El Consejo de Hierro

El Consejo de Hierro


Octava Parte: Rehacer » 27

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Ahora Toro era un perro, un perro estúpido y maltratado que seguía a un amo al que detestaba, incapaz de detenerse. Así lo veía Ori.

¡Lo conseguimos!, había pensado. Por muy poco tiempo. Menos de una noche. A pesar de la tristeza y la sorpresa que había sentido al descubrir cuáles eran las auténticas motivaciones de Toro y sus manipulaciones, a pesar del desapego que sentía con respecto al movimiento que había pensado que lo definía, se sentía orgulloso de la muerte del Alcalde y creía que había sido el catalizador de todo aquello.

Lo había creído durante unas horas, en contra de la evidencia: los rebeldes no tenían la menor idea de que Stem-Fulcher había muerto y cuando se enteraron, sintieron una cruel excitación, pero no una gran renovación de su determinación, ni un afianzamiento de su espíritu combativo. Ya habían tenido suficiente de eso en los primeros días en las barricadas, al margen de los actos de los toroanos. Tras unas horas en el Colectivo, Ori había aceptado que la operación contra el Alcalde no había tenido nada que ver con su nacimiento.

Ori, Toro, volvió a embestir al mundo con el casco y cruzó la barrera una y otra vez. Podía moverse con facilidad. Iba del Colectivo a la ciudad del Parlamento y regresaba, sorteando las trampas y barreras que los separaban. Seguía a su objetivo como un perro. Seguía a Espiral Jacobs.

Bueno, había pensado, la ejecución del Alcalde sería parte del movimiento. Del momento. El mundo había cambiado. Sería parte del impulso. Algo sucio, sí, pero una especie de liberación, algo que serviría para impulsar las cosas. El Colectivo sería inexorable. La ciudad alta caería. En el Colectivo, los partidarios de la sedición se harían con la mayoría de los delegados y los colectivistas vencerían al Parlamento.

La milicia impuso la ley marcial en la parte de Nueva Crobuzon que controlaba. La población se convulsionó y estallaron motines, o auténticas batallas campales, en apoyo del Colectivo, fallidos todos ellos. Ori había esperado. Como un tumor de ansiedad, encontró en su interior la triste certeza de que el asesinato del Alcalde no había servido de nada.

Cuando era Toro, Ori se movía por la oscuridad que separaba los poros de la realidad y emergía en la tranquilidad de la ciudad alta, por la tarde, en la colina Mog, invisible entre los grupos de turistas. Los habitantes de Chnum y Mafatón vitoreaban las grasientas floraciones de los explosivos y el resplandor de no-luz del fuego de los taumaturgos del Parlamento como si fueran fuegos artificiales, y abucheaban como niños a las motas de radiación de los embrujadores renegados del Colectivo.

Podría matar a muchos de vosotros, pensaba Ori, una vez tras otra. Por mis hermanos y hermanas, por mis muertos, y nunca hacía nada.

Fue al almacén de Arboleda muchas noches seguidas. Ninguno de sus camaradas regresó. Pensaba que tal vez Baron hubiese podido escapar, pero estaba seguro de que el miliciano no lo había intentado. Nadie volvió allí.

Pagaba a su casera con pagarés, que ella aceptaba por pura bondad. En la tierra del Colectivo, todo era camaradería. De noche se sentaba con ella y escuchaba los ataques. Corría el rumor de que el Parlamento estaba usando constructos de guerra por primera vez en veinte años.

La armadura estaba escondida bajo su cama. Su yelmo de toro. No lo usaba salvo para salir de noche, y no sabía por qué. En una ocasión lo empleó para recorrer las calles, peligrosas ahora, evitando a los guardias del Colectivo, algunos borrachos y otros concentrados en su labor, atravesando la noche estrepitosa hasta el refugio. Los perturbados estaban debatiendo.

Ori había regresado otra vez, en los últimos días. El techo había desaparecido, reemplazado por las deposiciones de unos gusanos-arma devoradores de mampostería que el parlamento había arrojado sobre ellos. La cocina estaba vacía. Los residuos de literatura sediciosa, sacados de sus escondrijos hacía tiempo, yacían por todas partes, convertidos en húmedos jirones. Las mantas habían enmohecido.

Toro podría haber luchado por el Colectivo. Toro podría haberse encaramado a las barricadas, corrido por los bulevares entre los tocones calcinados de los árboles, matando milicianos.

