El Consejo de Hierro
Octava Parte: Rehacer » 26
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—Dioses. Dioses. En el nombre de Jabber, ¿cómo habéis llegado aquí?
Entrar y salir del Colectivo de Nueva Crobuzon no era fácil. Las barricadas estaban custodiadas por hombres y mujeres inquietos y aterrados. En las alcantarillas había patrullas. Las aeronaves del Parlamento abatían cualquier dirigible que no fuera suyo, y los dos lados de la frontera estaban protegidos con embrujos, así que entrar o salir era una proeza épica y peligrosa.
Corrían coloridos relatos: el heroico centinela que se escabullía sigilosamente de noche para ejecutar milicianos; la unidad parlamentaria que erraba de camino en algún laberinto callejero y salía a la luz en medio del territorio colectivista. Ahora había una historia sobre una cruzada que estaba en camino para llevarse a todos los pobres y los hambrientos del Colectivo.
Como es lógico, cientos de personas habían entrado y salido del Colectivo, por alguna barricada mal custodiada, o usando la taumaturgia. La ciudad del Alcalde estaba llena de partidarios del Colectivo: en Campanario, en el borde industrial de Vado de Manes, áreas que estaban sometidas a la ley marcial pero de las que salían sindicalistas, sedicionistas y curiosos, que algunas veces lograban llegar hasta la Perrera o Ensenada, donde suplicaban que les dejaran entrar. Y el Colectivo albergaba a muchos que, por activa o por pasiva, le deseaban mal y escapaban a hurtadillas a la ciudad alta o se quedaban como espías.
Así que los que llegaban eran recibidos con alegría, pero también con suspicacia. Judah y los demás llegaron desde el este de la ciudad, atravesando las ruinas que jalonaban el puente Gran Calibre. Con la ayuda de Qurabin, un poco más desgastado con cada viaje que hacían, encontraron sendas secretas. Atravesaron barricadas. Cruzaron hondonadas de ladrillo hasta llegar a la oficina postal de la Perrera, donde se reunía el consejo delegado. Se dirigieron a los representantes del Caucus.
Cutter se sentía vacío. Muchos meses habían pasado desde que se marchara de Nueva Crobuzon y ahora se encontraba con que todo era nuevo, tremendamente diferente a como lo recordaba. Esto le hizo pensar en todo, le hizo pensar en Drey e Ihona y Fejh y Pomeroy, en los huesos enterrados bajo las vías del ferrocarril.
¿Qué ciudad es ésta?, había pensado al entrar.
Las torres del puente Gran Calibre, puntiagudos y centenarios jalones que emergían de las aguas del Alquitrán, erizadas ahora de cañones que exhalaban parsimoniosamente para bombardear la ciudad alta. Malado, siempre miserable, reformado y roto ahora por algo más que la miseria.
Por todas partes. Sobre las vigas del puente de la Cebada, las calles concatenadas con lo cotidiano, lo monstruoso y lo bello. No estaban totalmente vacías. Había soldados vendados que observaban al grupo desde las ruinas de los edificios. Ciudadanos que corrían cargados con sacos de comida, muebles y otras cosas absurdas, tratando de llevárselas de un lado a otro. Asustados.
El polvo del camino que revestía a Cutter y sus camaradas los convertía en blanco de miradas extrañas —todo el mundo estaba sucio, pero la suciedad de ellos era diferente— pero a nadie le extrañaba que viajaran juntos: dos rehechos y cuatro humanos enteros (a Qurabin nadie podía verlo) tirando de sus exhaustas monturas.
Los rehechos eran sus propias cabalgaduras. El hombre del cuerpo de lagarto, Rahul, era uno de ellos: el agente de Ann-Hari cuando nació el Consejo de Hierro, la voz que Cutter había oído en el cilindro de cera, refiriéndole a Judah la muerte de Uzman. Ya no era joven, pero aquellas patas dobladas hacia atrás seguían siendo más rápidas que las de cualquier caballo. Había llevado a Judah hasta la ciudad. El otro era una mujer, Maribet, cuya extraña transformación había adosado su cabeza a un cuerpo de percherón con garras de ave. Ella había llevado a Elsie.
Muchos de los consejeros más jóvenes ardían en deseos de ver Nueva Crobuzon, pero Ann-Hari había insistido en que el Consejo necesitaba todos los brazos útiles. Pronto verían la ciudad. El Consejo de Hierro sólo había enviado a aquellos emisarios.
