El Consejo de Hierro

El Consejo de Hierro


Octava Parte: Rehacer » 28

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En el sur, una escuadra de salvamento llevó a cabo una peligrosa misión en las calles que separaban Galantina de los jardines de Sobek Croix. El parque, habitado por los reos fugados y por renegados de todas las facciones, era tierra de nadie. Los colectivistas necesitaban combustible: cogieron hachas y sierras y fueron hasta allí. Pero cruzar las calles bajo el fuego de la milicia y regresar acarreando los troncos les costó caro. Cayeron hombres, abatidos en los rincones del parque, sobre los adoquines, capturados y asesinados a la sombra de los muros.

Todavía se tomaban decisiones, pero la estrategia conjunta que había permitido que el Colectivo operara como una potencia, como una ciudad-estado alternativa, estaba desplomándose. Algunas unidades se comportaban con sentido estratégico, pero ahora cada grupo trabajaba de forma más o menos aislada, sin formar parte de un todo más grande.

La torre de la milicia de Tábano había sido despojada hacía tiempo de todas las armas, los componentes taumatúrgicos, los mapas secretos. Las vías férreas, gruesos y temblorosos alambres, se extendían hacia el norte y hacia el sur desde su cima, tensas y estiradas hasta llegar a su terminal. En el sur, hasta la última torre de la milicia de la ciudad, en los suburbios de Barracán. En el norte, la vía ascendía y se elevaba decenas de metros sobre la maraña formada por los tejados de hierro y pizarra, sobre el gueto del Invernadero y el intrincadamente retorcido río Alquitrán, hasta llegar al centro de Nueva Crobuzon. Su meta era la Espiga, clavada en el cielo por la estación de la Calle Perdido.

En aquellos últimos días salvajes, los colectivistas de la torre de Tábano llenaron dos furgones de explosivos, productos químicos y pólvora. Poco antes de mediodía, enviaron una en cada dirección, con el acelerador bloqueado. Los pequeños vehículos hechos de tubos de bronce y vidrio y madera aceleraron rápidamente sobre la ciudad. Los dracos se dispersaron con sorpresa al sentir que los rieles se combaban bajo el peso de los vagones. Remontaron el vuelo, gritaron obscenidades.

La estación de la Calle Perdido era el centro de la ciudad, más aún que el Parlamento, la fortaleza colosal que ahora estaba vacía de funcionarios (en un curioso ejercicio de ironía, el gobierno «parlamentario» había suspendido el Parlamento). El Alcalde tomaba sus decisiones desde la Espiga.

Mientras el furgón que se dirigía al norte viraba sobre Piel del Río, la milicia atacó con granadas. Sus primeros ataques se quedaron cortos y los proyectiles, con crueles llamaradas, cayeron sobre Sheck o sobre las calles de la ribera, cerca de Aduja. Pero no podían seguir fallando mucho tiempo. Mientras el furgón hacía chillar a los raíles, dos proyectiles volaron hacia él, rompieron las ventanas y estallaron.

El vehículo reventó con una conflagración apocalíptica de la carga explosiva que llevaba, y cayó en un arco dibujado por un reguero de humo. Se estrelló contra las casas de los teneros y las terrazas de Sheck, reducido a una masa de metal fundido y fuego.

Al sur, en cambio, el otro furgón cargado de explosivos pasó como una exhalación sobre las calles elegantes, por encima de una barricada situada en la frontera de Galantina y Barracán. Los milicianos y los colectivistas levantaron la mirada desde los dos lados del montículo de escombros y ladrillos.

El furgón voló sobre zonas abiertas y cubiertas de maleza y luego empezó a hundirse siguiendo la vía en su descenso, y el ascenso de las torres a las que se acercaba. Se lanzó como un proyectil hacia la espiga de Barracán.

Una explosión en tres tiempos uno dos tres y la atalaya de la torre escupió una llamarada cubierta de humo. El hormigón se abombó y se partió; fue devorado desde dentro por una conflagración; la torre se levantó, reventó y empezó a caer. Los pisos inferiores fueron cediendo en una sucesión de detonaciones, como un fluido piroclástico, y la torre se hundió escupiendo furgones de la milicia, que cayeron al vacío dando vueltas.

La tensión de la vía remitió repentinamente, y empezó a sacudirse como un látigo sobre tres kilómetros de la ciudad. Se arrolló sobre los tejados y fue trazando una línea de devastación y muerte en su desplome. Quedó colgada de la torre de Tábano y curvada en dirección a Galantina, donde su peso candente destrozó edificios enteros.

