El Consejo de Hierro

El Consejo de Hierro


Octava Parte: Rehacer » 25

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La batalla del puente de Celosía empezó temprano. Un sol que parecía aguado iluminó el acantonamiento de las tropas a ambos lados del río. Celosía, una edificación de mil años de antigüedad recubierta de casas, unía Piel del Río, al sur del Alquitrán, con Aduja, al norte. El Colectivo luchaba encarnizadamente por el puente. Tras los primeros y asombrosos días, cuando por un breve lapso de tiempo, casi todo el sur de Nueva Crobuzon había estado, al menos oficialmente, bajo el control del Colectivo, su zona de influencia se había erosionado. Ahora, semanas después, el puente de Celosía era el punto más occidental controlado por el cabildo del Colectivo en la Perrera.

Los centinelas emplazados en la torre de la milicia de Tábano, ocupada desde mucho tiempo atrás por los insurgentes, vigilaban los movimientos de la milicia desde antes del alba, y los estrategas del Colectivo movilizaron sus fuerzas desde varios barrios. La milicia vino desde el Cuervo, cruzó Hogar de Esputo, donde los pocos hierofantes renegados que no se habían dado a la fuga elevaban plegarias por un bando, el otro, o ambos, y luego continuó hacia la colapsada miseria de Aduja. Allí, en medio del deteriorado barroquismo de la plaza Descarrío, observados por la arquitectura antaño suntuosa y ahora un poco absurda, con su pintura levantada y sus fachadas en estado ruinoso, los milicianos se desplegaron. La luz de sus espejos incidía desde miles de direcciones diferentes. Emplazaron su artillería y sus motocañones apuntando a las viejas piedras del puente de Celosía y esperaron.

Al otro lado del río llegaron las tropas del Colectivo, batallones bautizados según su zona de procedencia. «Avenida Wynion, a mí», «calle Lomo Plateado, flanco izquierdo». «Han hecho un trato con Tesh, habrá manifestaciones en el puente». Al frente de cada unidad del Colectivo había antiguos milicianos, que habían entrenado a sus nuevos camaradas lo más rápida y exhaustivamente que habían podido. Allí donde el entusiasmo popular había hecho que alguien totalmente inexperto, carente de entrenamiento o inútil fuera elegido como oficial, y un sentimiento de lealtad mal entendido les hubiese permitido conservar el puesto, se destinó discretamente a su lado a algún antiguo soldado en calidad de asesor, para que le susurrara las tácticas al oído.

Los dirigibles se reunieron como aves de carroña en los extremos del espacio aéreo del parlamento, sobre el Colectivo pero más allá del alcance de los arpones explosivos, las granadas o los escuadrones de dracos colectivistas. Al sur, los vigías escudriñaban el cielo por si había el menor rastro de aeróstatos en misión de bombardeo.

El momento de quietud se prolongó. El cabildo de la Perrera albergaba el temor de que aquello fuera un mero señuelo, y un gran ataque estuviera a punto de desencadenarse en otro lugar. Se enviaron mensajeros al puente Diáfano y a las barricadas levantadas al sur del Barrio Óseo y de la colina Mog, y los barrios de chabolas del Puente Gran Calibre, pero no estaba ocurriendo nada. A media mañana se inició el palmeteo de las explosiones: el bombardeo de cada día contra cada uno de los cabildos del Colectivo.

—El Aullido caerá hoy. —El mutuo aislamiento de cada una de las secciones había sido su perdición. Tras las primeras semanas de frenesí y excitación, la milicia había cortado las calles que unían Tábano con el Aullido y, con la conquista de Kinken, había separado el Aullido y Vadoculto del cabildo del Meandro de las Nieblas. Se habían hecho intentos de establecer un corredor aéreo, pero los dirigibles del Colectivo se habían mostrado incapaces de vencer o sortear a los del Parlamento. Las tres áreas rebeldes estaban aisladas, y sólo podían intercambiarse mensajes por medios desesperados y poco fiables.

—El Aullido está perdido. —Era el más pequeño de los cabildos, y carecía de industria, de fábricas o de armerías. La del Aullido era una revuelta de bohemios, y aunque su fervor era auténtico, tenían poco, aparte de entusiasmo y alguna taumaturgia de poca monta, para oponerse a la milicia. En una ocasión, la Perrera había enviado tropas a través de las alcantarillas y las calles de la ciudad subterránea, pero a estas alturas, algo así sería un lujo. No podían hacer otra cosa que escuchar las explosiones de la mampostería que evidenciaban que el área estaba siendo atacada.

