon buena suerte y continuaron con su vida de desarraigado bandidaje en las colinas, pero los siguientes rehechos con los que se encontraron sí que lo hicieron. Llegaron para presentar sus respetos, para idolatrar (Cutter se dio cuenta de ello) a aquella ciudad de rehechos libres, y se quedaron como ciudadanos, como consejeros a su vez. Al llegar a la orilla norte del lago que los escudaría de Mar de Telaraña, toparon con los primeros librehechos que estaban buscándolos deliberadamente.

Debían de estar circulando rumores por las extrañas vías secundarias del continente, las veredas que unían las comunidades y a los itinerantes. Cutter se lo imaginó como una infección. Hebras de rumores, un fibroma que comunicaba Rohagi entero. «¡El Consejo de Hierro se acerca! ¡El Consejo de Hierro ha regresado!».

El Consejo estaba fracturándose. Su impulso era tan grande que no podría haber dado la vuelta. Pero cuanto más se aproximaba a la metrópolis, más crecían la ansiedad y las vacilaciones de los consejeros.

—Ya sabemos cómo es —decían—. Ya sabemos lo que nos espera allí.

Pero al mismo tiempo, más convencidos y mesiánicos se volvían sus hijos. Aquéllos que nunca habían visto la ciudad ardían en deseos de visitarla, por alguna razón: ¿por qué, por venganza? ¿Odio? Puede que fuese un afán de justicia.

Ahora eran siempre ellos los que encabezaban los trabajos, jóvenes que tal vez no tuvieran la fuerza acrecentada de sus padres, pero que blandían sus mazos con energía y voracidad. Los rehechos seguían poniendo vías a su lado, pero los consejeros más viejos eran ahora los seguidores.

Ann-Hari era diferente. Estaba en éxtasis. Se mostraba insistente, exigía que marchasen más deprisa. De vez en cuando se encaramaba a algún afloramiento de roca, trepaba con tosca elegancia a algún altozano saliente y gesticulaba en dirección al tren perpetuo como si lo controlara, como la directora de una sinfonía de vapor.

Se había vuelto muy rápido, repentinamente: seguían excavando su camino, advertidos por los exploradores de la presencia de este pequeño barranco, de aquel riachuelo. Las cuadrillas de trabajo construían formas híbridas combinando las tradiciones de Nueva Crobuzon con los extraños conocimientos del oeste: puentes de vigas ancladas por medio de una vegetación tupida, puntales que no eran de roca sino de color sólido, y que sólo podían cruzarse cuando les daba la luz.

—¡Hay una guerra! —les contó un librehecho—. Tesh dice que ha detenido sus ataques, y luego resulta que no. Dicen que hay dos enviados de Nueva Crobuzon, solicitando por separado las condiciones de paz. Nueva Crobuzon ya no habla con una única voz.

Si los librehechos de la campiña saben que venimos, pensó Cutter, es imposible que la gente de Nueva Crobuzon no lo sepa. Las noticias vuelan. ¿Cuándo nos saldrán al paso?

Cada pocos días Judah sufría un espasmo, y entonces sabían que los milicianos que lo seguían habían activado alguna de sus trampas. Cada una de ellas debía de costarles unos pocos soldados, pero pocos días después se activaba otra y entonces sabían que no se habían detenido. Judah seguía el rastro a su avance con sus momentos de debilidad.

—Están ahí —dijo finalmente—. Ésta la he reconocido. Están en el cacotopos, sin duda. No puedo creer que nos hayan seguido hasta allí. Deben de estar desesperados. —¿Cómo sería un gólem hecho de materia de la Torsión, con la a-vida canalizada por aquella lóbrega matriz?

Las cuadrillas de niveladores se dispersaron por delante de ellos, y los peones dirigieron sus pasos hacia el norte y el este, y a pesar de que se llevaban los rieles y las traviesas una vez que habían pasado, dejaban una tierra permanentemente marcada por su paso: un reguero de piezas de metal, las cicatrices de una vía férrea. El cielo se volvió más frío y a través de la oscuridad del aire se hizo visible un macizo. Llegó una llovizna oscura.

Allí, a unos cuatrocientos kilómetros al oeste del muñón del ferrocarril de Nueva Crobuzon, se encontraron con los refugiados. No eran librehechos sino ciudadanos, hombres y mujeres que surgieron de la niebla, empapados y apelotonados, y corrieron el último kilómetro hasta la locomotora y se postraron delante de ella como peregrinos. Fueron ellos quienes le contaron a Ann-Hari, a Judah y al Consejo de Hierro lo que había ocurrido en Nueva Crobuzon, lo que estaba ocurriendo, la historia del Colectivo.

—Oh, por los dioses —dijo Elsie—. Lo hemos conseguido. Ha ocurrido. Ha ocurrido. Oh, dioses. —Estaba extasiada. El rostro de Judah estaba radiante.

—Todo empezó en la Perrera —dijo un refugiado—. Surgió de la nada.

—Nada de eso —dijo otro—. Sabíamos que veníais: el Consejo. Algunos dijeron que había que prepararse para cuando llegarais.