Una especie de triunfo espectacular, pero que, como sabían perfectamente los colectivistas, no serviría para cambiar el curso de la contienda.

La mayoría de los talleres del puente Herrumbre estaban en silencio, pues su personal y sus propietarios se habían escondido o estaban protegiendo las fronteras del Colectivo. Pero había aún algunas pequeñas fábricas que hacían el trabajo que podían, por el poco dinero que podían conseguir, y fue a una de éstas a la que Cutter se dirigió el día que cayó la torre de la milicia.

Los fuegos de la antigua calle de los vidrieros se habían apagado, pero, utilizando un poco de dinero que había conseguido reunir y algunas exhortaciones políticas, convenció al personal sedicioso de Fundiciones Ramuno de que volviera a encender los hornos, y sacara la potasa, las herramientas y la piedra pómez para restregar y limpiar. Cutter les entregó la montura del espejo circular de Judah que había roto. Luego les dijo que le construyeran un espéculo de cristal. Fue a la habitación de Ori a esperar al muchacho y a Judah.

Si Cutter había conocido a Ori, cosa perfectamente posible teniendo en cuenta lo pequeño que era el mundo de los sediciosos antes del Colectivo, no lo recordaba. Al escuchar la descripción de Madeleina di Farja, se había imaginado a un muchacho furioso, frenético y hostil, ávido de lucha, flagelando a sus camaradas por su supuesta tibieza. La realidad había sido muy diferente.

Ori era un hombre roto. De un modo que Cutter no terminaba de comprender, pero que le inspiraba simpatía. Ori se había desactivado y Cutter, Judah y Madeleina habían tenido que arrancarlo de nuevo.

—Está acercándose —dijo Qurabin—. Está acercándose. Tenemos que apresurarnos.

El monje hablaba cada vez con más urgencia, la mente que había tras las palabras parecía degradarse un poco más cada día. Habían tenido que formularle demasiadas preguntas a aquel Momento de lo oculto de Tesh y cada vez más había más cosas de Qurabin que permanecían escondidas.

A su manera, en medio de su tenue descomposición, Qurabin parecía ansioso. Cada espiral que veían era una causa de congoja para él, como si percibiera la proximidad de lo que fuera que se les venía encima, el portador de la hecatombe: el espíritu de la masacre, el massenmordist, el anenjambre, tal como lo llamaba Qurabin. Llegaría pronto, dijo, lo sentía. Su urgencia infectó a Cutter, y también su miedo.

Una sucesión de pequeñas manifestaciones atormentaba a la ciudad. De camino a casa de Ori, Cutter pasó a una calle de distancia de una multitud, y de repente Qurabin, agarrándole con manos invisibles y gimiendo, lo arrastró hacia allí. Cuando llegaron pudieron ver los últimos instantes de una emisión que parecía un perro, haciendo piruetas en complejos patrones. La imagen desapareció, y al hacerlo, pareció que atraía hacia sí todo el color y la luz del mundo. La pequeña muchedumbre de colectivistas que la rodeaba estaba gritando y señalando, pero nadie había muerto.

Qurabin gimió.

—Ahí está, ahí está —dijo mientras el mundo parpadeaba y la criatura terminaba de desaparecer—. Es el último movimiento.

Cutter no sabía si creía que Ori había asesinado al Alcalde Stem-Fulcher. Seguía pareciéndole imposible. Pensar que aquella mujer hierática de pelo cano a la que conocía de los heliotipos, los carteles, de los fugaces momentos en que la había visto en algún acto público, que durante tanto tiempo había sido la depositaria de gran parte de su odio, hubiese desaparecido, era difícil. No sabía qué pensar. Se sentó en la habitación de Ori y esperó.

Judah estaba con Ori, con Ori como Toro. Estaba agarrado a él mientas atravesaban la piel del mundo para llegar a su antiguo taller de la Ciénaga Brock.

—¿Por qué tienes que ir? —había dicho Cutter—. Van a conseguirme un espejo. Al menos nos darán eso. Así que, ¿qué quieres? Seguro que han cerrado el taller.

—Sí —dijo Judah—. Seguro que sí. Y sí, el espejo es lo que necesitamos, pero hay otras cosas que quiero. Cosas que podría necesitar. Tengo un plan.

Los demás estaban en las armerías. Los rehechos del Consejo de Hierro estaban preparándose para defender al Colectivo en las barricadas. ¿Cómo verían ellos aquella extraña batalla?, se preguntaba Cutter.