—Puede que los del Meandro acudan a ayudarlos —dijo alguien, pero era una esperanza vana. El Meandro de las Nieblas no podía prescindir de un solo soldado. La comuna de los artistas estaba condenada.

Antes del mediodía, uno de los ciudadanos que se habían negado a abandonar el puente de la Celosía salió de su sótano con una bandera blanca y fue acribillado por la milicia. En otras casas se alzaron gritos apenas audibles.

—Tenemos que ayudarlos a salir —murmuraron los colectivistas. Aquellos ciudadanos estaban a su cuidado.

Puede que la milicia estuviera tratando de atraer al Colectivo al puente. Puede que aquéllos que, estúpidamente, habían decidido quedarse, hubieran perdido el derecho a recibir protección. En cualquier caso, los oficiales trazaron planes de rescate.

Llegó un mensajero con órdenes del consejo militar. La líder de la avenida Wynion era una joven que, al igual que los otros oficiales, llevaba un escudo con el símbolo de su batallón grabado. Avanzó con sus hombres y mujeres hacia el puente, arrastrando su viejo cañón, y, en la otra orilla, los milicianos empezaron a acercarse. Desde el sur llegaron los Artilleros del Invernadero, un pelotón de cactos.

¡Cuántos debates sobre los pelotones raciales! Cuando las bandas de hermanas de batalla khepri se habían presentado diciendo que querían luchar por el Colectivo, cuando los pelotones de cactos se habían ofrecido como infantería pesada, algunos de los oficiales habían levantado voces de protesta.

—¡Somos colectivistas! —habían dicho—. ¡Ni cactos ni humanos ni rehechos ni vodyanoi ni nada! ¡Estamos juntos y luchamos juntos! —Y como principio resultaba impresionante, conmovedor incluso, pero no siempre tenía sentido.

—¿Querría el chaver —había preguntado, provocando las carcajadas de los demás, un delegado vodyanoi a uno de los más estridentes anarquistas humanos defensores del igualitarismo exacerbado— unirse a nosotros esta noche, cuando draguemos el río en busca de minas colocadas por la milicia?

Y si los vodyanoi recibían la libertad de operar juntos (aunque cada unidad, habían insistido los igualitaristas, debía contener un oficial de otra raza, simbólico y desprovisto de poder, como expresión de sus principios y muestra de camaradería), ¿no era absurdo negársela a los demás? ¿Acaso no era cierto que un pelotón de khepri entrenadas en el uso de los aguijones tendría menos posibilidades de abatir involuntariamente a sus propios miembros?

En el caso de los cactos, era una cuestión de utilidad: hacían falta pelotones de soldados muy fuertes. Sólo los rehechos con modificaciones más importantes podían unirse a ellos, y siempre con su consentimiento. Los Artilleros del Invernadero habían accedido; entre las decenas de cactos había dos rehechos, criaturas hinchadas por el músculo injertado y el metal engrasado que las recubría.

—Una misión de rescate —les dijeron, y bajo la cobertura de los ataques combinados del Colectivo (bombas de pólvora, pirogénesis y taumaturgia), los Artilleros del Invernadero corrieron hacia el puente. Registraron las casas en busca de sus habitantes y cuando los encontraron los pusieron a salvo utilizando agujeros abiertos en las paredes que separaban los edificios.

En el bando de la milicia se veía poco movimiento. Aunque seguían disparando y las detonaciones de sus cañones abrían agujeros en la piedra y arrancaban trozos de fachada tras la que aparecían habitaciones desnudas, los milicianos estaban esperando algo. El Colectivo, envalentonado, empezó a avanzar y lanzó ataques de distracción mientras sus exploradores (hotchi, dracos, acróbatas humanos), subían a los tejados o volaban para averiguar de qué se trataba. Entonces las filas de los milicianos se abrieron y aparecieron tres hombres levitando, con un pedazo de carne colgada del cuello cada uno. Manecros.

No había ropa tendida sobre el puente de Celosía, pero sí tendederos sobre las calles, llenos de pinzas como frutos resecas, que bailaban con cada nueva descarga. Al ver a los hombres voladores, la línea de los colectivistas estuvo a punto de romperse.