Ori no lo hizo. Una especie de lasitud se había apoderado de él. El fracaso lo había entumecido. Durante los primeros días trató de estar en el Colectivo, de apoyar sus defensas y aprender de los discursos públicos o las manifestaciones artísticas que habían proliferado en un primer momento: pero no podía hacer otra cosa que tenderse y preguntarse lo que había hecho. Lo embargaba una sensación de literal incomprensión. ¿Qué es lo que he hecho? ¿Qué he hecho?

Vio una manifestación en Siriac. Un grueso volumen cerrado de no-colores moteados, sustentado por una telaraña de fuerza. Absorbió la luz y las sombras y mató a dos curiosos antes de esfumarse, dejando tan sólo un residuo de su ausencia que perduró un día más. No tenía miedo; presenció la aparición, sus movimientos, su posición, frente a la pared cubierta de pintadas. Entre las obscenidades y los eslóganes, los símbolos absurdos y las pequeñas imágenes, vio a sus viejas conocidas, las espirales.

Tengo que encontrar a Jacobs.

Toro podía hacerlo. Los ojos de Toro podían ver cuáles de aquellas marcas helicoidales eran nuevas. Había taumaturgia en ellas: eran indelebles. Cuando era Toro, Ori rastreaba las marcas orientándose por su edad, y así seguía a Espiral Jacobs a través de una espiral inmensa y extremadamente compleja que recorría la ciudad entera.

Jacobs se movía sin dificultad entre el Colectivo y la ciudad del Parlamento, igual que Toro. La espiral, a través de sus curvas recombinantes, conducía al centro de Nueva Crobuzon. Toro lo buscaba de noche, escondido en las sombras en las que se enganchaba su casco. Dos semanas después del nacimiento del Colectivo, entre el ruido de los comités populares de defensa y distribución, Ori, invisible con su casco, cruzó el Pozo Siríaco y encontró a Espiral Jacobs.

El viejo caminaba arrastrando los pies, con su paleta de herramientas de pintura en la mano. Toro lo siguió por un callejón a la sombra de una pared de hormigón. El vagabundo empezó a dibujar otra de sus espirales.

Espiral Jacobs no levantó la mirada. Simplemente murmuró algo así como:

—Muchacho, eh, hola. ¿Antes duplicador y ahora brujo? ¿Has salido entonces? Hola muchacho. —El taumatúrgico casco de hierro no lo confundió. Sabía a quién estaba hablándole.

—Las cosas no han ido como esperábamos —dijo Ori. Quejumbroso y furioso consigo mismo por ello—. No salieron bien.

—Salieron perfectas.

—¿Qué?

—Salieron, perfectas.

Pensó que la locura del viejo estaba manifestándose de nuevo, que sus palabras carecían de sentido. Al principio creyó que era lo que pensaba. Pero una sensación de ansiedad empezó a invadirlo. Fue hinchándose mientras asistía a las asambleas públicas de la Sombra, Ecomir y la Perrera.

Con su disfraz de Toro, volvió a buscar a Jacobs. Tardó dos días en encontrarlo.

—¿Qué querías decir? —había dicho. Estaban en Sheck, bajo el enladrillado de la estación de Cuervo Afueras, hasta donde había seguido a las circunvoluciones de pintura—. ¿Qué querías decir con lo de que había salido perfecto?

La verdad lo aterraba, claro está, pero lo peor de todo era que no estaba sorprendido.

—¿Crees que fuiste el único, muchacho? —había dicho Espiral Jacobs—. Hice sugerencias a montones. Tú fuiste el mejor. Bien hecho, hijo.

—¿Qué es lo que querías? —dijo Ori con la voz gutural de Toro, pero ya conocía la respuesta, comprendió. Jacobs quería el caos—. ¿Quién eres? ¿Por qué has creado el Colectivo? —Jacobs lo miró con un desprecio que Ori tardó varios segundos en identificar.

—Vete, muchacho —dijo el mendigo—. Algo como esto no se hace. No fui yo quien lo creó. He estado ocupado con otras cosas. Y lo que hicisteis vosotros… una fruslería. Vete ya.

Ori sintió confusión y luego humillación. Todo lo que habían hecho los toroanos era una simple distracción. Toro, Baron, sus camaradas… No comprendía por qué los habían utilizado, pero sabía que lo habían hecho. Se le encogieron las tripas. No podía respirar.

Sin rabia —con repentina calma—, comprendió que debía matar a Jacobs. Por venganza, para proteger a su ciudad…, no estaba seguro. Estuvo a punto. Levantó una pistola ballesta. El viejo no se movió. Ori le apuntó al ojo. El hombre no se movió.