Pensó en el viaje por las quebradas y las pampas, por el accidentado terreno, atravesando centenares de kilómetros a una velocidad tremenda, dirigidos por el nómada Drogon, que había explorado aquellos parajes en el pasado, hasta llegar a la ciudad que se alzaba al oeste de la llanura del estuario. Habían cruzado pueblos fantasmas. Pequeños, vacíos, de fea arquitectura desecada por años de soledad, habitados sólo por nubes de polvo.

—Sí —había susurrado Judah. Aquél era su pasado, aquellos puestos avanzados, los restos de las cercas, las tumbas con sus pequeñas lápidas de madera. Ni tres décadas antes eran ciudades florecientes.

La revuelta del Consejo de Hierro, la huida del tren perpetuo, había sido el último capítulo de la crisis de corrupción, incompetencia y sobreproducción que había destruido la Ferroviaria Transcontinental de Weather Wrightby. Los fugaces pueblos y aldeas de las llanuras, y los rebaños de vacas y otras bestias híbridas comestibles, los pistoleros y mercenarios, los tramperos, la población de aquella aleación de salvajismo y dinero, se había evaporado en cuestión de meses. Dejaron sus casas abandonadas, como pieles de serpiente. Los pistoleros desaparecieron, los cuatreros, las putas.

El Consejo de Hierro estaría acelerando. Devorando las distancias, a pesar de que cada momento de su avance parecía arduo. Cutter se había dado cuenta de que el Consejo debía de estar a campo abierto, y la milicia que le seguía el rastro, que había recorrido el mundo entero para encontrarlo, debía de estar aún tras él, aproximándose a su casa, ganándole terreno cada día. El más absurdo de los viajes circulares, un continente cruzado dos veces, por una ruta terrible.

Cuando la luz estaba empezando a apagarse, la habitación pareció inclinarse y aparecieron unas ondas en el aire, en dos puntos, y entonces, de la nada, emergieron unos cuernos. Toro atravesó la grieta, empapado por la energía que era la sangre de la realidad, llevando a Judah, abrazados como dos amantes.

Judah se separó de él y los colores que lo cubrían gotearon hacia arriba y, con un chisporroteo, desaparecieron antes de llegar al techo. Llevaba un saco lleno.

—¿Has conseguido lo que necesitabas? —dijo Cutter. Judah lo miró mientras los últimos restos de la sangre del mundo se desvanecían.

—Todo lo necesario para acabar con esto —dijo—. Estaremos preparados.

El rumor de que había miembros del Consejo de Hierro en el Colectivo se había filtrado. En medio del terror y el pesar de aquellos días aciagos, fue una extraordinaria noticia.

El excitado gentío corría por las callejuelas que rodeaban la oficina postal de la Perrera, buscando a los recién llegados. Cuando finalmente localizaron a Maribet y Rahul, la barricada a la que se habían unido se convirtió en una especie de lugar de peregrinación.

Había filas de colectivistas esperando mientras las balas de la milicia pasaban sobre sus cabezas. Se agolpaban detrás de los soldados y hacían preguntas: una tácita norma de etiqueta las limitaba a un máximo de tres por persona.

—¿Cuándo llegará el Consejo?

—¿Habéis venido a salvarnos?

—¿Podéis llevarme con vosotros?

Solidaridad, miedo y disparates milenaristas. La fila se convirtió en una asamblea callejera, en la que se renovaron las viejas discusiones entre las facciones mientras seguían cayendo las bombas.

Al final de la calle, al otro lado de la barricada, los vigilantes vieron por sus periscopios que se acercaban varios constructos de guerra. Máquinas-soldado de bronce y hierro, con ojos de cristal, con armas soldadas al cuerpo. Más constructos en un mismo sitio de los que se habían visto en muchos años.

Avanzaban hacia la barricada con pesadas zancadas o rodando con sus orugas sobre los escombros y los cristales rotos del suelo. A la cabeza del grupo venía una enorme excavadora, seguida de cerca por una gran taladradora de forma triangular que abriría una brecha en la materia de la barricada.

Los colectivistas intentaron detenerlos con granadas y bombas, y enviaron frenéticos mensajes en los que pedían un taumaturgo capaz de detener aquel feo monstruo, pero sabían que no llegaría a tiempo. Tenían que retirarse. Aquella barricada, aquella calle, estaba perdida.

En los tejados que rodeaban la tierra de nadie aparecieron francotiradores y brujos, con la misión de hostigar con sus balas y embrujos a los constructos y la milicia. Al principio sembraron el caos entre las fuerzas gubernamentales, pero un motocañón giratorio convirtió a una docena de ellos en carne picada y el resto huyó, presa del pánico.