Los dos rehechos lo miraban todo como granjeros de las colinas Mendican. Como si la geografía del lugar los llenara de un asombro completo. Estaban caminando por un sueño roto de su propio pasado.
Había niños en las calles. Salvajes, hacían de la arquitectura derruida el escenario de sus juegos. Las bombas se habían cobrado grandes secciones de la ciudad y habían remodelado otras, transformándolas en una mezcolanza fantástica de paredes solitarias que se mantenían inútilmente en pie, yermos cubiertos de escombros, vigas y retorcidos armazones metálicos del grosor de un brazo que brotaban de la tierra: jardines de ruina, y entre ellos, nuevas clases de belleza.
Los embrujos habían creado esculturas de ladrillo, desmoronamientos multicolores, extrañas tonalidades. En un sitio habían convertido la mitad de una pared cubierta de hiedra en un reflejo de si misma hecho de cristal. Los gatos y los perros de Nueva Crobuzon corrían por este paisaje rehecho. Ahora eran animales de presa, criaturas que vivían en estado de tensión constante: los colectivistas estaban famélicos.
Un extraño desfile. Una obra infantil montada en la esquina de una calle para una audiencia de padres y amigos desesperados y llenos de orgullo y deleite, mientras las bombas seguían cayendo. Espirales. Complejos arcos que se repetían y repetían. Qurabin, invisible, emitió un siseo, un sonido afirmativo.
Una vez hubo un momento de pánico, alguien que, mientras pasaban por allí, lanzó un aullido y huyó de una mancha de colores móviles, gritando:
—¡Una manifestación! ¡Una manifestación!
Pero lo que había asustado a la mujer no era más que un graffiti recién pintado, cuya tinta resbalaba sobre la pared. Avergonzada, se echó a reír. Sonó un claxon y pasó lentamente un aeróstato sobre el Colectivo, soltando una llovizna de bombas con un carraspeo de mortero; la gente de las calles se sobresaltó y en sus rostros aparecieron expresiones de agotamiento, pero más que asustados parecían resignados.
Había incontables estilos en las calles. Una última floración de depauperado dandismo.
¿Qué lugar es éste?, pensaba Cutter. No puedo creer que esté aquí. No puede creer que haya vuelto. Que hayamos vuelto.
Vio a Judah. Judah estaba destrozado. La miseria de su rostro era absoluta. ¿Es esto lo que hemos conseguido?, vio que se preguntaba.
Durante los últimos días de su viaje, cerca de la ciudad, los emisarios del Consejo de Hierro se habían cruzado con docenas de refugiados, pobres y no tan pobres, de la ciudad baja y la ciudad alta. Allí, a campo abierto, eran sólo los últimos.
—Es demasiado —dijo uno.
—No es lo mismo —dijeron los crobuzonianos.
—Los primeros días no era así —dijo una mujer. Llevaba un niño en brazos—. Me habría quedado. Las cosas no eran fáciles, pero al menos íbamos a alguna parte. Se vaciaban las prisiones y las factorías de castigo; se decía que Bocalquitrán había desaparecido y recibíamos mensajes del Colectivo, hasta que cayó. La comida se acabó y empezamos a comer ratas. Tuvimos que irnos.
Un aterrado tendero de Sheck aseguraba que el Colectivo había reunido a todos los ricos del sur de Galantina, había saqueado sus casas, asesinado a los hombres, asesinado a las mujeres después de violarlas, y ahora estaba criando a sus hijos como esclavos.
—Me voy —dijo—. ¿Y si ganan? ¿Y si matan al alcalde Triesti como hicieron con Stem-Fulcher? Me voy a Mar de Telaraña. Allí aprecian a la gente con iniciativa.
Caminaban por calles que Cutter conocía y que ahora habían transformado los morteros, con edificios abandonados y pintarrajeados con los colores de las facciones, con mensajes que proclamaban teorías estúpidas o iglesias nuevas, cosas nuevas, nuevas formas de ser, fraccionarios y descascarillados. El alboroto y el vigor habían desaparecido de las calles, pero seguían presentes, como un eco, en los propios edificios: palimpsestos de historia, épocas, guerras, otras revueltas embebidas en las piedras.
Había dieciséis miembros del Caucus en el consejo delegado. Pudieron encontrar a cinco. Los miraron. Abrazaron a los recién llegados. Lloraron.
—No puedo creerlo, no puedo creerlo.