Los manecros del Parlamento vestían sombreros hongos y trajes de chaqueta, con pantalones que les estaban un poco cortos. Una extraña táctica de terror. ¿Eran los cuerpos de neocalamitas condenados? ¿Podía tratarse de voluntarios, como aseguraban algunos rumores? ¿Hombres y mujeres cuya lealtad al gobierno de Nueva Crobuzon era tan absoluta que estaban dispuestos a sacrificarse para convertirse en recipientes para los manecros? Un sagrado suicidio derechista. Probablemente no fueran más que reos ejecutados, vestidos con aquellos trajes para inspirar terror.

Allí flotando, envueltos en energías taumatúrgicas y escupiendo fuego por la boca, más fuertes que los cactos, parecían súper-calamitas, pesadillas de la reacción. Sus trajes traían a la memoria la Noche de los Cristales de Kinken, cuando el partido Nuevo Cálamo había anegado el gueto khepri con una tempestad de muerte, derribando las esculturas de esputo de la plaza de las Estatuas, pisoteando a los estúpidos machos y asesinando a las hembras hasta que el suelo estuvo cubierto de agujas de vidrio, icor y sangre. Tras el ataque, tan espantoso que hasta la respetable opinión pública de la parte alta de la ciudad había quedado horrorizada, la milicia había acudido a proteger a las pocas khepri que no habían escapado ni habían sido asesinadas. Pero los calamitas no tuvieron que huir: se les permitió marcharse en formación ordenada, casi en triunfo.

Los neocalamitas, o algo con su mismo aspecto, estaban descendiendo. Los colectivistas buscaron refugio bajo las paredes de las casas bombardeadas. El polvo de los ladrillos milenarios les hizo toser.

Desde el sur llegó corriendo un hombre desnudo, que cruzó el puente a velocidad antinatural y se reunió con ellos. Adherida, no a su cuello ni a su cabeza sino a su cara, con los dedos extendidos sobre los ojos y la nariz, había una siniestra mano izquierda. Un líder.

Las guerras civiles provocaban insólitas alianzas. Había algunos manecros, pocos, que por razones desconocidas —un extraño altruismo o un cálculo político, los negociadores del Colectivo nunca lo supieron— se oponían a sus hermanos-hermanas. Puede que los colectivistas hubieran sentido repulsión al tener que concertar una alianza con aquellos símbolos de corrupción y astucia parasitaria, pero a estas alturas no habrían rechazado ninguna ayuda. Sobre todo porque varios de los manecros disidentes eran de la casta de los líderes.

Los tres manecros de la milicia eran diestros, guerreros, pero a pesar de todo su poder, viraron en el aire al ver que en la cara del hombre había un izquierdo. Trataron de situarse fuera de su alcance, pero el manecro colectivista saltó más de lo que habría podido un humano y chasqueó bruscamente los dedos. Un espasmo recorrió a uno de los hombres del traje de chaqueta al dejar de funcionar la glándula de asimilación del diestro. De pronto se convirtió en una bestia ciega de cinco dedos, aferrada a un hombre con el cerebro muerto que cayó del cielo, seguido por su sombrero hongo, sobre el lento y sucio río Alquitrán.

Con un segundo chasquido de los dedos, el manecro desnudo paralizó a otro de los hombres voladores, que cayó sobre el suelo dejando una mancha rojiza en los adoquines. Los colectivistas lo aclamaron. Pero el tercer manecro leal se había acercado volando, rápida y sigilosamente y, mientras el izquierdo empezaba a girar a su anfitrión para alejarse de su última víctima, abrió la boca de su hombre y escupió.

Una oleosa bocanada de llamas se esparció hinchándose sobre la piel del hombre desnudo. Su piel se tiñó de negro y su grasa empezó a chisporrotear, y el izquierdo lanzó un grito con la voz de su anfitrión y la suya propia, haciendo que todas las criaturas sensitivas en un radio de un kilómetro a la redonda se encogieran. Cayó en picado y las llamas devoraron su cuerpo muerto.

Los motocañones de la milicia abrieron fuego y el aire se convirtió en una trituradora. Los colectivistas buscaron refugio tras las piedras mientras el diestro volaba despreocupadamente entre las descargas, moviendo el cuerpo a sacudidas, protegiendo su mano con la carne contingente que había tomado prestada.

En los tejados del extremo norte del puente se levantó un taumaturgo, un rebelde de la Ciénaga Brock que había acudido allí a defender al Colectivo. Una corona de elictricidad envolvía su cuerpo. Sin hacer el menor ruido, empezó a despedir destellos de color cobalto, soltó un ladrido y de su boca brotó un escupitajo de color, que voló con unas alas de mariposa hasta el primero de los cañones de la milicia, describió un arco sobre él y cayó sobre los miembros de la dotación, que retrocedieron tambaleándose y arrancándose las máscaras de las manos, decolorados y ciegos.