Mientras los constructos seguían avanzando, los colectivistas emprendieron la huida y sus filas se deshicieron antes de que lograran ganar las callejuelas aledañas. Rahul y Maribet no sabían adónde ir. Corrían por caminos secundarios que no conseguían sacarlos del campo de tiro de la milicia. Cutter se enteró después de lo que había pasado: los dos rehechos, saltando sobre sus patas de animal, habían corrido de un lado a otro de la calle, llamados a voces por aterrorizados colectivistas que trataban de ayudarlos. Maribet había metido los cascos en el cráter de una bomba, y cuando Rahul estaba alargando sus manos humanas para ayudarla, se oyó un chirrido y el morro cónico del constructo apareció al otro lado de la barricada. Un miliciano cacto pasó entre las toneladas de residuos de ciudad y, con un disparo de su arco hueco, alcanzó a Maribet en el cuello.

Rahul se lo contó al llegar a casa de Ori. Era el primer consejero que moría en Nueva Crobuzon.

Habían aparecido carteles por todo el territorio del Colectivo, suplicando y exigiendo a partes iguales que la población no huyera. CADA HOMBRE, MUJER O NIÑO PERDIDOS DEBILITA AL COLECTIVO. JUNTOS PODEMOS GANAR. Por supuesto no lograron detener la riada de refugiados, que se escabullían bajo los cordones o huían por la ciudad subterránea o por los ruinosos suburbios del otro lado del puente Gran Calibre.

La mayoría huía al Cinturón de Grano, o a las colinas Mendican, y los más aventureros escapaban al bosque Turbio, donde se convertían en bandidos. Pero algunos, arriesgando la vida, constituyeron cuadrillas de trabajo guerrilleras y se abrieron camino por el caos de las afueras de la ciudad, entre los negligentes centinelas de la milicia, atravesando los barrios que la falta de comida había convertido en territorio salvaje, pero que eran demasiado insignificantes para llamar la atención del Parlamento. Al oeste de la ciudad, estos refugiados pasaron junto a los hangares desiertos y los almacenes que en su día albergaran el corazón de la FT. Todavía quedaban algunas locomotoras oxidadas y algunos furgones de techo abierto.

Algunas oficinas seguían habitadas e iluminadas, y en ellas, los restos de la compañía de Weather Wrightby se aferraban a la existencia, manteniendo una última cuadrilla, unas pocas decenas de oficinistas e ingenieros. Sobrevivían de la especulación financiera, del saqueo de las vías, y como fuerza paramilitar que alquilaba los servicios de guardaespaldas y cazarrecompensas, minúscula y todavía leal a la visión corporativa de Wrightby, despreciando la cruzada racial de los calamitas. Los hombres estaban estacionados a lo largo de las extensas propiedades de la FT y, a veces perseguían a los fugados con perros.

Los refugiados cargaron con sus herramientas y echaron a andar por el camino que separaba la antigua terminal de la vía de la cabecera desde la que partiera en su día la línea Mar de Telaraña-Myrshock.

—Se mueve, por debajo, sí, ellos, los teshi, sí —dijo Qurabin.

La voz del monje se desplazaba por la habitación. Estaban todos allí: Drogon y Elsie, Qurabin, Cutter, Judah y Toro. Rahul montaba guardia. Habían llorado a Maribet. Qurabin estaba inquieto.

—Va a pasar algo muy pronto —dijo el monje.

En su extraña y extrañamente quebrada voz, Ori les contó la historia de sus relaciones con el misterioso vagabundo: el dinero, el heliotipo de Jack Mediamisa. La ayuda que había prestado a Toro.

—No sé de dónde venían los planes —dijo Ori—. ¿De Jacobs? No, no, el plan era de Toro. Lo sé porque no era el plan que yo creía. Pero sirvió. Pero Jacobs dijo, cuando lo vi… No creo que aquello le importara demasiado. Tenía otras cosas en mente. Sólo era… una distracción.

Habían prometido que esperarían a Curdin y Madeleina, que estaban intentando encontrar ayuda. Aquella mañana, Judah les había suplicado que convencieran a los delegados para que los ayudaran, pero, ¿qué podían hacer? La milicia estaba devorando su territorio casa por casa: había rumores sobre purgas en las calles reconquistadas.

—No podemos prescindir de nadie, Judah —había dicho Curdin.

Volvieron tarde.

—Hemos venido lo antes posible. No ha sido fácil —dijo Curdin—. Hola, Jack —le dijo a Ori.

—Hoy hemos perdido el Aullido —dijo Madeleina.