Todos ellos abrazaron a Judah por lo que había hecho, encontrar al Consejo de Hierro, y a Cutter y Elsie por encontrar a Judah y traerlo de regreso. Dieron la bienvenida a Drogon. Cutter les explicó que Qurabin venía con ellos, describió al monje como un renegado de Tesh y ellos, con aire inseguro, saludaron con la mano.
Y luego a los rehechos. Los consejeros de hierro.
Uno a uno, los miembros del Caucus que formaban parte del Colectivo de Nueva Crobuzon estrecharon las manos o los miembros de los consejeros, asombrados, asustados, abyectos, con murmullos de solidaridad.
—Décadas —susurró uno mientras abrazaba a Rahul, quien devolvió el gesto con inesperada delicadeza, usando sus brazos inferiores, los de reptil—. Habéis vuelto. Chaver, ¿dónde habéis estado? Dioses. Os hemos estado esperando.
Tenían demasiadas cosas que preguntar. «¿Cómo ha sido?», «¿Dónde habéis estado?», «¿Cómo vivís?», «¿Nos habéis echado de menos?». Éstas y otras preguntas llenaron la habitación en formas mudas y espectrales. Cuando finalmente habló alguien, fue para decir:
—¿Por qué habéis vuelto?
Cutter conocía a algunos de los delegados. Una vieja mujer cacto llamada Párpado Hinchado, una proscrita, si no recordaba mal; un tal Merrimer, cuya filiación no conocía; y Curdin.
Curdin, uno de los editores del Renegado Rampante, era ahora un rehecho.
Había modas en la creación de rehechos. Cutter había visto aquella forma antes. Caballos de pantomima, los llamaba la gente. Curdin era ahora cuadrúpedo. Detrás de sus piernas se movían de forma temblorosa otras dos, dobladas a la altura de la cintura, con un torso humano horizontal que se sumergía en la carne de Curdin por encima del trasero como si fuese una masa de agua opaca. Le habían incrustado otro hombre.
—Me sacaron —le dijo a Cutter en voz baja—. Cuando el Colectivo se hizo con el control. Vaciaron las factorías de castigo. Demasiado tarde para mí.
—Curdin —dijo Judah—. Curdin, ¿qué es esto? ¿Qué está pasando? ¿Es esto el Colectivo?
—Lo era —dijo Curdin—. Lo era.
—¿Por qué vuelve el Consejo?
—Nos persiguen —dijo Judah—. Nueva Crobuzon se ha abierto camino hasta el estrecho de Fuegagua para alcanzarnos. Descubrieron dónde estábamos. Llevan años buscándonos. Curdin, nos han seguido atravesando la mancha cacotópica. El Consejo está lejos todavía, pero se acerca. Veníamos a decíroslo y a ver…
—¿Estáis seguros de que todavía os siguen? ¿Por la mancha? ¿Cómo habéis podido cruzar la mancha, maldición?
—No nos los hemos quitado de encima. Puede que hayan sufrido bajas, pero todavía nos siguen. Aunque el Parlamento no crea que el Consejo vaya a regresar, sus asesinos todavía nos persiguen.
—Pero, ¿por qué estáis aquí?
—Por vosotros, naturalmente. Maldición, Curdin. Cuando me marché sabía que estaba pasando algo. Lo sabía, y cuando el Consejo se enteró, comprendieron que era hora de volver a casa. Para formar parte de esto.
Pero tú no querías venir, Judah. Cutter lo miró con una sensación extraña.
—Vamos a regresar. Vamos a unirnos al Colectivo.
Entre la alegría que se manifestó en las caras de los miembros del Caucus, Cutter habría jurado que había una cierta ambivalencia.
—Ya no existe el Colectivo.
—Cierra la puta boca —dijeron otros al instante, mientras rodeaban a Curdin, y:
—Porque tú lo digas, joder. —Hasta los demás renegadistas parecían consternados, pero Curdin se puso de puntillas y exclamó:
—Todos lo sabemos. Nos quedan semanas, como mucho. No tenemos nada. Nos han aislado, están acabando con el Meandro de las Nieblas. Lo más seguro es que el Aullido haya caído ya. No somos ni la quinta parte del comité. De los demás, la mitad no sabe lo que quiere o quiere firmar la paz, por el amor de los dioses, con el Alcalde, como si el Parlamento estuviera dispuesto a hacerlo ahora. Es el fin. Nos quedan sólo unos días. ¿Y ahora queréis arrastrar al puñetero Consejo de Hierro a esto? ¿Queréis que lo destruyan?