Ori disparó y el proyectil hizo temblar el aire y Espiral Jacobs siguió sin moverse, siguió mirándolo con aquellos dos ojos sin sangre. El proyectil se clavó en la pared. Ori sacó una pistola de varios cañones. Una a una, las balas que disparó a Jacobs se hundieron en la pared o en el suelo. Ni una sola de ellas tocó al viejo. Ori guardó la pistola y lanzó un puñetazo a la cabeza de Jacobs, y aunque Jacobs no se había movido, Ori golpeó el aire.

Lo invadió la furia. Se abalanzó sobre el viejo que lo había conducido hasta Toro, que lo había ayudado, que lo había inducido a matar. Le lanzó patadas con todas sus fuerzas, con todo el poder que le proporcionaba el arcano yelmo, trató de sacarle los ojos, y el viejo no se movió.

Ori no podía tocar a Espiral Jacobs. Volvió a intentarlo. No pudo tocarlo.

Su rabia se convirtió en desesperación, e incluso los colectivistas, incluso los milicianos que luchaban a kilómetro y medio de allí y que estaban acostumbrados a los ruidos del campo de batalla se detuvieron al escuchar sus mugidos. Ori no podía tocar al viejo.

Espiral Jacobs estaba borracho. Era un auténtico vagabundo. Sólo que también era algo más.

Al fin se apartó con pasos lentos y casi tambaleantes, y Toro, como un perrillo, no pudo hacer otra cosa que seguirlo. Jacobs se había encaminado al centro de Nueva Crobuzon, a las salas de la estación de la Calle Perdido, y Toro lo había seguido. Lo único que podía hacer era formular preguntas que Espiral Jacobs nunca respondía.

—¿Qué estás haciendo?

»¿Por qué yo?

»¿Y los otros, qué se supone que debían hacer? ¿Cuál es el verdadero plan?

»¿Qué estás haciendo?

El Colectivo. Era un rehecho.

Al principio, en el violento despliegue de resentimiento, violencia, sorpresa y contingencias, venganzas, motivaciones altruistas y elementales, necesidades, caos e historia, en los primeros momentos del Colectivo de Nueva Crobuzon, algunos se habían negado a trabajar con los rehechos. La necesidad había obligado a la mayoría de ellos a cambiar de idea.

Todo había sucedido con rapidez. Aquéllos que habían trabajado por el derrocamiento del Parlamento estaban aturdidos. La milicia había abandonado sus puestos, las espigas y los centros del gobierno habían quedado vacíos en territorio del Colectivo. Los trenes se habían detenido. Mientras los saqueadores arrasaban las torres de la milicia, mientras llegaban los desertores con sus propias armas, un mundo viejo había empezado a cambiar. En una asamblea de los huelguistas de la fundición Turgisadi, un agitador del Caucus había pedido a los trabajadores rehechos que se unieran a la masa, gritando:

—Estamos rehaciendo la puta ciudad. ¿Quién puede hacerlo mejor que vosotros?

Ori sabía que sus antiguos amigos sediciosos, sus viejos camaradas, estarían allí cuando se levantara el pueblo. Él podía ayudarlos; como Toro, podía ser una arma del Colectivo.

No pudo. Ori estaba vencido. Sólo pudo buscar a Espiral Jacobs y seguirlo, muchas noches. Tenía la sensación de que permanecería incompleto hasta que hubiera hablado con él, hubiera averiguado lo que había hecho.

—¿Dónde están los demás? —dijo—. ¿Qué hemos hecho para ti? ¿Por qué hemos matado al Alcalde? —Jacobs, sin decir nada, se limitaba a seguir su camino. ¿Por qué quiere que haya caos?

—Me preocupas, cariño —dijo su casera—. Estás viniéndote abajo, todo el mundo lo ve. ¿Comes? ¿Duermes?

No podía hablar, no podía hacer otra cosa que pasar días enteros tumbado, alimentándose de lo que ella le daba, hasta que la ansiedad volvía a apoderarse de él y se levantaba y, como Toro, buscaba de nuevo a Espiral Jacobs. Así era. Noches enteras detrás del extraño viejo.

Al principio lo buscaba con su casco de toro, entrando y saliendo de la realidad. Al seguirlo de aquella manera terrible que lo dotaba de poder, Ori veía cosas extrañas en los movimientos del anciano. Se quitó el casco. A Espiral Jacobs le dio igual.