Era dura. Ambos lo eran. Estaba esforzándose por no sucumbir a la desesperación.

—Ha sido algo admirable —dijo Curdin—. Han durado dos días más de lo esperado. La milicia atacó por el puente del Carro. Estaban allí todos los colectivistas y de pronto aparece la Brigada Preciosa. Y estaba magnífica —lo dijo con una exclamación, y parpadeó. En la quietud que siguió a sus palabras se oyeron las detonaciones del frente.

»Lucharon como leones. Avanzaron en formación, disparando, con sus vestidos. —Se echó a reír con un instante de genuino placer—. Atacaron sin parar, arrojando sus granadas. Con las faldas al viento, con lápiz de labios y pólvora, mandaron a los milicianos al Infierno. Llevaban días sin comer otra cosa que pan rancio y carne de rata, pero lucharon como gladiadores de Shankell. La milicia tuvo que usar motocañones para acabar con ellos. Y cayeron gritando y besándose. —Parpadeó de nuevo, muchas veces.

»Pero no pudieron resistir. Los novistas cayeron. Petron y los demás. La milicia entró. Hubo algunos conatos de resistencia en las calles, pero Aullido ha caído. Hoy ha llegado el último globo. —Aullido había soltado flotadores de cristal sellado en el río para que la corriente del Alquitrán los arrastrara más allá de la isla Strack, hasta que las barcazas y los caballos barreros los pescaran y sacaran los mensajes.

»Lo he intentado, Judah, sinceramente te lo digo, aunque tu plan es una locura. Pero no hay ni un hombre de sobra. Todo el mundo está protegiendo al Colectivo. No les culpo, y voy a unirme a ellos. Nos quedan un par de semanas, nada más.

Madeleina parecía estar sufriendo una auténtica agonía, pero no dijo nada.

—No puedo ayudaros, Judah —continuó Curdin—. Pero te diré algo. Cuando te marchaste y empezaron a correr rumores sobre la razón, pensé que eras… no un loco, un estúpido. Un hombre muy estúpido. Nunca creí que pudieras encontrar al Consejo de Hierro. Yo hubiera apostado a que había desaparecido hacía tiempo y ya no quedaba de él más que un tren oxidado en medio del desierto. Lleno de esqueletos.

»Estaba equivocado, Judah. Y tú, y todos vosotros, habéis hecho algo que yo nunca podría haber conseguido. No diré que el Colectivo existe gracias a vosotros, porque no sería cierto. Lo único que digo es que la noticia de que el Consejo de Hierro se acercaba… bueno, cambió las cosas. Aun cuando pensamos que no era más que un rumor, aunque yo mismo creía que no era más que un mito, fue como si algo… algo fuera diferente. Puede que nos enteráramos un poco pronto de vuestra llegada. Puede que sea eso lo que ha ocurrido. Pero cambió las cosas.

»Pero no termino de confiar en ti, Judah. Oh, dioses, no me malinterpretes, no estoy diciendo que seas un traidor. Siempre nos has ayudado, con tus gólems, con dinero…, pero lo mirabas todo desde fuera. Como si todos tuviésemos que agradarte. Y eso no está bien, Judah.

»Te deseo suerte. Si estás en lo cierto, y puede que sea así, será mejor para todos que ganes. Pero no voy a luchar contigo. Yo lucho por el Colectivo. Si tú ganas y el Colectivo pierde, no quiero seguir viviendo. —Aunque sin duda era una exageración, Cutter se irguió al escuchar estas palabras en señal de respeto.

—¿Cómo vas a hacerlo, Judah?

Judah apretó los labios.

—Tendré algo preparado —dijo.

—¿El qué?

—Algo. Y hay alguien aquí que sabe lo que hay que hacer. Que conoce la magia de Tesh.

—Yo, yo —dijo Qurabin de repente y en voz alta—. El Momento al que sirvo me revelará cosas. Me ayudará. Es una cosa de Tesh. Mi Momento sabe a qué dioses invocará el cónsul.

—¿Cónsul? —dijo Madeleina, y cuando Judah le contó que Espiral Jacobs era el embajador de Tesh, Curdin se echó a reír. Una risa desagradable.

—Vuestro teshi sabrá lo que hay que hacer, ¿no? —Curdin se adelantó torpemente, caminando sobre sus cuatro piernas—. Vas a morir, Judah —dijo. Había auténtico pesar en su voz—. Si estás en lo cierto, vas a morir. Buena suerte.

Curdin les estrechó la mano a todos y se marchó. Madeleina se fue con él.

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