Los hombres y el arma se volvieron quebradizos, empezaron a cubrirse de grietas y, uno a uno, cañón y milicianos se hicieron añicos. El suelo quedó cubierto de fragmentos totalmente secos.

Se produjo un nuevo estallido de entusiasmo, mientras la líder de la avenida Wynion se adelantaba disparando un mosquete, pero en ese momento el manecro descendió al vuelo girando sobre sí mismo, agitando las negras botas de su anfitrión. Se lanzó sobre una columna de colectivistas con una especie de furia juguetona y empezó a aplastarlos y a rociarlos de fuego en una espiral incandescente, dejando un reguero de cadáveres destrozados, moribundos y paredes chamuscadas.

—¡Atrás! ¡Vamos!

Los Artilleros del Invernadero salieron a las calles del puente y emprendieron la retirada disparando con sus arcos huecos a la milicia, que ya no estaba esperando sino que había iniciado el avance empujando su artillería. Los motocañones abrieron fuego de nuevo. El manecro y el taumaturgo del Colectivo se encontraban frente a frente. El hombre levantó el puño para arrojar un relámpago; el manecro lo hizo volar con una bocanada de fuego.

—¡Retroceded ahora mismo, joder! —Los milicianos estaban acercándose. Los Artilleros del Invernadero se volvieron e, inflamados de súbita furia, cayeron sobre ellos, las filas de los enormes guerreros espinosos eran formidables. Los milicianos titubearon.

El diestro escupió, pero demasiado pronto. Incineró varios tendederos. Con un grito triunfante, un cacto le lanzó un machete al anfitrión. Era un arma enorme; se hundió profundamente en la carne humana y el cuerpo se desplomó. Los cactos pisotearon y patearon al parásito y a su víctima con los troncos que tenían por pies. Pero ahora la línea irregular de los Artilleros estaba enfilada y, a pesar de las corazas de toscas planchas metálicas con las que se cubrían, las salvas de los motocañones los hicieron pedazos.

Los fatigados guerreros cactos empezaron a retirarse hacia sus propias filas. El último de los Artilleros era un humano rehecho. Llevaba una criatura moteada pegada al pie. Cuando sus camaradas cactos se volvieron hacia él, les escupió fuego sobre las caras. Habían matado al anfitrión, pero no al manecro y éste se había apoderado de él.

Un tren estrepitoso llegó sobre el cercano paso que cruzaba el puente, escasos metros por encima de ellos. En la orilla norte, una barricada bloqueaba las vías, pero al sur de la estación de Aduja, la línea Sud pertenecía al Colectivo. El tren se detuvo junto al puente, y desde sus ventanas, los colectivistas, dirigidos por un garuda de las chabolas que volaba sustentado en las corrientes térmicas provocadas por los incendios, empezaron a arrojar granadas. Los proyectiles arrasaron un poco más las calles del puente, pero lograron romper las filas de la milicia.

Pero no fue suficiente. Los milicianos tomaron posiciones en el puente de Celosía y devolvieron el fuego al tren. Al este, la negra aguja del Parlamento perforaba el cielo, un inselberg de arquitectura negra que presenciaba ésta y otras batallas (una incursión de aeronaves en los muelles de Arboleda, un ataque de la bípeda caballería shuhn en Ensenada, el ataque lanzado contra Ecomir por un regimiento mameluco de rehechos leales al régimen, insultados y tildados de traidores por los colectivistas).

—Es la hora. —Un susurro entre los comandantes del Colectivo, en Piel del Río. Bajo los arcos del ferrocarril de la estación Salpetra, en el cuartel general, Frengeler, ex-miliciano, experto en tácticas que se había pasado a los radicales, la extraordinaria mente estratégica del Colectivo, estaba gritando:

—Decidid si queréis ganar o no, joder. Se nos acaba el tiempo. Hacedlo. Volad el puente.

Quedaban pocos puentes que comunicaran directamente el territorio del Parlamento con el Colectivo: cada uno de ellos era un conducto vital que no podían permitirse el lujo de perder a manos de la milicia. Bajo la superficie del Alquitrán, los colectivistas vodyanoi que custodiaban las entradas a las alcantarillas enviaron zapadores acuáticos.

A ninguno de ellos le gustaba el trabajo que tenían que hacer. Ninguno de ellos quería destruir las viejas y amadas estructuras. Pero sentían que debían hacerlo.