Ori lo seguía sin la taumaturgia de Toro y a pesar de ello, de algún modo, cruzaban las fronteras entre el Colectivo y la ciudad del Parlamento. A la luz de gas de las farolas, bajo el vívido resplandor de los tubos elictro-barométricos, Espiral Jacobs caminaba con pasos de viejo por calles de ladrillo, oscuro hormigón, oscura madera y hierro teñidos de noche y Ori lo seguía, un peregrino sin objetivo.

A veces empezaban en Galantina, en la frontera del Colectivo, y pasaban como espectros entre las multitudes de centinelas, y giraban bajo un arco de zarzo. A veces cruzaban una callejuela cubierta de hollín que separaba la parte trasera de dos edificios, bajo la sombras de los árboles y de las espiras de las iglesias, y tras doblar un recodo, la calle los depositaba a su seguidor y a él en las calles de Pincod. Dos minutos de paseo pero más de seis kilómetros desde el punto inicial.

Ori seguía a Jacobs en su recorrido por la geografía de la ciudad. Pasaba con facilidad por áreas limítrofes. Más tarde, a solas, Ori trataba de rehacer las rutas y, como es lógico, no podía.

De Tábano a Ensenada, de los Campos Salacus al Montículo de San Jabber, Espiral Jacobs retorcía la ciudad a su conveniencia. Silenciosamente colocaba este área junto a esta otra, hacía que una terraza (siempre desierta momentáneamente) comunicara de forma imposible dos zonas alejadas. Entraba y salía del Colectivo sin ver barricadas ni milicianos, y Ori lo seguía, suplicándole que respondiera a sus preguntas, y a veces, enfurecido, disparaba o trataba de acuchillar al viejo sin que sus armas encontrasen nada.

Tengo problemas. Ori lo sabía. Estoy atrapado. Había algo en él. Su mente estaba inquieta, no estaba bien, estaba desesperando. En medio de aquel desbarajuste, de aquel levantamiento, de aquel proceso de transformación de la ciudad, él, que hubiese debido de vivir el momento en toda su intensidad, estaba consternado, lloraba sin cesar, pasaba días enteros tumbado en la cama. Algo me pasa.

Lo único que podía hacer era seguir a Espiral Jacobs por los atajos que éste creaba: y sentarse a solas, llorando a veces. Un peso estaba aplastándolo, mientras las cosas cambiaban, mientras los primeros días —de excitación, construcción, discusiones y debates callejeros— se convertían en días de penurias, de pérdidas, se convertían en una guerra, se convertían en terror, se convertían en la inminencia del fin.

La determinación del Colectivo creció para formar una última línea de resistencia, algo que sabían que se aproximaba. Ori pasaba el tiempo tumbado y caminando por las calles violentas y vio que la pujanza original del Colectivo se detenía, y empezaba a perder fuerza. Vio el contraataque de la milicia. Todas las noches caía otra barricada. La milicia tomó los hornos de la calle Pocilga, los establos de la avenida Helianthus, las arcadas de Sunter. El Colectivo estaba menguando. Ori, Toro, estaba solo.

¿Estaba la ciudad llena de las criaturas descartadas por Jacobs? Hombres y mujeres solos, que no habían conseguido cumplir su misión, cuyo trabajo se había visto interrumpido antes de que supieran que lo estaban haciendo o lo que era. ¿Era mejor o peor haber tenido éxito?

—Calla, calla —le dijo Espiral Jacobs mientras caminaban de noche. Las pintadas del viejo eran cada vez más arcanas, más complejas las espirales. Ori ya no lloraba, pero era como una criatura perdida, que lo seguía y formulaba preguntas con un tono casi suplicante:

—¿Qué he hecho en realidad? ¿Qué estás haciendo? ¿Qué has hecho?

—Calla, calla —dijo Jacobs, no sin amabilidad—. Ya casi está terminado. Sólo necesitábamos que las cosas se agitaran un poco. No queda mucho.

Cuando Ori regresó a su casa, había gente esperándolo: Madeleina di Farja; Curdin, a quien llevaba meses sin ver, rehecho y destrozado; y un grupo de hombres y mujeres a quienes no conocía.

—Tenemos que hablar contigo —dijo Madeleina—. Necesitamos tu ayuda. Tenemos que encontrar a tu amigo Jacobs. Tenemos que detenerlo.

Al oír esto, Ori se echó a llorar, aliviado al comprender que alguien más compartía aquel secreto con él, que iban a hacer algo y que no tendría que hacerlo solo. Estaba muy cansado. Al verlos allí, sucios y andrajosos a su lado, empuñando sus armas con determinación, sin el pánico de aquellos días, sintió que algo en su interior estiraba los brazos hacia ellos.

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