—Chaver. —Era una joven la que hablaba, una renegadista. Le temblaba la voz—. No te va a gustar lo que voy a decir.
—Esto no es por lo que me han hecho a mí…
—Sí, lo es. Te han rehecho, chaver, y es algo horrible, y te ha hecho desesperar, y no digo que yo hubiese actuado de forma diferente, ni digo que la victoria esté asegurada, pero lo que sí digo, joder, es que no eres tú el que decide cuándo se acaba esto. Será mejor que nos ayudes en esta lucha, Curdin.
—Esperad. —La boca de Judah se movía con el pánico de los planes fallidos—. Escuchad, escuchad. Sea lo que sea, sea lo que sea lo que está ocurriendo, tenéis que saber que no es la razón de que estemos aquí. Tenemos un trabajo que hacer. Escuchad.
»Escuchad.
»Nueva Crobuzon va a caer.
»Hemos oído… Escuchad, por favor… Hemos oído lo de esas presencias, las manifestaciones. No han cesado, ¿verdad?
—No, pero cada vez son más pequeñas…
—Sí. Por la misma razón por la que no hay gotas justo al lado de algo que cae al agua. Está a punto de pasar algo. Tesh no quiere la paz. Al margen de lo que os estén diciendo, o al Parlamento, o a ambos… no quieren la paz, están preparándose para el fin. Las manifestaciones no son el arma. El arma es otra cosa. Las espirales.
Cuando finalmente le entendieron, pensaron que estaba loco. Pero no por mucho tiempo.
—¿Pensáis que es un capricho? —Cutter estaba furioso—. ¿Tenéis alguna idea de lo que hemos pasado para llegar hasta aquí? ¿Alguna? ¿De lo que estamos tratando de hacer aquí? Las espirales van a hacer que llueva fuego sobre vosotros, joder. Sobre el Parlamento, el Colectivo, todo.
Les creyeron, pero cuando Judah les pidió ayuda, Curdin se echó a reír.
—¿Qué quieres de nosotros, Judah? No tenemos tropas. Es decir, sí, pero ¿quiénes somos «nosotros»? Yo no controlo a los soldados del Colectivo. Si intento decirles lo que necesitamos, creerán, aun en este momento, que es una puta artimaña de un renegadista para hacerse con el control del Colectivo. No soy un mando militar; no podría controlarlos. ¿O es que quieres renegadistas? ¿Específicamente? —Miró a sus camaradas.
»Todavía quedan unos pocos. Los Irregulares de la calle Kirriko son de los nuestros, pero, ¿quién coño sabe cómo encontrarlos? Los demás están en el frente. Están en las barricadas, Judah. ¿Qué quieres que haga? ¿Quieres que convoque una puta reunión de los delegados, que les explique la situación? Nos estamos desmoronando, Judah. Cada distrito está solo. Tenemos que contener a la milicia.
—Curdin, si no detenemos esto ahora mismo, la ciudad desaparecerá, y con ella el Colectivo.
—Lo entiendo. —Era como si el rehecho se hubiese restregado los ojos con arena. Estaba cubierto de cicatrices de tanto luchar. Se balanceó—. ¿Qué quieres que haga?
Una especie de tregua, como si fueran enemigos. Un silencio.
—Es por la ciudad.
—Ya lo entiendo, Judah. ¿Qué quieres que hagamos?
—Debe de haber alguien, algún taumaturgo, algún brujo…
—Yo sé quién hace las espirales —dijo alguien.
—Puede que lo haya, pero habría que encontrarlo y no me mires así Judah, por supuesto que haré lo que pueda, pero no sé dónde ir. Esto es el final: ya no queda nadie que dé órdenes.
—Yo sé quién hace las espirales. Sé quien hace las espirales.
Silencio, al final. Era la joven renegadista la que hablaba.
—Sé quién hace las espirales. Quién está llamando a esa cosa. El agente de Tesh.
—¿Cómo? —dijo Judah—. ¿Quién?
—No lo conozco, en realidad no…, pero conozco a alguien que sí. Antes era de los nuestros, o algo parecido. Lo conozco de las reuniones, Curdin, y tú también. Ori.
—¿Ori? ¿El que se fue con Toro?
—Ori. Sigue con Toro, creo. Fue Toro el que mató a Stem-Fulcher, según dicen. Menuda pérdida de tiempo. Toro desapareció después, pero luego han vuelto a verlo. Puede que Ori esté con él. Tal vez consiga la ayuda de Toro.
»Ori sabe quién hace las espirales. Me lo dijo.