Estaban terriblemente asustados por el Consejo de Hierro. Aquellos fugitivos estaban hablándole a las figuras que habían visto innumerables veces, a lo largo de los años, en el famoso heliotipo. Casi había que forzarlos para conseguir que hablaran.

—No hay trabajo: la gente está hambrienta. Está la guerra, y los milicianos que le cuentan a la gente la verdad, y los ataques de Tesh. Todos tenemos la sensación de que corremos peligro y de que la ciudad no puede protegernos… Y entonces oímos que alguien ha ido a buscar al Consejo de Hierro. —El rostro de Judah se volvió para escucharlo.

—¿Ataques de Tesh? —dijo Cutter. El hombre asintió.

—Sí. Manifestaciones. Y, bueno, entonces el gobierno empieza a decir que va a sondear a Tesh, a poner fin a la guerra, pero reina el caos y nadie sabe si van a hacer lo que dicen. Hay otra manifestación ante el Parlamento para exigir protección, y entre las filas de los manifestantes aparece otra gente, pidiendo otras cosas a gritos, repartiendo panfletos. Gente del Caucus, creo. Pero entonces aparecen las esferas de guerra y los shuhn, y la milicia se nos echa encima.

»Y alguien empieza a gritar que los dirige un manecro. Y la gente empieza a luchar.

»Yo no estaba allí. Me lo han contado, nada más. Hay cadáveres en las calles. Y cuando la gente consigue que los milicianos se retiren… Aparecen barricadas por toda la ciudad. Nos tocaba a nosotros hacer lo que había que hacer, solos. No necesitábamos a la milicia. No la queríamos entre nosotros.

»Después de eso nos enteramos de que el Alcalde había muerto.

Delegados de todos los barrios habían formado una asamblea, la habían disuelto y vuelto a convocar, con excitación y pánico, al comprender el pueblo que ya no había sufragio electoral, que el poder estaba en manos de cada uno de ellos. Al cabo de algunos días el anti-Parlamento había limitado esta tosca democracia; pero sólo, aseguraban, porque estaban librando una doble guerra. La mayoría del Colectivo estaba más que dispuesta a negociar con Tesh, pues le traía sin cuidado quién controlara qué en los mares del sur.

—¿Por qué estáis aquí? —preguntaron los consejeros.

Los crobuzonianos bajaron la mirada, volvieron a levantarla y dijeron que la brutalidad de la lucha los había obligado a huir, que el número de exiliados estaba multiplicándose. Llevaban semanas vagando, tratando de dar con el Consejo de Hierro.

No eran miembros del Caucus ni del Colectivo, pensó Cutter, sólo gente que se había encontrado con que formaba parte de una ciudad disidente dentro de otra ciudad, bajo un fuego cruzado, que había huido con sus pertenencias en carretillas. Habían ido a buscar al Consejo de Hierro, no por razones doctrinales o políticas, sino movidos por el temor reverente de peticionarios religiosos. Cutter los despreciaba. Pero Judah era la viva imagen de la felicidad.

—Ha ocurrido, está ocurriendo —dijo. Le temblaba la voz—. El levantamiento, la segunda Contumancia. Lo hemos conseguido. Con lo que hicimos. El Consejo de Hierro… Ha sido una inspiración… Cuando han oído que nos acercábamos…

Ann-Hari estaba mirándolo fijamente. En la luz crepuscular parecía envuelto en un halo. Habló como si estuviera leyendo un poema.

—Creamos esta cosa hace años y ha estado tendiendo sus vías a lo largo de la historia, dejando su marca. Y ahora le hemos hecho esto a Nueva Crobuzon.

Parecía sobrecogido, una criatura muy hermosa. Parecía transformado. Pero Cutter sabía que se equivocaba. No hemos sido nosotros. Han sido ellos. En Nueva Crobuzon. Con o sin el Consejo.

—Ahora —dijo Judah— entraremos en la ciudad y nos uniremos a ellos. No estamos tan lejos del final de las vías. Por Jabber, por los dioses, entraremos en una ciudad transformada, seremos parte de ese cambio. Les llevamos un cargamento. Les llevamos historia.

Sí y no, Judah. Se la llevamos, sí. Pero ellos ya tienen su propia historia.

Cutter no había ido por el Consejo de Hierro, sino por Judah. Era una culpa que jamás podría olvidar. No estoy aquí por la historia, pensó. Las cimas de las bajas montañas lo miraban. En un río helado, los vodyanoi nadaban mientras el tren holgazaneaba en sus vías. Estoy aquí por ti.

—Y ya no tendremos que enfrentarnos a la milicia —dijo Judah—. Saben que vamos, pero con la revuelta de la ciudad, no podrán prescindir de un solo hombre para hacernos frente. Cuando lleguemos, habrá un gobierno nuevo. Vamos a ser… una coda para la insurgencia. Una mancomunidad de Nueva Crobuzon.

—Ha sido duro —dijo uno de los refugiados con tono de incertidumbre—. Están atacando al Colectivo. El Parlamento ha contraatacado con fuerza…

—Oh oh oh. —Nadie vio quién había hablado. Los sonidos remitieron de repente—. Oh, vaya.