Se abrieron camino entre la turbidez de las aguas hasta los puntos en los que los arcos del puente surgían del barro, y los recorrieron a tientas, pero con creciente ansiedad descubrieron que no podían encontrar sus cargas de demolición. Se agarraron unos a otros y ladraron en su lengua acuática, pero entonces, de la oscuridad de las aguas surgieron formas hostiles. «Traición», gritó alguien, mientras se les echaba encima un grupo de vodyanoi de la milicia, chamanes con corrientes de agua limpia, ondinas que atraparon a los colectivistas y empezaron a apretar.

Uno de ellos escapó. La información se propagó: «no podemos destruir el puto puente».

Al puente Diáfano, entonces. Pero, aunque esta vez los buceadores vodyanoi esperaban emboscadas, el resultado fue el mismo: los explosivos habían desaparecido. Encontrados los dioses saben cuándo y retirados. Los planes del Colectivo para cauterizar los puntos de acceso de la milicia se habían desmoronado.

—Pasará lo mismo en el puente Mandrágora y en el Aullido. Van a entrar.

Ya lo estaban haciendo. Gracias al fuego de cobertura de los cañones del Colectivo, los focos tanáthicos de sus embrujos, y sus bombas explosivas, la milicia tardó horas en avanzar por lo que se había convertido en un paisaje monstruoso de muros convertidos en filos de sierra y de ventanas sin cristales ni propósito. Pero avanzaron. El puente de Celosía volvía a ser territorio del Parlamento.

A medida que se retiraban los colectivistas, iban levantando más barricadas. Los escombros de los edificios bombardeados se usaban como cimientos, y cualquier cosa, cualquiera, escoria de las fábricas, vigas, muebles, los tocones de los árboles de Sobek Croix, se amontonaba sobre ellos. Los colectivistas tuvieron que sacrificar algunas calles al oeste de la plaza Sedilia para concentrarse en las más importantes. Enviaron mensajes a los defensores de la orilla sur para que estuvieran preparados si los milicianos viraban hacia el este desde el puente.

No lo hicieron. Cruzaron el río; y al llegar a la plaza se detuvieron y ocuparon los edificios (uno de ellos recién abandonado por los colectivistas, cuyos efectos empezaron los milicianos a mancillar sistemáticamente, arrojando heliotipos cubiertos de orina por las ventanas).

En el Meandro Griss, los insurrectos utilizaron basura con varias décadas de antigüedad para bloquear el puente Diáfano. Malado estaba siendo bombardeado, mientras la desolada población y las esqueléticas unidades que quedaban para protegerlo economizaban la munición. Nadie codiciaba Malado por sí mismo, sino como antesala de Ecomir y Arboleda, y porque, como frontera con la Perrera, el corazón del Colectivo, tenía que ser defendido.

En el noroeste de la ciudad, adonde los colectivistas de la Perrera no tenían acceso, los cabildos hermanos estaban en dificultades. Algo se estaba preparando en el Alquitrán y en Cuña de Cancro, seguramente un ataque contra el Meandro de las Nieblas. Si éste caía, con sus fábricas y sus trabajadores organizados, este cabildo del Colectivo estaba condenado.

El Aullido fue pan comido.

—Aplastaremos a ese puñado de invertidos, pervertidos y pintores en menos de lo que se tarda en rascarse el culo —había dicho un comandante de la milicia capturado, y su despectiva afirmación hizo fortuna. El capítulo del Aullido no aguantaría mucho con sus pelotones de novistas, sus batallones de bailarinas militantes y la afamada Brigada Preciosa, un grupo de granaderos y mosqueteros del colectivo, travestidos todos ellos, con vestidos de noche y un exceso de maquillaje, transmitiendo las órdenes en la jerga de los invertidos. Al principio los habían recibido con repugnancia, luego con miedo, porque luchaban con abandono; y al fin con exasperado afecto. Nadie quería ser derrotado, pero era inevitable. La milicia conquistó el puente de Celosía, derrotó a los Artilleros del Invernadero y acampó en la orilla sur del río Alquitrán. Empezó a preparar el asalto contra el corazón del cabildo de la Perrera, el bastión del Colectivo de Nueva Crobuzon. Aunque ningún colectivista se atrevería a decirlo, cundía la sensación de que era el principio del fin.

Fue en esta atmósfera, en medio de esta guerra, como Judah, Cutter y su grupo entraron en la ciudad.

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