»¿Qué es eso?

Era la voz de Qurabin. Cutter buscó el pliegue de aire y vio un revoloteo de brisa.

—¿Qué es eso? —los peregrinos-refugiados, aterrados por aquella voz incorpórea, miraban con los ojos abiertos de par en par—. Decís que hay ataques, ataques de Tesh. ¿Manifestaciones? ¿De qué tipo? ¿Y qué es eso? ¡Esto, esto de aquí!

Un movimiento del aire, el cuero manchado del bolso de una de las recién llegadas, estirado por un tirón de la mano de Qurabin. La mujer gimió creyendo que se trataba de un espectro, y Cutter le ordenó que se calmara con un gesto brusco mientras Qurabin repetía:

—¿Qué es esta marca?

La mujer miró con absurdo miedo el complejo diseño espiral de su bolso.

—¿Eso? Es un símbolo de libertad. La espiral de la libertad, eso es. Está por toda la ciudad.

—Oh oh oh.

—¿Qué ocurre? ¿Qué ocurre Qurabin?

—¿Cómo son los ataques de Tesh?

La voz de Qurabin estaba más templada pero seguía hablando con mucha premura. Cutter y Elsie se pusieron tensos; la preocupación de Ann-Hari aumentó; el entusiasmo de Judah se enfrió rápidamente al comprender que estaba ocurriendo algo.

—No, no, esto… lo recuerdo. Es necesario, tengo que hacerlo, lo preguntaré… —La voz del monje temblaba.

Se extendió una sensación, como si algo se plegara hacia dentro, colores. Qurabin estaba preguntándole algo al Momento de los Secretos. Se hizo el silencio. Los refugiados parecían asustados.

—¿Cómo está atacando Tesh? —La voz de Qurabin regresó con fuerza—. ¿Habéis dicho manifestaciones? ¿Criaturas y presencias descoloridas? ¿Un vacío con forma de cosas del mundo, animales, plantas, manos, todo? ¿Y gente que muere, gente que enferma por su culpa y muere? ¿Salen de la nada, brillando con una ausencia de luz, es así? Y no cesan. ¿No?

—¿Qué es? Qurabin, por el amor de Jabber.

—¡Jabber! —Había histeria en la voz del monje. Qurabin estaba moviéndose. El emplazamiento de su voz se desplazaba a saltos entre ellos—. Jabber no puede ayudarnos, no, no. Habrá más, habrá más aún. Y está haciendo que crean que es un símbolo de libertad. La espiral. Oh.

Cutter se sobresaltó: la voz estaba justo a su lado. Sintió el soplido de un aliento.

—Soy de Tesh, no lo olvidéis. Lo sé. Las cosas que están apareciendo en vuestra ciudad, las manifestaciones… no son ataques, son ondas. De un suceso que aún no se ha producido. Son puntos en el tiempo y el espacio. Algo se acerca, algo que ha sido arrojado a la superficie del tiempo y que, como si éste fuera líquido, ha levantado ondas. Donde caen estas pequeñas gotitas adoptan la forma de cosas viscosas que emergen al mundo y lo succionan. Algo llegará pronto y estas… estas, estas espirales, estas curvas, lo están trayendo.

»Hay alguien suelto en Nueva Crobuzon. Esto es embajadomagia. Las pequeñas manifestaciones no son nada. Tesh quiere más. Van a destruir vuestra ciudad. Estas marcas… son los rastros de un hectombista.

Qurabin tuvo que explicarse varias veces.

—Quien haya dejado esa marca es un practicante de muchas taumaturgias. De las cuales ésta es la última. Es el fin de la ley. Esto se apoderará de vuestra ciudad y la arrasará hasta los cimientos. Debéis entenderlo.

—Son espirales de la libertad —dijo un refugiado, y Cutter estuvo a punto de abofetearlo para que se callara.

—¿Dicen que Tesh está hablando? ¿Dicen que hay negociaciones? No no no. Y si las hay, es una estratagema. Éste es su último recurso. Su último ataque. Meses de preparativos, una inmensa cantidad de energía. Será el fin de todo. No habrá más guerras para Nueva Crobuzon. Nunca jamás.

—¿Qué es, cómo será?

Pero Qurabin no respondió a esto.

—No habrá más guerras, ni más paz —dijo—. Y aparecerán más ondas, salpicaduras, al otro lado del suceso. Las últimas gotas. Manifestaciones en medio de la nada, después de que vuestra ciudad haya desaparecido. Van a aniquilarla.

Hacía mucho frío, y el viento que soplaba desde las alturas arrancaba humo a sus fogatas. Delante y detrás de ellos, los consejeros dormitaban en su ciudad de hierro. Se oían los ruidos de la fauna de la montaña.

—¿Qué podemos hacer? —Judah estaba horrorizado.

—Si queréis…, si queréis impedirlo, tenéis que encontrarlo. Al que está haciéndolo, al que está llamando a esas criaturas. Tenemos que encontrarlo. Tenemos que detenerlo.

»Tenéis… Tenemos que regresar a Nueva Crobuzon. Tenemos que irnos ahora mismo.

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